11 Once
ONCE
Pasar el rato con Brody resultó más divertido de lo que había imaginado.
Era un maniático del orden, pero, ahora que conocía los motivos de su comportamiento, entendía perfectamente por qué era como era.
Y eso no solo me daba lástima: además me hacía caerme bien.
Los porqués de su conducta lo mostraban bajo otra luz.
No tenía ni idea de si eso era bueno o malo.
¿Qué haces?
Cuando el mensaje llegó a la mañana siguiente, no sabía de quién era, así que fruncí el ceño.
Troceando a mi marido en pedacitos para que me resulte más fácil enterrarlo.
Siempre vacilaba a los estafadores cuando me escribían. Mi objetivo era incomodarlos todo lo posible.
Y yo que pensaba que estarías deshaciéndote en elogios por el martini de plátano.
Me quedé helada y luego sonreí. Era Brody.
¿De dónde has sacado este número? No es que me queje ni nada. Solo es curiosidad.
Me recoloqué para estar más cómoda en la cama, con la expectativa de una conversación divertida. ¿Cuándo había empezado a asociar a Brody con la diversión? Resultaba raro pensarlo.
De las listas de contactos de los eventos de autores. Todos tenemos los números de los demás.
Ah. Tenía sentido. Yo ni siquiera había mirado las listas de contactos. Que Brody sí lo hubiera hecho —necesitaba tener toda la información— no resultaba nada sorprendente.
Sigo en la cama. Estoy decidiendo qué voy a hacer hoy, escribí.
Cuando aparecieron las burbujitas, sentí crecer la expectación. En ese preciso instante sabía exactamente qué estaba haciendo él. No había preguntas. No había conjeturas. Solo certeza. Y eso era algo poderoso para mí, una persona que había crecido sin saber nunca nada.
¿Acabas de levantarte?, escribió. Yo ya llevo tres mil palabras hoy.
¿Eso es bueno? Sentía verdadera curiosidad.
Sí. ¿Te apetece dar un paseo? Me vendría bien despejar un poco la cabeza.
No era muy aficionada a caminar, pero me gustó la idea. Dame veinte minutos.
brODY TRAÍA UNA BOTELLA DE AGUA cuando salí a su encuentro, delante de la casa. Me la tendió, sonrió y luego inclinó la cabeza.
—¿Por dónde quieres ir?
Me encogí de hombros.
—No tengo ni idea. Todavía no conozco bien el barrio. ¿Por dónde crees que deberíamos ir?
No lo pensó mucho.
—Por allí. Las casas son mejores en esa dirección.
—Pues vamos por allí.
Esperaba que la cosa estuviera incómoda entre nosotros hasta que diéramos con nuestro nuevo ritmo, tardara lo que tardara. Pero no fue así.
—¿Y en qué estás trabajando? —preguntó.
—Es el primer libro de una trilogía nueva. Los vampiros se han hecho con el poder después de un apocalipsis y hay un nuevo orden mundial. Mi protagonista es la reina y se supone que debe casarse con el rey del territorio vecino, pero está enamorada de su primer teniente.
—Pues suena bastante interesante.
Me reí por la manera en que lo dijo.
—Pareces sorprendido.
Se encogió de hombros.
—Lo paranormal nunca ha sido lo mío. Crecí con los elfos y los enanos y siempre he disfrutado planeando grandes batallas. No soy tan bueno con la parte emocional.
—Para lo que escribes, creo que eres muy bueno. Si repasas la obra de Tolkien, apenas introdujo romance. Arwen era un vacío en la página.
—Era pésimo escribiendo mujeres —dijo Brody—. Creo que fue lo único que no hizo bien. Fue la historia épica de El Señor de los Anillos lo que me hizo enamorarme de la fantasía.
Asentí. Lo entendía.
—A mí me encantaba Aragorn. Estaba buenísimo.
—¿Llegaste a leer el libro de verdad o solo viste la película?
Me sentí un poco avergonzada.
—Nunca había leído un libro de fantasía hasta que cogí uno tuyo. Pero las películas me encantaron. No te lo tomes como algo personal. Es que a mí la fantasía me gusta con un poco de picante.
Se rio.
—Lo entiendo.
—Pero tus libros me gustan. Entretejes muchas emociones en tus historias. ¿Lo hacen ahora todos en el género fantástico?
—No demasiado. —Se encogió de hombros—. Yo lo hago un poco más que los demás. No me lo propuse. Mi primer libro… simplemente me dejé llevar. Mis primeros libros no llegaron a publicarse. Tuve que escribir cuatro antes de conseguir que una editorial me sacara uno.
—Creo que eso nos ha pasado a todos.
—Empecé a encontrar mi ritmo con el segundo libro y entendí mejor qué era lo que quería escribir. Y a partir de ahí fui mejorando cada vez más.
—Yo lo supe desde el principio. Aunque, cuando vuelvo a leer ese primer libro, me da vergüenza.
—Escribir es una de esas cosas en las que mejoras cuanto más lo haces —dijo—. ¿Has pensado alguna vez en escribir otra cosa?
—Sí. He pensado en escribir algún romance contemporáneo, sin nada paranormal. Pero me da miedo echar a perder lo que tengo ahora.
—Yo siempre he querido escribir una novela de misterio. —Se le encendieron las mejillas cuando lo miré—. Probablemente lo haría fatal.
—Nunca lo sabrás si no lo intentas.
—Sí.
Seguimos caminando. La conversación derivó hacia otros temas.
Era muy fan de programas como Dateline. Decía que le gustaba resolver el misterio antes de que se lo sirvieran en bandeja, y acertaba con una frecuencia impresionante.
Yo confesé que me encantaban las películas de Lifetime, pero que odiaba las de Hallmark.
—Eso a Hayley no se lo puedo decir nunca. Cree que las películas de Hallmark son el mejor invento de la historia y, si supiera que las odio, daría por hecho que me dedico a patear cachorritos en mi tiempo libre.
Sonrió de lado.
—Eh… ¿Y cuál es la diferencia entre las películas de Lifetime y las de Hallmark?
—¿En serio? —Me paré y lo miré de arriba abajo—. ¿Has visto alguna vez alguna de las dos?
—Creo que no. —Parecía incómodo—. Puede ser.
No me estaba burlando de él. Probablemente no se diera cuenta.
—Las de Lifetime suelen ir de crímenes. Sí, vale, crímenes muy dramáticos, del tipo alguien roba a un niño y los padres no vuelven a verlo hasta que tiene quince años, y encima cabe la posibilidad de que el chaval sea un sociópata que quiere matar a sus otros hijos.
Se quedó boquiabierto.
—Eso suena horrible.
—Venga ya —resoplé—. Te ha picado la curiosidad y lo sabes.
Sonrió de lado y negó con la cabeza.
—¿Y las de Hallmark?
—Esas van todas de romance. Lo peor que pasa es que hay un malentendido entre los dos protagonistas. Siempre hay un pueblo pintoresco y, la mayoría de las veces, un Papá Noel de verdad suelto por ahí, concediendo deseos.
Se tomó un momento para digerirlo.
—¿Y por qué te gustan más las de Lifetime?
—Porque son más emocionantes. Las de Hallmark tienen muy poco conflicto.
—Ah. —Se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja—. Las ves con el chip de escritora puesto.
—Sí. —Me dio un poco de vergüenza—. ¿Tú no haces lo mismo?
—Yo me fijo en la estructura de las películas y las series —admitió—. No puedo evitarlo, aunque estoy convencido de que eso le quita parte de la gracia a verlas.
—Sí, te entiendo. —Reanudé la marcha—. Aunque a mí me gusta ponerme en plan criticona insufrible mientras veo algo. No lo puedo evitar.
Volvió a reírse.
—Sí, yo también lo hago. ¿Crees que eso nos hace antipáticos?
Me encogí de hombros.
—A mí me da bastante igual. ¿Y a ti?
—Antes sí me importaba. Ya no estoy tan seguro.
—Bueno, avísame cuando lo decidas.
RESULTÓ QUE, CUANDO brODY DIJO que iba a dar un paseo, se refería a una caminata en serio. Daba por hecho que andaríamos media hora y volveríamos. Dos horas después, por fin estaba entrando otra vez en mi calle.
—Me duele todo —me quejé, pasándome el dorso de la mano por la frente. Me había acabado el agua una hora antes y me estaba muriendo—. ¿Por qué me has hecho esto?
—El ejercicio sienta bien. Yo hago ejercicio todos los días.
Le lancé una mirada asesina.
—¿Tú eres defectuoso o qué?
Se rio entre dientes.
—No. Es solo que… mi madre y yo siempre salíamos a caminar juntos, hasta que se puso demasiado enferma para hacerlo. Ahora, cuando camino, a veces finjo que va conmigo.
Se me derritió todo por dentro.
—¿Y me has invitado a interrumpir tu momento a solas con tu madre?
—Hoy, por alguna razón, no quería caminar solo. —Apartó la mirada—. No es nada importante.
Como era evidente que no quería que insistiera en el tema —algo que antes de conocerlo me habría saltado sin pensarlo dos veces—, lo dejé pasar.
—Hace demasiado calor para caminar así todos los días.
—Yo ya ni noto el calor. —Se encogió de hombros—. Crecí aquí. No en la isla de Skidaway, pero sí en el Distrito Victoriano. Luego me fui a la universidad y volví. Literalmente, ya ni lo noto.
Intenté imaginármelo.
—Me pregunto si yo llegaré a ese punto.
—¿Quieres llegar a ese punto?
—Lo preferiría a esto. —Señalé mi camiseta de tirantes. Había sudado tanto que la tenía empapada.
Bajó la mirada, directo a mis pechos, y luego levantó la barbilla de golpe. Se le encendieron las mejillas, y no fue por el calor. No sabría decir por qué me hizo tanta ilusión. Éramos amigos, o más bien cordiales. Nada de lo que había dicho o hecho sugirió que quisiera algo más.
Yo tampoco; no tenía tiempo para eso. Iba contra reloj con la entrega y todavía estaba organizándome en mi nueva casa.
Todo el asunto de torturar a la junta de The Landings iba a comerme un montón de tiempo.
No andaba buscando romance. Es más, se me daba fatal el romance.
¿Y lo incómodo que sería salir dos semanas y luego romper?
Sería peor que como estaban las cosas entre nosotros antes. Y eso no lo quería. Ni un poquito.
—Deberías darte una ducha —dijo con voz áspera—. Pero no la pongas muy fría. El cambio brusco de temperatura podría hacer que te desmayaras.
Necesité un instante para procesarlo.
—Eh… vale.
—Yo también necesito una ducha —dijo con total naturalidad—. Te dejo en casa y me marcho.