Capítulo 5 Un escape al bar punk
Salí de ArlovTech, agradecida de que la intensa jornada hubiera llegado a su fin… o, más bien, aliviada de que aquella exasperante interacción hubiera terminado, al menos por hoy.
Cuando crucé la salida, el cielo ya estaba oscuro y me quedé quieta un momento, necesitando ese segundo antes de moverme.
No me detuve demasiado en ello.
Levanté la mano, detuve el primer taxi que pasó y le di la dirección de un bar de estilo punk que Daniels solía frecuentar.
Durante el trayecto, la ciudad siguió su curso al otro lado de la ventana. Luces, gente, movimiento… todo normal. Y, aun así, yo seguía con aquella sensación pegada, como si algo no terminara de acomodarse.
Cuando llegamos, pagué rápido y bajé.
Al entrar, el golpe fue inmediato: la música, las luces bajas, el murmullo constante de voces mezcladas con el rock de fondo.
The Gritty Needle estaba lleno de gente con estilos extravagantes y un bullicio que, por alguna razón, resultaba más fácil de tolerar que el silencio de aquella oficina.
Recorrí el lugar con la mirada hasta encontrarlo.
Estaba en una de las mesas de la esquina, rodeado de los de siempre, con un par de pintas ya sobre la mesa. En cuanto me vio, su sonrisa se ensanchó.
—¡Lina! —exclamó, levantándose para recibirme.
Su cabello pelirrojo parecía más encendido de lo normal bajo las luces del bar.
—Hey, Daniels —respondí, y esta vez la sonrisa me salió sola.
Me acerqué y le di un abrazo que él alargó más de la cuenta. Cuando por fin me soltó, me dejé caer en la silla con un largo resoplido, como si mi cuerpo por fin entendiera que podía relajarse.
La camarera apareció casi de inmediato con una cerveza, como si ya supiera exactamente cuándo hacerlo.
Se inclinó un poco más de lo necesario al dejarla frente a Daniels, y no fue difícil notar la forma en que lo miraba.
Seguí el gesto sin disimular demasiado y, cuando se dio la vuelta para irse, alcé apenas una ceja.
—Te la tienes bien ganada —murmuré, tomando la cerveza y dándole un sorbo.
Daniels soltó una risa corta.
—No es mi tipo.
—Claro… —respondí, apoyando el codo en la mesa—. Pero eso no le impide intentarlo, ¿no?
Negó con la cabeza, todavía sonriendo.
—¿Día largo?
—Día larguísimo.
—¿Tienes hambre? —preguntó, mirándome con esa preocupación que no sabía disimular del todo.
Negué con la cabeza.
—Han pasado apenas unos días y ya te he echado mucho de menos —dije, tomando sus manos.
El calor me subió al pecho, suave, conocido.
Pero no fue más que eso.
Un cosquilleo breve que no terminó de instalarse.
✽✽✽
—Yo igual, Lina… yo igual… —murmuré, sintiendo esa punzada incómoda que no terminaba de irse.
Sonreí, porque con ella siempre me salía automático, pero había algo debajo que no encajaba del todo.
El hecho de que hubiera aceptado un trato con Víktor Arlov sin siquiera mencionarlo antes seguía dándome vueltas. Porque, en algún punto, había asumido que al menos podía opinar.
—Aunque estoy un poco enojado contigo —solté al final, apoyando los codos sobre la mesa e intentando que sonara más ligero de lo que realmente era—. Debiste haberme consultado antes de aceptar una propuesta como esa del «diablo».
—Así que antes era un dragón y ahora es el diablo —respondió con una media sonrisa, alzando una ceja como si todo fuera parte del chiste—. Qué rápido escalamos en los apodos.
Dio un trago a la cerveza y volvió a mirarme, como si no hubiera nada más detrás.
—Hablo en serio, Lina —dije esta vez sin suavizarlo—. Al menos deberías haberme consultado. Soy tu jefe… y me haces ver como si mi criterio no importara.
Eso era lo fácil de decir.
Lo otro… no.
El malestar seguía ahí, instalado en el centro del pecho, negándose a moverse.
Porque sí, la idea de que se metiera en algo con ese tipo me inquietaba.
Pero lo que realmente me estaba jodiendo, era esa sensación de que, poco a poco, me iba quedando fuera.
—Daniels, no exageres. Puedo manejarlo —respondió con esa voz que siempre encontraba la forma de quitarle peso a todo—. Pero agradezco que te preocupes. Solo piensa en lo que puede generar esta entrevista. Visibilidad, impacto… para mí, para la revista. Vamos a ganar los dos.
Asentí despacio.
—Bien… bien —respondí, más serio de lo que pretendía—. Y no tienes que agradecerme nada, Lina. Siempre voy a preocuparme por ti.
—Ahora dime, ¿cómo va todo por allá? Y no me has dicho si has extrañado a tu constante dolor de cabeza. —Hizo ese puchero ridículo y, aun así, algo en mí cedió.
Siempre lo hacía.
Porque estar con ella era eso. Y todo lo demás se aflojaba un poco.
—Claro que sí —respondí, sonriendo al final—. Eres una constante fuente de frustración y alegría en el trabajo… ¿qué haría yo sin ti?
Me incliné apenas sobre la mesa y mi mano rozó la suya, sin pensarlo demasiado.
Era un gesto que ya conocía, casi automático.
—Daniels, debo admitir que hablar contigo siempre es un respiro —dijo, y su voz bajó lo suficiente como para que mi pulso se acelerara un poco.
—Me gusta pensar que te ayudo a desconectar —contesté—. ¿Puedo acompañarte a casa?
Asintió, y eso fue suficiente.
Conduje en silencio la mayor parte del camino. Su perfume llenaba el coche y tuve que concentrarme más de la cuenta para no dejar que la mano se moviera donde no debía.
Al llegar, ella soltó un suspiro.
—Solo salí muy apurada esta mañana y se me olvidó apagar las luces. Lo juro, mañana las apago. Así que no vayas a empezar.
—Lina…
—Ya ves, suenas igualito a mi padre.
—Bueno… tu padre y yo tenemos razón en eso. Es un mal hábito y uno bastante costoso.
Rodó los ojos y se fue hacia la cocina. Sacó dos copas con una mano, apoyándose en la encimera con la otra y arqueando apenas la espalda.
—¿Quieres algo de picar? —preguntó sin mirarme.
Me dejé caer en el sofá, sin dejar de observarla.
—No, estoy bien con el vino.
La seguí con la mirada mientras se movía por la cocina.
Puedo esperar.
Solo dímelo, Lina.
Dime qué quieres que espere.