Léelo y llora (Escribir lo correcto 1) 17 Diecisiete
62%

17 Diecisiete

DIECISIETE

Brody me persiguió en sueños. La mañana siguiente al evento me desperté acalorada, sudorosa y frustrada.

¿Quién iba a imaginar que besaba así? Yo, desde luego, no lo sospechaba. Por eso me dejé llevar de aquella manera, aunque sabía perfectamente que era una idea terrible. Resultaba más fácil culparlo a él que culparme a mí. Yo no había hecho nada mal.

La verdad era que Brody tampoco había hecho nada mal.

Había esperado a que yo dijera que no o lo apartara.

En lugar de eso, mandé la prudencia a paseo y me transformé en una adolescente hormonada.

Pegado a mí, todo en él encajaba. En el beso no hubo torpeza ni titubeos.

Los primeros besos suelen ser incómodos: hace falta tiempo para acostumbrarse al ritmo del otro.

Pero el ritmo de Brody era el mío. Estábamos perfectamente sincronizados.

Nada de eso aliviaba lo que se me iba acumulando en el pecho. ¿O era en el alma? Porque —y esto era tan cursi que no se lo confesaría jamás a nadie— de verdad sentía que él estaba dentro de mi alma. Se había metido ahí, y en muy poco tiempo. Eso eran cosas de novelas, no de la vida real.

Me enorgullecía de no parecerme a mi madre.

Ella se reinventaba según el hombre con el que estuviera saliendo.

Lo había presenciado de cerca y en primera persona durante toda mi crianza.

Si a su novio no le gustaban las judías verdes, de repente a ella tampoco.

Si el siguiente decía que su plato favorito de Acción de Gracias era el gratinado de judías verdes, ella aprendía a prepararlo bien con una receta de internet y fingía que era tradición familiar.

Mi padre se largó antes de que yo pudiera guardar un solo recuerdo de él.

No tenía la menor intención de buscarlo.

En primer lugar, me había abandonado, y yo no premiaba esa clase de comportamiento.

En segundo lugar, aunque nunca lo diría en voz alta, no sentía ningún respeto por un hombre capaz de elegir a mi madre.

Por mujeres como ella habían inventado el meme «Pick Me». Era su retrato exacto.

No es que nunca hubiera salido con nadie.

Tenía mis necesidades. Salía con hombres.

Me acostaba con ellos. Dejaba que rondaran una semana o dos —el récord fueron tres meses— y luego les señalaba discretamente la puerta.

Como elegía siempre a un tipo muy concreto de hombre, ninguno me puso las cosas difíciles a la hora de la despedida.

Yo no buscaba nada para siempre. Ellos tampoco.

Brody había conseguido, de algún modo, colarse por debajo de la valla de seguridad con la que había blindado mi corazón. Me repetía que mi reacción hacia él era química y nada más. Me mentía a mí misma, pero seguía repitiéndomelo de todas formas.

«Es solo un capricho. Es solo un capricho».

Había creído que mantener a Brody a distancia sería lo mejor para mí. Pero se había saltado mis defensas y me gustaba hablar con él. Eso era amistad, me decía. Nada más. Después de la noche anterior ya no podía tragarme esa mentira.

Al salir de la cama, me sentía como si arrastrara la peor resaca de la historia. Me duché en modo automático, me recogí el pelo todavía mojado en un moño flojo y fui a la cocina. Me detuve en seco al encontrar a Paisley colocando la compra en la nevera.

—No sabía que ibas a venir hoy —dije como una tonta.

Paisley sonrió, pero había algo raro en su mirada.

—Te mandé un mensaje.

Me peleé con el móvil. Lo había metido en el bolsillo sin mirarlo al salir del dormitorio. No tenía nada en la agenda para ese día, así que ni me molesté en revisar los mensajes al despertarme. Al fin y al cabo, tenía la cabeza en otra parte.

En un par de labios, los más suaves de la faz de la Tierra.

Amordacé sin piedad a mi voz interior. Desde la noche anterior no había hecho más que ponerse caliente. En realidad, llevaba bastante salida desde la excursión del croquet. Antes del beso había conseguido fingir que no la oía. Por lo visto, esa opción ya no existía.

Al mirar la pantalla, encontré un mensaje de Paisley esperándome: Tengo la lista. Voy de camino.

Fruncí el ceño.

—¿Qué lista?

—La lista de la compra que me mandaste por correo. —Nunca le había visto una cara tan seria.

—Yo no te he mandado ninguna lista de la compra.

Apenas había terminado la frase cuando me giré hacia el portátil. Estaba abierto encima de la mesa de la cocina. Yo nunca lo dejaba abierto. Se me revolvió el estómago.

—Estaba con él cuando llegué —dijo Paisley en voz baja—. Menudo cabreo llevaba en el supermercado pensando que la lista de la compra me la habías mandado tú.

No tuve que preguntar quién era ella. Se me escapó un suspiro.

—Mamá.

—Iba maldiciendo tu nombre —admitió Paisley—. O sea, una cosa es ser tu asistente. Otra, ser tu esclava.

La atravesé con una mirada sombría.

—Deberías haberte dado cuenta de que no era yo.

—La lista debería haberme dado una pista —concedió—. Tú no comes tantos procesados.

Me daba miedo mirar, pero no pude contenerme. Mi madre era un animal de costumbres, así que empecé por la despensa. Crema de cacahuete. Lucky Charms. Pastelitos de cumpleaños Little Debbie. SpaghettiOs. Sopa Mrs. Grass.

Fui al congelador y miré dentro. Platos preparados de pollo Banquet. Pizza Rolls de Totino’s. Helado. Burritos El Monterey. En la nevera encontré leche entera, mantequilla con toda su grasa y una tarta completa.

No era ninguna maniática con la comida. Pero haberme criado a base de platos congelados y sándwiches de crema de cacahuete me había hecho muy consciente de lo que no quería comer.

Cuando tuve edad suficiente, aprendí sola de nutrición.

Al hacer la compra, me quedaba en los pasillos exteriores del supermercado y optaba por productos frescos y alternativas a los lácteos.

—¿Y cómo esperaba que pagaras todo esto? —pregunté.

—Me dijo que lo cargara a la tarjeta. Solo tengo una.

—La que usas para las cosas de los libros. —Solté un suspiro y tomé nota mental de escribirle un correo a mi contable. La tarjeta que le había dado a Paisley era estrictamente para gastos del negocio. Más valía que supiera que aparecería un cargo descolocado.

—Lo siento —dijo Paisley—. El tono del correo era raro, pero me irritó tanto que me mandaras una lista de la compra que no me paré a pensarlo hasta que llegué aquí y la vi usando tu portátil.

Volví a asentir. No debería haberme sorprendido que hubiera optado por esa vía. Mi madre nunca pedía cuando quería algo. Simplemente lo cogía.

Me arrastré hasta el portátil y me senté; lo primero que comprobé fue el correo.

Mi sesión estaba cerrada, lo que sugería que ella había entrado en su propia cuenta desde mi ordenador.

Luego había vuelto a cerrarla, pero se había olvidado de iniciar la mía otra vez.

Lo solucioné, revisé los mensajes enviados y me alivió ver que solo estaba el que le había mandado a Paisley.

Después revisé todas las ventanas de internet que tenía abiertas.

La mayoría, búsquedas para mi libro. Por suerte, no tenía ninguna aplicación bancaria a la vista.

El libro parecía intacto: no faltaba nada.

Por si acaso, abrí la aplicación del banco en el móvil para examinar al detalle todos los movimientos de mis cuentas. Nada fuera de lugar.

—¿Puso cara de culpabilidad cuando la pillaste? —pregunté, mientras me ponía de inmediato a configurar una contraseña en el portátil. No volvería a colarse. Aunque era posible que ya no le hiciera falta. Conociéndola, seguro que ya había sacado toda la información que había venido a buscar.

—Pareció sorprendida —respondió Paisley—. Pero, si estaba preocupada, lo disimuló muy bien.

—Es buena en eso. En disimular, quiero decir.

Me rasqué la mejilla distraídamente.

—Está fuera —dijo Paisley en voz baja—. Dice que está eligiendo el sitio perfecto para hacer un jardín.

Vaciló, pero acabó de decirlo.

—También dice que se viene a vivir contigo porque cree que estás sola.

El estómago se me contrajo hasta el tamaño de una canica y necesité un momento para recomponerme.

—Eso no es verdad —dije después de unos segundos.

—Ya, lo sé. Me has contado historias sobre tu madre.

—Está aquí solo para sacarme lo que cree que puede sacarme, y luego volverá a marcharse —respondí con voz apagada—. Fingirá que lo hace por mi bien y que quiere darme espacio. En realidad, aparecerá algo mejor. Y tendrá pene.

La expresión de Paisley estaba cargada de compasión, lo que solo consiguió que me sintiera peor.

—Lo siento mucho.

—No tienes por qué.

Mi tono era inexpresivo, pero era un mecanismo de defensa. Era simplemente mi forma de reaccionar cuando mi madre era… bueno, mi madre.

—Sé quién es. No estoy ciega a sus defectos. Cuando apareció aquí, supe exactamente a qué venía.

—¿Y a qué venía?

—Investigó The Landings, dedujo que aquí solo puede vivir gente con dinero, luego sumó dos más dos con los campos de golf y supuso que habría hombres solteros de cierta edad en la zona.

Apenas la he visto desde aquel primer día.

Se ha pasado el tiempo comiendo y cenando con los nuevos amigos que ha hecho.

Paisley asintió. Parecía dividida.

—¿Quieres que la eche yo por ti?

Eso me hizo reír.

—No. —Negué con la cabeza—. No se va a quedar. Pero, si intento echarla, se convertirá en un drama. Es narcisista. Se le da de maravilla hacerse la víctima. Con ella es más fácil dejar que las cosas sigan su curso.

—Bueno, siento haberte maldecido en silencio.

Paisley parecía querer añadir algo más, pero no lo hizo.

Solté una risita.

—Seguro que, en tu cabeza, me lo merecía.

—No tanto. Eres bastante buena jefa.

—Sí, bueno, de todos modos lo siento. Puedes tomarte el resto del día libre como premio por haber tenido que cumplir los recados de mi madre.

—Tengo un montón de correos por responder.

Hice un gesto para quitarle importancia.