Léelo y llora (Escribir lo correcto 1) 12 Doce
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DOCE

Conocer a Sylvia James fue… demasiado. Me bastó ver la cara de Bree cuando vio a su madre para saber que no me había contado toda la historia. Lo más probable era que hubiese pasado de puntillas por las peores partes de su pasado. No se lo reprochaba. Yo había hecho exactamente lo mismo.

Fuera cual fuese la verdad, Bree no estaba preparada para contarla. Lo iba a pasar mal. No sabía de dónde me venía esa certeza, pero la tenía. Me dio lástima. Un mes antes habría dicho que era el karma. Ahora pensaba de otra manera. Algo dentro de mí había cambiado.

Seguía dándole vueltas cuando subí por el camino de entrada de casa y me encontré con mi propia visita. El Mercedes de mi padre estaba aparcado allí. Sin embargo, él no me esperaba en el porche. Había dejado la casa sin cerrar y sabía perfectamente dónde estaría.

Con un suspiro —al parecer, ese era el día de las visitas paternas sin avisar—, me preparé para lo que sabía que venía. Mi padre estaba junto a la encimera, mirando la pantalla del móvil, cuando entré en casa. No me entretuve en catalogar su atuendo. Incluso en su tiempo libre llevaba traje.

—Papá —dije sin entusiasmo. No esperaba que lo recibiera con la energía de un golden retriever. De hecho, lo habría desaprobado.

—Brody. —Papá asintió con la cabeza, pero no sonrió—. Me preguntaba cuánto tiempo más ibas a hacerme esperar. —Bajó el móvil y me clavó una mirada expectante.

—No sabía que ibas a venir —dije.

—Te dije que me pasaría la última vez que hablamos.

—No me diste ni día ni hora. —Cedía ante mi padre más a menudo de lo que era sensato, pero era el camino fácil. Eso no significaba que me pusiera panza arriba las veinticuatro horas del día. Había aprendido por las malas que, si nunca le plantaba cara, no me respetaría. Era un equilibrio delicado.

—Eso no puede ser. —Papá negó con la cabeza—. Estoy seguro de que te dije que vendría hoy.

No lo había hecho. Pero así era él. Esperaba que todo el mundo estuviera disponible cuando a él le convenía, aunque si alguien le hiciera lo mismo —aparecer sin avisar—, le daría un ataque.

—En cualquier caso —dije para reconducir la conversación—, ¿qué puedo hacer por ti? —No se ofendería por la forma en que lo preguntaba. Le gustaba ir al grano.

—Mi divorcio de Elaine es definitivo —respondió—. El juez me dio la razón y mantuvo el acuerdo prenupcial.

Elaine era su tercera mujer. Había esperado un tiempo decente tras la muerte de mi madre para casarse con su segunda mujer, Cherise.

Aquel matrimonio había durado un total de dos años antes del divorcio.

Cuando puso fin a esa unión tuvo que darle más de lo previsto, y por eso fue implacable al casarse con Elaine, que solo era un año mayor que yo.

Su acuerdo prenupcial había pasado por tres abogados.

A mí Elaine no me caía bien. Estaba claro que iba a por el dinero.

Nadie se casaría con mi padre si no hubiera un incentivo económico.

Sin embargo, él esperaba ciertas cosas de sus esposas.

Elaine era una mujer hermosa. Tenía una cláusula en el acuerdo prenupcial según la cual, si ella engordaba más de cuatro kilos, renunciaría a la limitada cantidad que él pensaba darle en caso de divorcio.

También estaba sujeta a un calendario progresivo: por cada año de matrimonio, cobraba veinte mil dólares.

Pero solo estuvieron casados dos años, lo que significaba que mi padre probablemente solo había tenido que pagar por esos dos años y nada más.

—¿Cómo se lo tomó Elaine? —pregunté.

Papá hizo una mueca.

—¿A quién le importa? Resultó ser una víbora.

—¿Pudiste demostrar que tenía una aventura con el jardinero? —Si mi padre lograba probar la infidelidad en el divorcio, no tendría que pagar ni un céntimo. Esa era otra de las estipulaciones que había incluido en su tercer matrimonio.

—No. —Arrugó la nariz—. El juez dijo que mis sospechas no eran pruebas. Le expliqué que yo lo sabía, pero me contestó que eso no bastaba.

Ni por un segundo me creí que Elaine se hubiera acostado con el jardinero. No era tonta. No me caía bien, pero era astuta. No tenía ninguna duda de que su plan había sido sobrevivir a mi padre. Como mínimo, quería aguantar cinco años. Papá le había desbaratado los planes.

—Bueno, al menos ya está hecho —dije con una alegría fingida que me salía por todos los poros—. Eso es lo importante, ¿no?

Él se encogió de hombros.

—Si tú lo dices. —Soltó el aire—. Hay un evento benéfico al que necesito que vayas dentro de dos semanas.

Mi padre era pésimo con las transiciones, aunque no parecía darse cuenta. Me puse en alerta al instante.

—¿Qué clase de evento benéfico?

—¿Te acuerdas de Henry Collins?

Rebusqué en la memoria.

—Abogado, ¿verdad?

Papá asintió y me regaló la primera sonrisa de verdad desde que había llegado.

—Su bufete está recaudando dinero para los monos.

Pestañeé, convencido de que lo había oído mal.

—¿Qué? —dije un segundo después—. ¿Monos?

Él puso los ojos en blanco.

—Sí, es raro. Hay una especie de mono que se está extinguiendo en la selva. El bufete de Henry va a salvarlos o algo así. Creo que no lo entiendo del todo.

—¿Sabe que en este país hay gente pobre?

Papá pestañeó.

—¿Qué quieres decir?

—Bueno, estoy seguro de que podría salvar a gente en este país. No es que tenga nada contra los monos —añadí a toda prisa—, pero aquí hay muchas otras organizaciones benéficas a las que les vendría bien ese dinero.

Papá volvió a pestañear.

Tuve que tragarme un suspiro.

—O podríamos salvar a los monos. —Esbocé una sonrisa sin ganas—. ¿Cuándo es ese evento benéfico?

La fecha que soltó de carrerilla se me quedó grabada y saqué el móvil.

—Vas a ir —dijo papá mientras yo seguía buscando en el calendario—. Les dije que necesitaba dos entradas y, por ahora, no tengo a nadie más a quien llevar.

Cuando levanté la vista, estaba tranquilo.

—Tengo un evento esa noche.

—Cancélalo.

—No puedo. Mi editorial me obliga por contrato a estar allí. Tenemos eventos con lectores repartidos por todo el verano. Esa noche ya está ocupada.

Fue lo de «obligado por contrato» lo que lo puso contra las cuerdas, y los dos lo sabíamos. Mi padre era un maníatico de cumplir con los compromisos cuando tocaba cumplirlos. Era una de sus pocas virtudes.

—Supongo que no podrán cambiar la fecha del evento —tanteó.

—Es una colaboración entre tres editoriales y participan más de veinte autores en cada evento —respondí con soltura.

—Así que no.

—No —confirmé.

Suspiró.

—Supongo que voy a tener que empezar a salir con alguien.

—Podrías ir solo. —Las palabras me salieron de la boca antes de que me diera tiempo a pensármelo mejor. La mirada de incredulidad que me lanzó habría tenido gracia viniendo de cualquier otra persona. Con mi padre nunca nada tenía gracia—. O podrías empezar a salir con alguien, claro —dije.

—Encontraré a alguien. —Suspiró y bajó de un salto del taburete—. ¿Estás listo?

Como me había estado preparando para la gran despedida, la pregunta me pilló desprevenido.

—¿Listo para qué?

—Para cenar. He hecho una reserva en Palmer’s Steakhouse.

Lancé una mirada al reloj de la encimera.

—Son las tres.

—Sí, y está claro que no estás listo. La reserva es a las cuatro.

A mi padre le gustaba cenar temprano. Para él, las seis eran para los cócteles y nada más.

—Entonces debería meterme en la ducha.

Su cara no delataba nada.

—Creo que es exactamente lo que he dicho.

—Dame treinta minutos.

Se dejó caer otra vez en el taburete.

—Estaré contestando correos.

—Genial.

PALMER’S STEAKHOUSE ERA EL RESTAURANTE favorito de mi padre en The Landings. Comía en otros sitios, pero, invariablemente, cuando venía de visita —algo poco frecuente—, quería un filete.

Cuando tomé la decisión, mi elección de residencia le había entusiasmado. Él mismo se había planteado mudarse a The Landings, pero solo porque le gustaba lo ostentoso que era. Para mí, eso era más bien un inconveniente. Mi padre, en cambio, quería que la gente supiera que tenía dinero.

Yo no me había hecho rico con mis libros. Me iba bien, pero en los dos últimos años los ingresos habían atravesado una sequía brutal. Por suerte, mi madre me había creado un fideicomiso antes de morir. Con el dinero no se andaba con tonterías. Veía venir lo que iba a pasar con mi padre.

Pensaba dejarme una herencia enorme. De eso nunca dudé.

Eso sí, me haría pasar por el aro y amenazaría sin parar con revocarla si no hacía lo que él quería.

Mi madre se había adelantado a todo eso.

Gracias a ella, tenía el futuro resuelto.

Quería ganarme la vida escribiendo, pero, si no podía, sobreviviría.

Mi padre había reservado una de las mejores mesas del local, lo que significaba que estábamos justo en el centro. Yo habría preferido una mesa al margen de todo el ajetreo, pero mi padre llevaba el timón. Acabábamos de acomodarnos, con las cartas delante, cuando oí una voz vagamente familiar.

—¿No es ese tu novio?

Tardé un momento en situar la voz y, cuando lo hice, se me tensó la espalda. Me giré despacio y encontré a Bree tirando del brazo de su madre. Sylvia saludaba con la mano como una loca, como si fuéramos viejos amigos. Bree parecía morirse de vergüenza.

—¡Yuju! —gritó, sonriéndome de oreja a oreja—. Brady. Hola.

—Brody —espetó Bree.

Parecía querer que se la tragara la tierra.

—Se llama Brody.

—Eso he dicho. —Sylvia se plantó justo al lado de mi mesa, miró primero a mi padre y luego a mí, y acto seguido ocupó la silla vacía que había entre nosotros, a la derecha—.

¿No es esto cosa del destino? —preguntó en un tono que solo podía describirse como encantador—.

Justo le estaba diciendo a Bree que no había tenido ni de lejos suficiente tiempo contigo.

Me dijo que estabas demasiado ocupado para volver, y mira, aquí estás.

—Aquí estoy —convine sin entusiasmo, sin saber qué más decir.

Se me fueron los ojos hacia mi padre y noté cómo me recorría la preocupación —Rufus Bates no se tomaba nada bien que sus planes se fueran al garete—, y me llevé una sorpresa. Estaba sonriendo.

«¿Qué demonios?».