Léelo y llora (Escribir lo correcto 1) 20 Veinte #2
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20 Veinte #2

—No creo que sea mejor que el romance paranormal, pero tiene algo más íntimo. En mis novelas paranormales las cosas pueden ser un desmadre total, porque nada necesita ser realista salvo las emociones. En el romance contemporáneo todo tiene que estar anclado a la realidad.

Me lo pensé.

—¿Por qué romance?

No pretendía ofenderla, pero me moría por entenderla. Muchísimo.

—Bueno, de pequeña eran los únicos libros que había en casa.

Se encogió de hombros con cierta vergüenza.

—A veces tenía carné de biblioteca, y entonces podía sacar otros libros, pero a veces nos mudábamos, había una biblioteca nueva y a mi madre no se le daba muy bien llevarme a sacar el carné.

Se me encogió el corazón.

—Yo nunca iba a bibliotecas, porque mi padre me dejaba hacer una lista con los libros que quería y los compraba todos. Visto en perspectiva, ojalá hubiera podido ir a una biblioteca. Me perdí esa parte.

—¿Podías leer lo que te apeteciera?

—Sí. Sobre todo fantasía, algo de misterio.

Me reí para mí mismo.

—Leí a Stephen King, aunque con eso me asusté yo solo unas cuantas veces.

—Yo también me acojoné con Stephen King. El primer libro suyo que leí fue El misterio de Salem’s Lot. En esa época tenía un árbol junto a la ventana que rozaba el cristal. Me convencí de que eran vampiros intentando entrar.

—¿Cuál es tu libro favorito de King?

—El resplandor —respondió sin titubear—. Y aunque sé que él odiaba la película, también es mi peli de terror favorita.

—Es una gran película —convine—. Mi favorito es Apocalipsis.

Nos quedamos en un silencio agradable mientras ella terminaba el helado. Giró el teléfono para ver la hora.

—Debería irme.

No parecía entusiasmada con la idea, pero estábamos en un punto extraño. Los dos necesitábamos dormir.

—Te acompaño.

Me levanté de manera automática al mismo tiempo que ella y nuestros pechos chocaron.

Instintivamente alargué la mano para sujetarla, pero no me aparté. Ella tampoco.

Nos quedamos así un largo instante, mientras el calor se arremolinaba entre nosotros, y yo solo era capaz de mirarle la boca.

Quería volver a besarla —más que nada en el mundo—, pero no era buena idea.

Se había convertido en mi amiga. Qué digo, a estas alturas era casi mi mejor amiga.

Sí, seguía teniendo a Nathan, pero pasaba más tiempo con ella.

Hablábamos de todo. Nos reíamos con las películas.

A veces veíamos la misma serie y nos mandábamos mensajes.

Dexter: Resurrection era nuestra favorita del momento.

—Yo…

—Nosotros…

Hablamos al mismo tiempo y luego nos deshicimos en risas nerviosas.

—Tú primero —dijo ella.

Ahí llegué a mi límite. Nunca había deseado nada tanto como la deseaba a ella. Sí, me daba miedo que se pusiera nerviosa y acabara con nuestra amistad. Pero jamás conseguiría lo que de verdad quería si no decía algo. Así que lo dije.

—Quiero besarte. —Las palabras salieron a borbotones—. Muchísimo. Es lo único en lo que he podido pensar desde la última vez.

Ella parpadeó deprisa, pero no respondió de inmediato.

—Supongo que tú no quieres eso —añadí, y la vulnerabilidad que habría querido apartar de un manotazo me subió por dentro.

—No he dicho eso —contestó con voz ronca.

Mi corazón se saltó diez latidos.

—¿Quieres besarme?

—Tampoco he dicho eso. —Las palabras no me gustaron, pero su leve sonrisa sí—. Puede ser —añadió, casi como si se le acabara de ocurrir.

—¿Puede ser?

Ella se rio, un sonidito nervioso que me llenó de calor de arriba abajo.

—Dime qué quieres —le pedí. Más que una orden, fue una súplica.

—Tengo miedo. Tengo miedo de besarte y de que sea tan bueno que acabemos en el dormitorio.

Asentí, comprensivo.

—¿Y te da miedo que eso sea malo?

—No, me da miedo que sea bueno.

Ahora sí que no entendía nada.

—¿Y por qué es eso algo malo?

—Porque yo no tengo relaciones.

—¿Y eso?

—Porque no quiero convertirme en mi madre.

Dejó mucho sin decir, pero supe leer entre líneas.

—Tú nunca podrías ser tu madre.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque… simplemente no puedes ser ella. —Negué con la cabeza—. Eres buena persona. Puede que seas la mejor persona que he conocido.

—Te arruiné la mesa redonda.

—Intentaste mejorarla. Yo no te dejé. —Le aparté el pelo de la cara con dedos suaves—. ¿Puedo besarte?

No lo haría sin su permiso. Si decía que no, me obligaría a quedarme en la zona de amigos el resto de mi vida. Lo odiaría, pero lo haría.

Soltó un suspiro largo, interminable.

—Sí, puedes besarme.

No esperé a que cambiara de opinión. Esas palabras fueron como oxígeno, un aliento cálido que me recorrió el alma entera.

En el instante en que nuestros labios se tocaron, se desataron explosiones dentro de mi cabeza.

Vi colores que no había visto nunca. Sentí un calor que no había sentido jamás.

Ella se derritió entre mis brazos y se entregó a mí por completo.

Sentí como si el corazón se me reventara en el pecho, se recompusiera y luego volviera a empezar de nuevo. Nunca había sentido una conexión tan fuerte con nadie. Me vaciaba y me llenaba con cada roce de sus labios.

No tengo ni idea de cuánto duró el beso. Pudieron ser minutos. Pudieron ser horas. Lo único que sé es que, cuando finalmente me aparté, jadeando, ella tenía los labios rojos e hinchados. Sin duda los míos también.

—¿Quieres que te acompañe a casa? —pregunté, y me sorprendió lo ronca que me salió la voz.

Ella negó con la cabeza.

La esperanza me creció en el pecho.

—¿Quieres quedarte conmigo esta noche?

Sonrió con resignación.

—¿Cómo es que tengo que contestar yo a todas las preguntas? ¿Por qué no me pides sin más que me quede?

—Porque necesito que esto sea algo que tú quieras, no algo de lo que yo te haya convencido.

—¿Por qué es eso importante para ti?

Respondí con sinceridad.

—Porque es importante para ti.

Por lo visto, era la respuesta correcta. Entrelazó los dedos con los míos y tiró de mí hacia el pasillo que llevaba a mi dormitorio.

—Vas a romperme la racha —reflexionó, quizá más para sí misma que para mí.

—¿Qué quieres decir?

—Que yo no soy de relaciones y, sin embargo…

No hacía falta que terminara la frase. Los dos sabíamos adónde iba todo esto.

—Vamos paso a paso, ¿vale? No hace falta ponerle nombre a nada.

—Vale.

La seguí hasta mi habitación y por fin tuve lo que tanto había deseado.