Léelo y llora (Escribir lo correcto 1) 18 Dieciocho #2
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18 Dieciocho #2

—¿Y ver tenis te cambió eso? —Me picaba la curiosidad y quería, más que nada en el mundo, entender cómo había moldeado su mentalidad en torno al tenis.

—Había tres grandes tenistas dominando al mismo tiempo —explicó ella—. Que uno fuera enorme y ganara Wimbledon no significaba que otro no pudiera serlo también y ganar el US Open.

Entonces lo vi claro.

—Te recolocó la mentalidad de escasez.

Eso lo entendía mejor de lo que ella creía.

Hablaba con pesar.

—Mi madre no fue la persona más fácil con la que crecer.

—Lo dijo tan bajo que tuve que esforzarme para oírla—.

Nunca había suficiente de nada cuando era niña.

Nos mudábamos todos los años porque, en cuanto el casero del piso de turno descubría que mi madre era una inquilina horrible que siempre se retrasaba con el alquiler, se acababan las renovaciones.

Nunca tuvimos lo que yo llamaría montones de comida en los armarios.

Cada semana, mi madre compraba una caja de cereales, cuatro litros de leche, una barra de pan, un tarro de crema de cacahuete y lo que hubiera de congelados baratos en las ofertas de cinco dólares del supermercado.

Siempre tuve lo mínimo imprescindible. No pasé hambre.

Daba para sobrevivir. Pero llegó un momento en el que me di cuenta de que a mí no me bastaba.

Sin pretenderlo, alargué la mano y le acaricié el brazo. No se movió, así que seguí.

—Todos los niños tienen grandes sueños, sean cuales sean sus circunstancias —dijo ella—. Pero yo era de las niñas que destrozan sus propios sueños. Tuve que ver tenis para librarme de esa mentalidad. Puede triunfar más de una persona. No es solo una. También hay sitio para los demás.

—¿Has visto alguna vez un partido de tenis profesional? —pregunté.

Ella sonrió.

—No. Federer y Nadal ya se han retirado los dos. Son los que me habría gustado ver.

—Sí, pero hay retiradas y retiradas. —No era una experta en tenis, pero conocía el deporte lo suficiente para saber un par de cosas, gracias a mi padre—. A todos esos retirados los desempolvan de vez en cuando para partidos de exhibición. Lo hacen con fines benéficos en los Grand Slams.

—¿O sea que debería comprarme una entrada para Wimbledon el año que viene? —preguntó ella con un brillo en los ojos.

Negué con la cabeza.

—No, pero el US Open no está tan lejos. No llega ni a dos horas de avión. Podríamos ir. Mi padre a lo mejor incluso puede conseguirnos entradas para la exhibición, y buenas, si se agotan rápido.

Pareció descolocada.

—¿Quieres venir conmigo?

Me encogí de hombros.

—Me gusta el tenis. No creo que sepa tanto como tú, pero disfruto viéndolo.

Ladeó la cabeza y era imposible no ver el recelo que le brillaba en los ojos.

—¿Quién es tu jugador favorito?

—Bueno, cuando era pequeña, mi tenista favorito era Andre Agassi. ¿Sabes quién es?

Se le dibujó una sonrisa enorme en la cara y asintió.

—Lo consideraban el chico malo del tenis —expliqué—. Llevaba una melena rubia estilo mullet y pantalones vaqueros cortos. Mi madre estaba coladísima por él. Se ponía a ver los partidos conmigo cuando yo era pequeña.

—Qué bonito.

—No recuerdo los partidos en concreto. Solo recuerdo el tiempo que pasaba con mi madre.

Sacudí la cabeza para espantar de mi mente la cara de mi madre. Seguía poniéndome triste.

—En cualquier caso, Agassi tuvo problemas con las drogas y desapareció del circuito una temporada.

Cuando volvió, se había afeitado la cabeza —resulta que se estaba quedando calvo y llevaba postizos pegados o algo así— y se tomaba muy en serio la preparación física y su juego.

Con los años se convirtió en un jugador mejor.

—¿Y eso te gustaba? —preguntó ella.

—Me gustaba saber que había segundas oportunidades si metías la pata.

—Ah. —Asintió con solemnidad—. Lo entiendo. ¿Lo has visto jugar alguna vez?

—Sí. Mi madre me llevó al US Open cuando era niña. Por desgracia, era demasiado pequeña para entender lo que estaba pasando. Tenía ocho años y él ganó. No comprendía por qué era tan importante. Lo que sí entendía era que para mi madre significaba mucho, así que guardo ese recuerdo como un tesoro.

Tragó saliva con fuerza.

—Es un recuerdo increíble. ¿Has tenido algún otro tenista favorito después de él?

—Ningún tenista masculino. Agassi fue siempre mi tenista masculino favorito, aunque me encantaba ver a los tres que has mencionado. Es solo que… —Busqué las mejores palabras para expresar lo que sentía.

—Agassi era tu puente con tu madre —dijo Bree antes de que yo encontrara las palabras adecuadas—. Quieres mantener ese puente intacto para siempre.

—Sí.

Me entendía. Tenía algo de milagroso. No era solo que fuera guapa: me comprendía como no lo había hecho nadie.

«Podrías enamorarte de ella».

Mi voz interior no lo gritó, pero la verdad de esas simples palabras me sacudió hasta la médula.

No andaba buscando el amor —ni lo más mínimo— y, sin embargo, ahí estaba ella.

Por desgracia, ella no buscaba el amor. Y desde luego no iba a buscarlo en mí.

Tenía que desviar la conversación, porque si le daba demasiadas vueltas a lo que sentía por ella, se me escaparía alguna tontería.

—Yo era muy fan de Serena Williams —dije—. Me da pena que se haya retirado. Me encantaba verla jugar.

—Sí. Estoy buscando a algún tenista nuevo al que seguir —dijo ella.

—Quizá podamos investigar un poco y encontrar a uno juntas. —Fue todo lo lejos que me permití llegar en cuanto a hacer planes con ella. Cualquier cosa más concreta podría hundirme.

Sonrió de oreja a oreja.

—Suena bastante divertido.

Nos pusimos de pie las dos, nos palpamos brazos y piernas para comprobar que no nos dolía nada y nos sacudimos la ropa la una a la otra para que no quedaran hierbas ni ramitas pegadas.

—¿Te importa si me siento allí a escribir? —Bree señaló una mesa al otro lado del camino, frente a la que yo estaba usando—. Prometo estar callada. Pero si este es tu sitio, no quiero estropeártelo.

No tuve que pensarlo. Ya sabía la respuesta.

—Hay sitio de sobra para las dos. De hecho, me gusta la idea de tener compañía, aunque no hablemos entre nosotras.

Cuando sonrió, se me llenó todo de calor por dentro.

—A mí también me gusta la idea.

Y así, sin más, supe que estaba metida en un buen lío. Iba a enamorarme hasta las trancas de esta mujer y todavía no habíamos tenido ni una sola cita. ¿Qué narices se suponía que tenía que hacer con estos sentimientos?