Léelo y llora (Escribir lo correcto 1) 19 Diecinueve
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19 Diecinueve

DIECINUEVE

El plan original era evitar a Brody Bates a toda costa. No quería conocerlo. No quería ser su amiga. Pero, de algún modo, se había colado entre mis defensas y ya no había manera de ignorarlo.

Después decidí que lo mejor era llevarnos bien.

Al fin y al cabo, teníamos que ir juntos a esos eventos de autores.

Resultó que no era ni de lejos tan insoportable como había imaginado.

Era ingenioso, se burlaba de sí mismo y estaba absurdamente bueno con ese aire de empollón que tanto me encendía.

Pero solo íbamos a ser amigos. En eso era inflexible. No buscaba nada más.

El último mes me había enseñado que hasta los planes mejor trazados se van al garete. Brody y yo estábamos atrapados en un limbo extraño en el que éramos más que amigos pero no salíamos juntos. Los dos nos cuidábamos mucho de no cruzar esa línea. Eso sí, estábamos juntos constantemente.

Había pasado un mes desde la primera vez que escribimos juntos cerca de la piscina. Desde aquel día, teníamos una cita fija. Tres veces por semana —entre semana, para evitar a los niños— nos sentábamos en nuestras respectivas mesas y competíamos a ver quién escribía más palabras.

No era una competición de verdad. No había mucho en juego. Quien perdiera tenía que invitar al otro a un té helado cuando nos íbamos. Ganábamos los dos, daba igual quién se llevara el día, porque estábamos sacando palabras a un ritmo brutal.

Yo ya había terminado un libro y estaba trabajando en un proyecto paralelo del que no le había hablado a nadie.

Era una trilogía de romance contemporáneo —sin un solo elemento paranormal a la vista— y distinta de mis otros libros.

Resultaba más adulta, aunque no conseguía precisar por qué.

Daba igual. Estaba disfrutando de la escritura e iba muy por delante de la fecha de entrega del otro libro, que ya estaba listo para los lectores beta. Todo encajaba.

Podría haberme tomado un descanso y no hacer nada. Mi casa todavía estaba sin ordenar desde la mudanza y necesitaba algo de atención. Eso no me quitó las ganas de quedar con Brody para escribir. No necesitaba escribir. Quería hacerlo, y no pensaba dejarlo.

En el fondo, entendía que no era solo la escritura lo que me daba energía.

Era el tiempo con Brody. Ni siquiera hablábamos mientras trabajábamos.

Nos sentábamos cada uno a un lado del sendero y nos poníamos a teclear sin parar.

Pero no había duda de que estábamos allí juntos.

Éramos un equipo. No iba a renunciar a eso —o, mejor dicho, no podía—, y me negaba a justificar mis sentimientos ante nadie.

Brody estaba a punto de terminar su libro de fantasía. Escribía sin freno, y también tenía un segundo proyecto. Lo había visto cambiar de un proyecto a otro más de una vez. Nunca le dije nada. Supuse que era asunto suyo. Pero mentiría si dijera que no sentía una curiosidad enorme.

Además de la escritura, habíamos tenido dos eventos de autores más.

En cada uno había contenido la respiración, esperando que Joey apareciera.

No lo hizo, lo que me dio esperanzas de que hubiera encontrado otra ocupación que le devorara el tiempo.

Eso hizo que los eventos me resultaran mucho más cómodos.

Brody no tuvo la misma suerte. Blair Bernstein —ya todos reconocíamos su perfume floral, empalagoso hasta la náusea— era implacable con sus listas.

En cada evento aparecía con nuevos puntos que quería repasar con Brody.

Se sentaba frente a él y monopolizaba su tiempo.

Yo no lo habría tolerado. Habría dejado de hacerle caso semanas antes.

Brody, por lo visto, tenía una paciencia infinita.

También habíamos dejado de ir por separado a los eventos.

Compartíamos un Uber; me decía a mí misma que era por comodidad, pero sabía que no era verdad.

Solo quería tiempo con él. Y él parecía querer lo mismo conmigo.

Me miraba de una forma que me decía que adoraba pasar tiempo conmigo.

Pero nunca presionaba. Nunca me preguntaba si yo sentía lo mismo.

Parecía contento esperando a que yo diera el primer paso, lo cual no iba a suceder.

Yo solo quería que fuéramos amigos. O, al menos, seguía intentando convencerme de eso.

No me estaba saliendo demasiado bien, pero yo no era de las que se rinden.

Mientras nos preparábamos para nuestro último evento de autores, Brody lanzó una mirada asesina a la moto que había aparcado en la entrada. Aunque ya teníamos nuestra rutina, aquella noche yo tenía otro plan.

—Venga —lo animé, sonriendo—. Será divertido.

—No. —Negó con la cabeza con vehemencia—. Ni de broma.

—Venga ya.

—No. —Se cruzó de brazos—. Ni siquiera deberías ir conduciendo ese trasto. No está permitido en el recinto.

—En realidad, he descubierto que no pueden prohibir las motos del todo. Las motos pueden circular por las calles principales, pero no por los caminos que llevan a los campos de golf, que son privados.

—¿Esta es tu manera de plantarle cara al sistema? —Parecía tan desconfiado que no pude evitar echarme a reír.

—Supongo que sí, en cierto modo. La verdad es que me encanta conducirla y llevo meses sin hacerlo. Esta noche va a hacer un tiempo perfecto, cero probabilidad de lluvia. Dale una oportunidad.

—No. —Tenía la voz extrañamente chillona—. Ni hablar.

Cambié de táctica sobre la marcha.

—¿Y por qué no, si puede saberse?

—Porque no me fío de que me lleves en esa trampa mortal.

—Conduzco bien.

—Te he visto subida a ese cacharro. No conduces bien.

—Has ido conmigo en el carrito. ¿Alguna vez te he matado cuando hemos ido en el carrito?

—No, pero no por falta de intentarlo. Con el carrito también eres un peligro público. Por eso prefiero ir en Uber contigo.

—Venga.

—No. —Negó con la cabeza con tanta fuerza que me sorprendió que no saliera volando de sus hombros.

—Porfa, porfa —insistí con zalamería, sacando el labio inferior.

Levantó la mirada hacia mi cara y la resignación le curvó los labios hacia abajo.

—Bree. —Sonaba exasperado.

—Te prometo que será emocionante.

Por cómo se le hundieron los hombros supe que ya había ganado.

—Esta noche me muero —dijo—. Lo presiento.

A brODY LE GUSTÓ EL VIAJE MUCHO MÁS DE LO QUE jamás admitiría.

Durante los primeros cinco minutos me rodeó con los brazos tan fuerte que temí no poder respirar.

Al final se relajó lo suficiente para inclinarse conmigo.

El escúter no era como una moto. Las probabilidades de volcar eran mínimas.

Cuando llegamos al Peacock Lounge, que era el local ecléctico de aquella noche, parecía estar disfrutando.

Y eso solo duró hasta que aparcamos el escúter y nos estiramos en el aparcamiento.

—Admítelo —dije.

Fingió no haberme oído.

—Flock to the Wok —dijo, señalando el restaurante de al lado—. Vaya nombre raro para un chino.

—Creo que es más bien fusión asiática, pero da igual. Admite que te ha gustado el viaje.

Brody por fin me miró.

—¿Qué? ¿Has dicho algo?

Lo miré con mala cara.

—Eres de lo peor. Espero que lo sepas.

—No me importa ser de lo peor.

—Admite que te ha gustado el viaje —gruñí—. No entramos hasta que lo admitas.

—No eres mi jefa. Puedo entrar si quiero.

Y, como para demostrarlo, echó a andar hacia el bar y me dejó atrás, echando chispas.

Estaba a punto de hacerle un corte de mangas cuando vi una figura familiar delante del Peacock Lounge, con la espalda apoyada en el edificio y una rodilla doblada, intentando parecer tranquilo y relajado.

Joey Hill había vuelto. Toda la alegría que llevaba encima se vino abajo de golpe. Iba a gritarle a Brody que me esperara cuando él dejó de andar, se quedó helado —era evidente hacia dónde miraba— y volvió sobre sus pasos de inmediato.

—¿Lista? —me preguntó, tendiéndome la mano.

No sonreía. De hecho, estaba casi erizado. Eso me hizo sentir diez veces mejor.

Deslicé la mano dentro de la suya.

—No me puedo creer que haya vuelto —dije en voz baja.

—No te preocupes por él.

Brody tiró de mi mano hasta colocarme delante de él y se pegó a mi espalda en actitud protectora.

—Vamos a tomar algo, ¿no?

Necesitaba esa copa para calmar los nervios. Solo había un pequeño problema.

—No puedo beber y conducir el escúter. —Me maldije mentalmente por ser tan cabezota—. Debería haber dejado el escúter en casa. Tenías razón.

—Por mucho que me guste tener razón, la verdad es que he disfrutado del viaje en escúter.

Lo soltó con toda la inocencia del mundo.

Hice una mueca.

—Dijiste que lo odiabas.

—Lo decía solo por no quedar mal.

—¿Y ahora no, porque temes que me derrumbe por culpa de Joey? —Señalé con el pulgar en aquella dirección.

No respondió de inmediato. En lugar de eso, se lo pensó.

—Yo…

—Te lo agradezco —solté de la nada—. Otro me habría dejado aquí tirada solo para demostrar que tenía razón.

Frunció el ceño al instante.

—Para ya. Odio que me des méritos por hacer lo mínimo. Lo sabes.

—No es lo mínimo cuando haces cosas que otros no harían.

—Prefiero creer que es porque la mayoría de la gente no se entera de nada, no porque sea mala por naturaleza.

Me encogí de hombros.

—Igualmente, te lo agradezco. Pero no puedo beber si quiero llevarnos a casa.

Se pasó la lengua por los labios, claramente dándole vueltas a la cabeza.

—Podrías dejar el escúter aquí, llevarte solo los cascos y venimos a buscarlo mañana. Lección aprendida. Volvemos a casa en Uber y lo recogemos por la mañana.

—¿Venimos? No tienes que volver conmigo. Puedo venir en Uber yo sola.

Él negó con la cabeza.

—Desayunamos y hacemos algo mientras estamos por aquí. Llevamos tiempo hablando de visitar uno de los cementerios o de hacer eso del tour en coche fúnebre. Podemos aprovechar y pasar el día.

Mañana era día de escritura. No me gustaba alterar nuestra rutina. Pero habría mentido si dijera que la propuesta no me tentaba. Sería la primera salida intencionada que hacíamos como amigos, fuera de The Landings. Me parecía importante, no sabía bien por qué.

—Yo…