Léelo y llora (Escribir lo correcto 1) 13 Trece
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13 Trece

TRECE

No debería haberme sorprendido que mi madre anunciara que se iba a tomar una copa con el padre de Brody después de cenar.

Rufus era exactamente el tipo de hombre que mi madre siempre perseguía.

Estaba claro que tenía dinero. Se comportaba como un profesional.

Vale, más bien como un gilipollas profesional, pero profesional igualmente.

No era difícil entender qué veía mi madre en el padre de Brody.

Lo difícil era entender qué veía Rufus en mi madre.

—¿Vais a salir juntos?

Era evidente que el giro de los acontecimientos también había pillado por sorpresa a Brody, porque no dejaba de repetir la misma pregunta.

Una irritación tenue como un susurro le atravesó el rostro a Rufus.

—Ya te lo he confirmado tres veces.

—Cuatro veces —apuntó mamá, servicial.

Tuve que bajar la cabeza para no echarme a reír. Era una situación surrealista.

—Cuatro veces —puntualizó Rufus.

—Pero… tu Mercedes está en mi casa —le recordó Brody a su padre.

—Oooh —ronroneó mamá—. Cómo me gusta un buen Mercedes.

Le gustaba cualquier coche que costara lo mismo que una casa.

—Me llevo tu carrito de golf. Puedes volver con Bree —dijo Rufus en un tono que dejaba claro que discutir solo traería problemas.

Brody abrió la boca. Se me activó el instinto protector y lo agarré del brazo. Cuando me lanzó una mirada inquisitiva, lo único que pude hacer fue negar con la cabeza.

—Puedes volver conmigo.

Señalé a uno de los aparcacoches que había delante del restaurante.

—Y ellos pueden llevar el carrito a tu casa.

El aparcacoches no protestó. Simplemente asintió, lo cual fue un alivio.

Brody pareció pensarlo un instante y luego asintió.

—Pues vale.

Le entregó al aparcacoches la llave del carrito.

—Que lo paséis bien. Supongo.

—Esa es la idea —convino Rufus mientras se pavoneaba hacia el carrito, con el aparcacoches detrás.

Mamá soltó una risita de colegiala. Brody y yo nos quedamos hombro con hombro viéndolos marcharse. Lo último que oí fue a mamá proponiendo más cócteles.

—Me da lástima el pobre aparcacoches, pero no podían conducir —dijo Brody—. Los dos se han tomado varias copas.

—¿Había alguna posibilidad de que tu padre aceptara un no por respuesta?

Negó con la cabeza.

—No.

—Pues entonces esperemos que lleguen a tu casa y decidan quedarse allí. O que pidan un Uber —añadí después de pensarlo un momento.

—No quiero que se queden en mi casa.

La mirada que me lanzó era de absoluta incredulidad.

—¿Me lo dices en serio?

No pude contener la risa.

—Yo los invitaría a mi casa, que estoy acostumbrada a las payasadas de mi madre, pero algo me dice que tu padre no va a estar por la labor.

—Tampoco va a estar por la labor de nada en mi casa. Odia mi casa.

Eso me cogió por sorpresa.

—¿Por qué? ¿Le pasa algo a tu casa?

—Mi casa entera cabría en su vestíbulo.

—Ah.

Sabía que Brody venía de una familia con dinero. Ese rumor había circulado justo después del incidente de dos años antes. En parte por eso no me había compadecido de él. Aun así, ahora lo conocía mejor y no podía evitar querer defenderlo.

—Seguro que es bonita —dije al final.

—Lo es. Se parece mucho a la tuya.

—La mía no está ni decorada todavía.

—Ah.

Inclinó la cabeza.

—Entonces supongo que la tuya será mejor que la mía cuando te pongas a ello.

—¿No te gusta la decoración?

—No creo que sepa decorar.

—Solo tienes que elegir cosas que te gusten —dije.

—¿Y si no me gusta nada?

—Algo te tendrá que gustar —insistí.

Por un momento —apenas una fracción de segundo, en realidad— su manera de mirarme sugirió que quería decir que yo le gustaba.

Se me encogió el estómago ante la emoción desnuda de su cara y me di cuenta de que esa posibilidad me gustaba.

Y entonces me entraron ganas de darme una bofetada por pensar semejante cosa.

«Es una mala idea liarse con él. Si acaba mal, que acabará mal, tendrás que asistir a los mismos congresos durante las próximas dos décadas y será incomodísimo».

—Supongo que tendré que pensarlo —dijo él al fin—. No me gusta la temática marinera y, por si no te has fijado, la mayoría de las casas de aquí la tienen.

Me reí entre dientes.

—Ya, me he fijado. ¿No te parece raro que los gnomos de jardín estén prohibidos?

Fue un cambio de tema bastante raro, pero se lo tomó con naturalidad.

—¿Qué te pasa con los gnomos de jardín? ¿Por qué te interesan tanto?

—No me interesaban nada hasta que me dijeron que no podía tener uno.

—¿Vas a poner a prueba las normas de la asociación de vecinos intentando colar gnomos?

Me hice la misteriosa.

—Puede.

Esbozó una sonrisa ladeada.

—Te multarán.

—Sí, pero ¿qué pasa si los gnomos forman parte de un bebedero para pájaros o de una fuente?

Frunció el ceño.

—Creo que no te sigo.

—Bueno, puedes poner un bebedero para pájaros o una fuente. Las dos cosas no, lo cual me parece raro, pero no hay restricciones de diseño.

Las comisuras de los labios se le curvaron de diversión.

—Tienes un plan.

—Creo que ya te lo había dicho.

—Sí, pero pensaba que exagerabas. Realmente tienes un plan.

—Ajá, y va a ser glorioso.

Saqué del bolsillo la llave del carrito y la hice girar en el dedo.

—¿Estás listo?

—No.

Negó con la cabeza.

—Si vuelvo a casa ahora, me encontraré con… ellos.

—¿Te refieres a Sylfus?

Un desconcierto genuino se le dibujó en la cara.

—Eh… ¿qué?

—Es su nombre de ship. Ya sabes, cuando juntas los nombres de dos personajes románticos. Como Bennifer, Brangelina y TomKat.

—No tengo ni idea de qué significa nada de eso.

Tuve que contener un suspiro. No me extrañaba lo más mínimo. No era de los que shippean.

—Jennifer Lopez y Ben Affleck son Bennifer. Es lo que pasa cuando juntas sus nombres.

—Ah.

Apretó la boca.

—Qué cosa más rara. ¿Estás llamando Sylfus a nuestros padres?

—Me planteé llamarlos sífilis porque se parecía muchísimo, pero me conozco. Si tiro por ahí, se me va a escapar.

Se echó a reír a carcajadas y me di cuenta de cuánto me gustaba ese sonido.

—Es una locura, pero ahora ya no me lo voy a poder quitar de la cabeza —dijo cuando se calmó.

—Es que mi cabeza funciona así.

—Me gusta.

Brody miraba hacia otro lado y no supe si era consciente de lo que acababa de decir.

—Si no quieres volver a casa, tenemos que buscar algo que hacer —dije—. ¿Alguna idea? O sea, no sé por qué, pero no creo que The Landings tenga una vida nocturna trepidante que no gire en torno a los bares, y no estoy de humor para beber.

Esperaba que dijera que no, así que cuando volvió a mirarme, esta vez sonriendo, me descolocó.

—Ah, ¿ves? Esa mirada es malévola.

Le agité un dedo delante.

—¿Qué estás tramando?

—No estoy tramando nada. Solo hay una cosa en este sitio que siempre he querido ver y nunca he visto. Y me pareces la persona perfecta para hacerlo conmigo.

Sospeché al instante.

—¿Hay un burdel aquí o algo así?

—¿Un burdel?

—Aquí seguramente lo llaman casa de mala reputación, ¿no?

Volvió a reírse. Madre mía, cómo me gustaba ese sonido.

—No es un burdel —me aseguró—. Si hay un burdel aquí, se olvidaron de informarme.

—¿Y eso sería decepcionante?

Se rascó la mejilla.

—Desde un punto de vista literario, sí. ¿Quién no quiere ver un burdel para poder describirlo bien en un libro?

No se lo discutí.

—Tienes razón.

—Desde un punto de vista personal, no sabría ni qué hacer en uno de esos sitios.

—Son para echar un polvo —respondí antes de pensarlo dos veces—. Alguna vez habrás echado un polvo, ¿no?

—No acabas de llamarlo «echar un polvo».

Brody parecía escandalizado.

—¿Te has ofendido?

Volvió a reírse y luego señaló hacia el aparcamiento.

—No es un burdel. Pero es un sitio que creo que te va a encantar.

—¿Dónde?

Dudó, pero solo un instante.

—Va a ser una sorpresa. Solo… confía en mí.

Yo no confiaba con facilidad. Mi madre me había dicho que era un error confiar en según qué personas. Pero en Brody sí podía confiar. Lo sabía de un modo instintivo. No era un tío que diera mal rollo. Vale, era un poco raro, pero yo también. Raro era mejor que aburrido.

—Vale —dije tras un silencio prolongado—. Pero más te vale que no me estés llevando a un campo de golf para matarme y enterrarme en un búnker de arena.

Las cejas se le dispararon hacia el nacimiento del pelo.

—Vaya imaginación tienes.

—Sí, es un desastre absoluto. Pero a mí me gusta así.

Soltó una risa y negó con la cabeza.

—Esta sorpresa te va a gustar. Tengo muy buenas sensaciones.

—Pues enséñamela.

brODY NO SE PODÍA CREER que me hubiera comprado un carrito de golf rosa.

—No va contra las normas —insistí.

—Sí que va. Solo se permiten carritos negros o blancos.

—Ah, pero hubo una enmienda reciente que permite tener un carrito concreto, uno ecológico, y se olvidaron de incluir restricciones de color cuando añadieron ese vehículo a las normas.

Brody parpadeó, asimilándolo todo. Me había indicado que fuera a Green Island Road y que siguiera conduciendo hasta que me dijera que parase.

—O sea, que compraste este carrito ecológico solo para poder tenerlo en un color chillón.

—Es uno de esos colores temporales —asentí.

—¿Y cómo te enteraste del vacío legal?

—Lo más raro es que la mujer que me vendió el carrito ya lo sabía. Vivió en The Landings hasta que se divorció y piensa volver. Quiere que le dé guerra a la asociación por motivos que no quiso contarme.

Brody soltó una risita.

—Bueno, sigo pensando que te vas a meter en problemas. Ese trasto es rosa Barbie.

—Yo quería uno turquesa, pero estaba terminantemente prohibido. No entiendo cómo se creen con derecho a decidir el color de mi carrito de golf. Es una mierda.

—No te lo discuto. Pero intentarán doblegarte.

—Me muero de ganas.

—Acabas de poner una cara de lo más malvada —dijo él.

—Algo que no me preocupa lo más mínimo.

Avanzamos un poco más en un silencio agradable y luego me indicó que aparcara cerca de un enorme edificio blanco.

—¿Qué es este sitio? —De pronto estaba en alerta. Nada en el edificio, ni en la oscuridad que lo rodeaba, resultaba tranquilizador.

—Es el Landings Golf & Athletic Club.

—¿Y qué hacemos aquí? —Me asaltó un pensamiento inquietante—. ¿Esto es un burdel?

—Tío, tienes que dejar ya el tema del burdel.