26 Veintiséis
VEINTISÉIS
Subí por el camino de entrada de mi casa —venía de casa de Bree— y me encontré a mi padre en la puerta.
—¿Qué haces aquí?
—Por lo visto, estoy sentado en el escalón de la entrada como un pordiosero —respondió papá negando con la cabeza, y se levantó con un gruñido.
Sonreí de medio lado.
—¿Quién dice ya pordiosero?
—Es una palabra.
Me reí entre dientes.
—Si tú lo dices.
Hice girar las llaves en el dedo.
—¿Qué pasa?
Era raro que mi padre se dejara caer sin avisar. Si estaba allí, era porque algo le rondaba la cabeza.
—Me están acosando —anunció sin el menor preámbulo.
Apreté los labios, dividido entre echarme a reír y hacer la pregunta obvia.
—Y veo que no te sorprende —dijo al ver que yo no decía nada.
—No me sorprende.
Pasé a su lado, abrí la puerta y dejé el portátil en la encimera de la cocina antes de volverme hacia él.
—¿Cómo está Sylvia?
—Está loca.
Volví a quedarme callado.
—¿Por qué no te sorprende? —insistió.
—Porque Bree me dijo que estaba loca.
—¿Bree sabe que está loca?
Que mi padre no preguntara quién era Bree me pareció una victoria.
La había mencionado más de una vez en nuestras llamadas quincenales.
Sylvia probablemente también hablaba de ella.
Aun así, hacía dos semanas que Sylvia había comentado que mi padre le hacía ghosting, así que no tenía ni idea de con qué frecuencia se veían.
—Bree creció con ella.
Fui a la nevera y saqué una jarra de té helado. Serví dos vasos y le acerqué uno a mi padre. Lo cogió sin decir nada.
—Por lo que tengo entendido, Sylvia se pasaba el día preocupada por su vida amorosa y no dedicaba ni un minuto a Bree.
Aquello seguía dándome rabia, pero conseguí no irme por las ramas.
—Más o menos dijo eso mismo —reconoció papá.
Parecía cansado. Nunca parecía cansado. Era un hombre acostumbrado a las visitas al spa y a ocho horas completas de sueño cada noche.
—¿Sylvia reconoció que había sido una madre penosa?
Me costaba creerlo.
Se encogió de hombros.
—Dijo que Bree era muy autosuficiente. Luego me contó anécdotas, que a ella le parecían graciosísimas, de cuando Bree se quedaba sola fines de semana enteros a los diez años.
La rabia me recorrió de golpe.
—¿Y le parecía divertido?
—No lo entiende. Ser una madre entregada no era algo que le interesara. Tuvo suerte de que Bree pudiera cuidarse sola.
Algo en su forma de decirlo me hizo pararme a pensar.
—Bree es buena persona.
Elegí las palabras con cuidado.
—Va a estar en mi vida mucho tiempo, si de mí depende.
Papá arqueó una ceja.
—¿Cuánto es mucho tiempo?
«Para siempre». Esa fue mi respuesta inmediata. Me limité a sonreír.
—Mucho tiempo.
Papá me estudió la cara y luego esbozó una sonrisa leve.
—Entonces supongo que tendré que conocerla. Bueno, en cuanto su madre deje de acosarme. Supongo que no podrías preguntarle cómo hacer que pare el acoso, ¿no? Sylvia no deja de aparecer en los sitios más inesperados y de hacer como si fuera casualidad.
—Ya lo hemos hablado. Tienes que dejar de ir a tus sitios habituales una temporada. O podrías decirle directamente que no te interesa —añadí casi como si se me acabara de ocurrir.
Papá negó con la cabeza.
—No puedo ser cruel con ella. O sea, no la odio ni nada. Simplemente no puedo pasar tiempo con ella. Es maníaca.
Yo mismo me lo había preguntado. Parte del comportamiento que había visto cuando estaba cerca de Sylvia me hacía pensar que podía ser bipolar. Tenía ciclos de subidones enormes y bajones muy profundos.
—Dile la verdad y punto.
—¿Y cuál es la verdad?
—Que no te interesa. Está claro que ya no.
—Sí, bueno…
Se rascó la barbilla.
—Al principio me gustaba tener con quien hablar. No me di cuenta de que estaba loca hasta más tarde. ¿Y cómo es que tú no me dijiste que dejara de verla? Yo diría que, como te interesa su hija, querrías que me mantuviera alejado de ella.
—¿Habría servido de algo que te pidiera que te alejaras de ella?
Lo preguntaba con auténtica curiosidad.
—Puede. Quiero que seas feliz. Esa chica, Bree, parece hacerte feliz.
«Muy feliz». No tenía ni idea de cuánto.
—Sí que lo hace. Me entiende.
—¿Porque ella también escribe libros?
—No es solo eso, pero es buena parte. Es difícil encontrar a alguien que entienda lo que hago. Encajamos bien. Y en cuanto a por qué no te dije que evitaras a Sylvia, sabía que no iba a durar.
—¿Y eso por qué?
Papá se apoyó en la encimera y se cruzó de brazos.
No iba a endulzárselo.
—Porque es demasiado mayor para ti.
Papá protestó.
—Es cinco años más joven que yo.
—Y últimamente solo compras en la sección de las veintipocos.
—Hablas de mí como si fuera un depredador asqueroso.
—No lo eres. Pero tampoco buscas nada serio.
—¿Por qué dices eso? —preguntó él.
Mi padre y yo nunca hablábamos de nuestros sentimientos. Nuestras conversaciones no pasaban nunca de lo superficial. Pero, en cuanto tuve ocasión, no me contuve.
—Porque no quieres salir con nadie que ponga en cuestión el recuerdo que tienes de mamá.
Tragó saliva con dificultad.
—Te sientes mal por haberle sido infiel —continué—. Cuando ella enfermó, lo dejaste. Vi cómo estabas por entonces. Te sentías culpable.
—Tu madre no lo sabía, ¿verdad?
—Lo sabía.
La angustia le surcó el rostro al darse la vuelta y apartar la mirada.
—Me lo había preguntado.
—Así fue como consiguió que firmaras el fideicomiso. Se aprovechó de tu sentimiento de culpa.
—Habría hecho cualquier cosa que ella quisiera.
Cuando se volvió hacia mí, parecía un anciano.
—No es que tuviera la menor intención de dejarte sin nada. No quiero que pienses eso.
—Sé que no ibas a dejarme sin nada. Pero solo me habrías dado acceso al dinero con restricciones. Te garantizo que no me habría licenciado en Filología Inglesa si ella no hubiera dejado montado el fideicomiso.
Papá abrió la boca —puede que para discutir— y luego la cerró.
—Tu madre se aseguró de que no te faltara nada —dijo por fin—. En aquel momento no entendí por qué hizo lo que hizo. No me parecía bien que estudiaras Filología. Pero fue lo mejor para ti.
Era la primera vez que me decía algo así, y me quedé un instante pasmado. Luego me recompuse.
—¿Por qué lo crees ahora? Antes no lo creías.
—No es que no creyera en ti. Sabía que serías bueno en lo que decidieras hacer. Es solo que… quería que quisieras ser como yo. Ahora me doy cuenta de que me equivocaba. Eres dueño de ti mismo. Y eres bueno en lo que haces.
—Pasé una mala época —admití. Sus palabras significaban mucho para mí—. Pero ya he vuelto al buen camino.
—¿Quieres hablar de por qué pasaste una mala época?
Pensé en Bree. Le había echado la culpa de mis problemas, pero no era por eso por lo que me había derrumbado.
—La presión me superó. Triunfé nada más empezar.
Se llama síndrome del impostor. No creía que fuera capaz de repetirlo, porque estaba convencido de que había sido pura casualidad.
Mi segundo libro aún no había salido cuando perdí la confianza.
Salió y fue tan bueno como el primero, pero yo ya me estaba comiendo la cabeza.
Asintió como si aquello tuviera todo el sentido del mundo.
—¿Y ahora…?
—Y ahora me doy cuenta de que no puedo controlar lo que va a pasar.
Le había dado muchas vueltas en las últimas semanas.
—Voy a escribir libros que la gente adore y voy a escribir libros que no gusten tanto. No voy a perderlo todo si pasa lo segundo, ni voy a ser el rey del mundo si pasa lo primero. Voy a seguir siendo lo mismo.
—¿Y qué es eso?
—Un escritor.
Me encogí de hombros.
—Eres un buen escritor, hijo, aunque yo no entienda eso de los elfos y los enanos y demás.
Sonrió con pesar.
—Me alegra que hayas encontrado a alguien a quien querer.
—Es importante para mí.
—Prometo quererla para siempre si consigue quitarme a su madre de encima —dijo él.
Se me escapó la risa y negué con la cabeza.
—Vas a tener que pasar a la clandestinidad. Bree dice que su madre se distraerá y se largará con otro en cuanto se dé cuenta de que tú ya no eres una opción.
—¿Va a largarse así, sin más, y dejar a Bree? Eso no suena muy bien.
—Supongo que pasa constantemente. Bree está acostumbrada.
—Eso no significa que esté bien.
—No, pero según Bree hay cosas peores. La verdad es que está deseando que su madre se vaya. Demasiada convivencia no es buena para ellas.
—Pero es su madre.
—Lo estás mirando a través del prisma de mi madre. Lo entiendo. Yo también lo hacía.
Me encogí de hombros.
—No todas las relaciones son iguales. Bree quiere a su madre. Pero no puede pasar demasiado tiempo con ella, porque Sylvia nunca va a ser la madre que necesita. Es mejor que no se lo restrieguen por la cara una y otra vez.
Papá lo meditó y luego asintió.
—Básicamente, lo que dices es que tengo que arreglar yo solo el lío que he montado.
—Eso es.
Esta vez, cuando sonreí, fue una sonrisa de verdad.
—Quizá —y es solo una idea— podrías salir con alguien con quien puedas hablar, pero que no acabe acosándote la próxima vez.
Su expresión fue de lo más seca.
—Lo tendré en cuenta.
DOS DÍAS MÁS TARDE, ME REUNÍ CON MI AGENTE Y mi editora en el Garibaldi Savannah.
Lenore Baker, mi agente, había organizado el encuentro.
No tenía ni idea de si era buena o mala señal —les había enviado el manuscrito terminado una semana antes—, pero estaba preparado para la noticia, fuera la que fuera.
No le había mentido a mi padre al decirle que había hecho las paces con lo que sería mi futuro.
Ya no culpaba a Bree de lo que había pasado en el congreso.
Claro que ella no era perfecta. Pero todo el daño de verdad lo había hecho yo.
Si me hubiera calmado aquel día, todo el mundo habría olvidado lo ocurrido en una semana.
Los problemas me los había buscado yo solo.
Carly Pitt había editado mis dos libros anteriores, así que, una vez hecho el pedido, fue en ella en quien clavé la mirada.
—Bueno, seguramente te estés preguntando por qué hemos venido en avión hasta aquí para verte —dijo ella, medio riéndose.
—Estoy un poco preocupado —dije.
Abrió más los ojos.