16 Dieciséis
DIECISÉIS
Ya estaba inquieto viendo a Bree hablar con el aspirante a Clark Kent cuando Joey se lanzó al ataque.
Otra vez. Andrew Fisher —había buscado su nombre en la hoja de registro de invitados— se había pasado treinta minutos hablando con AC Frampton antes de centrar toda su atención en Bree.
Varias de las autoras soltaban risitas comentando lo guapo que era y lo que les gustaría que fuera fan de lo que escribían.
Fue la única razón por la que me fijé en él.
Sin embargo, cuando se sentó con Bree, algo prendió con fuerza dentro de mí.
Celos. Eso era. Negarlo habría sido un consuelo, pero no podía permitírmelo.
Estaba muerto de celos. Le daba vueltas a cómo apartar a Bree de Andrew para poder pasar un rato con ella cuando Joey apareció, como salido de la nada.
En ese momento, los celos se me convirtieron en rabia y, quizá, en un poco de miedo.
¿Por qué no dejaba de aparecer ese tipo? Estaba claro que Bree le interesaba, y tampoco podía reprochárselo. Era preciosa y, cuando se reía, iluminaba la sala entera. Le salía carisma por los poros. Irradiaba calidez. Normal que quisiera estar cerca de ella.
Yo también. Por lo visto, era lo único que quería de verdad últimamente: estar cerca de ella, fuera buena idea o no. Y era mala idea, desde luego, que quede claro.
La cara que puso Bree al verlo fue demasiado para mí.
Una cosa habría sido que no le importara estar con él.
Con Andrew, el doble de Clark Kent, no se la veía agobiada.
A mí no me había gustado, pero no era asunto mío.
A Joey, en cambio, lo detestaba. Y más que eso: le tenía miedo.
Tenía un rostro muy expresivo, y se le notaba perfectamente lo que sentía cuando lo miraba.
No soportaba la idea de que le tuviera miedo, ni a él ni a nada. Por eso había dejado a Blair a media frase —a medio punto de su lista, en realidad— y me había ido derecho hacia ellos. No era de esos machotes con ganas de repartir puñetazos. Apartar a Bree de Joey era mi único objetivo.
No sabría decir cómo acabamos fuera, con ella pegada a la pared del edificio mientras yo le recorría la boca con la lengua.
Ella participaba de buena gana. No le pregunté; simplemente esperé a que dijera que no.
No lo dijo, así que ahí estábamos… y nada me había sentado nunca tan bien como mi boca contra la suya.
Conseguí que mis manos no se pasearan por su culo —que llevaba horas volviéndome loco dentro de esos pantalones cortos tan ajustados—, pero solo porque estaba demasiado pendiente de su boca.
No sabría decir cuánto tiempo nos besamos.
Cuando por fin me aparté, me sentía borracho.
Tenía los ojos vidriosos y parecía no entender por qué habíamos parado.
Por mucho que me gustara verla así, con el pecho hinchado de orgullo porque era obra mía, me arrepentí al instante.
La distancia entre nosotros, por mínima que fuera, le bastó para recuperar la lucidez de golpe.
—¿Qué demonios…? —me espetó. No me apartó de un empujón, pero su tono me hizo dar un paso atrás.
—¿En qué estabas pensando? —Tenía los ojos como platos.
Abrí la boca para responder, pero no me salió ni una palabra.
—¡Hola! —Chasqueó los dedos delante de mi cara para despertarme—. ¿En qué estabas pensando? —repitió.
Recuperé la voz, aunque a duras penas.
—Te estaba salvando de Joey.
Una respuesta patética, pero era todo lo que tenía.
—No necesitaba que me salvaras.
Sus palabras, por automáticas que fueran, me enfadaron.
Ella se corrigió casi de inmediato.
—La verdad es que te agradezco que vinieras al rescate con lo de Joey —dijo tras una pausa—. Me pone nerviosa.
Lo dijo en voz tan baja que aplacó la rabia que había empezado a prender en mí.
—Creo que deberíamos intentar que lo expulsen de los eventos.
Me pareció terreno seguro. No quería detenerme en el beso, sobre todo porque todavía no había asimilado lo que significaba.
Ella empezó a negar con la cabeza de inmediato.
—¿Con qué motivo?
—Te incomoda. Para mí es razón suficiente.
—Pero, técnicamente, no ha hecho nada.
—En el último evento te acorraló en un pasillo sin salida —argumenté.
—Vale, pero cuando me pregunten si intenté pasar por su lado y diga la verdad, ¿qué crees que van a decir?
Su respuesta me molestó.
—No tienes que justificar lo que sientes. Tú decides quién está a tu alrededor. Deberías fiarte de tu instinto y, ahora mismo, tu instinto te dice que te alejes de él.
Ella asintió y se pasó los dedos, inquieta, por el pelo que se le había alborotado con los besos.
Todavía no habíamos hablado de eso. Era una conversación que tendríamos que tener —de un modo u otro—, pero agradecí que de momento hubiera otra cosa que nos distrajera, porque yo no estaba preparado. Y no sabía si lo estaría algún día.
—Pero si digo algo y lo echan, podría montar un numerazo en las redes sociales —dijo en voz baja—. Podría hacerlo viral diciendo que él solo iba a lo suyo. Ya sabes lo misógina que puede ser la gente en internet. Ahí fuera ahora mismo es un polvorín.
No le faltaba razón. Aun así, no me gustaba la idea de tener a Joey cerca de ella.
—Le tienes miedo.
—Pero no tengo motivos. Es solo que… siempre está ahí.
—Con eso basta. Tienes derecho a sentirte segura.
—¿Y si no tiene nada de malo? ¿Y si de verdad solo va a lo suyo? No merece que lo dejen fuera de estas cosas si soy yo la que está haciendo una montaña de un grano de arena.
No debería haber estado cuestionándose a sí misma.
No era justo. Pero yo sabía cómo acababan estas cosas para las mujeres.
Hasta otras mujeres la juzgarían. Así funcionaba, sin más.
Lo había visto en incontables escándalos de famosos y de políticos.
Esto sería a una escala mucho menor, evidentemente, pero ella tenía razón.
Si Joey quería montar un escándalo, aquello podía estallar.
Y, en esas circunstancias, sería ella la que pagaría las consecuencias.
—No es justo —dije al final.
Me sostuvo la mirada un buen rato. Al final, una sonrisilla le curvó las comisuras de los labios.
—La vida no es justa.
—Puede que no, pero debería serlo.
Solo entonces me di cuenta de que aún tenía las manos en las caderas de ella. Las retiré de golpe, con las mejillas ardiendo mientras ella me observaba.
—Yo… eh…
¿Debería decir algo? ¿Debería disculparme?
—No pasa nada —dijo ella con voz suave.
—Sí que pasa.
Me odiaba a mí mismo, aunque no sabía por qué. No estábamos saliendo. La había arrastrado afuera contra su voluntad y la había besado sin pedirle permiso. Dos pecados imperdonables, en mi opinión.
—No te castigues por eso.
Me posó la mano en el pecho y la esperanza volvió a encenderse. Su sonrisa era de resignación.
—Era una situación cargada de emociones. Aquí no ha pasado nada, ¿vale?
Tragú saliva con dificultad. ¿Y si yo quería que hubiera pasado algo? No porque quisiera hacerle daño. Más bien porque quería provocar una sacudida en la vida de los dos.
Aun así, esbocé una sonrisa tibia y asentí.
—Aquí no ha pasado nada.
—Ha sido una actividad mucho mejor que la alternativa.
Arqueé una ceja.
—¿Que sería…?
Por alguna razón, a pesar de lo surrealista de estar los dos agazapados en la oscuridad, a las puertas del Vic’s on the River, ella soltó una risita. Ese simple sonido me recorrió por dentro como una descarga. Sensaciones que no recordaba haber sentido nunca.
«¿Qué demonios me está pasando?».
—Te has librado un rato de Blair, ¿no? Eso es algo bueno.
Me froté la barbilla y asentí.
—¿Puntos clave? —preguntó Bree.
Gemí.
—Ha estado releyendo mis libros. Tiene preguntas sobre ciertos detalles logísticos.
—Deberías tomártelo como un cumplido.
—¿Cómo voy a tomarme como un cumplido que le busque defectos a todo? Me hace sentir inferior.
—No lo veas así.
Sacudió la cabeza.
—Míralo así: adora tanto tu obra, le importa tanto, que no puede evitar obsesionarse con cada detalle porque le ocupa muchísimo espacio en la cabeza.
Planteado así, resultaba más fácil de digerir. Aun así, los pinchazos que Blair no dejaba de darme seguían doliendo, fuera consciente o no de lo que hacía.
—No entiende que los autores somos blandos por dentro —continuó Bree—. Tenemos que serlo para dejar entrar esa cantidad de emoción. Canalizamos emociones cuando escribimos, y eso nos hace débiles en ciertos aspectos.
No me gustó nada que me llamara débil. Ella continuó igualmente.
—Los escritores somos soñadores raros que nos venimos abajo con las críticas —explicó—. No podemos evitarlo. Pero Blair no pretende herirte, de verdad. Simplemente le importan tanto los libros que pasa por alto tus sentimientos porque no ve más allá de sus propias convicciones.
—Es un poco intensa —conseguí decir.
—Lo es, pero no puedes tomártelo como algo personal.
Es parte del juego. La gente nos quiere y nos odia a la vez.
Internet se ha convertido en un lugar donde se puede ser malvado sin consecuencias.
No nos ven como personas, porque en internet puedes ser anónimo y estar a salvo incluso mientras escupes veneno.
Y eso se ha trasladado al mundo real. El noventa por ciento de mis lectores son auténticas joyas.
Un puñado, en cambio, nos ve como mercancía y nada más. Es lo que hay.
Suspiré. Tenía razón.
—Lo sé. Es que Blair es… demasiado.
—Ay, Blair es definitivamente demasiado —concedió con una sonrisa—. Pero podría ser peor. Andrew estaba preguntándome si las escamas resultan sexis en mis cambiaformas caimán cuando a Joey le dio por aparecer. Me quedo con Blair antes que con cualquiera de esos dos, diez veces a la semana.
Me reí y asentí. El hechizo entre nosotros se había roto. Seguíamos sin hablar del beso —el beso interminable, ridículamente ardiente—, pero en ese momento casi parecía que le hubiera ocurrido a otra persona.
—Supongo que deberíamos volver dentro —dije, pasándome los dedos por el pelo—. Nos queda una hora.
—Sí.
Vacilé.