Léelo y llora (Escribir lo correcto 1) 16 Dieciséis #2
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16 Dieciséis #2

—¿Por qué no te quedas cerca de la barra y de mí, eh? Solo por si Joey anda todavía por aquí. Sé que no quieres presentar una queja ni montar una escena, así que hagamos que le sea imposible acorralarte.

La expresión de profunda gratitud en su rostro casi me hizo caer de rodillas.

—Gracias.

Sentí una punzada cerca del pecho. Parecía tan vulnerable.

—No me des las gracias por hacer lo mínimo. Ya hemos hablado de esto.

—No puedo evitarlo. Estoy agradecida.

Era exasperante, y ni se daba cuenta.

—Deberías esperar para ti misma algo más que lo mínimo.

Sonrió radiante y mi mundo entero se encendió.

—Lo intentaré.

—Buena idea.

—HAY PAPEL HIGIÉNICO POR TODO el jardín de delante.

Esa fue la frase con la que me desperté a la mañana siguiente y, cuando me moví en la cama, encontré a Nathan sin camiseta observándome desde la puerta. Iba en bóxers, con el pelo de punta y una taza de café en la mano.

—¿Qué? —pregunté como un tonto.

Un vistazo rápido al reloj de la mesilla me dijo que había dormido dos horas enteras más de lo normal.

Eso era porque, al llegar a casa la noche anterior, me había pasado dos horas aporreando el teclado para sumar palabras a mi libro.

En realidad, a los dos libros. Y eso después de acostar a Nathan, que iba un poco alegre, en la cama de la habitación de invitados.

—Hay papel higiénico por todo el jardín de delante —repitió Nathan.

Aparte de estar un poco pálido y hablar algo más despacio de lo normal, no parecía estar pasándolo demasiado mal por los excesos de la noche anterior.

Hayley y él habían estado bebiendo juntos, y ella había acabado igual de borracha cuando Bree la metió en un Uber al mismo tiempo que yo empujaba a Nathan de cabeza dentro de otro.

Yo seguía sin entender de qué me hablaba.

Pareció darse cuenta, porque señaló la ventana del dormitorio.

Refunfuñando, saqué las piernas de la cama y me acerqué a la ventana.

Y, en efecto, al mirar entre las lamas de la persiana, descubrí un paisaje nevado de papel higiénico extendido de un extremo a otro del jardín delantero.

El viejo sauce llorón, que había sido el principal reclamo cuando compré la casa, se había llevado la peor parte.

—Vaya —dije mientras me rascaba la mejilla.

—¿Has cabreado a algún adolescente últimamente? —Dio otro sorbo de café.

—No que yo sepa.

Ladeé la cabeza. Alguien se había empleado a fondo con el papel higiénico.

—Esto es rarísimo. —Dejé caer la persiana y lo miré por encima del hombro—. ¿Por qué iba alguien a llenarme el jardín de papel higiénico?

Levantó un hombro.

—¿Y por qué llenabas tú de papel higiénico los jardines de la gente cuando eras adolescente?

—Yo nunca hice eso.

—¿Nunca? —resopló, sin creerme ni una palabra.

—Has conocido a mi padre. ¿En qué circunstancias crees que me habría dejado salir en plena noche a hacer algo así? —Señalé hacia la ventana.

—Ahí tienes razón. —Se quedó callado un momento—. Lo más seguro es que fueran unos críos del barrio.

Era posible. Aun así, por alguna razón, sentí un cosquilleo de inquietud en el estómago.

—A menos que hayas cabreado a un adulto —matizó—. ¿No pasó algo entre ese tipo y tú en el evento de anoche?

Me sorprendió que se hubiera enterado siquiera. Había estado demasiado ocupado montándose la fiesta con las lectoras para prestarme mucha atención.

—No fue nada. Bree se siente incómoda con él, sin más. La saqué de una situación delicada.

—Sí, y luego te quedaste pegado a su lado el resto de la noche. —La sonrisa que se le fue ensanchando mientras daba un sorbo al café me dijo que estaba disfrutando de lo lindo al incomodarme.

—Yo no diría eso. —Aparté la mirada—. No me puedo creer que haya dormido hasta tan tarde.

Aquel parecía un tema de conversación seguro para cambiar de asunto.

—Te quedaste despierto escribiendo, ¿verdad?

—Pues sí. ¿Cómo lo sabes?

Le volvió la sonrisilla de suficiencia.

—Tuve que ir al baño sobre las dos y te oí dándole al teclado del portátil.

—Ah. —Apreté los labios.

—Pareces bastante inspirado últimamente.

Me encogí de hombros.

—Creo que por fin he superado el bloqueo del escritor, sin más.

—Hace falta inspiración para escribir después de una noche de bar. ¿Te has preguntado quién te está inspirando?

Y ahí estaba. Nathan no tenía nada de sutil. Estaba hurgando en mi relación con Bree.

—No lleves esto a terrenos raros —le advertí.

—No lo hago. —Era la viva imagen de la inocencia—. Solo digo que, desde que Bree se mudó aquí, las cosas te van más fáciles.

Solté un bufido.

—¿Más fáciles? Yo no llamaría fácil a nada de mi vida.

—Estás escribiendo otra vez.

—Ya era hora de que volviera a escribir.

—Estás escribiendo mucho —insistió—. Creo que tienes entre manos más de un proyecto.

Miré al suelo.

—Debería ducharme para que podamos salir a limpiar el estropicio.

—¿Podamos? —Nathan se rio—. No es mi casa la que han llenado de papel higiénico.

Lo miré con mala cara.

—Vale —cedió al cabo de un momento—. Te ayudo si reconoces que Bree te inspira.

Era un precio demasiado alto por unos cuantos rollos de papel higiénico.

—Es solo una amiga.

No era verdad. Cuando miraba a Bree, lo que sentía no tenía nada de amistoso. Sentía más. Pero no era algo que pudiera expresar con palabras.

—No digo que de esto tenga que salir nada —dijo Nathan—. Pero igual deberías intentarlo.

—¿Intentar qué?

Me clavó una mirada que decía bien claro que no me hiciera el tonto.

—No tienes que casarte con ella —dijo con su voz más tranquila—. Pero no hay ninguna razón para no averiguar si de verdad te gusta. Podría ser una cosa puramente química.

—¿Y eso qué significa?

—Significa que a lo mejor folláis como contraventanas sueltas en medio de un tornado durante dos semanas y luego la cosa se apaga. Después de algo así se puede seguir siendo amigos. No pasa nada.

—¿Y si no se apaga?

—Pues entonces a lo mejor sacas algo más del asunto.

No quería que esa idea me gustara. Mi corazón traidor opinaba lo contrario. Levantó los brazos como si estuviéramos en un concierto de Taylor Swift. ¡Yuju!

—Lo tendré en cuenta —dije con sequedad—. Aunque esto no me tiene ni la mitad de atrapado de lo que tú te crees.

Se limitó a negar con la cabeza.

—Estás colado.

—Qué palabra más estúpida —protesté.

—Sigues colado.

¿Colado? Por desgracia, era la palabra justa.

—Primero recogemos el papel higiénico y luego nos duchamos —dije—. Si me ayudas, te invito a desayunar antes de que te vayas a casa.

Nathan se animó.

—Ahora sí hablas mi lenguaje del amor.

—No sé cómo, pero sabía que ibas a decir eso.