Léelo y llora (Escribir lo correcto 1) 25 Veinticinco
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25 Veinticinco

VEINTICINCO

Brody y yo fuimos cayendo en una rutina cómoda.

Pasábamos todas las noches juntos —normalmente en su casa, porque mi madre estaba cada vez más impredecible— y escribíamos juntos entre semana.

Los fines de semana nos lanzábamos a la ciudad: visitas guiadas y rondas de bares.

No había nada extraordinario en lo que hacíamos y, sin embargo, todo me parecía fresco y nuevo.

Era como mirar el mundo con unas gafas nuevas sin haberme dado cuenta de que llevaba años viéndolo todo borroso.

No sabía qué pensar de nada de aquello.

Nunca había sido tan feliz, y no era que estuviera viviendo a lo grande. Simplemente estaba viviendo la vida junto a Brody. Él convertía lo rutinario en algo divertido, y ayudaba que los dos nos dedicáramos a lo mismo.

Era difícil explicarle a la gente ajena al oficio lo que implicaba ser escritor. No consistía solo en sentarse a sacar dos mil palabras al día y luego salir por ahí a hacer el tonto. El asunto tenía mucha más miga.

Había que pensar en los esquemas y en la edición. Yo odiaba editar. Una vez terminado un manuscrito, quería darlo por cerrado y pasar enseguida a otra cosa. Pero no funcionaba así.

Además, en un mundo de redes sociales, tenía que mantener varias cuentas de Instagram, Facebook y TikTok.

Había abandonado Twitter —o como se llame ahora— años atrás, y nunca entraba en Threads porque había oído que los escritores se habían adueñado de la plataforma para montar locuras y dramas.

Yo prefería mantener mis locuras fuera de internet y lejos del consumo público.

Nada de eso tenía en cuenta las épocas en que mi musa se quedaba callada y teclear dos mil palabras era una tortura.

Claro que había días en los que me sentía inspirada y era capaz de sacar diez mil palabras en cuatro horas.

Otros días, en cambio, poner una simple conversación por escrito costaba lo mismo que sacar una muela.

Muchos autores se estaban pasando a la IA, pero yo nunca sería de esas.

Mi filosofía era simple: si no te tomas la molestia de escribir un libro, ¿por qué iba yo a tomarme la molestia de leerlo?

La parte divertida era escribir. Si la IA pudiera hacer las tareas rutinarias que odiaba, como los vídeos de TikTok, estaría totalmente a favor. Por desgracia, no funcionaba así.

Íbamos por el octavo evento de los doce totales la primera vez que nos grabé a Brody y a mí juntos en un vídeo. Estábamos en un Uber de camino al Pirates’ House cuando saqué el móvil por impulso y giré la cámara hacia nosotros.

—¿Qué vas a pedir para cenar esta noche? —le pregunté.

La sorpresa le cruzó la cara a Brody, pero enseguida respondió sin titubear.

—Pues, para variar, voy a pedir un entrante.

—¿Ah, sí? —Mantuve un tono ligero y de broma—. ¿Y eso por qué?

—Porque los buñuelos de maíz con gambas especiadas a la cajún los crearon los dioses.

—¿En serio?

Asintió.

—Sip, y los vas a probar. —Me dio un toque juguetón en el costado con el dedo—. Me da igual lo que pidas tú, pero esta noche vas a probar algo nuevo.

—Dice que me caso con los menús y que no pruebo cosas nuevas. Yo creo que se equivoca. Supongo que lo averiguaremos.

Sonreí a la cámara, con la cabeza apoyada suavemente contra la de Brody, y luego detuve el vídeo.

—Voy a subirlo a mi cuenta de TikTok, a menos que te moleste —dije sin mirarlo a los ojos.

—¿Por qué iba a molestarme?

—No lo sé. Pensé que a lo mejor no querías que se corriera la voz sobre esto.

—Anda ya —bufó—. Ya habría contratado una avioneta para escribirlo en el cielo si no fueras tú la que insistió en ir despacio y tantear el terreno.

Levanté el mentón y, no sé cómo, encontré el valor para sostenerle la mirada de aquellos ojos claros.

—¿Entonces no te importa que la gente sepa lo nuestro?

—Si fuera por mí, ya lo sabría el mundo entero.

No me di cuenta de lo aliviada que estaba hasta que se me relajaron los hombros.

—Vale. —Sonreí porque no sabía qué más hacer—. Pues lo subo y a ver qué pasa.

—Vale. —Me apoyó una mano en la rodilla—. ¿Le vas a poner uno de esos filtros?

—Sí. De piratas. Como vamos a un restaurante pirata, parece la elección obvia.

—Totalmente. ¿Y tú qué vas a pedir esta noche?

—Todavía no he mirado el menú.

Giró la cabeza y me clavó una mirada afilada.

—¿No lo has mirado? Tú siempre miras el menú.

—Lo sé. —Por primera vez en la vida se me había olvidado consultar el menú con antelación—. Supongo que se me pasó. Probablemente tenga algo que ver con que me distrajeras con tu pene dos horas antes de que tuviéramos que salir.

Se atragantó y lanzó una mirada de disculpa al conductor, que no reaccionó.

—No me puedo creer que acabes de decir eso —siseó.

Me encogí de hombros.

—No me da vergüenza.

Me sostuvo la mirada.

—No hay nada de lo que avergonzarse.

—Me alegra que tengamos tiempo para cenar los dos solos antes del evento de esta noche.

—A mí siempre me alegra eso.

RESULTÓ QUE LA CENA NO ERA SOLO PARA nosotros dos. Hayley y Nathan ya estaban allí, sentados, cuando entramos en el restaurante. El evento se celebraría en el comedor privado, pero nuestra cena quedaba a la vista de todo el mundo.

—¿Por qué no me sorprende que estéis aquí? —pregunté al acercarme, sin molestarme en soltar la mano de Brody.

Al principio me daban vergüenza las muestras de cariño en público. Ahora, no solo me había acostumbrado, sino que además las disfrutaba.

—No pretendíamos sorprenderte —respondió Hayley mientras yo me sentaba entre ella y Nathan en la mesa redonda—. Solo pensamos que era la mejor manera de hablar con vosotros.

Me puse alerta al instante.

—¿Qué clase de conversación? ¿Qué pasa? ¿Hay alguien enfermo?

Hayley me lanzó una mirada de advertencia.

—¿Por qué siempre te vas a lo peor?

—Porque es donde acababa siempre todo cuando era pequeña —respondí.

Estaba claro que Hayley no esperaba una respuesta tan brutalmente sincera. Apretó la mandíbula antes de contestar.

—Tu madre es lo peor —fue todo lo que consiguió decir.

—Ya. No te preocupes. Está llegando al final de su ciclo. Pronto se irá.

—¿Y adónde crees que se irá?

—Adonde la lleve su próxima víctima. —Me encogí de hombros—. Nunca hay manera de saberlo. Ni siquiera se despedirá cuando se vaya. Me dejará una nota y luego no sabré nada de ella durante al menos tres meses. Querrá asegurarse de que estoy tranquila antes de volver a llamar.

—Bueno, no te lo tomes a mal, pero no me va a dar ninguna pena que se vaya. —Hayley chasqueó la lengua y negó con la cabeza—. Esta visita ha sido mejor que la anterior, pero no creo que sea porque de repente se haya convertido en mejor persona. Es simplemente porque tú has estado distraída.

Su mirada se desvió hacia Brody.

Él sonrió. Ya se había acostumbrado a ella.

—Por eso os hemos llamado —dijo Nathan, tomando el relevo de la conversación.

—No nos habéis llamado —protestó Brody—. Vinimos a cenar y vosotros ya estabais aquí.

—Sí, porque si os hubiéramos llamado, habríais encontrado la manera de escaquearos de la cena, porque ahora mismo lo único que os importa es el uno al otro —dijo Nathan en tono afable.

Me cogió desprevenida.

—¿Qué?

Hayley se rio de mi desconcierto.

—No estamos enfadados. Pero lleváis dos meses tan absortos el uno en el otro que no habéis tenido tiempo para nosotros.

—Sí, hemos pasado demasiado tiempo juntos —convino Nathan—. Ha sido doloroso. Me echa la bronca en público por decir palabrotas.

—Solo dije que no hay ninguna necesidad de soltar tacos en público cuando hay niños alrededor —replicó Hayley—. Tú eres el que se lo tomó como algo personal.

No entendía nada.

—¿Habéis estado pasando tiempo juntos? —Para mí aquello no tenía ningún sentido.

—Pues sí. No en plan romántico ni nada parecido —añadió Hayley a toda prisa—. Aunque no por falta de intentos por su parte.

—Es lesbiana —le dije a Nathan—. Te lo dije la primera noche, cuando me preguntaste si estaba soltera.

—Solo estaba comprobando lo comprometida que estaba con el lesbianismo —respondió Nathan—. Resulta que está muy comprometida. Pero no hemos venido a hablar de eso.

—¿Y de qué queréis hablar? —preguntó Brody.

—Vosotros dos tenéis que dejar de pasar todo el tiempo juntos y empezar a pasar algo de tiempo con nosotros —respondió Nathan—. Nos sentimos abandonados, y vosotros os estáis poniendo empalagosos. Me duele que nadie, salvo una lesbiana militante, quiera pasar tiempo conmigo.

Intenté no reírme, pero no pude evitarlo.

—Siento mucho que estos dos últimos meses hayan sido tan duros —dije con solemnidad, sin sentir ni una sola palabra de lo que decía—. En cuanto a Hayley, sí que siento de verdad haberte tenido abandonada. —Le lancé una mirada de disculpa—. No fue a propósito.

—Lo sé. —Me dio unas palmaditas en la mano—. No estoy tan molesta como este. —Señaló a Nathan con el pulgar—. La verdad es que he disfrutado viendo cómo os enamorabais.

Me erguí tiesa como un palo. Si hubiera estado dando un sorbo a algo, la expresión «enamorarse» me habría hecho atragantarme. Quería negar que estuviéramos enamorados, pero no me salieron las palabras.

«Espera… ¿estamos enamorados?» Ni siquiera sabía qué se sentía. No tenía nada con lo que compararlo. Cuando miré a Brody, lo encontré observándome con una expresión indescifrable. No hizo ningún esfuerzo por corregir la suposición.

Bajé la vista al plato. Mil emociones me recorrían por dentro. «¿Estoy enamorada?» Más que una pregunta, parecía una conclusión inevitable. No tenía ni idea de qué se suponía que debía hacer con esa información. Era todo muy extraño.

—No podéis ser unos ermitaños —dijo Hayley—. Queremos empezar a hacer salidas en grupo.

—Nos da igual que os pongáis a devoraros el uno al otro cuando salgamos todos —añadió Nathan—. Pero me aburro de estar tanto tiempo solo, y Hayley se niega a hacerme de compinche en el bar.

—No voy a quedarme mirando mientras acosas a alguna pobre mujer incauta —contraatacó Hayley—. Siempre voy a avisarla de que eres un pervertido.

—A algunas mujeres eso les gusta.

Hayley puso los ojos en blanco de forma exagerada.

—Si tú lo dices.