15 Quince
QUINCE
Tener a Brody cerca era un suplicio. No porque lo odiara. No, era justo lo contrario: quería estar más cerca. Y ya no podía seguir negando la verdad ni un segundo más.
Me gustaba.
No quería que me gustara. No estaba en un momento de mi vida en el que una relación fuese buena idea.
Acababa de mudarme a una casa nueva. Tenía una idea para una serie nueva que iba a llevarme muchísimo tiempo.
Estaba intentando… bueno, estaba intentando ser una adulta. Brody me distraería de esa misión.
Y aun así, me gustaba.
Era de lo más frustrante. Tenía una sonrisa ridículamente dulce que me ponía el corazón a dar volteretas.
Su humor seco encajaba con el mío y me descubría riéndome cada vez que lo tenía cerca.
Estaba tan bueno que mis partes femeninas reaccionaban de maneras extrañas, como en una escena de novela.
No de las de Hayley, sino de las picantes que leía de noche y nunca en la playa, porque la portada con torso masculino te delataba sin remedio.
Brody era un tío interesante que entendía lo difícil que era ganarse la vida con lo que yo hacía. Eso lo convertía, básicamente, en el hombre perfecto.
«Aunque no es el momento perfecto».
Y eso era lo que no conseguía superar. No era el momento de andar enredando con una relación, y menos con un tío al que tenía que ver con regularidad por trabajo.
Íbamos por el tercero de doce eventos previstos.
Si me lo llevaba a casa y me lo montaba como pedían a gritos ciertas partes de mi cuerpo, pasaríamos dos semanas al rojo vivo —así iban siempre mis relaciones— y después, inevitablemente, perdería el interés por él.
Y si eso pasaba, estos eventos serían una tortura. ¿Para qué complicarme la vida?
No, no podía hacer caso a los susurros constantes de mis partes femeninas. Podían estar animándome sin parar, pero yo era, por encima de todo, realista. Lo que significaba que tenía que cortar esta atracción de raíz.
Por suerte, los lectores sirvieron de distracción después de la cena.
Uno en particular me había llamado la atención.
Se llamaba Andrew Fisher. Tenía treinta años, trabajaba como desarrollador tecnológico y, supuestamente, le encantaban las novelas de misterio.
A pesar de que estaba allí para conocer a varios autores, se pasó todo el rato rondándome.
Tenía un montón de preguntas, además de una hendidura en la barbilla y un par de hoyuelos que, en otras circunstancias, me habrían dejado las rodillas de gelatina.
—Entonces, ¿cómo decides qué tipo de criatura vas a sacar en cada libro? —preguntó mientras yo bebía un sorbo de té helado y lo miraba con recelo.
—¿Criatura?
La pregunta me desconcertó, pero solo porque mi atención había vuelto a Brody, que estaba dos mesas más allá hablando con una rubia atractiva. Llevaba un escote tan pronunciado que estaba convencida de que intentaba hacer pasar sus pechos por elfos.
—Bueno, has dicho que escribes sobre brujas, vampiros y hombres lobo —insistió Andrew.
—Cambiaformas —corregí automáticamente—. Casi nadie usa la palabra hombre lobo en la ficción paranormal. Hay cambiaformas… y no siempre son lobos.
—¿En serio?
Su sonrisa era relajada, pero había un brillo en sus ojos que no conseguía identificar. Si no me equivocaba, se sentía triunfal. «¿Y eso a qué viene?»
Asentí, intentando calcular los riesgos de seguir hablando con él. Yo era de esas personas a las que les gusta ir un paso por delante en una conversación. «¿Me está tendiendo una trampa? ¿Está flirteando? ¿Qué es esto exactamente?»
—¿Qué otros tipos de cambiaformas has sacado en tus libros? —preguntó.
Toda la conversación era surrealista. No sabía nada de ficción paranormal.
Era un tío de Michael Connelly puro y duro.
Le gustaba el misterio con un toque de acción y aventura.
Todos los héroes eran hombres, pero siempre había una mujer buenorra cerca con la que acostarse cuando la acción decaía.
En mi cabeza, Andrew era de esos que de pequeños se imaginaban siendo James Bond.
—Bueno, tengo una serie ambientada en Nueva Orleans —respondí, obligándome a mantener la conversación para no obsesionarme con Brody—. En esa historia hay cambiaformas de caimán.
—¿Y los caimanes son sexys? —Andrew lo dudaba, y era comprensible.
—Lo son tal y como los escribo yo. —Le lancé una sonrisa pícara que no me devolvió. Daba la impresión de que estaba intentando resolver de verdad el asunto del caimán.
—Pero ¿no habría un problema con las escamas? —insistió.
—No lo creo. —Me encogí de hombros—. Aunque tampoco le doy demasiadas vueltas.
—Ah.
La decepción le recorrió los rasgos, unos rasgos que, la verdad, parecían sacados de las páginas de una revista de moda. A mí no me provocaban nada, aunque reconocía —al menos a un nivel superficial— que deberían haberme puesto el corazón a mil.
—¿Sobre qué otro tipo de cambiaformas has escrito? —preguntó.
Tuve que contener un suspiro. Y me costó. No había manera de que soltara el tema.
—Osos —respondí con desgana—. Una vez hice un cambiaformas conejo, pero era una broma. Básicamente, una excusa para meter en la historia a un tío supercachondo.
—Sí. —Asintió con la cabeza como si fuera la respuesta que esperaba—. Escribes sexo. ¿Cómo funciona eso?
La sospecha me hizo removerme en el asiento y prestarle toda mi atención por primera vez en diez minutos. Llevaba tanto rato con su monserga que se había convertido casi en ruido de fondo. Hasta ahora.
—¿Por qué preguntas eso? —quise saber.
—Simple curiosidad. —Encogió los hombros—. Yo diría que las escenas de sexo son fáciles.
—No tanto. —Negué con la cabeza—. Solo hay un número limitado de maneras de describir cómo la Pieza A se introduce en la Ranura B.
Parpadeó. Y volvió a parpadear.
—Ya veo —dijo con el ceño fruncido.
—¿Eres escritor? —pregunté, siguiendo un presentimiento.
—¿Qué? —Se sacudió visiblemente para salir de la ensoñación en la que andaba perdido—. No, pero tengo algunas ideas para libros.
Eso era lo normal. Pocas veces conocía a un amante de los libros que no se hubiera imaginado, al menos una vez, escribiendo el suyo.
Los lectores tenían una imaginación inmensa y los autores les llenaban el pozo.
A veces los lectores querían llenar su propio pozo.
Yo había empezado así. Pero por cada persona como yo había otras cien que nunca pasaban de la fase de soñar.
Había perdido la cuenta de los conocidos de pasada y antiguos compañeros de clase con los que me había cruzado en distintos eventos y que me soltaban la idea de contarme su argumento para que yo lo escribiera.
Luego nos repartiríamos el dinero. Como si la idea fuera la parte difícil.
Yo tenía más ideas de las que llegaría a escribir en la vida.
Las ideas eran lo fácil. Escribir, aunque a menudo resultara divertido, seguía siendo trabajo.
—He estado haciendo estudios de mercado —explicó Andrew, recordándome que seguía allí—. Por lo visto, el romance es el género que más vende.
Asentí.
—Es cierto.
—Yo prefiero el misterio.
Me limité a esperar a que continuara.
—Estaba pensando que quizá podría escribir una novela de misterio y meterle romance —explicó con los ojos brillantes—. O sea… podría pillar los dos mercados que más venden y forrarme.
Tuve que moderar mi reacción, porque implicaba poner los ojos en blanco y hacer un ruido burlón con la garganta. De algún modo, conseguí mantener una expresión neutra.
—Eso se llama suspense romántico.
—¿Qué cosa?
—Cuando el misterio ocupa la mitad de la trama y el romance la otra mitad. Ya existe un género para eso, y es bastante popular.
Frunció el ceño como si acabara de darle una patada a su perrito.
—En realidad no hablaba de romance. Solo de sexo.
—Vale, pero para conseguir lectoras tienes que incluir emoción. No se meten en las novelas de misterio solo por los polvos. Necesitan una conexión emocional, así que tienes que construir a los protagonistas también en ese plano.
—Pero… ¿por qué? —Arrugó la nariz—. Eso es aburridísimo.
A lo largo de los años me había cruzado con un montón de gente con esa mentalidad.
Hacía mucho que había dejado de salir en defensa de mi género.
No lo entendía. Y, lo más importante, no quería entenderlo.
Eso significaba que yo no estaba dispuesta a perder el tiempo explicándoselo, porque sería en vano.
—Me vendría bien otra copa. —Hice ademán de levantarme, pero él no estaba dispuesto a dar la conversación por terminada.
—El camarero pasará en cualquier momento. —Estiró la mano hacia la mía, pero la retiré con disimulo.
—Necesito estirar las piernas —mentí.
Aún no había terminado la frase cuando me di cuenta de que otro individuo me bloqueaba el pasillo entre las mesas.
Si Andrew me parecía aburrido —y me lo parecía—, aun así habría preferido aguantar a diez como él antes que a uno solo del hombre que me observaba con una sonrisa burlona.
Me recordaba a un asesino en serie engreído de una película de Lifetime.
Joey. Estaba allí otra vez. Se me cayó el alma a los pies.
—Hola —dijo arrastrando las palabras con voz rasposa.
Sonaba artificial, y me pregunté si habría visto algún porno malo y pensaba que así se conquistaba a las mujeres.
—Hola —respondí con cautela.
—Cuánto tiempo sin vernos.
Tenía los ojos brillantes, pero había algo depredador en ellos. No era descarado en su manera de mirarme. No se fijaba en mi pecho… ni más abajo. Lo que sí hacía era sacar pecho y ocupar tanto espacio que no había forma de pasar a su lado sin riesgo de un roce accidental.
—Parece que te encantan estos eventos —comenté para ganar tiempo.
Tenía el móvil sobre la mesa. Podía escribirle a Hayley para pedirle ayuda.
Pero ¿qué imagen daría? Técnicamente, Joey no estaba haciendo otra cosa que intentar hablar conmigo.
Estos eventos estaban pensados precisamente para eso.
No me tocaba. No hacía comentarios groseros.
Solo me miraba fijamente y me incomodaba.