13 Trece #2
¿Tío? Tuve que disimular una sonrisita.
—Tío, este sitio da mal rollo. Y encima está cerrado. No podemos forzar la entrada a este edificio.
—No tengo la menor intención de forzar la entrada al edificio. No soy idiota.
Eso aún estaba por verse. No cedí.
—¿Qué esperas que haga yo aquí?
—¿No puedes seguirme sin más hasta donde quiero llevarte y enterarte en diez minutos?
—No. ¿Tú me conoces o qué?
—No tanto como me gustaría. —No me estaba mirando cuando lo dijo. Tenía la atención puesta en el edificio.
—Dame una pista, al menos —supliqué—. He visto demasiadas películas de terror para dejar que me lleves ahí fuera, a oscuras, sin saber ni qué hay ahí fuera. No volvería nunca. No puedo ser esa tía de las películas.
—¿Quién es esa tía?
—La que oye un ruido raro en la casa y sube al piso de arriba a investigar en vez de salir corriendo hacia el coche, que está en el camino de entrada.
—¿Ves muchas películas de terror? —Me observaba con toda seriedad.
—Muchísimas más de las que un tío como tú podría soportar —dije.
—¿Qué quieres decir? ¿Cómo sabes que no me gustan las películas de terror?
—¿Te gustan?
—No. Los desnudos y la violencia me parecen gratuitos.
Le dediqué una sonrisa inexpresiva.
—Pero quiero saber por qué piensas eso —insistió.
—Simplemente no eres de los que ven películas de terror.
—Vale, pero si crees eso, ¿por qué te preocupa salir ahí fuera conmigo?
Intenté pensar una buena respuesta y no se me ocurrió nada.
—Está bien —dije al final, resignándome a mi destino—. Pero si intentas matarme detrás de ese edificio, vamos a tener un problema.
Soltó un bufido.
—Intentaré contenerme.
Para mi sorpresa, me tendió la mano cuando estuvimos delante del vehículo. A mí me preocupaba que mi carrito rosa chillón destacara en el aparcamiento vacío, pero él no parecía inmutarse.
Solo me quedé mirándole la mano dos segundos antes de aceptarla.
—Lo del asesinato lo digo en serio. No pienso caer tan fácilmente.
No había pretendido soltar semejante doble sentido. Ni siquiera la oscuridad me impidió ver el rubor que le subió a las mejillas. Lo había captado.
—No tengo la menor intención de matarte —prometió—. Solo… intenta confiar en mí.
No me pareció que tuviera elección.
—Llévame a mi perdición.
TENÍA RAZÓN. SU IDEA DE una actividad nocturna era gloriosa. Diez minutos después seguía sin creérmelo mientras contemplaba el césped.
—¿Esto es en serio un campo de croquet profesional? —No me cabía en la cabeza lo que estaba viendo.
—Lo es —confirmó con una sonrisa tan amplia que parecía un adolescente eufórico.
—Pero… ¿por qué?
Brody frunció el ceño.
—¿Por qué te he traído aquí?
—No, ¿por qué tiene este sitio un campo de croquet?
Se encogió de hombros.
—¿Y por qué no?
—Porque nadie juega al croquet.
—Aquí sí. He visto al grupo. Se lo toman muy en serio.
—¿Es como el golf? ¿Tienen sus propios mazos? —pregunté.
—Sí.
—¿Y cómo vamos a jugar nosotros?
Señaló un armario.
—No lo cierran con llave.
Aquello me pareció una estupidez.
—¿No guardan bajo llave unos mazos que podrían usarse como armas?
—Puede que sea un descuido. O puede que les dé igual porque casi nadie se acerca a este rincón.
—Acabas de decir que aquí hay jugadores de croquet —protesté.
—Y los hay. Vienen por la tarde. Nunca he visto a nadie aquí de noche.
Tenía preguntas —quizá demasiadas—, así que no pude dejarlo pasar.
—Necesito que me lo expliques bien. Para empezar, ¿cómo te enteraste de que esto existía?
—Lo vi un día, al terminar una ronda con Nathan. —Miraba el campo de croquet —esos aritos ridículos—, no a mí.
—¿Juegas al golf?
—No por gusto. A mi padre le encanta el golf. A Nathan también. A veces lo acompaño simplemente porque insiste en que necesito aire fresco.
—Eso no significa que tengas que jugar al golf.
—No te lo discuto. Pero no me hace ningún daño, y Nathan hace cosas conmigo que tampoco le apetecen.
Me crucé de brazos.
—¿Como qué? Porque —y que Nathan no se ofenda— parece que tú pones mucho más de tu parte en esa amistad que él.
—Eso es solo porque a Nathan todo le sale sin esfuerzo, y a su lado es inevitable que parezca que yo voy a remolque.
Abrí la boca, lo pensé mejor y negué con la cabeza.
—Vale. No voy a meterme con Nathan. A mí no me sentaría nada bien que tú te metieras con mis amigos.
Otro doble sentido involuntario. Esta vez noté cómo me ardían las mejillas.
—¿Y qué le obligas a hacer a Nathan que él no quiere? —pregunté.
—Ir a librerías. Resolver salas de escape.
Bueno, ahora sí que había captado mi interés.
—¿Te gustan las salas de escape? ¿Es porque quieres escribir una novela de misterio?
Se encogió de hombros.
—Nunca lo había pensado, pero tiene sentido.
—A mí me gustan las salas de escape.
No tenía ni idea de por qué le soltaba aquello.
Se lo tomó con naturalidad.
—Quizá podamos resolver una juntos.
Aquello sonaba demasiado a cita, pero no lo corté.
—Háblame del croquet. ¿De verdad vamos a jugar?
—¿Tú quieres?
—Sí —respondí sin titubear—. Aunque mentiría si dijera que no me preocupa que nos pillen.
—No nos van a pillar. Por si no te has fijado, de noche todo el personal de seguridad vigila los bares. El campo de croquet les trae al fresco.
Me mordí la lengua, eché un último vistazo alrededor y sonreí.
—Vale, hagámoslo. Pero no sé jugar. Vas a tener que enseñarme.
—Es bastante sencillo. Estaré encantado de hacer de instructor.
Esta vez fue él quien dijo algo que podía sonar a insinuación. Bajo la escasa luz, se le oscurecieron las mejillas. No hice ningún comentario.
—Vamos allá —dije.
¿Qué podían hacernos los guardias de pacotilla si nos descubrían? Como mucho, echarnos del césped. No me preocupaba.
—Me muero por darle a algo con uno de esos mazos.
—¿Lo ves? Sabía que te ibas a apuntar. —Me dedicó una sonrisa que me recorrió entera de calor.
—Pues claro que me apunto. Es croquet, nada menos. Este sitio es más raro que un perro verde.
—Y aun así encajas —reflexionó.
—Tú también.
—Nunca pensé que encajara. Hasta ahora.
Guardé eso para darle vueltas más tarde.
—Venga. Vamos a por las bolas y los mazos. Estoy lista.
—Tus deseos son órdenes para mí.