Léelo y llora (Escribir lo correcto 1) 14 Catorce #2
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14 Catorce #2

La tercera cita de autores me pilló por sorpresa.

Había estado tan ocupado escribiendo —y evitando pasar por delante de la casa de Bree— que ni me di cuenta de que tenía otro evento encima hasta que Nathan me escribió para preguntarme si podía dejar el coche en mi casa y pedir un Uber juntos.

Pensaba beber, así que eso significaba que pasaría la noche en mi cuarto de invitados.

Mi casa estaba mucho más cerca del centro que su Airbnb.

No me importaba que se quedara a dormir.

Un vistazo al reloj me bastó para ver que no tenía mucho tiempo para arreglarme, así que cerré el portátil y me metí en la ducha. Cuando salí del dormitorio, vestido para el evento, Nathan estaba dejando una bolsa de viaje en el cuarto de invitados.

—¿Listo? —preguntó, y tuvo que mirar dos veces al ver mis pantalones cargo negros y el polo a juego—. Esto es nuevo en ti.

Bajé la vista. Los pantalones me llegaban a las rodillas y la camisa no se diferenciaba en nada de lo que llevaba normalmente, salvo por el color. De repente, sin embargo, me asaltaron las dudas.

—¿Debería cambiarme?

Él negó con la cabeza.

—Vas bien así. Esta noche hace calor y hay mucha humedad, y creo que estamos en la terraza de Vic’s.

Ni había llegado a pensar en eso.

—Me encanta Vic’s —admití.

—Por eso vamos lo bastante temprano para cenar dentro, con aire acondicionado, antes de salir a la terraza para el evento. —Me lanzó una mirada de reojo—. ¿Crees que estará tu nueva novia?

Tardé un momento —mucho más de lo que debería— en darme cuenta de a quién se refería.

—No es mi novia.

—¿En serio? —La expresión de Nathan era de lo más anodina—. ¿Así que no os pusisteis salvajes en el campo de croquet?

Se me escapó todo el aire de los pulmones de golpe. ¿Cómo se había enterado de eso?

—¿Q-qué? —Mi voz sonó más chirriante que la puerta de una cabaña en una película de casas encantadas.

Hay que reconocerle que Nathan no esbozó ni media sonrisa. Era la viva imagen de la inocencia; solo le faltaba una aureola sobre la cabeza.

—¿He dicho algo que no debía?

La cabeza me bullía de posibilidades. «¿Nathan ha visto a Bree? Y si es así, ¿dónde? ¿Por qué la veía sin mí? ¿Han estado quedándose? ¿Están saliendo? ¿Se han reído del croquet mientras estaban juntos en la cama?»

Sí, era capaz de sacar conclusiones precipitadas más rápido que nadie. No era algo de lo que estuviera orgulloso.

Puede que Nathan fuera un maestro de la cara de póquer, pero por lo visto yo tenía tal cara de pánico y tal sudor que no pudo contener la risa.

—Madre mía, mírate la cara —dijo él mientras se secaba los ojos—. Acabas de tener como ocho ataques de pánico distintos en cinco segundos.

Lo miré con mala cara.

—No estaba entrando en pánico.

Estaba entrando en pánico por completo. Pero eso no se lo admitiría ni bajo amenaza de muerte.

—Solo tengo curiosidad por saber cómo te has enterado de lo del croquet.

—¿Lo ves? Pensaba que lo negarías. —Chasqueó la lengua y negó con la cabeza—. Supongo que le debo cincuenta pavos a Hayley.

—¿Hayley? ¿La que escribe romance blanco? ¿Qué haces tú hablando con ella? Es lesbiana.

—Puedo comunicarme con las mujeres aunque no me acueste con ellas —dijo con sequedad.

—Perdona. —Me sentí culpable al instante—. Es que… estoy hecho un lío. ¿Por qué te comunicas con ella?

—Porque hicimos una apuesta en el último evento.

—¿Sobre qué?

—Sobre cuánto tardaréis Bree y tú en bailar el mambo horizontal.

Lo miré con furia.

—Solo somos…

No pude terminar la frase porque no tenía claro qué éramos. Habíamos sido enemigos mortales. Eso ya no era cierto. No éramos exactamente amigos, pero nos llevábamos bien. Y desde luego no éramos nada más.

—Sí, ha sido muy entretenido verlo —dijo Nathan al ver que seguía atascado. Me dio una palmada en el hombro—. ¿Listo para irnos?

No estaba ni remotamente listo para irme. Asentí de todas formas. No quería llegar tarde. No había nada que detestara más que la impuntualidad.

—Genial. —Nathan levantó el móvil—. El Uber llega en dos minutos.

SUPUSE QUE TENDRÍA TIEMPO DE RECOMPONERME durante la cena.

Aunque no era muy bebedor, con la comida habría cócteles de por medio.

Por desgracia para mí, justo cuando el camarero nos guiaba hacia una mesa, me di cuenta de que me habían tendido una trampa.

Solo había una mesa a la vista, y Bree y Hayley ya estaban sentadas en ella.

—Eres un capullo —le dije a Nathan entre dientes.

Me ignoró y fue directo hacia Hayley, que se levantó y quedó sepultada en uno de sus abrazos de oso.

—Ya estáis aquí. Qué bien. Me muero de hambre —dijo ella.

De niño tenía una pesadilla recurrente: estaba en el escenario en una función del colegio y era el único que se había presentado. Todos los demás se habían librado de alguna manera. Me quedaba en el escenario, con un foco encima, y la ropa se me desvanecía. Aquel momento me recordó a ese sueño.

Cuando su mirada se posó en mí, la expresión de Bree era difícil de interpretar.

—Hola —dijo en voz baja.

—Hola.

Literalmente, no se me ocurría nada más que decir.

—Sentaos —dijo Nathan con impaciencia—. Pedid algo para cenar. Va a ser una noche larga.

Se me escurrió la carta de las manos dos veces. La del Vic’s era de las refinadas. No es que tuviera nada contra las cartas refinadas —a veces me encantaban—, pero esta exigía atención, y de repente yo era incapaz de concentrarme.

Como persona brutalmente sincera, sobre todo conmigo mismo, reconocí que no podía concentrarme porque Bree absorbía todo el oxígeno de la sala. No lo hacía a propósito ni nada parecido. Su simple presencia bastaba para dejarme sin aliento.

—¿Qué está bueno aquí? —preguntó Hayley.

—A mí me encanta toda la carta —respondió Nathan.

—Vale. —Hayley asintió con la cabeza—. ¿Y tú qué vas a pedir?

—Mejillones de entrante, el pollo «airline» de Joyce Farms de segundo y un drunken pecan de cóctel.

Hayley arqueó una ceja.

—Eso es muy específico.

Él asintió.

—Soy un tipo específico.

Siguieron hablando, fingiendo que Bree y yo no estábamos sentados a la misma mesa que ellos. El silencio de nuestro lado de la mesa era asfixiante, así que al final no me quedó otra que mirarla. Ella estaba concentradísima en la carta.

—¿Cómo estás? —pregunté con una voz que salió casi entrecortada.

«¿Y eso a qué venía?»

—Genial —respondió ella con un tono ligero y algo distante—. ¿Qué tal está el filet mignon?

—Caro —contesté.

Ella se limitó a parpadear.

—Está buenísimo —me corregí rápidamente—. Es lo que voy a pedir yo. Con sopa de cangrejo hembra. Es mi plato favorito de aquí.

—Me encanta la sopa de cangrejo hembra. —Se quedó con aire nostálgico. Luego se sacudió la ensoñación—. Yo también voy a pedir el ghost orange mule.

—Ese es mi favorito. —Esbocé una sonrisa tensa, frustrado porque la conversación resultaba tan forzada. La última vez que habíamos estado juntos todo había fluido sin esfuerzo. Ahora era justo lo contrario—. ¿Tienes ganas de lo de esta noche?

Estaba desesperado por encontrar algún tema de conversación.

Encogió un hombro.

—Las tenía. Supongo que ya veremos cómo va la cosa.

Y con eso, volvimos a quedarnos en silencio. Estaba claro que iba a ser una noche muy larga.