21 Veintiuno #2
—Porque cuando era pequeña, mi madre esperaba que una caja de cereales me durara toda la semana, y compraba cereales azucarados de marca blanca para ir tirando. Terminé odiando ese tipo de cereales.
No creía que Brody pudiera fruncir más el ceño, pero lo hizo.
—No te lo tomes a mal —estaba claro que elegía las palabras con cuidado—. Tu madre es un monstruo.
No me lo tomé como algo personal.
—Es limitada. Sinceramente, no tiene malas intenciones, y por eso sigo dejándola quedarse conmigo cuando aparece. Nunca debería haber sido madre, pero hizo lo que pudo.
Brody parecía querer insistir, pero no lo hizo.
—De verdad que no pasa nada —le aseguré—. Aparece cada dos años más o menos, se queda unas semanas y luego se larga a buscar pastos más verdes. Me conozco la rutina.
—Te mereces mucho más.
Levanté un hombro.
—En la vida no siempre te dan lo que mereces.
Abrió la boca, probablemente para decir algo muy feo sobre mi madre, pero cambió de rumbo.
—Háblame de este desayuno —señaló mi plato—. ¿Cómo acabaste eligiéndolo?
—Fue el primer desayuno que pedí para mí misma en un restaurante. Ahorré durante dos semanas y me compré mi propio desayuno para no tener que comer cereales. Estaba tan bueno que desde entonces siempre pido lo mismo.
Juro que parecía que iba a echarse a llorar.
—¿Y qué es, exactamente? —preguntó en voz baja.
—Huevos vuelta y vuelta, para que la clara quede cuajada, tostadas de pan integral para mojar en la yema, patatas ralladas fritas y bacon.
—¿Y cuántas veces por semana lo pides?
—No más de una, pero cuando lo pido es todo un lujo.
—¿Y nunca te apetece pedir algo distinto? —preguntó.
—¿Para qué? Ya sé lo que me gusta.
Apretó los labios. Yo le sostuve la mirada.
—Vamos a probar desayunos nuevos —dijo al final—. Puedes seguir pidiendo este —dio un golpecito al borde de mi plato—. Pero vas a empezar a probar los desayunos que pida yo.
Brody hablaba como si fuéramos a desayunar juntos a menudo. La idea no me disgustaba.
Sonrió de oreja a oreja.
—Espera a que te presente las tortitas de plátano del Collins Quarter. Te van a encantar.
—Supongo que habrá que esperar para comprobarlo.
LUEGO NOS OCUPAMOS DE LA MOTO. Hicimos que una grúa la llevara a un taller que Brody conocía. El precio de los neumáticos nuevos no fue tan alto como esperaba. En lugar de recogerla al final del día, que era el plan original, Brody organizó que me la llevaran a casa al día siguiente.
—No sabemos hasta qué hora estaremos fuera, y no quiero cortar la diversión antes de hora —dijo.
—¿Y cómo sabes que nos vamos a divertir?
—Porque contigo siempre me divierto.
Aquello bastó para envolverme el corazón en un abrazo, y asentí.
—Me parece justo. Vamos a divertirnos.
Y eso fue exactamente lo que hicimos. Brody empezó con una vuelta por el casco histórico.
Le apasionaban los edificios, la arquitectura y la historia.
Escuché todo lo que dijo con absoluta atención.
Me encantaban las anécdotas de fantasmas.
Pero era más que eso. Se emocionaba tanto con todo lo que me mostraba que no pude evitar emocionarme yo también, aunque la arquitectura me importara un pimiento.
Sabía apreciar un edificio bonito. Y también sabía apreciar a Brody.
Me llevó a comer a The Olde Pink House, un sitio que tenía en mi lista desde la mudanza. Él pidió montaditos de cerdo desmenuzado y yo opté por tomates verdes fritos —mi debilidad— y crema de cangrejo.
Después de comer hicimos una visita a pie por los lugares encantados. La guía era buenísima: ponía voces escalofriantes al contar las historias. Parecía entregada a su trabajo.
—Las visitas son mejores de noche —dijo en voz baja mientras caminaba a mi lado, con nuestros dedos entrelazados.
¿Cómo había ocurrido aquello? No recordaba haberle cogido la mano ni que me hubiera cogido la mía. De repente estábamos conectados, y resultaba tan natural que no me aparté.
—¿Has hecho todas las visitas? —pregunté.
—No sé si todas, pero he hecho muchas.
—¿Entonces propones que volvamos para hacerlas de noche? —pregunté, notando cómo me subía la emoción—. ¿O quieres quedarte por aquí hasta la noche?
Negó con la cabeza, pero se corrigió.
—En realidad, pensaba que podríamos cenar y luego volver a mi casa. A no ser que no te apetezca pasar el rato otra vez en mi casa, lo cual me parece perfectamente bien.
No respondí de inmediato. Pareció estar a punto de entrar en pánico.
—No pasa nada si no quieres venir otra vez a mi casa tan pronto —dijo rápidamente—. No me importa nada quedarnos fuera charlando, si es lo que prefieres. No pretendo presionarte para nada.
Era adorable cuando se ponía torpe. La verdad era que yo quería volver a su casa. No siempre sería su casa —yo tenía una casa perfectamente respetable—, pero mi madre vivía de momento bajo mi techo, y no había razón para hacer las cosas más incómodas de lo necesario.
Le puse un dedo en los labios para que se callara al ver que iba a seguir divagando.
—Tengo muchas ganas de volver a tu casa —le aseguré en voz baja.
Dejó caer los hombros, aliviado.
—¿En serio?
Asentí. Parecía necesitar que lo tranquilizara, y yo quería dárselo. La cuestión era cuánto podía darle.
—No puedo prometerte nada, pero quiero ver hasta dónde llega esto —empecé.
Él asintió.
—Así que improvisemos sobre la marcha —continué—. Haremos lo que nos salga de forma natural. Ya lo iremos viendo.
Soltó el aire de golpe, como si acabara de quitarle el peso del mundo de los hombros.
—Me parece bien.
—Vale.
Los dos nos relajamos.
—¿Dónde quieres cenar? Podemos pedirlo para llevar y cenar en tu casa —propuse.
Le brillaron los ojos y toda la incomodidad desapareció.
—Ah, ¿ves? Me has leído el pensamiento.