Léelo y llora (Escribir lo correcto 1) 12 Doce #2
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12 Doce #2

—Lo siento —dijo Bree, con la mirada clavada en la mía—. Le dije que no te molestara, pero… —Abrió las manos en un gesto de impotencia y se encogió de hombros.

—No pasa nada —dije automáticamente. Y lo decía en serio. Me alegraba volver a ver a Bree. La llegada de su madre nos había cortado en seco el rato juntos—. De verdad, no pasa absolutamente nada.

—Nos sentamos aquí —anunció Sylvia al camarero que se acercaba con cara de desconcierto—. Es decir, si a vosotros os parece bien. —La mirada que le lanzó a mi padre solo podía describirse como recatada. Me descolocó.

—Por supuesto. —El tono de mi padre fue más amable de lo que le había oído en años—. A mí me parece perfecto. —Era todo sonrisas cuando se centraba en Sylvia. Sin embargo, cuando desvió la mirada hacia Bree, pareció ligeramente confundido—. Disculpe. Creo que no nos conocemos.

Lo dijo con cortés interés, pero yo lo conocía demasiado bien. Le había echado un solo vistazo a Bree, con sus pantalones cortos de retales y su top de purpurina, y la había descartado. No me gustó.

—Esta es Bree James —dije, sabiendo lo que se esperaba de mí—. Es escritora, como yo. Participa en ese evento del que te hablé.

La cara de mi padre era una máscara de cortesía sin una chispa de interés.

—Suena divertido.

—Y esta es Sylvia —dije, señalando a la madre de Bree.

—¿Tu madre? —le preguntó mi padre a Bree, con un tono cargado de curiosidad.

—Ay, no parezco lo bastante mayor para ser su madre, ¿verdad? —replicó Sylvia con coquetería—. No me digas eso. Era prácticamente una niña cuando la tuve.

Bree torció los labios y miró hacia otro lado, lo que me dejó claro que eso no era verdad. Contuve la risa.

—¿Van a cenar todos juntos? —preguntó el camarero, claramente nervioso porque Bree seguía de pie.

—Ay, no queremos interrumpir —titubeó Bree.

—No estamos interrumpiendo —replicó Sylvia, con la mirada firmemente clavada en mi padre.

—Desde luego que no —convino mi padre. En realidad, casi ronroneó. Un sonido perturbador.

Me pasé la lengua por el labio superior y miré de reojo a Bree. Parecía tan incómoda como yo con aquella comunión de almas gemelas. Pero no había forma elegante de escapar.

Le dedicó una sonrisa tensa al camarero, caminó hasta la silla que estaba frente a su madre y se sentó. Eso la dejó a mi izquierda y a la derecha de mi padre, que solo tenía ojos para Sylvia.

Bree cogió la carta.

La sonrisa del camarero era forzada.

—¿Primero las bebidas?

—Yo tomaré un té helado —dijo Bree.

Asentí.

—Lo mismo para mí.

Mi padre hizo una mueca.

—Estamos cenando —dijo con sorna.

—Tengo trabajo que hacer cuando llegue a casa —contesté—. Hoy voy un poco atrasado.

—Probablemente porque estuviste paseando con mi hija —dijo Sylvia con una risa alegre.

—Ah, necesitaba un descanso cuando salimos a pasear —dije—. Pensaba volver al trabajo al llegar a casa. —Le dediqué a mi padre una sonrisa tirante—. Aunque no pasa nada. Puedo ponerme después de la cena.

A partir de ahí, la conversación entre Bree y yo se fue apagando. Mi padre tomó las riendas. Habló sobre todo de sí mismo. Sylvia actuaba como si fuera lo más interesante que había oído en su vida, aunque era evidente que la construcción le importaba un pimiento.

No dejaba de lanzar miradas a Bree, que estaba decididamente intranquila con el giro de los acontecimientos. No sabía qué pensaba ella, pero a mí se me revolvía el estómago cada vez que miraba alternativamente a mi padre y a su madre.

Mi padre pidió el solomillo. Sylvia se decidió por el chuletón y luego escuchó con atención embelesada mientras mi padre le explicaba por qué el chuletón era un corte de carne inferior.

Bree pidió el filete de wagyu. Yo pedí lo mismo.

Papá y Sylvia se lanzaron a los cócteles —varios cócteles—, con lo que Bree y yo quedamos como conductores designados.

—Y dime, Brody —dijo Sylvia cuando ya habían retirado los platos y les habían servido dos cócteles nuevos a ella y a mi padre—, ¿tú qué escribes? ¿Eres como Bree y escribes sobre vampiros?

Hice una mueca cuando mi padre soltó un ruido grosero.

—¿Vampiros? —Mi padre por fin le dedicó toda su atención a Bree—. ¿Como… Drácula?

Bree se rio, pero el sonido salió hueco.

—Más bien como Angel y Spike.

Esa referencia, por supuesto, no significó nada para mi padre.

—¿Quiénes?

Ella volvió a reírse.

—Escribo novelas de vampiros con mucho sarcasmo. No se parece a Drácula.

—Tiene mucho sexo. —Sylvia movió las cejas con picardía mirando a mi padre—. Yo no necesitaba ningún consejo, pero si quieres aprender algo, tendrías que leerlos, en serio.

Mi padre parecía encantado. Un momento, eso no podía ser. Sylvia no era en absoluto su tipo de persona. Ni de lejos. Y, sin embargo, la miraba como si fuera una gran dama de la alta sociedad con un vestido de alta costura y no con algo que a todas luces había comprado en Target.

Yo prefería que la gente con la que salía no fuera del mundo en el que me habían criado.

Mi padre, en cambio, era un esnob. Sylvia no era el tipo de mujer a la que creía que mi padre dedicaría ni una mirada de reojo.

Y, aun así, allí estaban, con corazoncitos en los ojos, fingiendo que aquella no era la cena más rara de la historia.

—Sexo, ¿eh? —Mi padre le sonrió a Sylvia y luego le lanzó a Bree una mirada despectiva—. Bueno, quizá tenga que echarle un vistazo a alguno de tus libros.

Todos los que estábamos en la mesa sabíamos que eso no iba a pasar.

Después de eso, mi padre solo habló con Sylvia, y viceversa.

Aproveché que Bree se excusó para ir al baño y la seguí hasta la entrada del restaurante. No dijimos nada. En lugar de eso, salimos a contemplar la puesta de sol.

—Esto es raro, ¿verdad? —dijo ella cuando solo quedábamos nosotros dos y un cielo en llamas.

—Rarísimo.

—No creerás que van a querer repetir, ¿no?

—Con nosotros, no.

Ella apretó los labios y me lanzó una mirada de soslayo.

—¿Y si no estamos nosotros?

—No tengo ni idea, y se me pone el vello de punta solo de pensarlo.

—A mí también.

Nos quedamos allí veinte minutos viendo desaparecer el sol del cielo. Fue un rato precioso, perfecto. Cuando volvimos a comprobar cómo iban nuestros padres, ni se habían dado cuenta de que nos habíamos ido.