Léelo y llora (Escribir lo correcto 1) 21 Veintiuno
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21 Veintiuno

VEINTIUNO

Despertar junto a Brody fue surrealista. Ya estaba despierto y me miraba fijamente cuando abrí los ojos.

—No he babeado, ¿verdad?

La mano se me fue sola a la boca y me froté las comisuras, cohibida.

Sonrió con suficiencia.

—No estoy seguro. Si lo has hecho, ha sido una baba muy sexy. No te preocupes por eso.

Le lancé una mirada asesina.

—Eso no tiene ninguna gracia.

—Un poquito de gracia sí tiene. —Se hundió bajo las mantas y me miró muy serio—. ¿Cómo te sientes?

En aquel momento se mostraba vulnerable. Y aunque no me hubiera dado cuenta, jamás le habría dicho nada que pudiera herirlo. No a propósito. No otra vez. Era demasiado importante para mí… y esa idea resultaba terrorífica.

—Me siento bastante bien —respondí.

—¿Sí?

Sonreí de medio lado al ver cómo se hinchaba de orgullo.

—Sí. —Alargué la mano y le hundí el dedo en la mejilla—. Estás sonriendo.

—¿Te sorprende?

Me encogí de hombros.

—No estaba segura de que sonrieras nunca. Luego volvimos a encontrarnos aquí y parecías dudar antes de sonreír. Pero ahora…

No dije lo que me estaba preguntando. «¿Sonríe por mí? ¿Es solo el sexo o también soy yo?»

Él pareció adivinar lo que me preocupaba.

—Tú me haces sonreír.

Me recorrió un calorcito desde la coronilla hasta la punta de los pies.

—¿Porque soy graciosa?

—Como un payaso —concedió, y me hizo unas cosquillas suaves en las costillas que me hicieron retorcerme.

—No acabas de llamarme payaso.

Solté un grito ahogado y me revolví, pero no porque quisiera escapar.

Aquel momento era demasiado perfecto para estropearlo.

Podría quedarme allí el resto del día y sentirme completamente a gusto.

Bueno, siempre que hubiera comida. Lo que me estaba asustando, aunque me negaba a darle vueltas, era que una parte de mí creía que podría quedarme allí el resto de mi vida y ser feliz.

«¿Qué demonios me está pasando?»

—Anoche tuvimos la conversación sobre Stephen King —le recordé con severidad—. Los payasos dan miedo.

—Ah. —Dejó de hacerme cosquillas y me observó—. ¿Te ofenderías si te dijera que eres graciosa como una de las mujeres de Las chicas de oro?

Las cejas casi se me salieron de la frente.

—¿Esa serie tan vieja?

—Esa serie era divertidísima. Yo la veía con mi madre, y ella la veía con la suya. Incluso ahora, cuando me siento un poco solo, busco un episodio y lo pongo.

No conocía mucho la serie, pero la emoción desnuda que se le veía en la cara bastó para convencerme de que tendría que verla.

—Eso es bastante tierno.

—Sí.

Se inclinó hacia mí, con la voz ronca, y me besó. Fue un beso suave y dulce, igual que él.

A mi estómago se le ocurrió arruinar el momento con un rugido enorme que nos hizo reír.

—¿Tienes hambre? —preguntó mientras se pasaba una mano por el pelo.

—Sí.

—Bueno, sigo queriendo que pasemos el día juntos.

Esta vez no se fue por las ramas ni intentó que fuera yo quien hiciera la primera propuesta. Tomó las riendas, lo cual fue un alivio enorme.

—¿Te apetece?

Asentí sin vacilar.

—Sí, pero desde luego necesitamos desayunar antes.

—Bueno, tengo un plan. —Lo dijo con total naturalidad—. Puedes coger mi carrito para ir a tu casa a arreglarte y luego volver con él. Nos vamos al pueblo, desayunamos y organizamos lo de tu scooter.

Se me cayó el alma a los pies. El scooter. Casi me había olvidado de él.

Brody me leyó la expresión a la perfección.

—Lo más probable es que fueran unos críos.

Ya lo había dicho la noche anterior y yo no le había creído. A plena luz del día era más fácil dejarme llevar por esa idea, aunque seguía sin poder quitarme de la cabeza que el ataque había ido dirigido contra mí.

—Metemos el scooter en el garaje y luego nos vamos a hacer cosas de turistas todo el día —continuó.

—¿Qué tipo de cosas de turistas?

—Aún no lo he decidido. Pero será divertido.

No había nada en su propuesta que no me gustara, así que asentí.

—Puedo estar lista en cuarenta y cinco minutos, contando el trayecto. ¿Seguro que me confías tu carrito?

Esperaba que soltara alguna pulla. En cambio, sonrió de oreja a oreja.

—A ti te confiaría cualquier cosa.

No debería haber sido tan blanda, pero fue imposible contener el suspiro.

—Eso ha sido muy cursi.

Se encogió de hombros.

—Lo he dicho en serio.

Y como sabía que era cierto, me permití relajarme. Íbamos a pasar el día juntos. No recordaba haber tenido nunca tantas ganas de que llegara algo.

MI MADRE ESTABA EN LA COCINA, tomando café y mirando el móvil, cuando volví a casa.

—Vaya, alguien ligó anoche —dijo, y movió las cejas con picardía: unas cejas ralas hasta que se las pintaba al maquillarse.

—Te has levantado temprano —comenté, y los ojos se me fueron al reloj de la encimera.

Mi madre no era partidaria de levantarse antes de las nueve, razón por la cual había perdido tantos trabajos cuando yo era niña.

—Anoche no salí —respondió ella, todavía distraída con el móvil—. Rufus tenía un evento de trabajo y era solo para empleados.

Lo que Brody me había contado de su padre y de a qué se dedicaba me hacía dudar de esa historia. Aunque yo no pensaba meterme. Si mi madre sospechaba que Rufus le mentía —aunque no fueran pareja—, aplicaría la política de tierra quemada y le convertiría la vida en un infierno.

—Vaya, qué pena. —Me acerqué a la encimera y me serví una taza del café que ella había preparado—. Voy a arreglarme y luego Brody y yo nos vamos al centro a pasar el día.

No se lo contaba para provocar preguntas. Las haría de todas formas. Decidí adelantarme, porque no sabía qué decirle sobre mi relación con Brody. Sobre todo porque yo misma no tenía ni idea de adónde iba aquello.

—Anoche pasó algo —continué.

—Ah, ya lo sé. —Mamá parecía demasiado contenta—. Tienes ese brillo sonrosado tan bonito que te sale cuando te permites mirar a un chico más de veinte segundos.

¿Chico? Seguía tratándome como si fuera una adolescente colada por el quarterback del equipo. Era irritante. Pero buscar pelea por eso era una causa perdida. Mejor dejarlo pasar que entrar al trapo.

—Anoche tuve uno de esos eventos de autores —dije, y seguí adelante sin hacer caso de su comentario—. Fui en mi scooter. Cuando salí, me encontré con que alguien había rajado las ruedas.

Bueno, eso sí captó toda la atención de mamá. Rara vez se ponía seria, pero en ese momento lo estaba.

—¿Crees que te lo hicieron a propósito o fue una gamberrada sin más?

La mayor parte de mi infancia la había pasado en barrios donde las «gamberradas» formaban parte del día a día.

—Sinceramente, no lo sé. —Negué con la cabeza—. Llevo un tiempo con un problema: hay un tío que aparece en los eventos e intenta hablar conmigo.

—¿No se supone que los lectores van precisamente a eso, a hablar contigo?

—Sí, pero este tío… hay algo raro en él. —Le di un sorbo al café—. ¿Te acuerdas de aquel piso que tuvimos cerca de las vías del tren? Había un tipo que vivía en uno de los apartamentos del sótano. Reggie Lancaster, creo que se llamaba.

Mamá no sonrió.

—Me acuerdo de él. Por su culpa nos mudamos.

Asentí con la cabeza.

—Sí. Lo sé. Joey me da la misma sensación que me daba él. No ha hecho nada evidente. Simplemente hay algo que no encaja en él.

—¿Te preocupa que te esté acosando?

—No sé exactamente qué es lo que me preocupa. —Era la verdad—. Solo sé que estoy preocupada en general. Quiero que estés atenta a cualquier hombre extraño que veas por esta zona. No sé cómo podría averiguar dónde vivo, pero no me extrañaría nada de él.

—No es difícil averiguar dónde vive la gente. ¿Qué aspecto tiene?

Se lo describí.

—Estaré atenta —prometió mamá.

—Y asegúrate de cerrar con llave cuando salgas —dije—. Por si acaso.

—No pienso estar aquí hoy. Voy a un museo con Rufus. —La sonrisa de mamá rebosaba felicidad. Desaparecería más pronto que tarde. Pero, aunque yo era una realista, no le pinché el globo de la euforia.

—Tú cierra bien las puertas, ¿vale?

Ella asintió.

—¿Brody y tú estáis saliendo ahora? —me preguntó a mi espalda mientras yo me dirigía a mi habitación.

—Solo pasamos el rato juntos. —Era mentira, pero ella se marcharía relativamente pronto. No necesitaba saber la verdad, sobre todo cuando yo misma no la sabía—. Tengo que arreglarme. Luego nos vemos.

brODY NOS LLEVÓ A UNO DE SUS SITIOS favoritos para desayunar, donde descubrió que soy un animal de costumbres a la hora de pedir.

—Espera… ¿nunca desayunas otra cosa que no sea eso? —Le bailaban los ojos mientras me veía mojar la tostada de pan integral en la yema del huevo.

—No es para tanto —protesté.

No parecía convencido.

—Acabas de decir que no has desayunado otra cosa en treinta años.

—Treinta años, no. —Arrugué la nariz—. Eso querría decir que ya desayunaba esto en el útero de mi madre.

Ahora fue él quien hizo una mueca.

—Oh, ¿tenías que decir «útero»? Se me acaba de ir la cabeza a un sitio muy turbio.

Me reí tan fuerte que varias personas de las mesas de al lado giraron la cabeza hacia nosotros. Las ignoré.

—Solo digo que sé lo que me gusta.

Pinchó con el tenedor un buen bocado de tortitas de arándanos y, mientras se lo comía, entrecerró los ojos. Cuando hubo tragado, volvió a hablar.

—O sea, que todos los desayunos que has tomado desde que eras adolescente han sido el mismo.

Dicho así, sonaba a locura. Y tampoco era del todo exacto.

—No. Desayuno en casa y casi nunca hago huevos. Bueno, en realidad eso no es verdad. —Negué con la cabeza tras un instante—. Soy muy fan de esas bolsas verdes de patatas ya ralladas. Cuando las encuentro en el supermercado, siempre las compro con unos huevos para cocinarme el desayuno en casa.

—Esas patatas están buenísimas —asintió él—. Mucho mejores que las congeladas.

—¿Verdad? —Asentí—. También como cereales en casa.

—¿De qué tipo?

—Normalmente algo saludable. O lo más saludable que puedo encontrar.

Frunció el ceño, pero no dijo nada.

—En casa solo como tostadas o un batido de proteínas —continué.

—Eso no suena nada divertido —se quejó.

—Pues sí, lo es.

—¿Y eso por qué?