10 Diez #2
—Hace mucho que acepté cómo es mi madre.
Me quiere, al menos todo lo que es capaz de querer, pero nunca me puso en primer lugar.
Toda mi infancia giró en torno a que pescara a un tío.
Ese era su objetivo. Si entre esas misiones le quedaba tiempo para mí, me llevaba de aquí para allá y lo convertía en una gran aventura.
La cosa es que, de pequeña, a mí me parecía genial.
Siempre la asociaba con pasarlo bien. Al crecer, me di cuenta de que solo era una prioridad cuando no había nadie mejor en quien centrarse.
Se me partió el corazón por ella.
—Lo siento de verdad. Eso es… horrible.
Se encogió de hombros, como si no tuviera importancia.
—No me ha dado más que material para mis libros.
—Sí, me he fijado en que todas tus heroínas son del tipo atormentado. Todas tienen problemas con sus padres. —No me di cuenta de lo que había dicho hasta que entrecerró los ojos—. ¿Qué? —pregunté, de repente incómodo.
—¿Tú lees mis libros? —Parecía pasmada.
—Tú leíste los míos —repliqué a la defensiva—. Sabías quién era Basílica.
Sonrió con sorna, pero era imposible no ver el rubor que le subía a las mejillas.
—Bueno, me pareció que no me quedaba otra cuando empezó a correrse la voz entre los autores de que me odiabas.
—¿Quién dijo eso?
—Eh… todos los que conocí. Decían que me estabas poniendo por los suelos a diestro y siniestro.
Me lo tuve que pensar un instante más de lo debido.
—Yo… tuve una tarde muy mala el día que nos conocimos.
Esa parte era obvia, pero me pareció necesario decirla.
—Ah, de eso me di cuenta. —Se le escapó una risita—.
De verdad fue un accidente. Iba con retraso cuando te empujé contra la mesa de Amy Ryan.
Nunca había participado en una de esas mesas redondas y pensé que, si llegaba tarde, no me dejarían intervenir, y tenía muchísimas ganas de formar parte del «club de autores».
Ahora sí tenía toda mi atención.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué es el «club de autores»? —Imité sus comillas en el aire.
—Supongo que tengo síndrome del impostor.
O lo tenía entonces. Había tenido un libro de éxito y era como un sueño.
Era lo mejor que me había pasado en la vida y estaba convencida de que en algún momento me lo iban a quitar.
—Vaciló, como si buscara las palabras adecuadas—.
Nunca había pertenecido a ningún sitio. Mi madre alquilaba una casa durante un año y era tan mala inquilina que nunca nos renovaban el contrato.
No le importaba obligarme a cambiar de colegio cada año, así que nunca pude conservar a mis amigos. Solo quería algo que durase.
Tuve que verlo desde su punto de vista.
—Lo entiendo —dije al final—. Supongo que nunca pensé en lo nerviosa que debías de estar aquel día, porque yo también estaba nervioso.
—¿Tú estabas nervioso? —La duda le ensombreció el rostro—. Llevabas años en este mundillo.
—Sí, pero solo había publicado un libro y estaba a punto de sacar el segundo. Estaba tan nervioso como tú. Probablemente más, porque no suelo caerle bien a la gente, y eso me hace sentir inseguro.
—¿A quién no le caes bien?
Levanté un hombro.
—A cualquiera que me conozca. No soy lo que se diría extrovertido. No hago amigos con facilidad. Casi siempre me pego a Nathan y dejo que él cargue con el trabajo duro.
Frunció los labios.
—Eres tímido.
—Supongo que sí. Crecí en una casa donde se esperaban ciertas cosas de mí y funcionaba bien con una rutina. Cuando me dejaban a mi aire, me venía abajo.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que mis padres eran acomodados. Mi padre era promotor inmobiliario y tenía mucho peso en los círculos sociales.
Siempre se esperaba que estuviera presente en las cenas con invitados, donde yo era el único niño.
Que me vieran, pero que no me oyeran. Me llevé esas lecciones a la edad adulta y nunca llegué a superar esa mentalidad.
—¿Alguna vez hablaste de eso con tus padres?
—Mi madre murió cuando yo tenía trece años.
Cáncer de mama. Mi padre quedó tan destrozado que no se ocupó mucho de mí.
No le daba para más y yo era demasiado para él.
Intenté hacerme pequeño porque no quería añadirle más carga.
Mi abuela insistía en que no debía complicarle las cosas porque sería demasiado para él, y lo único que yo pensaba era que había perdido a mi madre, que era una persona maravillosa, y que no podía perder también a mi padre.
Luego, con el tiempo, eso se convirtió en toda mi personalidad.
No me gusta remover las aguas. Siempre soy puntual.
Nunca armo escándalo. Por eso se me desmoronó el día entero cuando pasó aquello con Amy Ryan.
Bree parecía atormentada.
—Y luego yo lo empeoré todo metiéndome contigo en la mesa redonda.
—No estuviste tan mal.
—No fui precisamente amable. Me incomodó lo que había pasado y decidí convertirlo en una broma. Fue lo peor que podía haber hecho por ti. Atraje más atención sobre el asunto, lo que debió de ser una tortura desde tu punto de vista.
Me tomé un momento para ordenar mis pensamientos.
—Supongo que simplemente me incomoda que la gente me mire. Después de la muerte de mi madre deseaba desesperadamente la atención de mi padre, pero nunca la conseguí y, al final, llegué a odiar la mera idea. Quería ser invisible. Importante, pero invisible igualmente.
—Y yo te lo arruiné todo. —Bree parecía arrepentida—. Lo siento.
Lo había dicho. Y lo decía en serio. Resultó que una disculpa era todo lo que necesitaba oír. Me encogí de hombros y sonreí.
—Necesitaba que alguien me sacara de mi zona de confort. Habría preferido que no ocurriera así, pero lo hecho está hecho.
—No. —Bree sacudió la cabeza con vehemencia—. Lo siento. Tienes que defenderte y decirme que hice algo mal. Puedes perdonarme si quieres, ese es el resultado que yo preferiría, pero no te menosprecies. Eso no está bien.
Me humedecí los labios y asentí.
—Te perdono.
—¿De verdad?
—Sí.
—Vale. —Volvió a mirar la carta—. Yo quiero las costillas de ternera. Por cierto, la cena la pago yo.
—De ninguna manera. Yo te he invitado a cenar.
—No es una cita.
Sentí una punzada en algún punto cerca del corazón.
«¿Qué demonios ha sido eso?».
—Además, me salvaste de Joey —continuó ella—. Te debo una.
—Yo dejé que Blair te dijera cosas desagradables. Creo que estamos en paz.
—No, no hagas eso. —Fue tajante—. Te debo una. No está en tu naturaleza aceptarlo, pero quiero que esta vez lo aceptes. Es lo mejor para ti y creo que ya es hora de que te pongas tú primero.
Sus palabras me llenaron de calor por dentro.
—Vale. Invitas tú. Pero el postre lo pago yo.
—Eso lo puedo aceptar. Tienen un martini de espresso con plátano que parece hecho para mí. Lo voy a acompañar con su brownie de chocolate doble.
—Es mucho azúcar justo antes de irse a la cama.
Se encogió de hombros.
—Después de vivir con mi madre, aprendí que la vida es demasiado corta para no darse caprichos. Si se te presenta la oportunidad de pedir un postre de locura, aunque sea antes de dormir, hay que aprovecharla.
Lo que decía tenía sentido. Yo nunca tomaba postre después de las siete.
—Pues entonces pediré las costillas y la tarta de queso.
—¿Y un cóctel? Hoy no conduces tú.
Sonreí.
—Yo también he querido probar siempre el martini de plátano.
—Creo que esta noche va a ser tu noche de suerte.