17 Diecisiete #2
—Tómate el día. Si mi madre está en el jardín, ahora es tan buen momento como cualquier otro para charlar un rato con ella. Como te he dicho, apenas la he visto. Creo que lo mejor es que hablemos de unas cuantas cosas.
Paisley se pasó la lengua por el labio superior. Noté que, mentalmente, se la estaba mordiendo. Sin embargo, en lugar de decir lo que le rondaba la cabeza, asintió.
—Vale. Te escribo luego. Si me necesitas…
Negué con la cabeza.
—Tranquila. No es ni de lejos la primera vez que lidio con mi madre.
—Claro. Bueno, escríbeme de todas formas, aunque solo sea para mandarme un meme insoportable.
—Puede que te tome la palabra.
MAMÁ ESTABA EN LA PARTE DE ATRÁS CON UNA REGLA DE UN METRO —¿de dónde había salido eso?— cuando salí por la puerta trasera con mi café. Hablaba sola, murmuraba cosas que no alcanzaba a entender, y luego me sonrió al darse cuenta de que ya no estaba sola.
—Te has levantado. —Rebosaba una alegría fingida—. Pensaba que ibas a dormir todo el día.
—Me acosté tarde. —Entonces se me ocurrió algo—. De todas formas, tú no estabas en casa cuando llegué.
—No, había salido. —La sonrisa que me lanzó bastó para ponerme en guardia. Desde luego, estaba tramando algo—. Rufus me llevó a tomar unas copas a uno de los bares de la urbanización.
Eso me descolocó.
—¿Aquí? ¿En The Landings?
—Tiene amigos aquí. Me los presentó. —Se frotó las manos de una manera que me dijo que no andaba en nada bueno—. Son todos amigos de mucho éxito.
Tenía dos opciones. Podía escuchar sus maquinaciones y callarme lo que pensaba, o podía cortarlo de raíz. Cuando era más joven, le habría aguantado las tonterías. Sin embargo, cuanto mayor me hacía, menos dispuesta estaba a desvivirme por facilitarle las cosas.
—Tenemos que hablar —solté antes de que pudiera continuar.
Abrió mucho los ojos.
—¿Estás embarazada?
Cualquier otra persona se habría quedado de piedra con esa pregunta. Me la hacía desde que, con catorce años, le dije que tenía algo que contarle. Al principio pensé que era puro dramatismo. Ahora entendía que la usaba como maniobra de distracción.
—No quiero que te metas en mi ordenador —empecé, sin molestarme siquiera en responder a su ridícula pregunta.
—¿Qué? —Torció el gesto—. ¿Qué quieres decir?
—Le mandaste un correo a Paisley, mi asistente, con una lista de la compra.
—¿Y qué? —Mamá inclinó la cabeza—. Aquí no había nada de comer. Estaba muerta de hambre.
—Paisley es mi asistente de trabajo. No me hace la compra. Eso no forma parte de sus obligaciones laborales.
—¿Y por qué no?
Otra salida por la tangente. Quería distraerme.
—Porque no —dije con firmeza—. No puedes escribirle a Paisley y decirle lo que tiene que hacer, y menos aún si de por medio está la tarjeta de crédito de la empresa. Tu compra no entra en mi cuenta de gastos.
Mamá soltó un bufido.
—Jolín. Tampoco hay que ponerse tan dramática. Serían unos veinte pavos. Ya te los devuelvo.
Había sido mucho más que eso, pero la ignoré. No iba por ahí la cosa.
—En segundo lugar, lo que hay en ese ordenador es importante para mí. No me hace ninguna falta que andes fisgando ahí dentro. «Donde, muy convenientemente, guardo todas las contraseñas de mis aplicaciones bancarias», añadí en silencio.
—Perdón —dijo mamá, arrastrando las palabras de forma exagerada—. No sabía que fuera un asunto tan grave.
—Si necesitas entrar en tu correo, usa el móvil —continué.
—Sí, señora. —Me hizo un saludo militar sarcástico.
—Y por último… —proseguí sin perder el ritmo. Nunca cambiaba de táctica, así que yo ya estaba curada de espanto—. No creo que salir con Rufus sea buena idea.
Eso bastó para que dejara el numerito.
—¿Perdona? —Entrecerró los ojos hasta dejarlos en dos rendijas peligrosas—. ¿Quién eres tú para decirme con quién puedo salir y con quién no?
—No te estoy diciendo con quién puedes salir y con quién no —respondí con calma—. Digo que me parece una mala idea.
—¿Y eso por qué? —Se puso las manos en las caderas, en actitud defensiva. En ese terreno pelearía hasta la muerte.
No me eché atrás.
—Porque él y tú no os movéis en los mismos círculos sociales.
—Vaya cosa. El amor no distingue un círculo social de otro.
—No se va a enamorar de ti.
Era mejor ser brutalmente sincera con ella cuando se metía por el camino equivocado. No le haría cambiar de opinión, pero al menos no podría usar nada de esto contra mí cuando la relación se fuera al garete, como era inevitable.
—Eso demuestra lo poco que sabes. Ya está medio enamorado de mí.
Por las conversaciones con Brody durante nuestro paseo sabía que su padre había pasado por varias esposas, cada una más joven que la anterior.
—Ahora mismo está contigo solo porque le pareces interesante.
—¿Y qué tiene eso de malo? Soy interesante.
—No va a quedarse a tu lado —insistí.
—No te corresponde a ti decidir con quién puedo salir y con quién no.
Le tembló el labio inferior, señal de que estaba a punto de echarse a llorar. Otra forma de manipulación.
Levanté las manos en señal de rendición.
—Solo te estoy diciendo la verdad. Vas a hacer lo que te dé la gana. Pero no vengas llorando cuando te deje.
—No me va a dejar. —Mamá fue tajante—. Nos estamos enamorando.
Estaba claro que no intentaba convencerme a mí de esa mentira. Intentaba convencerse a sí misma.
—Haz lo que quieras —dije—. Pero recuerda que no quiero oír ni una palabra cuando las cosas no salgan como tú quieres. Y no vuelvas a entrar en mi ordenador ni a escribirle a mi asistente.
—¿Qué te pasa a ti con las normas? —dijo mamá—. Antes no eras así.
—No, y precisamente por eso necesito normas ahora.
—Eres un aburrimiento. Espero que lo sepas.
—Eso puedo soportarlo.
Saber que ella no podía —y esa era una de las razones por las que al final se marcharía— me bastaba.
—Ah, y otra cosa: no voy a plantar ningún jardín.
—Pero quedaría tan bonito —protestó.
—Tengo otros planes para el patio.
—Eso suena siniestro.
Me limité a sonreír.
—Supongo que eso depende de desde dónde lo mires.