Léelo y llora (Escribir lo correcto 1) 23 Veintitrés
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VEINTITRÉS

Cuando los críos irrumpieron y tomaron la piscina por asalto, nuestras tardes de escritura cambiaron. No encontramos ningún sitio al aire libre que nos sirviera a ninguno de los dos, así que empezamos a escribir en mi patio. En la misma mesa. Y no me distraía ni de lejos tanto como había imaginado.

Escribimos juntos toda la semana. Ni siquiera hablábamos, salvo en los descansos.

Con Brody me sentía cómoda de una manera que no había experimentado con nadie.

Como no le habíamos puesto etiqueta a nuestra relación, no sentía ninguna presión.

Eso era deliberado por su parte, y yo lo sabía perfectamente, aunque estaba segura de que él creía que yo no me daba cuenta.

Lo sabía. Simplemente no quería remover las aguas. No había sido tan feliz desde… bueno, nunca lo había sido. Resultaba abrumador y emocionante a la vez. No sabía adónde iba todo aquello, pero estaba cómoda con el punto en el que estábamos. Por ahora, era suficiente.

Los fines de semana, que antes eran para escribir o para ponerme al día con las tareas administrativas, ahora eran para las aventuras.

A Brody le encantaban los tours. Ya había hecho casi todos, pero estaba entusiasmado por repetir.

Como yo no había hecho ninguno, también estaba emocionada.

Pocas cosas me gustaban más que un tour de fantasmas.

Habíamos empezado a hacer excursiones de un día a la ciudad. Íbamos en Uber porque era más fácil que lidiar con el tráfico. Además, nos permitía beber sin preocuparnos. La mayoría de las veces bajábamos al centro por la tarde, cenábamos y después hacíamos un tour nocturno. Era una delicia.

Brody se pasaba casi todo el tiempo observando mis reacciones durante los tours, pero yo fingía no darme cuenta.

Era atento de un modo que yo ni sabía que existía antes de liarme con él.

Ninguno de los hombres que pretendieron a mi madre la trató jamás como él me trataba a mí.

Eso me dio que pensar, y expresé lo que sentía al respecto durante una de nuestras excursiones de fin de semana.

—Creo que he sido anti-Hombres toda mi vida —dije mientras nos acomodábamos en el coche fúnebre descubierto que sería nuestro hogar durante las siguientes horas.

Cuando Brody me contó que existía un tour en coche fúnebre —uno que él no había hecho nunca—, me hizo una ilusión increíble. Y no venía nada mal que él estuviera igual de entusiasmado.

—¿Qué? —Me lanzó una mirada de reojo, desconcertado.

Me reí.

—Lo digo en serio.

—¿No te gustan los hombres?

—No, digo que he desconfiado de los hombres.

—¿Y ahora ya no?

No era una pregunta tan fácil de responder como debería haber sido.

—De ti no desconfío —dije al final.

Él se rio y me tomó la mano.

—Eso es bueno.

Lo era. No tenía ni idea de cuánto.

—Mi madre salía con tipos de los que yo desconfiaba por instinto cuando era pequeña.

Se le borró la sonrisa. Mi madre aparecía en casi todas nuestras conversaciones.

Él era amable con ella cuando estaban cara a cara, en mi casa, pero era evidente que no la soportaba.

Cuando pensaba en las cosas desde su perspectiva, en cómo debía de sonarle mi infancia, entendía por qué se alteraba.

La cuestión era que yo quería compartir los detalles de mi infancia con él.

Era la única persona a la que le contaba esas historias.

No buscaba compasión —más bien lo contrario—, pero necesitaba que me entendiera. Lo milagroso era que sí me entendía. Me escuchaba, no tenía miedo de dar su opinión sobre cómo me había criado mi madre, pero no me decía qué hacer con ella ahora. Eso era exactamente lo que yo necesitaba.

—Tu madre no me parece alguien con buen gusto para los hombres —comentó.

Fruncí el ceño cuando se cerraron las puertas del coche fúnebre y miré alrededor. Había seis asientos vacíos.

—¿Vamos solos? —No parecía muy rentable.

—He alquilado el coche entero —confirmó.

—¿En serio? —Lo miré con curiosidad—. ¿Por qué?

—Porque no quiero compartirte con nadie.

Me reí.

—¿Y la razón de verdad?

—Esa es la razón. No podemos hablar con libertad si hay otra gente delante.

Ya sabes cuánto odio que la gente descubra quiénes somos.

—Frunció el ceño al recordar a las dos turistas que habían reconocido nuestros nombres durante una visita a un cementerio.

Nos habían adulado durante dos horas seguidas hasta que no pudimos más.

Debería haber sido halagador. En cambio, sentíamos que no podíamos hablar con libertad. Fue una salida tensa, por no decir más.

—¿Cuánto ha costado esto? —Pensaba ofrecerle dinero por mi mitad, pero la forma en que entornó los ojos me frenó en seco.

—He decidido alquilarlo entero. Yo cubro el gasto. —Me dio un golpecito en la punta de la nariz—. No todo tiene que ser un toma y daca entre nosotros.

Ya lo había dicho antes. Si él pagaba la cena una noche, yo insistía en pagar la siguiente.

Él repetía que no era necesario, pero durante años yo había visto a mi madre usar a los hombres por lo que podían darle.

No quería que él me viera así. Era posible que hubiera ido demasiado lejos tres noches antes, cuando intenté quitarle la cuenta a escondidas mientras estaba en el baño. Era lo único por lo que discutíamos.

—Vale. —Solté un suspiro—. Pago yo la aventura del fin de semana que viene.

Puso los ojos en blanco.

—A veces eres demasiado.

—Mejor eso que no ser suficiente, ¿no?

—Prefiero cuando eres justo lo suficiente.

—¿Y que te deje pagar todo es ser justo lo suficiente? —dije. No le iba a gustar el tono desafiante de mi voz, pero no pude contenerme.

—No se trata de pagar todo. Se trata de querer pasármelo bien contigo y no preocuparme de que estés todo el tiempo intentando equilibrar la balanza.

Quiero hacer esto contigo. Y no quería arriesgarme a que la gente se volviera loca con los libros durante el tour.

—Vaciló—. Adoro a mis lectores. De verdad.

La mayoría de las veces nadie nos reconoce a ninguno de los dos.

Puedo ser yo mismo cuando estamos solos los dos. Cuando no lo estamos…

Sabía lo que no decía.

—Nada de palabrotas delante de los lectores. Nunca sabes a quién puedes ofender. Nada de política.

No es que habláramos nunca de política. Pero, con el clima político actual, hasta un comentario hecho a la ligera podía acabar con una carrera.

—Fue buena idea hacer esto solo para nosotros dos, pero me preocupa que haya costado un montón de dinero.

Se encogió de hombros.

—¿Te perdiste la parte en la que te dije que tengo un fondo fiduciario? Puedo permitírmelo.

Salir con un hombre con fondo fiduciario me resultaba tan raro que preferí pasar de puntillas sobre el comentario.

—En fin, ¿de qué estábamos hablando?

—De que ya no eres antihombres.

—Ah, sí.

Me reí entre dientes y negué con la cabeza.

—Antes de ti, siempre daba por hecho que algo malo iba a pasar en una relación. Por eso me largaba antes de que la otra persona se encariñara.

—Tengo malas noticias para ti. Yo ya estoy encariñado.

No eran malas noticias. Me alegró oírlo.

—Solo digo que ya no soy antihombres.

—Pues no sé si eso es buena señal para mí, si ahora vas a ser más simpática con cualquier hombre que pase.

Me reí otra vez.

—Vale. Sigo siendo antihombres. Solo estoy a favor de ti.

Me recorrió la cara con una mirada intensa y noté que me ardían las mejillas.

—Yo también estoy a favor de ti —susurró, y se inclinó para besarme.

Me entregué al beso. Todo en él me llenaba de emociones que ni sabía que era capaz de sentir.

Cuando se apartó, era todo sonrisas.

—Ahora, disfruta del tour. Creo que este va a ser de los buenos.

Daba igual si iba a ser de los buenos o no. La noche ya era un éxito solo porque estábamos juntos.

—Que empiece ya.

HABÍAMOS COMIDO TARDE PENSANDO EN el tour, pero cuando terminó, los dos estábamos muertos de hambre. Me apetecían cócteles y comida. El tour había sido increíble, mi favorito hasta ahora.

—¿Te apetece comida mexicana? —preguntó mientras mirábamos las opciones.

El Jalapeños Mexican Grill estaba justo al otro lado de la calle.

Asentí sin dudarlo.

—Vamos.

Me cogió de la mano para cruzar y no me la soltó hasta que nos sentaron en una de las mesas de sillas de un rojo chillón. Elegir la comida fue fácil. Yo siempre pedía lo mismo en los restaurantes mexicanos.

—Fajitas de ternera —le dije al camarero—. Y una margarita paloma también.

Cuando levanté la vista, me encontré a Brody observándome con una mirada indescifrable.

—¿Qué? ¿Por qué me miras así?

Me pasé el dedo por los dientes de delante al instante, preocupada por si se me había quedado algo.

—¿Alguna vez pides algo que no sean fajitas cuando vamos a un mexicano? —preguntó él.

Suspiré.

—No, pero es que me encantan las fajitas.

No me dio la lata por ello. Solo se rio.

—Yo quiero la margarita gigante, que creo que voy a necesitar, y el plato combinado con burrito de pollo, taco de ternera y enchilada de pollo, por favor.

Cuando el camarero se marchó, se centró en mí.

—Quizá deberíamos proponernos salir a un restaurante una vez por semana y que, en esa salida, tengas que probar algo nuevo.

Fruncí el ceño.

—¿Y si no me gusta lo nuevo?

—Entonces pides otra cosa.

—Eso me parece tirar el dinero.

Frunció más el ceño, hasta tal punto que aparté la mirada.

Me leía demasiado bien. Entendería que, aunque ya no necesitaba preocuparme por el dinero como cuando era niña, seguía preocupándome.

Toda esta carrera podía esfumarse sin que yo tuviera ningún control sobre ello.

Era un miedo que no conseguía superar. No habló de inmediato, lo que significaba que estaba dándole vueltas al asunto.

Aproveché que estaba distraído y señalé con el dedo.

—¿Esa no es tu superfán?

La verdad es que al principio no pensé que fuera ella, sino alguien que se le parecía. Luego me di cuenta de que era Blair de verdad y desvié rápidamente la mirada hacia él para no cruzar los ojos con ella sin querer.

—No mires —siseé.

Demasiado tarde. Ya estaba mirando por encima del hombro. Y sí, cruzó la mirada con Blair. Ella pareció tan sorprendida como me sentía yo al darse cuenta de quién estaba en el restaurante con ella.

—Ay, mierda —murmuró Brody, y volvió la cara de golpe hasta quedar frente a mí—. ¿Qué probabilidades hay?

Buena pregunta. El camarero que acababa de dejar nuestra mesa estaba ahora en la de Blair, tomándole el pedido. Eso significaba que acababa de sentarse, lo cual era… una casualidad muy rara.

—Deberíamos irnos.

Casi sonó desesperado.

—Acabamos de pedir —protesté.

—Podemos cancelar el pedido.

—Lo más probable es que ya hayan empezado a prepararlo.

—Me da igual —dijo, negando con la cabeza—. Lo pago y nos vamos a otro sitio.

Me negué en rotundo.

—Ni hablar. Eso es un desperdicio.

Me lanzó una mirada de exasperación. En esto, sin embargo, no pensaba ceder.

—Sé que no lo entiendes —dije, eligiendo las palabras con cuidado—. No puedes entenderlo. Pero yo soy incapaz de desperdiciar comida.

Bajé la vista a las manos, con los dedos apretados entre sí.

—Lo siento.

—No digas eso —dijo con suavidad.

Alargó el brazo, me cogió la mano y me fue separando los dedos con cuidado.

—Lo siento yo.

—¿Y tú de qué tienes que disculparte?

—Porque yo soy un derrochador y ni siquiera me paro a pensarlo.

—No tienes que disculparte. —Solté una risa hueca—. Tú te criaste en un mundo donde siempre sabías de dónde saldría tu próxima comida. Yo nunca pasé hambre, para que quede claro.

Por alguna razón, necesitaba que lo supiera.

—Era solo un miedo que siempre he tenido.

—No tienes que explicar por qué sientes lo que sientes. —Tenía el rostro crispado de frustración—. Me estoy portando como un idiota. Es solo que… esa mujer me va a dar una úlcera.

Se me escapó una risita antes de que pudiera contenerla.

—No lo puede evitar. Si supiera lo mucho que te altera, intentaría adaptar su comportamiento.

—¿Intentaría?

—No creo que sea capaz de no ser quien es. Cuando es un rasgo bueno, no tiene nada de malo. Pero cuando es algo así… —Extendí las manos y me encogí de hombros.

—Tú no la mires a los ojos. A lo mejor nos deja en paz —dijo él.

Soñaba despierto, pero asentí de todas formas.

—Quizá tengamos suerte.

LOGRAMOS TERMINAR LA CENA, PERO NO pedimos un segundo cóctel.

Brody estaba desesperado por marcharse. Propuso que buscáramos otro bar, pero yo estaba cansada.

Había sido un día muy largo. Estaba lista para irme a casa —a su casa— y ponerme cómoda.

Una de mis cosas favoritas era tumbarme en su cama, hombro con hombro, y enseñarle vídeos graciosísimos.

Pagó él y, por una vez, no discutí. Cuando llegó el momento de escapar, fui al baño. Él me esperó fuera para que Blair no lo viera. Al salir, me encontré a Blair junto al atril de la recepción. Estaba entre la salida y yo.

Oh, oh.

—¡Hola! —Me puse una sonrisa falsa—. Me había parecido que eras tú, al otro lado del restaurante. Qué casualidad.

—Sí, ha sido una sorpresa —convino ella, remilgada, con un leve movimiento de cabeza—. Estabas con Brody.

—Sí. Hicimos un tour para documentarnos y luego fuimos a picar algo. Ahora nos vamos a casa.

—¿Juntos? —Su voz sonó extrañamente tenue.

—Vivimos no muy lejos el uno del otro y hemos compartido un Uber —respondí.

No era asunto suyo lo que estuviéramos haciendo. No me avergonzaba de mi relación con Brody, por indefinida que fuese, pero Blair no era el tipo de persona con la que yo compartiría asuntos personales. Además, si al final no era más que una aventura pasajera, luego resultaría difícil de explicar.

—Ah. —El alivio recorrió a Blair como una brisa de verano—. Supongo que tiene sentido. —Se inclinó hacia delante y me guiñó un ojo con complicidad—. ¿Para qué gastar gasolina si no hace falta?

—Sí, soy muy de cuidar el planeta.

No era exactamente mentira. Intentaba poner mi granito de arena. Aunque no era por eso por lo que Brody y yo compartíamos el coche.

—Será mejor que me vaya.

Ella sonrió.

—Nos vemos en el próximo evento.

—Desde luego.

Estaba impaciente por alejarme de ella, y encontré a Brody esperándome en la acera.

—El Uber llega en dos minutos —dijo cuando me reuní con él.

—Genial. —Le cogí la mano sin pensarlo y decidí no contarle mi encontronazo con Blair—. Estoy lista para irme a casa y ver si te encuentro otro vídeo de gatos locos.

Él se rio y me besó en la mejilla.

—Me encantan tus vídeos de gatos.

Cuando ya me había abrochado el cinturón en el Uber y el conductor arrancaba, me arriesgué a echar un vistazo atrás, hacia el restaurante. Blair estaba al otro lado de la puerta de cristal, viéndonos marchar. No podía verle la cara, pero, de algún modo, supe que tenía el ceño fruncido.