Capítulo 4 Nueva dinámica
El sol ya se había ocultado y, desde el piso cuarenta y ocho, las luces de la ciudad comenzaban a encenderse bajo los ventanales.
La oficina de mi nuevo jefe provisional, aunque amplia y ostentosa, se sentía sofocante. Al menos para mí.
Él estaba junto a su escritorio, en silencio, con esa costumbre suya de observar hasta incomodar.
—¿Revisó lo que le dejé? —preguntó, como si la respuesta no fuera realmente importante.
Me obligué a mantener la calma.
—Sí. Le eché un vistazo general, aunque me tomará un tiempo familiarizarme.
Asintió con desgana, como si hubiera esperado exactamente eso.
Luego hizo un leve gesto con la mano.
—Acérquese.
Crucé el espacio que nos separaba, sintiendo esa distancia que él se encargaba de marcar incluso cuando estaba a pocos pasos.
La conversación no tardó en desviarse.
—¿Y qué fue lo que la trajo hasta aquí?
Me tomé un segundo.
Dios, soy periodista. ¿Qué se supone que hace una asistente en una empresa como esta?
—Quería un entorno que me exigiera más. Algo distinto —respondí, sosteniéndole la mirada, aunque sentía el pulso en la garganta—. ¿Hoy le satisface mi respuesta, señor Arlov?
✽✽✽
Cada tanto se mordía el labio inferior con frustración.
Por un momento, consideré lo fácil que sería romperle la máscara.
Un beso. Nada más. Bastaría.
La imagen cruzó por mi cabeza sin aviso y la descarté enseguida.
Estoy empezando a aburrirme.
—Sin duda, mejor que la de ayer —musité—. Recuerdo haberle preguntado si le gustaban los desafíos.
—Y yo le respondí que dependía del desafío.
—No recuerdo tal cosa. Pero bien, dejemos el pasado en el pasado. ¿Qué pasaría si le dijera que aquí los desafíos no son solo profesionales, sino también… personales?
Frunció el ceño, aunque no logró ocultar la curiosidad.
—No estoy segura de entender lo que quiere decir, señor Arlov —replicó con esa cautela que supongo que algunos confunden con inocencia.
Fijé los ojos en los suyos, deteniéndome un segundo más de lo necesario en ese tono avellanado que parecía cambiar con la luz.
—Me refiero a que su tiempo y su atención valen más de lo que imagina y que, a veces, para obtener los resultados que uno quiere, hay que estar dispuesto a ceder un poco.
Bajé apenas la voz.
—¿Qué tan dispuesta estaría a cambiar sus propios límites si se lo pidiera?
Su reacción fue contenida.
—Creo que todos tenemos límites —dijo finalmente—, y saber cuándo ponerlos… depende de cada quien.
No me siento satisfecho con esa respuesta.
—Hablando de límites, tengo una invitación para usted. ¿Qué tal si asiste conmigo a un evento importante? —Dejé que mi mirada recorriera su cuerpo sin ningún esfuerzo por disimularlo.
—¿Qué tipo de evento? —preguntó, intentando ignorarlo.
—Un evento de caridad. Creo que le encantará o, al menos, le resultará familiar porque, después de todo, la caridad la ha traído hasta aquí.
Se irguió un poco.
—¿Soy una obra de caridad?
—No me diga que he tocado una fibra sensible.
—Para nada, señor…
—Me alegro, porque sería incómodo para mí que supusiera que no es más que una obra de caridad —respondí, permitiendo que una leve sonrisa apareciera—.
Pero no se lo tome a mal; mire el lado conveniente: le doy la oportunidad de demostrar su valía, de acompañarme y de mostrar de qué es capaz.
Así, quizás, deje de parecer que contratarla y concederle una entrevista más…
personal fue producto del champán o del hecho de que tiene un bonito trasero.
Creo que eso sería lo primero que pensaría si pretendiera cruzar ciertos límites, ¿no?
✽✽✽
¿Quiere que renuncie?
La idea me cruzó la cabeza tan rápido que casi me hizo perder el hilo de la conversación.
Estaba jugando conmigo, midiendo hasta dónde podía empujar sin que yo retrocediera.
Sentí la tensión subir por el pecho, y cualquier gesto de más pudiera darle exactamente lo que estaba buscando.
—Por supuesto, no podría negarme aunque quisiera, señor Arlov —respondí con firmeza—. Después de todo, es mi jefe, y no creo que sus palabras sean una invitación; más bien parecen una orden disfrazada de gentileza.
Sostuve su mirada, aunque por dentro todo iba un poco más rápido de lo que me habría gustado.
El hombre frente a mí no era encantador. No realmente. Solo sabía parecerlo cuando le convenía, cuando había suficientes ojos observando.
Tal vez mi artículo debía ir por otro lado.
—Vaya, mi asistente tiene un lindo trasero y también es inteligente…
El comentario me cayó de lleno.
—¿Cuándo será el evento? —lo interrumpí antes de que pudiera decir algo más.
—En tres semanas —respondió con ese brillo burlón en los ojos—. Tendrá tiempo suficiente para prepararse. Podría comprarle un lindo vestido.
Negué demasiado rápido.
—No… no es necesario, señor —contesté, y odié que mi voz saliera más ronca de lo que pretendía.
Aparté la mirada un segundo, tratando de recomponerme.
¿Cómo se suponía que debía reaccionar ante algo así?
Porque no era solo el comentario.
Era la naturalidad.
Como si no hubiera cruzado ninguna línea.
—¿Cómo maneja el estrés? —preguntó, cambiando de tema con esa facilidad irritante que empezaba a descolocarme.
Parpadeé una vez, ajustándome al giro.
—Trato de mantener un equilibrio saludable —respondí, obligándome a conservar el tono neutro—. Practico yoga y salgo con amigos siempre que puedo.
Mientras hablaba, tuve la incómoda sensación de estar respondiendo algo más que una simple pregunta. Como si cada palabra estuviera siendo colocada bajo una lupa.
—¿Y qué pasa cuando no tiene tiempo para eso?
¿Qué clase de respuesta está esperando?
—Como bien sabe, soy un hombre bastante ocupado
—añadió—, y podría decirse que el compañerismo no es lo mío.
Frunció el ceño, con un desagrado que parecía genuino.
—¿Yoga? Por favor…
Algo en su tono me tensó un poco más, aunque no supe si era por la burla o por la forma en que parecía encontrarlo todo… insuficiente.
—Pues supongo que simplemente encuentro una manera de lidiar con ello. —Me encogí de hombros—. Pero creo que debe de haber algo que llame su atención, ¿no? Algo que lo mantenga… entretenido.
No debería haber dicho eso.
Lo supe en cuanto las palabras salieron de mi boca.
—¿Entretenido?
Se inclinó hacia atrás, observándome con una expresión que no terminaba de descifrar.
¿Y ahora qué?
—Sí, supongo que… tengo un pasatiempo. En fin, me parece que tiene una gran capacidad para mantener la compostura bajo presión. Eso es admirable. Créame, señorita Taylor, será útil.
El cambio me dejó por un segundo fuera de lugar. Como si me empujara y luego retrocediera sin previo aviso.
—Haré todo lo posible para cumplir con sus expectativas…
—Tutéame —me interrumpió.
Alcé la vista, sorprendida.
Aunque su voz sonaba aburrida, aquel matiz insinuante seguía ahí.
—¿Qué?
—Que me tutees.
Mi pulso se aceleró apenas.
—Usted es mi jefe… Es el señor Arlov. No creo que pueda cruzar esa línea…
—Estoy cansado de llamarte «señorita Taylor». Quiero que me llames por mi nombre. Dilo. Es una orden.
Tragué saliva, sintiendo que algo se me apretaba en el pecho. No exactamente miedo… pero tampoco algo que pudiera ignorar.
—Bien —dije al final—. Señor Arlov… digo… Víktor.
El nombre se sintió extraño en mi boca.
Asintió, como si eso fuera suficiente, y luego se levantó, dando por terminada la conversación sin necesidad de decirlo.
Se volvió hacia los ventanales y dejó de prestarme atención. O al menos eso parecía.
Me giré y caminé hacia la salida, tratando de recuperar una normalidad que ya no terminaba de encajar del todo.
—Que pases una buena noche, Lina.
Su voz me alcanzó justo antes de cruzar el umbral.
Y, sin entender muy bien por qué, mi corazón empezó a latir con más fuerza.