Léelo y llora (Escribir lo correcto 1) 22 Veintidós
81%

22 Veintidós

VEINTIDÓS

«Lo iremos resolviendo sobre la marcha».

Esas palabras me sonaron en bucle en la cabeza durante las dos semanas siguientes, en las que me despertaba con Bree en mi cama casi a diario.

Parecía un ángel bajo la luz suave de la mañana, con los rasgos relajados por el sueño.

Su pelo oscuro contrastaba violentamente con mi almohada y siempre componía una imagen impactante.

Quería tenerla aquí. No solo ahora, sino de aquí en adelante. No podía decir que la quisiera para siempre —lo nuestro era demasiado reciente para eso—, pero desde luego no quería que aquello fuese algo pasajero.

Visto en retrospectiva, era inevitable que acabáramos así.

La química entre nosotros era palpable. Los dos la sentíamos.

Mi pregunta era si seríamos capaces de sortear lo que parecían vidas desordenadas —o más bien pasados desordenados— para mantener aquello.

Lo deseaba para nosotros más que nada en el mundo, pero Bree era asustadiza.

Todo giraba en torno a su madre. A Bree le habían enseñado desde muy pequeña que los hombres no se quedaban.

Su madre había metido en casa un desfile interminable de hombres después de que su padre se marchara, y ninguno había durado.

A mí, en cambio, me habían enseñado que la vida es frágil. Mi padre había querido a mi madre con todo lo que tenía. De eso no me cabía la menor duda. Cuando ella se fue, una parte de él murió también. Lo que quedó no resultaba demasiado atractivo.

No sabía estar solo. Eso lo había descubierto años atrás.

La soledad le resultaba insoportable. Necesitaba a alguien a quien llevar a las galas benéficas y con quien salir a cenar.

Las esposas que vinieron después de mi madre no habían sido matrimonios por amor.

Habían sido distracciones temporales. No sentía por ellas ni una fracción de lo que había sentido por mamá. Vivía una vida a medias.

Yo no podía arreglarlo. En mi familia no hablábamos de sentimientos. Y si lo hacíamos, él terminaba diciendo algo que me enfadaba, sin falta. Soltaba comentarios desdeñosos sobre el vínculo que lo había unido a mi madre, aunque yo sabía que no eran ciertos. Era frustrante a más no poder.

Así que no hablábamos de nada importante.

Cenábamos juntos una vez al mes, más o menos, y el resto del tiempo nos comunicábamos por correo electrónico, nunca por mensajes.

Me parecía bien. Tenía otras cosas de las que preocuparme, como Bree y cómo conservarla a mi lado.

Estaba decidido a lograrlo y necesitaba encontrar la manera correcta de hacerlo.

Su instinto natural era cortar por lo sano antes de que surgieran sentimientos de verdad. Entre nosotros ya se estaban cociendo sentimientos de verdad; de eso no dudaba ni un instante. Solo tenía que conseguir que ella los aceptara. No sería fácil, pero yo estaba decidido.

Se removió a mi lado y yo le sonreí.

—Hola, rayito de sol —dije arrastrando las palabras con tono burlón.

Por las mañanas era justo lo contrario a un rayo de sol. Se ponía de un humor de perros, hasta el punto de resultar graciosa. A mí no me importaba. Adoraba cada centímetro obstinado de ella.

—Ja, ja.

Se limpió la boca; era siempre su primer impulso. Babeaba un poco, aunque yo nunca se lo diría. A mí no me molestaba —era otra de las cosas que me parecían adorables—, pero a ella le daba vergüenza, lo que me hacía preguntarme si su madre se habría burlado de eso alguna vez.

Todo lo que irritaba a Bree parecía tener su origen en la infancia.

—¿Cuál es el plan para hoy? —pregunté cuando se acurrucó más cerca y apoyó la cabeza en mi hombro.

Desplicé el brazo por debajo de ella y la atraje con más fuerza contra mi costado. Era mi momento favorito del día: despertarnos juntos. Estaba blanda y dócil, mimosa incluso, antes de ponerse la armadura para enfrentarse al mundo.

—Trabajar —respondió ella—. Tengo que sacar unas cuantas palabras.

No era la única. Yo iba adelantado y corría hacia la meta con mi novela de fantasía. Era buena. Lo reconocía. Pero la de misterio seguía llenándome el pozo creativo.

Nuestra rutina no había cambiado demasiado en las dos últimas semanas.

Ella pasaba la noche en mi casa. Yo preparaba el desayuno casi todas las mañanas, momento en el que intentaba colarle cosas como tostadas de aguacate o tortillas francesas para ver si se las comía.

Nunca se quejaba y se comía todo lo que le ponía delante —otra cosa que llevaba grabada, porque de niña la comida no se desperdiciaba—, pero cada vez que salíamos seguía pidiendo del menú limitado que se había impuesto a sí misma.

Se había convertido en un reto personal conseguir que pidiera otra cosa.

Hasta el momento, no daba su brazo a torcer.

Después del desayuno, se iba a su casa a arreglarse.

Una cosa que se negaba a hacer, para mi disgusto, era traer ropa y artículos de aseo para dejarlos en mi casa.

Se lo había propuesto casi desde el principio, porque se burlaba de mi champú con acondicionador dos en uno.

Me había dicho que no en el acto, y me lo tomé como algo personal…

hasta que lo pensé bien. De pequeña, Bree no podía permitirse reponer el champú, la pasta de dientes ni los cepillos de pelo.

Ahora se aseguraba de cuidar de esas cosas.

Incluso había admitido que gastaba más en champú y acondicionador de lo que gastaban en la compra de una semana cuando era niña.

No iba a arriesgarse a dejárselas en otro sitio hasta sentirse completamente cómoda conmigo.

Yo no podía forzar que eso ocurriera —ni querría, aunque pudiera—, pero ella tenía que llegar a un punto, en su cabeza, en el que me asociara con la seguridad.

Así que esperé y me aseguré de que supiera exactamente lo que quería ofrecerle. No la presioné. Aquella relación se estaba construyendo a los tiempos de Bree, y a mí me parecía perfecto.

Seguíamos quedando para escribir en la zona de la piscina tres días a la semana, y cada uno iba por su cuenta en coche.

La piscina dejaría de ser una opción en dos semanas, cuando acabara el curso escolar.

Estaba buscando activamente otro sitio donde pudiéramos escribir al aire libre, pero aún no se me había ocurrido nada.

Dos días a la semana escribíamos cada uno en nuestra casa.

Los dos estábamos escribiendo a buen ritmo, lo que me parecía una buena señal.

Los días que no escribíamos juntos, seguíamos cenando juntos.

Seguíamos cayendo rendidos juntos en mi cama.

Nuestras dos vidas se solapaban cómodamente.

Nunca había sido tan feliz. Bree también parecía feliz.

Bueno, excepto por una cosa. Su madre seguía viviendo con ella y no daba la menor señal de querer marcharse.

Al parecer, también seguía saliendo con mi padre, lo que debería haber resultado incómodo para los dos, pero Bree se mostraba brutalmente indiferente al respecto.

Mi padre dejaría a su madre —la única que no parecía darse cuenta era Sylvia— y cada uno seguiría su camino.

Bree me había advertido de que lo más probable era que su madre se pusiera dramática cuando llegara el momento, hasta el punto de encararse con mi padre en público.

Había pensado en avisarlo —no había nada que mi padre detestara más que un numerito de locura en público—, pero decidí no hacerlo.

Mi padre necesitaba aprender una lección sobre su manera de salir con mujeres.

Y si la madre de Bree iba a ser la que se la enseñara, que así fuera.

—Esta noche tenemos otro evento —le recordé a Bree, mientras mis dedos trazaban líneas suaves sobre su hombro.

Tenía la piel suave y olía a coco. Su aroma, incluso horas después de haberse untado loción por cada centímetro del cuerpo antes de dormir, era embriagador. Ni siquiera me había dado cuenta de que me gustaba el olor del coco hasta que empecé a pasar tiempo con ella.

—Sí. —Resopló.

Bajé la vista hacia ella.

—¿No quieres ir?

—No es eso —se apresuró a responder—. Me lo he pasado bien en los eventos. Es solo que…

—Joey —dije.

Ella asintió.

—Va a estar allí. Lo sé.

No teníamos pruebas de que Joey fuera quien le había rajado los neumáticos.

Yo había pedido ver las grabaciones del aparcamiento, pese a que ella le había quitado importancia a todo el asunto, como si no fuera nada.

Y sí que había sido grave. Aquella noche había tenido miedo, allí fuera, a la vista de todos. Yo no quería que tuviera miedo de nada.

Por desgracia, las cámaras del aparcamiento no fueron de mucha ayuda.

El restaurante chino no tenía el ángulo adecuado.

La cámara del bar que apuntaba a esa zona estaba rota.

Lo único que logré distinguir fue una sombra furtiva a lo lejos.

Podía haber sido cualquiera, incluso unos gamberros sin más.

Pero la obsesión constante de Joey con Bree bastaba para convencernos a los dos de que no había sido casualidad.

—Esta vez iremos juntos en Uber —dije con decisión—. Por mucho que me guste zumbar por ahí en el scooter, es más seguro pedir un Uber.

Ella no discutió.

—Tengo que intentar escribir algo esta tarde. —Alzó la barbilla—. ¿Dónde es el evento de esta noche?

—En River House Seafood.

—Oooh.

Se incorporó y me regaló una vista espléndida de su espalda desnuda. Era delgada y fuerte, y despertaba en mí un deseo que lo abarcaba todo. Cuando estábamos así, juntos, no podía evitar tocarla. Por suerte, no parecía molestarle. Cogió el móvil de la mesilla y empezó a teclear.

—¿Qué haces? —pregunté con el ceño fruncido.

—A ver qué tal es la carta. Estaba pensando que podríamos ir pronto, solo nosotros dos, y cenar antes de que empiecen a llegar los lectores.