14 Catorce
CATORCE
No recordaba haberme divertido tanto con nadie. Bree no tenía ni idea de lo que hacía —ni siquiera estaba seguro de que su única referencia del croquet no fuera la película Heathers—, pero lo convirtió en una competición.
Jugamos dos partidas. Gané la primera, y cuando quedó claro que no pararía hasta ganar la segunda, jugué mal a propósito.
Era competitiva hasta el punto de distraerme.
Yo también lo era, pero no le llegaba ni a la suela de los zapatos.
Por suerte, no se dio cuenta de que había fallado deliberadamente mis últimos golpes, porque, de haberlo sabido, no habría aceptado la victoria.
Era casi medianoche cuando me dejó en casa. El coche de mi padre no estaba. No sabía si eso era bueno o malo.
—¿Crees que siguen juntos? —preguntó ella.
—No tengo ni idea.
Saqué el teléfono. No había mirado los mensajes mientras jugábamos, porque me había parecido una pérdida de tiempo. Sorprendentemente, tenía un mensaje de voz de mi padre, y eso me relajó un poco.
—Alguien vino a recogerlo aquí —le dije a Bree cuando terminé de escucharlo—. Uno de los hombres de su empresa. Se llevaron su coche de vuelta a su casa.
Bree parecía tan aliviada como yo me sentía.
—Eso es bueno, ¿no?
—Es mejor que la alternativa.
—Sí, bueno…
Se frotó los labios uno contra otro y algo dentro de mí chisporroteó, como el beicon al caer en la plancha.
Qué raro.
—Me he divertido —dijo ella.
—Yo también.
Admitirlo me costó más de lo que debería, porque me despertó una sensación de vulnerabilidad.
—No tenía ni idea de que supieras tanto de la película Heathers.
Soltó un bufido.
—Supongo que era una de las películas favoritas de mi madre cuando era adolescente. La veía en bucle mientras yo crecía, junto con Pump Up the Volume, Gleaming the Cube y Robin Hood: príncipe de los ladrones.
—Parece una selección de películas bastante ecléctica.
Se encogió de hombros.
—Christian Slater debía de ser su debilidad en aquella época.
—No estoy seguro de haber visto nunca Gleaming the Cube.
Rebusqué en mi memoria.
—¿De qué va?
—Ah, es de esas películas que hay que ver para entenderlas.
—¿O sea?
—Digamos que un grupo de chavales en monopatín desmantela una red internacional de contrabando.
—¿En monopatín?
—Sí —asintió ella.
—Bueno… supongo que tendré que ver si la encuentro.
Cuanto más rato pasaba en su carrito, más incómoda se ponía la cosa. Si esto fuera una cita, nos estaríamos enrollando. Pero no era una cita.
—Así que…
—Así que —coincidió ella.
Arrastré la mirada hacia ella. Había poca luz —The Landings tenía una iluminación decente en las calles principales, pero no en las secundarias—, aunque sus ojos se veían claros y tenía los labios carnosos fruncidos.
Lo único que quería era inclinarme para comprobar si eran tan suaves como parecían.
En ese instante, mientras imaginaba que la besaba, otras cuantas escenas me invadieron la mente.
Ninguna era uno de esos momentos dulces de película de Hallmark.
Y sí, había investigado un poco sobre las películas de Hallmark frente a las de Lifetime.
Bree había dado en el clavo con ellas. Yo era más de Lifetime, lo que significaba que el beso que estaba imaginando no era dulce ni bonito.
No, era sucio y salvaje. Pero tampoco era exactamente un beso de Lifetime, porque en esas películas casi siempre hay un asesinato.
—Debería irme.
Lo solté al mismo tiempo que ella decía: «Yo debería ir a casa».
Me reí, con un revoloteo de nervios en el estómago. Estaba claro que los dos pensábamos lo mismo. Ella no esperaba que la besara, por mucho que nos hubiéramos divertido juntos, y se daba cuenta de que ese momento era tan incómodo para mí como para ella.
Salí del carrito de un salto. Entonces se me ocurrió algo.
—Quizá debería acompañarte a casa.
—¿Qué? —balbuceó ella.
—Está oscuro. Es tarde.
Extendí las manos.
—Puedo volver andando desde tu casa cuando sepa que estás dentro, a salvo.
No pareció entusiasmarle la idea.
—No me preocupa demasiado.
Me lanzó una sonrisa inexpresiva.
—Esto es The Landings, no Detroit.
—Los delitos pueden ocurrir en cualquier parte.
—Sí, pero estoy literalmente a dos minutos de casa. Estaré bien.
Descartó mi preocupación con un gesto, como si espantara un mosquito molesto.
—No te preocupes por mí. Estoy perfectamente.
Podría haber insistido —una parte de mí quería hacerlo—, pero sonreí de todas formas.
—Hazme un favor y mándame un mensaje cuando llegues, ¿vale? Si no, no podré dormir.
—¿Porque te imaginarás una película de Lifetime que acaba mal?
Eso me hizo reír.
—Ahora que lo dices, tengo unas cuantas marcadas en la aplicación para verlas. Me parece fascinante leer solo las sinopsis.
—¿Verdad?
Bree asintió con la cabeza.
—¿Sabías que Lifetime se creó para atraer al público femenino?
—Creo que sí lo sabía.
—Entonces, ¿qué dice de las mujeres el hecho de que la mayoría de las películas de Lifetime vayan de violencia o de niños secuestrados?
—Algo profundo —dije.
—O algo oscuro.
Lo pensé.
—¿Se supone que debo sacar algo de esta conversación? —pregunté al final, confundido.
—No. —Negó con la cabeza—. Solo digo que da mal rollo.
No le faltaba razón. Como no se me ocurrió nada que responder, me limité a despedirme con la mano.
—Buenas noches, Bree.
Ella me devolvió el saludo.
—Buenas noches, Brody.
—No olvides escribirme. —Eché a andar por el camino hacia la puerta principal—. Si no lo haces, te aseguro que me pasaré la noche pensando en películas de Lifetime… y mucho más de lo recomendable.
Su risita hizo que las partes de mí que se habían calmado volvieran a vibrar.
—Te escribo en cuanto esté dentro y haya cerrado con llave.
—Gracias.
—No, gracias a ti. —Cuando miré por encima del hombro, su expresión era sincera—. No recuerdo haber pasado una noche más divertida.
—Ha estado genial.
—Y eso que nos arriesgamos a la ira de los guardias de pacotilla.
—Puede que precisamente por eso.
Ella lo pensó un segundo.
—Sí, creo que eso le dio más gracia.
SOÑÉ CON brEE, Y NO DE UNA FORMA precisamente caballerosa.
El sueño incluía un tipo distinto de croquet —no hacía falta ropa— y me desperté a punto de dejar las sábanas hechas un desastre.
Como estaba muerto de vergüenza, y quizá un poco preocupado porque mis sentimientos se adentraban en terreno peligroso, hice lo único sensato que se me ocurrió: ignorar a Bree durante la semana y media siguiente.
No de una forma cruel ni nada parecido. No era que ella me escribiera y yo pasara de sus mensajes. Simplemente, no la busqué. Ella tampoco me buscó. También me aseguré de que mis paseos no me llevaran por delante de su casa.
Me dije que no le estaba haciendo ghosting. No había nada a lo que hacer ghosting. No teníamos una relación. Solo éramos dos colegas que de vez en cuando se cruzaban… y habíamos estado tan ocupados que no había habido ocasión de cruzarnos.
Por mi parte, era cierto. Bueno, más o menos.
Estaba escribiendo otra vez. No solo había recuperado mi ritmo anterior: lo había superado.
Las cosas me iban tan bien que había empezado un segundo libro, aunque no era uno del que fuera a hablarle a nadie.
Era una novela de misterio, con un asesinato de por medio, algo que siempre había querido probar pero para lo que nunca había tenido confianza suficiente.
Cuando le conté a Bree que quería probar a escribir una novela de misterio, ella me dio a entender que no descansaría hasta hacerlo. Así que lo estaba haciendo.
Me justificaba pensando que nadie tendría por qué enterarse del libro si no me gustaba el resultado final. Era posible que fuera un desastre. Si escribía unos capítulos más y lo odiaba, o me parecía que no cuajaba, podía tirarlo a la basura. Sin dramas ni complicaciones.
El nuevo proyecto no interfería con mi libro de fantasía.
Seguía sacando cinco mil palabras al día con él.
Si continuaba a ese ritmo, tendría un borrador listo para enviar a mi editor con tiempo de sobra.
Normalmente pulía mi propio trabajo —lo repasaba al menos tres veces—, pero esta vez quizá no pudiera ser.
Solo necesitaba tener algo que entregar, me recordé.
De todas formas, me mandarían las correcciones. Ya lo puliría entonces.
En cuanto a la novela de misterio, no sabía qué haría con ella cuando la terminara.
Me decía que, si acababa escondiéndola en una carpeta del escritorio y no volvía a mirarla nunca, eso no significaba que no pudiera escribir otra.
Como con todo, escribir mejora cuanto más se escribe.
Mi segunda novela de misterio podía ser diez veces mejor que la primera.
Como me había convencido de que nadie la leería nunca, escribía con el mismo desenfreno que tenía en el instituto, cuando ninguno de mis trabajos de escritura importaba.
La cuestión era —y esto costaba admitirlo incluso ante mí mismo— que el libro no me parecía malo.
Sí, estaba en bruto y habría cosas que limpiar al editarlo —iba tomando notas—, pero no había ningún plazo para terminarlo.
Podía trastear con él todo lo que me diera la gana.
En cuanto a venderla, no estaba seguro de cómo iría.
Mis lectores estaban acostumbrados a la fantasía épica.
No es que no hubiera trasvase entre los lectores de fantasía y los de misterio; simplemente, no era muy grande.
Había más trasvase entre mis lectores y los de Bree que entre los míos y los de novela de misterio.
Aun así, había opciones. Podía usar un seudónimo.
Podía poner «B. B. Bates, que firma como», para que cualquier lector curioso pudiera echarle un ojo sin confundirse ni decepcionarse.
Podía no hacer absolutamente nada y esconder el libro el resto de mi vida.
Era libre de hacer con él lo que quisiera, y probablemente por eso estaba saliendo tan rápido. No había expectativas.