Léelo y llora (Escribir lo correcto 1) 9 Nueve
32%

9 Nueve

NUEVE

El segundo evento se celebraba en Spanky’s River Street, justo a orillas del agua. Yo era muy fan de pasar el rato en un sitio llamado Spanky’s porque… bueno… es evidente. ¿Quién no querría pasar el rato en Spanky’s?

Brody. Eso es. A Brody no le hacía ninguna gracia pasar el rato en Spanky’s. Miró el cartel tres veces antes de atreverse a acercarse al local. Lo sé porque estaba bajándome del Uber cuando me fijé en él.

—¿Te da miedo el bar? —pregunté mientras me acercaba con disimulo.

Me miró de reojo.

—Solo me lo… preguntaba. —Inclinó la cabeza—. No pensarás que esto es un bar fetichista, ¿no?

Me eché a reír a carcajadas.

—¿Por eso estás ahí plantado como un pringado?

Frunció el ceño.

—Es que me preocupa. La mitad de los autores de nuestro grupo escriben romántica, así que…

—¿Te crees que en toda la novela romántica hay azotes o algo así? —La verdad es que intentaba entender por dónde iba.

—No. Es solo que… —Se le veía en apuros.

Me hacía gracia a mi pesar. Y, como en el evento anterior se había asegurado de que llegara a casa sana y salva, también me sentía protectora con él. Él me había ayudado, así que yo quería ayudarlo.

—¿Cuántas novelas románticas has leído?

No contestó.

Insistí un poco más.

—Sabes que no tienes por qué tenerles miedo, ¿verdad?

Con eso me gané una mirada asesina.

—¡No le tengo miedo a la novela romántica! —ladró tan alto que Nathan, que se estaba bajando de su propio Uber un poco más adelante, levantó la barbilla.

—Ah, mira, ahí están —canturreó Nathan—. Me preguntaba si esta noche tendríais otro encuentro. Ya sabéis, porque el último acabó con vosotros dos yéndoos a casa juntos.

A Brody se le pusieron las mejillas de un rojo moteado y parecía estar deseando que se lo tragara la tierra. Lo que solo consiguió que mi sonrisa se ensanchara más.

—¿Puedes parar? —le siseó a su mejor amigo—. Ya te he dicho que eso no fue… lo que sea que creas que fue.

No pude evitar empeorar las cosas. Para Brody, no para mí. Jamás me había topado con un problema que no quisiera empeorarle a alguien. Yo simplemente era así.

Con eso en mente, me cogí del brazo de Brody y tiré de él hasta pegarlo a mi costado.

—Lo que pasa es que estás celoso —le dije a Nathan con mi voz más sensual—. Ojalá alguien te hiciera ver las estrellas como se las hice ver yo a Brody la última vez.

Brody farfulló.

—Nosotros…

Lo interrumpí agarrándolo con más fuerza.

—No hace falta que te dé vergüenza, osito mimoso —ronroneé—. Fue una noche increíble para los dos.

Intentaba incomodar a Nathan para que dejara en paz a Brody. No me parecía justo que fuera siempre el alfa de aquella amistad cuando se pasaba media vida en modo imbécil. Por desgracia, a Nathan no había manera de inmutarlo.

—Le dije que había visto una chispa entre vosotros y él aseguró que me lo estaba imaginando. —Nathan le plantó un manotazo en el hombro a Brody—. Serás cabrón. No me puedo creer que me lo hayas ocultado. —Dio un paso hacia la puerta—. Luego espero todos los detalles.

Me guiñó un ojo y se marchó.

—Es un capullo —me quejé mientras soltaba a Brody y miraba con rencor hacia donde se había ido su amigo.

—Creo que lo que pasa es que estás acostumbrada a intimidar a la gente con la boca —refunfuñó Brody mientras se frotaba el brazo por donde lo había agarrado. Estaba claramente molesto—. Nathan hace lo mismo, así que lo tienes complicado si pretendes ganarle en su propio juego.

—Gracias por el consejo. Supongo que tendré que esmerarme más.

Aproveché para mirarlo de arriba abajo. Llevaba unos chinos sencillos y un polo —el mismo conjunto que había llevado al evento anterior, salvo por el color del polo— y llevaba el pelo recién peinado.

—¿Tienes ganas de lo de esta noche? —pregunté por decir algo.

Brody se encogió de hombros.

—El anterior no fue tan terrible como esperaba, así que esta vez no venía con tanta ansiedad.

—Hasta que viste que se llamaba Spanky’s —me burlé.

—Sí, bueno…

Volvió a mirar el cartel.

—Te buscaré unas cuantas novelas románticas monas en las que no haya azotes —prometí, y volví a cogerme de su brazo.

Hasta a mí me sorprendió hacerlo. Pero estaba calentito y me gustaba notar la firmeza de su brazo. No era uno de esos galanes de Hollywood con músculos infinitos ni nada parecido, pero tenía un cuerpo sólido, lo que me decía que entrenaba con regularidad.

—Gracias —respondió con sequedad—. Estoy bastante seguro de que puedo elegir yo solo mis novelas románticas.

—¿Ah, sí? —Era tan fácil de picar—. ¿Quién es tu autor de romántica favorito?

Sus ojos fueron como misiles termodirigidos cuando encontraron los míos.

—Puede que seas tú —dijo en voz baja—. ¿No lo has pensado nunca?

De repente tenía la garganta seca. Tenía una mirada intensísima. ¿Qué estaba pasando allí? ¿Por qué daba la sensación de que éramos las dos únicas personas del mundo? Aquello no estaba bien. Ese hombre me había declarado su enemiga mortal. Allí no había ninguna chispa.

Ni de broma.

Ni hablar.

Nada de nada.

—Yo… —Mi voz sonó ronca mientras intentaba encontrar algo que decir.

Brody se rió entre dientes.

—No suelo leer romántica. Bueno, no solo romántica. En realidad me gusta el suspense romántico. Ese es el equilibrio que me va mejor. Necesito algo más que el romance, pero entiendo que a otros les dé por el extremo contrario.

—Claro. —Me obligué a centrarme en la noche que teníamos por delante—. Bueno… ¿te pedimos una copa o eso te hará pensar demasiado en azotes?

Frunció el ceño.

—Vas a convertir esto en un chiste recurrente, ¿verdad?

—Sip. —No pensaba ni intentar negarlo—. Pues claro que sí.

LA UBICACIÓN DE SPANKY’S ERA SU GRAN ATRACTIVO, pero también tenían una carta sólida de comida de bar para acompañar los cócteles. Tenía hambre —no había tenido tiempo de comer antes de salir de casa—, así que pedí entrantes para nuestra pequeña zona del bar, junto con mi copa.

—Tráenos unos pepinillos fritos, nachos y alitas búfalo —le dije a la camarera—. Y yo quiero una hamburguesa con queso pepper jack, kétchup y cebolla. Nada más.

Brody, sentado enfrente de mí, hizo una mueca.

—¿Y la lechuga y el tomate?

La pregunta me descolocó.

—¿Qué pasa con ellos? Seguro que aquí los tienen, si los quieres.

—Sí, pero… no puedes comerte una hamburguesa solo con kétchup y cebolla. —Parecía horrorizado.

Sonreí.

—Está claro que sí puedo. —Volví a mirar a la camarera y me llamó la atención la forma en que observaba a Brody. Prácticamente se le caía la baba—. Para beber, yo tomaré el Spanky’s Sunkist y un vaso de agua también, por favor.

—Mmm. —La camarera, al darse cuenta de que le hablaba a ella, arrancó los ojos de él para volver a mirarme y frunció el ceño, como si intentara recordar qué se suponía que estaba haciendo—. Claro. —Apuntó el resto de mi pedido—. ¿Alguien más? —Sus ojos volvieron de inmediato a Brody.

Él, por su parte, parecía ajeno a aquel interés.

—Yo tomaré el Blueberry Mule. Y un po’boy de gambas con patatas fritas.

Cuando levantó el mentón, me estaba sonriendo.

—¿Sin ostras? —bromeé.

Negó con la cabeza.

—No. No quiero ofender la sensibilidad digestiva de toda una ciudad.

—Sigo manteniendo que un po’boy de ostras es un crimen contra la humanidad —intervino Nathan.

Se me había olvidado que estaba por allí hasta que habló. Tenía una personalidad arrolladora, así que resultaba raro habérmelo olvidado. Pero así era.

«Es porque estás completamente centrada en Brody».

Intenté ignorar mi voz interior. No estaba completamente centrada en Brody. Solo… sabía que tenía ansiedad social y quería ponerle las cosas más fáciles después de que él me hubiera ayudado tras el evento anterior.

«Estás más caliente que una moto por él».

Apreté los dientes y me negué a hacerle caso a mi yo interior sarcástica.

«Te derrites por ese cuerpazo».

Hacía poco me había metido en una espiral de dichos antiguos ridículos porque quería usarlos con un personaje de mi libro. Ahora se me habían quedado grabados en la cabeza.

«Lo que quieres es verlo en pelotas dándolo todo».

Me di una palmada en la frente. Mi voz interior podía ser una auténtica zorra cuando se lo proponía.

—¿Bree? —El tono de Brody estaba cargado de preocupación y tuve que levantar la cabeza de golpe. Me miraba con preocupación—. ¿Te duele la cabeza o algo?

«O algo».

—No es nada. Es que tengo hambre. No he comido nada desde el desayuno y, cuando el hambre me pone de mal humor, me convierto en una bestia.

—Doy fe —dijo Hayley.

Brody no parecía convencido, pero asintió.

—Vale, bueno, los lectores llegarán en diez minutos. Espero que te dé tiempo a comer algo antes.

NO LLEGUÉ A CENAR. Fue un chasco de los gordos, porque la hamburguesa tenía una pinta increíble. Por desgracia, en aquel evento había el doble de lectores que en el anterior y solo me dio tiempo a comerme unas tiras de pepinillo. Nathan, en cambio, se zampó todos mis nachos y todas mis alitas.

Estábamos entrando en la recta final de la noche —el momento en que pensaba que podría relajarme y quizá pedir más comida— cuando conocí a Blair Bernstein.

Llevaba una etiqueta con su nombre, la única de todo el evento, porque se la había hecho ella misma, lo que garantizaba que todo el mundo supiera exactamente quién era.

—¡Hola! —Su voz era alegre hasta el punto de resultar estridente. Se acercó dando saltitos cuando el asiento que había junto a Brody y enfrente de mí quedó libre. Ese asiento no había estado vacío más de dos minutos en toda la noche—. Soy tu mayor fan.

Supuse que me hablaba a mí, ya que se había sentado enfrente de mí. Así había funcionado toda la noche: los fans se sentaban enfrente de su autor preferido.

—Gracias. —Le ofrecí lo que esperaba que fuera una sonrisa cálida, aunque estaba agotada y quería dar la noche por terminada—. ¿Cuál es tu libro favorito?

—La serenata del druida.

Estaba atontada de cansancio, así que tardé un momento en registrar lo que decía. Entonces me di cuenta de que su mirada de adoración no era para mí. Era para Brody.

—Ah —dije, y me tragué la risa—. Estás aquí por Brody.

Blair ni siquiera me miró.