Léelo y llora (Escribir lo correcto 1) 20 Veinte
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Con Bree me lo pasaba bien. Ni siquiera tener a Joey allí al principio del evento le había bajado los ánimos. Una vez que sacó de sus casillas a Blair —algo que sabía que tarde o temprano me pasaría factura—, nos dedicamos a entretenernos el uno al otro el resto de la noche.

Los dos íbamos un poco alegres cuando llegó la hora de marcharnos y nos fuimos al local de al lado a cenar.

Pedimos más comida de la que podíamos comer, con la intención de llevarnos las sobras a casa, así que pedimos a lo grande.

Entre los rollitos de primavera de verduras, las empanadillas de gambas, las gambas en salsa agridulce, el pollo con sésamo y la ternera con pimientos, comimos tanto que pensé que iba a reventar.

Cogí las sobras y volvimos a la moto a por los cascos que Bree había dejado con candado en la parte de atrás.

Estaba convencida de que serían un objetivo apetecible para los ladrones, y yo no se lo discutía.

La comida nos había despejado. Lo que nos encontramos al ir a dejar la moto asegurada para la noche nos quitó las ganas de broma a los dos.

—Vaya mierda —dijo Bree al darse cuenta de que tenía dos ruedas deshinchadas.

Al principio supuse que se habían desinflado porque llevaba meses sin usar la moto. No tenía mucho sentido, pero no era de los que se ponen en lo peor. Luego vi los cortes enormes que tenían.

Me inquietó al instante ver cómo Bree se abrazaba a sí misma buscando consuelo.

Se lo había visto hacer más de una vez. La primera fue cuando Joey la puso nerviosa en el primer evento de autores.

La segunda, durante el almuerzo con su madre y mi padre.

Se lo había visto otra vez cuando Joey la acorraló en el segundo evento. Ahora sabía lo que significaba.

—Alguien me ha rajado las ruedas —dijo, aturdida, mientras yo me cambiaba la bolsa de comida de mano y le pasaba el brazo por la espalda—. ¿Quién haría algo así?

—Críos —respondí automáticamente—. Seguro que pasaban por aquí y decidieron hacer el gilipollas.

Ella arqueó una ceja.

—Los críos son insoportables, jamás diría lo contrario, pero esto está a la vista de todos —dijo, y señaló el aparcamiento—. No creo que lo hubieran hecho sabiendo que lo más probable es que los grabaran las cámaras.

Miré alrededor. Tenía razón. Desde donde estaba alcanzaba a ver dos cámaras.

—¿Quieres entrar y pedir que te enseñen las grabaciones?

Ella negó con la cabeza.

—Es tarde.

Tenía la expresión en guardia y la mirada le saltaba en todas direcciones.

—No quiero quedarme aquí más de lo necesario.

Asentí.

—Podemos organizar que vengan a recoger la moto mañana.

De todas formas va a necesitar ruedas nuevas antes de que puedas volver a usarla.

Y no creo que eso se haga en un día. —Vacilé—.

Aun así podemos salir mañana como habíamos planeado.

—No quería renunciar a eso—. Nos encargamos de la moto por la mañana y luego la recogemos cuando hayamos acabado.

Puedo seguirte hasta casa, por si acaso.

Ella asintió.

—Me parece buena idea.

Seguía mirando a su alrededor como si esperara que alguien saltara de detrás de uno de los coches.

—¿Crees que ha sido él?

Tardé un momento en caer en a quién se refería.

—¿Joey?

—Se molestó cuando nos vio juntos. Solo se quedó una hora, más o menos, pero me estuvo observando todo el rato.

Yo lo había visto. De hecho, lo había estado vigilando de cerca.

No le quitó los ojos de encima a Bree ni un segundo.

La forma en que la miraba resultaba preocupante.

Por suerte, no se le acercó. Quizá ahora lo dejara, ya que seguramente creía que estábamos juntos.

Esa era la razón por la que le había cogido la mano como lo hice.

Vale, una de las razones. Sobre todo, lo que quería era cogerle la mano.

Pero, como había servido para dos cosas a la vez, me daba a mí mismo una excusa.

—No sabemos si fue él —dije tras una pausa—. Pudo ser cualquiera que pasara por aquí. Hay monstruos por ahí a los que les divierte destrozar cosas.

—Sí.

Soltó un suspiro y por fin me miró.

—¿Podemos irnos de aquí? Me está dando mal rollo.

Fue a la parte de atrás de la moto y soltó los cascos del candado.

Enseguida eché de menos tenerla al lado, pero asentí. No iba a superar esto así, sin más. Puede que solo fueran unas ruedas, pero había perdido parte de su tranquilidad por culpa de aquello. Me daba rabia por ella.

—Sip.

Abrí la app de Uber y rellené los datos.

—Está a solo tres minutos —dije cuando terminé.

—Qué bien.

Se colocó a mi lado, pero no se me escapó que seguía mirando por encima del hombro.

—Mañana puedo llamar al bar —dije—. Pedirles que revisen las grabaciones.

—¿Y eso de qué va a servir? La policía probablemente no hará nada.

—Saberlo te dará tranquilidad.

—Puede.

Sonrió, pero fue una sonrisa forzada.

—Vámonos de aquí, ¿quieres?

—Sip. Dos minutos y medio.

EL UBER PARÓ PRIMERO EN MI CASA porque estaba de camino. Sin embargo, no quería dejarla sola en el coche, así que tomé una decisión sobre la marcha.

—Puedo ir contigo hasta tu casa —dije—. Y luego me deja a mí a la vuelta.

Para mi sorpresa, ella se bajó del Uber delante de mi casa.

—Puedo ir andando desde aquí.

—No.

Le lancé el dinero al conductor en lo que probablemente se consideraría un gesto grosero y salí corriendo tras ella.

—No vas a ir andando.

En eso no pensaba ceder. Apreté más la bolsa de las sobras.

—Sola, al menos, no.

Me recorrió la cara con la mirada.

—¿Vas a acompañarme andando?

Si llegaba el caso, era exactamente lo que pensaba hacer. Señalé mi casa.

—¿Qué te parece si entras, te bebes un vaso de agua y hablamos, eh?

—¿Y de qué vamos a hablar?

—Puedes contarme lo de tu proyecto secreto.

Las palabras se me escaparon solas.

Cambió el peso de un pie a otro mientras el conductor de Uber salía del camino de entrada; los faros la iluminaron un instante y luego nos quedamos a oscuras, o casi.

—¿Quién ha dicho que esté trabajando en un proyecto secreto?

Sonreí de medio lado.

—Porque cambias de archivo cuando trabajamos junto a la piscina.

—A lo mejor es que guardo cada capítulo en un archivo distinto.

—Que no. Escribes igual que yo: en un único documento larguísimo.

Apretó los labios y, por un momento, pensé que iba a empezar a gritar. Luego me devolvió la sonrisa.

—Tú también saltas de un archivo a otro.

No me sorprendió que se hubiera dado cuenta. Cuando trabajábamos estábamos hiperpendientes el uno del otro, aunque ninguno de los dos lo hubiera reconocido nunca en voz alta.

—Estoy trabajando en un segundo manuscrito —dije.

—¿Porque tardaste tanto entre un proyecto y otro?

—Porque siempre he querido escribir una novela de misterio y pensé que jamás se me iría de la cabeza si no lo intentaba al menos.

—¿Estás escribiendo una novela de misterio?

Su sonrisa se volvió tan dulce como su mirada.

—No creía que fueras a hacerlo.

—Ni yo.

—¿Y qué te hizo cambiar de opinión?

Cuando empecé a aporrear el teclado no lo sabía, pero fue Bree.

Me daba una fuerza que nunca habría esperado, porque era mi mayor animadora.

Había estado leyendo mis libros en secreto y, por lo visto, le gustaban lo suficiente para llevar la cuenta de los detalles.

Esa había sido la verdadera razón por la que había decidido intentar escribir misterio.

—No sé adónde va a ir a parar —admití—. Puede que al terminar me dé cuenta de que es una porquería, pero por una vez quiero ser valiente.

Me observó con una mirada indescifrable.

—Eres más valiente de lo que tú te crees —dijo ella—. Mucho más que yo.

—No lo soy.

Negué con la cabeza. ¿No se daba cuenta de lo increíble que era?

—Tú haces esto sin red de seguridad. Solo cuentas contigo misma. Como los tenistas. Si a mí las cosas no me salen bien, siempre puedo recurrir a mi fondo fiduciario.

Se quedó boquiabierta.

—¿Tienes un fondo fiduciario?

«¿Cómo podía no saberlo?»

—Mi padre es rico y mi madre era tenaz. Se aseguró de blindar mi fondo fiduciario antes de morir, por si a mi padre se le ocurría ponerse difícil.

Lo conocía lo bastante para saber que me lo echaría en cara si no estudiaba empresariales o no sacaba notas perfectas.

Se aseguró de que no me faltara nada antes de fallecer.

—Parece que era una madre maravillosa.

Bree se puso nostálgica.

—Sé que es horrible que la hayas perdido, pero al menos la tuviste.

—Eso se lo agradeceré siempre —dije, y señalé la puerta con la cabeza—. Entra. Tengo helado.

—Yo no tomo lácteos —contestó ella de forma automática.

Ya me había dado cuenta, aunque ella nunca lo hubiera dicho.

—Es Ben & Jerry’s de leche de almendra.

—¿En serio?

Se le dibujó una sonrisa enorme.

—¿Phish Food?

Asentí.

—Es mi favorito —dijo ella.

—Pues supongo que hay otra cosa más en la que estamos de acuerdo.

Le di un codazo suave.

—Entra. Puedes contarme qué estás escribiendo, quiero saberlo todo, y luego te acompaño a casa. «Cuando estés lista», añadí en silencio.

—Vale, pero me voy a comer todo tu helado.

Me encogí de hombros.

—Hay cosas peores. «Como darte las buenas noches antes de estar preparado».

A brEE LE ENCANTABA EL HELADO. NO QUERÍA compartirlo.

A mí me parecía bien, porque disfrutaba muchísimo de tenerla ahí conmigo, en mi sofá.

No estaba sentada en mi regazo ni nada parecido, pero sí lo bastante cerca para tocarme.

Tampoco daba señales de querer moverse. Con eso me bastaba para seguir dándole conversación.

—Entonces… ¿qué te gusta del romance contemporáneo? ¿Qué lo hace mejor que el paranormal? —pregunté.

Me había contado con todo lujo de detalles lo que quería escribir en la historia en la que estaba trabajando, y me picaba lo bastante la curiosidad para seguir preguntándole por el proyecto. Por desgracia, no era ningún experto en romance. En más de un sentido.

Se encogió de hombros.