10 Diez
DIEZ
Cuando Bree me dejó a solas con Blair, quise seguirla al instante, pero estaba demasiado desconcertado para que las piernas me obedecieran.
Y no era porque Blair hubiera sido grosera con ella o exageradamente agresiva.
Era porque Bree conocía mi obra. Estaba claro que había leído mis libros.
Todo lo que había dicho sobre Basílica daba en el clavo. No que a Blair le interesara oírlo.
Todavía estaba asimilando que Bree había leído mis libros cuando se marchó, probablemente molesta porque no le hubiera reprochado a Blair, al menos, lo agresiva que había sido.
Bree desapareció como un rayo y a mí me tocó quitarme de encima a una superfán antes de poder seguirla.
No pensaba perseguirla hasta el baño —yo era el rey de los límites—, pero sí pensaba disculparme lejos del gentío, que ya iba disolviéndose.
Y en lugar de eso, me la encontré otra vez acosada por el maldito Joey.
«¿Qué le pasa a ese tío? ¿Qué hace aquí, para empezar?».
Reaccioné de inmediato. Lo único que tenía en la cabeza era sacarla de aquel rincón en el que estaba atrapada, un sitio donde quedaba especialmente vulnerable. Nunca en la vida había sentido tanto alivio como cuando me cogió la mano sin rechistar. Así todo sería más fácil.
—Otra vez tú —dijo Joey arrastrando las palabras.
Opté por hacerme el despistado.
—¿Te conozco? —Bree me rozó al interponerme entre ella y el acosador, que era como había empezado a llamarlo para mis adentros.
—Nos conocimos en el último evento. —La voz de Joey tenía un tono cortante: no le gustaba nada oír que hubiera olvidado quién era.
—Ajá —dije, y levanté un hombro—. Lo siento. ¿Te firmé algo?
A primera vista, la pregunta parecía bastante inocente. En realidad, estaba subiendo de categoría a sus ojos. No porque me creyera mejor que él ni nada de eso; solo quería recordarle que, si hacía falta, los organizadores avisarían a seguridad por mí.
—No. —Joey torció la boca con desdén—. Yo no leo sobre elfes.
—Elfos —corregí automáticamente, y acto seguido deseé haberme callado—. Gracias por venir. —Le dediqué una sonrisa radiante que no sentía—. Aunque tenemos reserva para cenar. No quiero llegar tarde. —Apreté con más fuerza la mano de Bree—. No puedo dejar que mi chica pase hambre.
Ahora bien, Bree no era mi novia. Era una chica, pero ni siquiera era mi amiga.
O… al menos eso era lo que seguía creyendo casi del todo.
Aun así, no pude evitar marcar territorio.
Quería quitarle a Joey las ganas de volver a acercarse a ella.
Lo más probable era que solo fuese un tío encaprichado con una autora.
Esas cosas pasan. Que se lo pregunten a Blair Bernstein.
Pero estaba claro que Bree se sentía incómoda con él, y eso no podía tolerarlo. Merecía sentirse segura. Todo el mundo lo merecía.
—Tu chica, ¿eh? —La expresión de Joey era difícil de interpretar mientras iba de uno a otro. Al final se encogió de hombros—. Que cenéis bien.
Me pasó por al lado dándome un empujón al enfilar el pasillo. La mirada que le lanzó a Bree fue distinta, pero de algún modo igual de intimidante.
Cuando se hubo ido, me volví hacia Bree.
—¿Estás bien?
Ella asintió.
—Estoy bien. Es que no me lo esperaba.
—¿Dónde estaba?
—Justo a la salida del baño.
Volví a mirar el pasillo.
—¿Crees que sabía que estabas ahí dentro o estaba haciendo otra cosa?
—¿Qué iba a estar haciendo en un pasillo oscuro, a la puerta de los baños?
Me encogí de hombros.
—¿Buscar un sitio tranquilo para llamar por teléfono? En el bar había bastante ruido.
—Ah. —Bree frunció los labios—. No se me había ocurrido. —Arrugó la frente—. No llevaba el móvil en la mano —dijo al final—. Estaba ahí plantado, y se giró de una manera que me hizo pensar que me esperaba a mí concretamente. No se sorprendió cuando salí del baño.
—Lo que significa que te estaba esperando.
—Pero ¿cómo podía saber que era yo? —preguntó Bree—. Habría tenido que estar vigilándome.
Arqueé una ceja y esperé en silencio a que llegara ella sola a la conclusión.
—No lo he visto rondando por aquí esta noche —replicó al cabo de un momento.
—Yo tampoco. Pero no puedo decir que estuviera buscándolo.
—Sí, la verdad es que yo tampoco. —Lo dijo con pesar—. Gracias. Si no hubieras aparecido justo en ese momento…
—No te habría pasado nada. Tienes buenos pulmones. Solo tenías que gritar.
—Tú hiciste que no fuera necesario. Al menos no tuve que montar una escena. Qué suerte he tenido de que te entraran ganas de ir al baño justo en ese momento.
La expresión de sus ojos, otra vez esa gratitud inmensa por hacer lo mínimo, me incomodó profundamente.
—Sí, bueno… En realidad había venido a buscarte.
—¿Sí? —Se irguió—. ¿Por qué?
—Porque Blair fue grosera contigo y eso no estuvo bien.
—¿Te refieres a Blair, la superfán con tu cara estampada en sus supertetas? —A Bree se le curvaron las comisuras de los labios.
Hice una mueca.
—Me han adiestrado a conciencia para no opinar sobre las tetas de nadie.
—¿Como… en un campamento o algo así?
—Sí, en el campamento del sentido común —dije. Ella se rió y noté que me relajaba.
—Fue muy grosera contigo, y eso no estuvo bien. Me quedé descolocado un segundo. A veces mi cerebro no es tan rápido como debería. Quería disculparme en cuanto consiguiera librarme de ella.
—¿Ah, sí? —Inclinó la cabeza y luego sonrió con picardía—. ¿Y en qué quedó el tema de Basílica?
Quería preguntarle cuándo había leído mi libro. No, quería preguntarle por qué había leído mi libro. No lo hice. En lugar de eso, me encogí de hombros.
—Hemos quedado en que cada uno piense lo que quiera.
—Te das cuenta de que, cuando mates a Basílica en el próximo libro (que está claro que llegará), Blair te va a cazar y te va a castrar, ¿verdad?
Esta vez me tocó a mí reírme.
—Espero que para entonces ya se haya fijado en otro.
—Yo no contaría con eso. —Echó un vistazo por el hueco que daba al bar—. Te agradezco de verdad lo que has hecho. Nadie más lo habría hecho. Calmaste la situación con discreción, sin montar una escena. Estuviste genial.
Esperaba que eso no fuera cierto, lo de que nadie más habría intervenido.
—No fue para tanto.
—Sí que fue para tanto. Te lo agradezco. —Se apartó un paso—. Supongo que debería irme. No quiero volver a quedarme sola esperando un Uber.
Por alguna razón, la idea de que huyera y de que la noche acabara como decidiera otro no me sentó nada bien. De pronto me entró un pánico urgente por detenerla.
—Cena —solté.
Frunció el ceño y me miró.
—¿Qué?
—Cena —repetí—. Le dije a Joey que te llevaba a cenar. Por si las moscas, si está esperando fuera, debería cumplirlo.
—¿Quieres llevarme a cenar? —Bree se mostró escéptica, y con razón.
—No te comiste todos los entrantes que pediste. Ya estabas hambrirritada antes de que empezara el evento. A estas alturas debes de estar hambrifuriosa.
—¿Qué es «hambrifuriosa»?
—¿Furiosamente hambrienta?
Se lo pensó.
—Supongo que vale. —Cuando sonrió, fue como si hubiera salido el sol después de una semana de nubes—. Podría comer algo. ¿Qué tienes en mente?
LA LLEVÉ A B. MATTHEW’S EATERY, uno de mis sitios favoritos, tranquilo y sin pretensiones.
Estaba calle abajo, a un paso, así que fuimos andando.
Sonrió al entrar y echó un vistazo apreciativo al local, y en ese momento algo dentro de mí se asentó.
Había estado nervioso, sin saber qué le gustaría.
El hecho de que aprobara mi elección me permitió relajarme, aunque fuera un poco.
No sabía qué tenía ella que me ponía así.
Hacía que todo dentro de mí se tensara como no se me tensaba desde el instituto.
Al principio supuse que era porque no la soportaba.
Haría algo raro para avergonzarme otra vez.
Solo estaba jugando conmigo y en algún momento mostraría su verdadera cara.
Ahora ya no estaba tan seguro de que fuera así.
¿Era posible que lo que había pasado dos años atrás fuera de verdad un accidente y que ella no fuera el demonio? ¿Me había equivocado con ella? ¿O tenía razón, pero ella no era la única culpable?
Yo era un manojo de nervios, y puede que hubiera exagerado. ¿Qué distinto habría sido todo si aquel día no hubiera perdido los nervios?
—¿Qué está bueno aquí? —preguntó ella una vez que nos sentamos, y me sacó de mi burbuja de introspección.
—Nunca he comido nada malo aquí. —Sonreí. Ella me devolvió la sonrisa—. ¿Qué te gusta?
—No soy muy quisquillosa. —Sonrió feliz mientras repasaba la carta—. Bueno, salvo con los po’boys de ostras. No quiero darle la razón a Nathan, porque por principio me parece mala idea, pero los po’boys de ostras dan asco solo de pensarlos.
Yo estaba completamente de acuerdo con ella.
—No soy muy fan de las ostras.
—Ni yo. O te comes un moco, si son crudas, o te comes un moco frito, si no.
Eso me hizo sonreír de oreja a oreja.
—¿Comes muchos mocos o qué?
Se encogió de hombros.
—Según mi madre, de pequeña me hurgaba la nariz sin parar.
—Gracias por esa imagen mental —dije con sequedad.
Se rio de una forma que hizo que algo me cosquilleara por dentro.
—No te puedes creer todo lo que dice mi madre. No sé si es verdad o no. No recuerdo gran cosa de aquella época. Además, lo que sí recuerdo tiene que ver con un montón de canguros distintos, no con ella.
Era lo primero personal que me contaba en la vida.
—¿No tienes buena relación con tu madre?
Pareció pensárselo.
—No mucho —dijo al final—. Aparece cuando quiere algo, normalmente dinero, y asegura que quiere pasar tiempo conmigo. Y en cuanto surge algo mejor, normalmente un hombre, desaparece. Me paso meses sin saber nada de ella.
Se me encogió el corazón.
—Lo siento.
Le quitó importancia con un gesto.