Léelo y llora (Escribir lo correcto 1) 24 Veinticuatro
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24 Veinticuatro

VEINTICUATRO

Despertar con Bree era mi lugar favorito del mundo.

Estaba de mal humor desde el instante en que abría los ojos, pero resultaba adorable.

Para variar, habíamos pasado la noche en su casa.

Casi siempre nos quedábamos en la mía porque Sylvia estaba en la suya y podía ser una distracción.

Sin embargo, Bree me había dicho que su madre había pasado las tres últimas noches fuera, así que probablemente no corríamos peligro.

Por desgracia, aquella mañana Sylvia irrumpió en el dormitorio para despertarnos a los dos, y tenía una pinta… bueno, maníaca era la única palabra que me venía a la cabeza.

—Hola —dije, desconcertado.

Me subí las sábanas de un tirón hasta el pecho para taparme. Por suerte, me había acordado de ponerme los bóxers antes de dormirme la noche anterior. Lo de Bree era otra historia: ella solo se había molestado en dejarse las braguitas antes de caer redonda.

—¡Me está haciendo ghosting! —dijo Sylvia, frenética.

Me pasé una mano por el pelo mientras pensaba qué se suponía que tenía que decir y luego miré a Bree, que empezaba a moverse.

Tenía el pelo hecho un desastre, como si vivieran pájaros ahí dentro, y la cara sin maquillaje era un puro ceño fruncido.

La noche anterior se había pasado veinte minutos en el baño antes de acostarse, lavándose e hidratándose.

A veces traía sus cosas a mi casa, pero cuando se le olvidaba se echaba agua en la cara sin más, y así no se quitaba todo el maquillaje de ojos.

Le había dicho que podía dejar sus cosas en mi baño, pero hasta el momento no lo había hecho.

No me paraba a pensar por qué eso me molestaba tanto, porque entonces tendría que admitir que significaba que no estaba comprometida del todo.

Y eso era justo lo contrario de lo que yo quería.

—¿Qué haces? —se quejó Bree, revolviéndose bajo las sábanas. Mantuvo la manta sobre el pecho y le lanzó una mirada asesina a Sylvia—. ¿Qué habíamos dicho?

El tono de Bree me habría hecho encogerme. Sylvia, o no tenía instinto de supervivencia, o le daba igual.

—Me está haciendo ghosting —repitió—. No me devuelve las llamadas.

Bree no parecía inmutarse. Bueno, más allá de que su madre se hubiera metido en su dormitorio sin llamar. Yo, en cambio, sentí la necesidad de arreglar aquello, fuera lo que fuese.

—¿Quién no te devuelve las llamadas?

—Tu padre. —Sylvia plantó las manos en las caderas y me miró. Era como si me viera por primera vez—. ¿Te ha dicho algo?

Como todavía estaba medio dormido, tardé unos segundos en asimilar sus palabras.

—Eh…

—No tienes por qué contestar a eso. —Bree estaba más arisca que de costumbre. Me habría reído si su madre no hubiera estado dando vueltas a los pies de la cama—. Madre, ya hemos hablado de esto. —Su tono era severo—. Te estás obsesionando demasiado con la idea de tener una relación con Rufus.

Si las miradas mataran, Bree estaría muerta. La de Sylvia fue como una espada en pleno corazón.

—Hemos pasado mucho tiempo juntos. Bueno, hasta hace unos días. Le gusto.

Aquella conversación me incomodaba muchísimo.

Podría haberme levantado y haberme ido al baño —puede que incluso hubiera sido lo más inteligente—, pero no lo hice.

Marcharme y dejar allí a Bree no me apetecía nada, y seguía con la esperanza de poder seguir nuestra rutina matutina y charlar un rato antes de salir de la cama.

No importaba de qué habláramos: cualquier tema valía.

Simplemente no estaba listo para abandonar nuestro capullo.

Por desgracia, Sylvia era como una araña a punto de comerse ese capullo.

—No voy a meterme en esto. —El tono de Bree no admitía discusión—. Te he dicho un millón de veces que no quiero oír hablar de ti y de tus tíos.

—Esta vez es diferente. —Sylvia sorbió por la nariz—. Tenemos muchos intereses en común.

Bree soltó un ruido de desdén.

—Que sí —insistió Sylvia—. Y no necesito que te pongas así. Soy tu madre. Se supone que tienes que estar de mi lado.

La mirada que me lanzó daba a entender que me consideraba el enemigo. Desde su punto de vista, probablemente fuera cierto.

—Quizá yo debería… —Miré a Bree, titubeante.

—No. —Ella negó con la cabeza—. Tú no te vas a ninguna parte. Y en cuanto a ti, mamá, me cansa repetirte lo mismo una y otra vez. No quiero oír hablar de tus hombres.

—¡Pero Rufus me está haciendo ghosting! Lleva tres días sin devolverme las llamadas.

Aquello no me sorprendió lo más mínimo. Puede que mi padre hubiera encontrado entretenida a Sylvia durante cinco minutos largos, pero no era el tipo de mujer con la que iba a comprometerse más allá de unas cuantas cenas.

No era lo bastante joven. No podía considerarse un trofeo.

Vale, puede que fuera capaz de mantener una conversación con él —aunque de eso yo no estaba tan seguro—, pero no encajaba en su estética.

Que quede claro: yo no me subía al carro del «aquí no pasa nada» con los hábitos amorosos de mi padre.

No era un buen tío con el sexo opuesto. Había perdido al amor de su vida y se negaba siquiera a contemplar la idea de construir una relación con sustancia.

Pero una parte de mí entendía por qué hacía lo que hacía. Sylvia, en cambio, no iba a entenderlo.

—Si no te ha llamado en tres días, ¿dónde has estado por las noches? —preguntó Bree.

Le lancé una mirada de reojo, acordándome de lo que me había contado la noche anterior. Tenía la impresión de que su madre y mi padre habían estado juntos. Evidentemente, no era el caso.

—¿Dónde crees que he estado? —espetó Sylvia—. Siguiéndolo. No puede hacerme ghosting así, sin más. Eso no está bien.

—¿Has estado siguiendo a mi padre? —solté.

La mirada que me lanzó Sylvia me advirtió de que, si la juzgaba, habría represalias.

—Claro que lo has estado siguiendo —rectifiqué—. Es totalmente normal. —Le lancé a Bree una mirada nerviosa.

Por su parte, ella no parecía preocupada, solo molesta. Despachó mi preocupación con un gesto de la mano y se incorporó apoyándose en los codos.

—Ya te dije que esto no iba a funcionar —le dijo a su madre.

Su aire de «te lo advertí» me hizo encogerme. Eso no iba a funcionar con su madre, ¿verdad?

—Se ha casado tres veces —continuó Bree—. Tú no vas a ser la esposa número cuatro. Me enseñaste las fotos de sus dos últimas mujeres y podrías ser la madre de las dos.

Se me encogió el estómago. Qué respuesta tan gélida.

—Él quiere una relación más madura —replicó Sylvia.

—¿Te lo ha dicho él?

—No con esas palabras, pero lo sé.

Bree puso los ojos en blanco.

—Alégrate de haberle sacado unas cuantas comidas gratis en sitios a los que no podrías ir por tu cuenta —dijo con una frialdad brutal—. Entiendo que pensaras que esto iba a alguna parte, siempre piensas que va a alguna parte, pero las señales de alarma estaban ahí desde el principio.

Sylvia soltó un bufido que me recordó a un toro a punto de embestir.

—Tú nunca quieres lo mejor para mí —se quejó, cambiando de táctica en un segundo—. Nunca te compadeces de mí.

Bree se limitó a encogerse de hombros.

—Es que sé de sobra cómo juegas. Juegas para ganar, pero nunca ganas. Esta vez no iba a ser distinta.

—Pero… tenemos muchísimo en común.

Sylvia se retorció las manos.

—¿Sí? —Bree observó a su madre con una expresión indescifrable—. ¿A ti te gustan las coles de Bruselas?

La pregunta fue tan desconcertante que tuve que mirarla dos veces.

—Por supuesto que me gustan las coles de Bruselas —contraatacó Sylvia—. ¿Qué clase de pregunta es esa?

Bree dirigió la mirada hacia mí.

—¿A tu padre le gustan las coles de Bruselas?

No era una pregunta trampa, pero lo parecía.

—Eh… le gustan las coles de Bruselas asadas —respondí tras una pausa—. Son su verdura favorita.

Bree asintió como si fuera justo la respuesta que esperaba.

—Y ahí lo tienes.

—¿Y eso qué tiene que ver? —farfulló Sylvia.

—Pues que a Steve Winters no le gustaban las coles de Bruselas, así que las odiabas —contestó ella sin titubear—.

A Linc Reynolds le encantaban, así que aprendiste una receta nueva.

Bob Cornell las detestaba y volviste a detestarlas.

A Carter Kressley le gustaba asarlas en la barbacoa, así que te lanzaste a hacerlo con todo el entusiasmo del mundo. —Hizo una pausa—. Y así una y otra vez.

En ese momento me di cuenta de lo que Bree estaba haciendo.

Quería a Sylvia porque era su madre, pero no sentía el más mínimo respeto por ella, y no tenían ninguna cercanía.

Sylvia nunca había sido una madre para Bree.

Solo la había mantenido con vida hasta que Bree pudo convertirse en la que cuidaba de las dos.

Solté el aire despacio. Nadie había cuidado nunca de Bree.

Por eso parecía tan insegura cuando yo quería cuidar de ella.

Siempre había estado sola y se había acostumbrado, convencida de que así tenía que ser.

Si quería que se comprometiera del todo conmigo, tenía que hacerle ver que no solo deseaba cuidar de ella, sino que necesitábamos cuidar el uno del otro.

Me dejé caer de nuevo sobre la almohada, emocionado por haber entendido al fin lo que tenía que pasar. Y entonces hablé sin pensar.

—Mi padre nunca va a comprometerse contigo. Lo siento. Pareces muy agradable.

Eso era una exageración como una catedral.

Sylvia no me caía bien, porque sabía cómo había tratado a Bree de pequeña.

Aunque tampoco importaba demasiado. Incluso si todo salía exactamente como yo quería, Sylvia no iba a ser una presencia habitual en nuestras vidas.

Aparecería y desaparecería cada mucho tiempo.

Bree se lo permitiría porque era más fácil que la alternativa. Pero Sylvia no iba a ser familia.

—A Rufus le gusto —insistió Sylvia—. Hemos tenido conversaciones absolutamente fascinantes.

—Mi padre nunca superó la muerte de mi madre —repliqué—.

Fue un marido penoso para ella y no me cabe duda de que le fue infiel en aquella época, pero la quería con todo su corazón.

La ha canonizado. Mi madre no era perfecta, pero él la recuerda así porque se siente culpable de haberle hecho daño.

Ella sabía de las aventuras. Hizo la vista gorda porque estaba construyéndome una vida mejor.

Sylvia frunció el ceño.

—No entiendo por qué me cuentas esto.

—Para que lo comprendas. Las dos últimas mujeres de mi padre fueron distracciones. Ni siquiera fingió quererlas. Nunca va a querer a nadie más que a mi madre. Siempre va a sentirse culpable porque fue un mal marido. Eso no lo puedes arreglar.

A Sylvia se le arrugó la frente y prácticamente pude oír los engranajes de su cabeza girando.

—Quizá yo pueda ayudarle con eso. Con la culpa, quiero decir.

Abrí la boca para decirle que no iba a pasar —la mujer estaba perdiendo el tiempo, por el amor de Dios—, pero Bree me detuvo con un leve movimiento de cabeza. Sus ojos lo decían todo. Es una pérdida de tiempo. Cerré la boca de golpe.

—Madre, haz lo que sientas que tienes que hacer —dijo Bree con firmeza—. Si te detienen por acosarlo, no voy a pagarte la fianza. Que no se te olvide. Y ahora, sal de aquí. Brody y yo estábamos durmiendo.

Sylvia se fue acercando a la puerta. Parecía absorta en sus pensamientos. Se detuvo antes de salir.

—¿Ahora estáis juntos?

Contuve la respiración mientras esperaba la respuesta de Bree. Tenía curiosidad por saber qué diría. No iba a cambiar mi plan —conseguiría que se sintiera segura de un modo u otro—, pero necesitaba saber qué le pasaba por la cabeza.

—No, mamá —dijo con sequedad—. Es que me traigo a cualquier desconocido a dormir a mi cama.

Sylvia pestañeó.

—¿Eso era sarcasmo?

Bree soltó un suspiro.

—Estamos juntos, mamá. Y ahora… vete. —Hizo un gesto como para espantarla—. Y cierra la puerta al salir.

Intenté no sonreír. «Ha dicho que tenemos algo». Pero no pude evitar que se me curvaran los labios. Bree ya me estaba mirando antes de que me diera tiempo a taparme la boca con la manta.

—¿Por qué pones esa cara de satisfacción? —quiso saber.

—Por nada —mentí.

No iba a tragárselo.

—¿Por nada?

Podría haber seguido mintiendo. Puede que incluso hubiera sido lo más inteligente. En cambio, me encogí de hombros.

—Has dicho que tenemos algo.

Aquellas palabras cayeron como un yunque y ella puso los ojos en blanco.

—¿Me estás vacilando?

Negué con la cabeza y alargué la mano hacia ella para hacerle cosquillas en las costillas.

Se reía tanto que no le salían las palabras.

—¿Tienes doce años? ¿Quieres mandarme una notita para que marque una casilla y seamos novios oficiales?

—Me encantaría. Voy a buscar un bloc de papel. —No quería separarme de ella—. Cuando salgamos de la cama —aclaré.

Se rio cuando volví a hacerle cosquillas y se le borró el gesto de fastidio.

—Eres un payaso.

—Solo contigo. —Y era verdad—. No me puedo creer que acabes de admitir que tenemos algo.

—Lo retiro si no te andas con cuidado —advirtió, aunque su tono no tenía ni pizca de amenaza.

Por si acaso, cambié de tema.

—¿De verdad tu madre está acosando a mi padre?

—Sí, pero no te preocupes. No va a hervir un conejo ni nada por el estilo. Solo lo espiará hasta que de verdad lo pille con otra y entonces montará una escena.

Tenía gracia que a ella le pareciera aceptable.

—¿Qué tipo de escena?

—Pues se plantará delante de él en medio de un restaurante y lo llamará infiel. Para ella es un juego. Quiere que él la persiga.

—Mi padre no va a perseguirla. Hará que la echen del restaurante.

—Ya lo sé. —Bree asintió—. Eso es lo que pasa el cincuenta por ciento de las veces.

—Entonces, ¿por qué lo hace?

—Porque se alimenta de la energía negativa. Es así, sin más. —Hizo una breve pausa—. Puedes avisar a tu padre si quieres. Si te preocupa que pase vergüenza, puedes contarle lo que ella piensa hacer. A mí me da igual.

—No. —Negué con la cabeza. La verdad sea dicha, una humillación pública podía ser justo lo que mi padre necesitaba para replantearse sus decisiones vitales—. En parte quiero que lo haga. Podría ser divertido.

—A tu padre no le parecerá divertido.

—Me da igual. Necesita una llamada de atención. —La apreté más contra mí—. No nos preocupemos por nuestros padres, ¿vale? Que arreglen sus propios líos.

—Esa ha sido mi filosofía con mi madre desde hace unos quince años.

Le di un beso.

—¿Qué quieres que hagamos hoy? —pregunté con voz ronca. Aceptaría cualquier respuesta. Aunque había una que deseaba con todas mis fuerzas.

—He pensado que podríamos pasarlo aquí mismo. O sea… si no tienes que escribir ni nada.

Era un día entre semana. Debería haber estado escribiendo. Nunca me había alegrado tanto de ir adelantado.

—Me has leído la mente.

Me dio un golpecito en la punta de la nariz.

—Qué casualidad, ¿no?

Nos miramos durante un buen rato y luego nos lanzamos el uno sobre el otro. Sí, las cosas iban a mi favor. Solo tenía que superar el último obstáculo. De alguna manera. Valía la pena.