27 Veintisiete
VEINTISIETE
—Bueno… ¿vais a vivir juntos?
Paisley estaba sentada en mi sofá, con un té helado delante, y me clavó una mirada seria.
La había llamado para hablar del lanzamiento inminente del libro. Se lo había tomado mejor de lo que esperaba cuando le dije que no quería que me acompañara en la ofensiva mediática del mes de la publicación. De hecho, le había quitado importancia al instante.
No era que no quisiera pasar tiempo con Paisley.
Me gustaba estar con ella. Pero una gira de quince ciudades en un solo mes era mucho.
No tendríamos más de unos pocos días en cada sitio.
En Nueva York estaríamos más tiempo; en Chicago, menos.
Estaríamos constantemente en aviones, y habría noches en las que todo se reduciría a cenar y meterse en la cama, porque al día siguiente había que madrugar para las entrevistas.
Me sentiría culpable si no le dedicaba tiempo a Paisley.
Y me conocía lo suficiente para saber que solo querría dedicárselo a Brody.
No me lo había reprochado. Al contrario, le había intrigado la idea de que estuviera con Brody. Se había lanzado a por ese dato y no había habido manera de que lo soltara.
—¿Por qué das eso por hecho? —protesté—. Llevamos juntos exactamente cinco minutos.
—Pues parece que lleváis bastante más de cinco minutos. —Inclinó la cabeza—. Más bien meses, ¿no?
Me encogí de hombros, sin tener la menor idea de adónde quería llegar.
—Mis padres salieron dos meses y se fugaron para casarse —dijo ella—. Llevan veinticinco años felizmente casados.
Le lancé una mirada furibunda.
—Nosotros no vamos a casarnos.
—Puede que no en este momento exacto. —Su sonrisa era pura travesura—. Algo me dice que, al final, acabaréis casándoos.
Era una romántica de corazón, un rasgo que me había hecho reír por dentro antes de que Brody entrara en mi vida. Una cosa era escribir novela romántica y otra creer en el amor romántico en la vida real. Qué equivocada estaba.
Abrí la boca, sin saber muy bien qué iba a decir, y entonces miré hacia la puerta: Hayley acababa de entrar sin llamar. Traía una caja de una pastelería de Savannah. Ya se me hacía la boca agua.
—Por favor, dime que son donuts —dije.
—Son donuts.
Dejó la caja sobre la mesa y me miró con seriedad antes de sentarse.
—¿Sabes que tu madre está dando vueltas por el jardín de delante?
Asentí.
—¿No quieres salir a hablar con ella? —insistió Hayley.
—Ni hablar. —Negué con la cabeza—. Ella se ha metido en esta situación. Que se saque ella.
Hayley apretó la mandíbula.
—Tiene pinta de estar desquiciada.
Durante los últimos días, Brody me había expuesto con delicadeza su teoría sobre la salud mental de mi madre.
Al principio había descartado la posibilidad —mi madre no tenía ninguna enfermedad mental, aunque fuera insoportable—, pero había empezado a leer sobre el tema.
Internet es un sitio pésimo para investigar síntomas.
Lo dice todo el mundo. Es un sesgo de confirmación: encuentras exactamente lo que buscas.
Mentiría, sin embargo, si dijera que no había estudios interesantes por ahí.
Quizá no se tratara solo de que fuera una mala madre.
Quizá nunca hubiera tenido ninguna posibilidad.
Eso no cambiaba la realidad de mi infancia ni la absolvía de todo el daño que había hecho, pero sí me daba que pensar.
Por desgracia para mí, cuando saqué el tema de hablar con un médico, mi madre me cortó en seco. No pensaba hacerlo. Si insistía más, desaparecería. Y de todas formas ya le tocaba desaparecer. Antes de que acabara la semana se habría marchado.
—Está en plena crisis —expliqué—. Rufus le ha bloqueado las llamadas y los mensajes. No va a sus sitios de siempre. No puede acosarlo porque vive en una urbanización cerrada y la tienen vetada.
Hayley abrió mucho los ojos.
—Pues suena bastante fuerte.
Me encogí de hombros.
—Lo único distinto de esta situación es que Rufus tiene dinero. O sea… dinero de verdad. Las otras veces que lo ha hecho, los tíos no tenían influencia suficiente para que la detuvieran.
—Pero no la han detenido —dijo Hayley.
No parecía sentir ni un ápice de compasión por mi madre. No se lo reprochaba. Conocía las historias. A diferencia de mí, no tenía ningún vínculo emocional con mi madre. En toda esta historia era simplemente mi mejor amiga, y me aliviaba tenerla a mi lado.
—No te preocupes por mi madre —dije—. Se irá pronto. Está furiosa, pero en cuanto aparezca otro tío volcará toda su atención en él. Luego se marchará con él y no sabré nada de ella durante al menos seis meses.
Hayley frunció los labios; se notaba que dudaba entre decir lo que pensaba o callarse.
—Dilo —la animé, para ponérselo más fácil.
—¿Te has planteado que tu vida sería mejor si la sacaras de tu vida para siempre? —preguntó al fin.
Conseguí esbozar una sonrisa débil.
—Más veces de las que te imaginas.
—¿Y…?
—Y es mi madre. Por mucho que me gustaría ser fuerte y borrarla de mi vida, no puedo. Es la única familia que tengo. —Levanté las manos con las palmas hacia fuera; la frustración me subía por dentro—. Es mi madre.
Una oleada de compasión cruzó el bonito rostro de Hayley.
—Me parece justo. —Abrió la caja, cogió un donut y se dejó caer en el sofá—. Bueno, ¿de qué estamos hablando?
—De que Brody y Bree vivan felices para siempre —respondió Paisley con una sonrisita en los labios.
—Ay, qué bien. —Hayley le devolvió a Paisley una sonrisa igual de amplia—. ¿Cómo va todo por allí?
Fingí no haber oído la pregunta y rebusqué en la caja de bollería.
Hayley me había traído el de siempre, un dónut de bizcocho con glaseado de chocolate y virutas de colores, pero antes de cogerlo por puro automatismo me paré a valorar las opciones.
Brody no dejaba de hacerme probar cosas nuevas allá donde íbamos.
No me quitaba mis platos de siempre; simplemente me ampliaba el horizonte.
La mayoría de las veces seguía prefiriendo lo que había pedido yo.
Pero alguna que otra vez la cata me había encantado.
Así me di cuenta de que, por ser tan rígida —algo necesario para sobrevivir cuando era niña, pero que ya no tenía por qué seguir formando parte del proceso—, me había perdido muchísimas cosas.
Por puro impulso, cogí un dónut alargado y volví a sentarme.
—Vaya, vaya, vaya —arrastró las palabras Hayley—. Jamás pensé que vería este día.
—Estoy probando cosas nuevas —respondí sin mirarla a los ojos.
—Como irse de gira de presentación con Brody. —Paisley soltó una risita sonora—. Van a visitar quince ciudades en un mes y no quiere que la acompañe, porque lo prefiere a él.
La fulminé con una mirada de advertencia.
—Ya hablamos de esto. No es por eso.
—No es de las que hacen piña con las chicas —le susurró Paisley a Hayley en tono de conspiración, sabiendo que me iba a irritar.
—Siempre ha sido una de esas de «elígeme a mí» —se burló Hayley, usando la famosa frase del meme para destrozarme.
—Ja, ja, ja —dije arrastrando las palabras—. Sois tan graciosas que casi no lo soporto.
Paisley se rio de mi incomodidad.
—Ya te he dicho que no pasa nada. Por mucho que me gusten las giras de presentación, siempre acabo agotada. Entiendo que quieras hacer esta sola. No te va a resultar muy divertido si en tus citas románticas, después de tres horas de avión, estamos Brody y yo.
—No, eso desde luego no suena divertido. —Miré hacia la ventana cuando una sombra pasó por delante—. Ojalá lo superara y se marchara de una vez —murmuré—. No puedo decirle que se vaya, pero estoy harta de ella.
Paisley se inclinó hacia un lado para ver mejor el jardín.
—La verdad es que parece que está perdiendo la cabeza.
—Se le pasará. —Esperaba que fuera verdad—. Hablemos de otra cosa. —Me centré en Hayley—. He oído que vas a viajar con Nathan en estas giras de presentación. ¿Cómo lo llevas?
Ella se encogió de hombros.
—Nos llevamos bien.
Una respuesta muy diplomática.
—Lo he visto con mis propios ojos —dije—. Pero… Nathan tiene fama de ligarse a una mujer en cada parada. ¿Cómo vas a entretenerte tú si él está ocupado catando melones a cada paso?
—¿Catando melones? —Hayley parecía horrorizada—. No me puedo creer que hayas dicho eso.
—En realidad, Brody lo dijo así una vez. Me hizo reír.
—Brody, ¿eh? —Hayley cruzó las piernas y me observó. Su mirada era intensa… y un poco inquietante.
—¿Por qué me miras así? —me quejé, moviéndome en la silla. Me estaba incomodando de verdad.
—Estás enamorada.
Fue una simple afirmación, no una pregunta.
—Yo no he dicho eso. —Me obligué a mirar otra vez por la ventana. Centrarme en mi madre era preferible a aquella conversación.
—No, pero lo estás. —Hayley se rio al verme retorcerme—. No pasa nada por admitirlo.
Tenía razón: no pasaba nada por admitirlo. Pero ¿estaba lista para hacerlo? En el fondo, sí. Todos los miedos que había sentido cuando Brody y yo empezamos a enrollarnos se habían ido disipando poco a poco a lo largo de las semanas que habíamos pasado juntos.
Había sido paciente. Nunca me había presionado.
Siempre me incluía en las decisiones sobre dónde ir y qué comer, y ni una sola vez puso los ojos en blanco cuando yo elegía un tema de conversación.
Se apuntaba a cualquier película que yo pusiera en la televisión, y lo había puesto a prueba con algunas de las peores películas de Lifetime que conocía.
Se había apuntado a todo. Por eso me sentía cada vez más cómoda con él. Y, curiosamente, también me sentía más cómoda conmigo misma. Ya no era la mujer que tapaba su vergüenza en aquel primer evento de autores haciendo que otra persona se sintiera mal. Ahora sabía que eso no se hacía.
No hacía falta dirigir la atención negativa hacia otra persona. Bastaba con hacerse valer. Era una de esas cosas que siempre debería haber sabido. Me sentía idiota por no haberlo descubierto hasta ahora.
Mejor tarde que nunca.
Sonreí y solté el aire con fuerza.
—Lo quiero —admití, y luego contuve la respiración para ver si se producía una explosión. No se produjo.
—Ya lo sabíamos —dijo Hayley—. Nathan y yo tenemos una apuesta. Yo calculé que tardarías otro mes en darte cuenta. Este es el plazo que él eligió. No podrías esperar un mes más para decírselo a Brody, ¿verdad?
Hice una mueca.
—¿Os habéis apostado algo sobre nosotros?
Se rio como si hubiera dicho la cosa más graciosa del mundo.
—Llevamos apostando sobre vosotros desde el incidente del carrito de golf. —Se volvió hacia Paisley con una sonrisa cómplice—. Allí había chispa, sin duda.
Paisley se rio mientras yo fruncía el ceño.
—Ya lo has mencionado, sí.
—Sois lo peor —dije, y volví a desviar la mirada hacia la ventana. Mi madre no paraba quieta ahí fuera, paseando de un lado a otro. «¿Debería ir a ver cómo está?». Todavía estaba valorando mis opciones cuando Hayley volvió a hablar.
—Planteas algo interesante sobre Nathan y la gira —reflexionó—. No estarías dispuesta a prestarme a Paisley ese mes, ¿no?
Volví la mirada hacia ella de golpe, sorprendida.
—¿Quieres llevarte a Paisley contigo y con Nathan? —No parecía una buena idea. Nathan era un pervertido cuando le apetecía, y Paisley era más joven e influenciable.
—Puede ayudarme con todo lo que haya que hacer —dijo Hayley—. Ahora mismo estoy sin asistente. Además, cuando Nathan se líe, como es inevitable, con una mujer distinta en cada ciudad, ella y yo podremos irnos a cenar, tomar unas copas y acostarnos a una hora decente.
Tuve que apretar los labios para no echarme a reír mientras le lanzaba una mirada a Paisley. Sería educada y aceptaría ir con Hayley quisiera o no, porque así era ella. Pero aquella sonrisa de oreja a oreja me dijo que la idea le gustaba.
—Eso lo decide Paisley —dije—. Aunque creo que es buena idea. Me aliviará la mala conciencia…
—Querrás decir porque ahora solo te interesa tirarte a Brody y no tus amigas —se burló Paisley.
—Yo nunca he querido tirarme a mis amigas —le solté.
—Ya sabes lo que quiero decir.
La ignoré.
—Este año pienso tomarme unos días libres por las fiestas. Brody y yo queremos hacer todo el ritual navideño juntos.
Al decirlo no se me escapó ninguna mueca, como había dado por hecho que pasaría. Lo decía en serio y estaba contenta.
—Ay, qué monos —arrulló Hayley—. Supongo que a todas nos van bien las cosas. —Desvió la mirada hacia la ventana de mi izquierda—. Menos a tu madre. En serio, ¿qué está pasando ahí fuera?
Suspiré y me levanté.
—Sí que parece más alterada de lo normal. Dejadme ir a ver qué le pasa. Lo más seguro es que esté pavoneándose como un pavo real para el que viva enfrente. Estoy casi segura de que ahí vive un tío soltero.
—Los que se pavonean son los pavos reales macho —dijo Paisley—. Las hembras no.
—Bueno, gracias por ese dato tan innecesario.
Me dirigí al vestíbulo. La contrapuerta grande estaba abierta y solo quedaba cerrada la mosquitera, así que, al acercarme al porche, empecé a oír unas voces que se filtraban desde fuera.
—No está aquí —insistió mamá, con la voz más aguda de lo normal—. Solo estoy yo. Deberías irte.
—No me voy a ninguna parte.
Tardé un momento en situar la segunda voz.
Por desgracia, la había oído más veces de las necesarias en los últimos meses.
Al final la reconocí, aunque el dueño de esa voz no tenía ningún motivo para estar allí.
Lo medité un instante, me coloqué en un ángulo que me permitiera ver a través de la mosquitera sin que me vieran y me obligué a mantener la calma.
—Llama a la policía —ordené en voz baja—. Y llama a Brody también.
Hayley puso cara de no entender nada.
—No lo entiendo.
—Llámalos.
No podía entretenerme. Por una vez, no se trataba de limpiar uno de los desastres de mi madre.
—¿Qué está pasando? —preguntó Paisley, con la voz teñida de alarma.
—Tenemos visita —respondí con la mente a mil por hora.
Me habían rajado las ruedas. Habían vandalizado el jardín de Brody. Brody me había enseñado el vídeo de nuestro paseo en coche fúnebre y los dos nos habíamos quedado intranquilos.
Todo empezaba a encajar.
—¿Qué clase de visita? —casi explotó Hayley.
—De la clase que mi madre no puede manejar sola. —Estaba resignada—. Lo digo en serio. Llama a la policía. Diles que hay un individuo peligroso en el jardín de mi casa. No sé si hay que preocuparse por si va armado. Después llama a Brody. —Tragué saliva con fuerza—. Creo que lo voy a necesitar.
Dicho eso, giré sobre mis talones y me dirigí con paso firme a la puerta. Las cosas estaban a punto de ponerse raras.