Léelo y llora (Escribir lo correcto 1) 8 Ocho #2
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8 Ocho #2

—Porque eres un baboso —respondió Bree sin cortarse un pelo—. Tienes un algo que da repelús. ¿Has conocido alguna vez a una mujer a la que no le hayas tirado los tejos?

La pregunta debería haber ofendido a Nathan. En cambio, sonrió con suficiencia.

—Eh… A ti no te los he tirado.

—Eso es porque sabes que te haría llorar si lo hicieras —replicó Bree—. Flirteas con la gente, te parezca atractiva o no.

—Eso es bastante insultante para tu asistente.

—Ni se te ocurra. —Bree hizo un amago de capirotazo con la mano—. Te haré llorar si conviertes esto en un drama.

—No le hagáis caso —dijo Paisley mientras se acomodaba. Tenía unos tatuajes interesantes por los brazos—. Está de un humor de perros. Lleva así desde que llegué a su casa esta mañana. Dice que no ha dormido bien, pero yo creo que lo que necesita es echar un polvo.

Tuve que bajar la cabeza al ver la cara de incredulidad de Bree.

—¿Quieres trabajar para él? —le espetó Bree a su asistente—. Si es así, puedo despedirte ahora mismo. Pero que sepas que o te acosará sexualmente todo el tiempo que dures o se acostará contigo y te dejará tirada en el primer mes.

Nathan se llevó las manos al corazón en un gesto teatral.

—Me hieres.

—Y no me equivoco —dijo Bree—. Deja en paz a mi asistente.

—Vale. —Nathan le lanzó otra sonrisa a Paisley y luego se centró en Bree—. He oído que anoche tuviste un encontronazo con un indeseable a la salida del restaurante. ¿Estás bien?

Hasta a mí me impresionó la manera en que hizo la pregunta. Este era el Nathan del que quería ser amigo. No estaba actuando. Le importaba de verdad y, a pesar de toda su fanfarronería, nunca le haría a una mujer lo que le habían hecho a Bree la noche anterior.

—Estoy bien —respondió Bree con evasivas, desviando la mirada hacia los grandes ventanales—. No fue para tanto.

La mirada perspicaz de Paisley se posó en su jefa.

—¿Qué pasó anoche?

—No fue nada. —Bree hizo un gesto para quitarle importancia—. Exageré.

Empecé a negar con la cabeza antes de darme cuenta de que iba a responder.

—Era evidente que te estaba incomodando. No importa si esa era su intención. Tienes derecho a sentir lo que sientes y no deberías disculparte por ello.

La gratitud relampagueó en el rostro de Bree. Luego bajó el mentón.

—Gracias, pero le he estado dando vueltas. Técnicamente no hizo nada. Solo estaba hablando conmigo mientras esperaba el Uber.

—Te incomodó —insistí—. Siempre le decimos a la gente que haga caso a su instinto en estas cosas. No deberías sentirte culpable por haberlo hecho.

—Sí, bueno, te agradezco que me acompañaras a casa —dijo ella, y noté que lo decía de corazón—. Aunque me odies.

Podría haber mentido y decir que no la odiaba, pero habría sido un insulto para los dos.

—Que piense que eres el demonio no significa que vaya a permitir que te pase algo malo.

Ella se rio y luego bajó la vista al menú, buscando claramente una distracción.

—¿Qué está bueno aquí?

Fue Nathan quien respondió.

—He oído que el po’boy es divino. ¿Sabes lo que es?

—¿Un po’boy? —Bree hizo una mueca—. Sí. Casi me mudé a Nueva Orleans en vez de aquí.

—¿Y por qué no lo hiciste? —preguntó Nathan.

—¿Sinceramente? Los huracanes. Ese fue el factor decisivo.

Me encanta Nueva Orleans. La comida es increíble.

¿Los beignets? —Hizo el gesto del beso de chef—.

El café con achicoria no es mi favorito, pero los beignets lo compensan.

Savannah y Nueva Orleans tienen un aire parecido, aunque Nueva Orleans es más ruidosa.

Los huracanes fueron lo que inclinó la balanza.

—¿Te está gustando esto de momento? —pregunté, molesto conmigo mismo porque de verdad quería oír su respuesta.

—En general, sí. Aunque no sé si me gustan todas las normas de The Landings. O sea… ¿sabías que solo puedes tener un elemento decorativo en el jardín? Puedes poner un bebedero para pájaros o un comedero, pero no los dos. Un bebedero o una fuente ornamental, pero no las dos.

—¿Eres de esas personas a las que les gusta tener el jardín lleno de trastos? Tipo… ¿no has visto nunca un gnomo de jardín que no quisieras adoptar?

Eso la hizo reír.

—Me gusta un buen gnomo de jardín. Pero no es solo eso. No me gusta la vida «estructurada» tanto como, al parecer, al resto de la gente de aquí.

—¿Y entonces por qué te mudaste aquí?

Esa era la parte que no me entraba en la cabeza.

—Todo este sitio es pura estructura.

—Sí, bueno, no me fijé bien en la letra pequeña.

Torció los labios.

—La casa me sigue encantando. Pero no me gustan todas esas normas. La mayoría ni se me ocurría romperlas hasta que me dijeron que eran normas.

Me reí entre dientes.

—¿Y qué vas a hacer?

No esperaba que tuviera respuesta, pero la tenía.

—Estoy en ello.

Recorrió la carta con la mirada, de arriba abajo.

—Ay, qué asco —dijo tras una pausa.

—Acabas de leer lo que lleva el po’boy, ¿verdad? —dije.

—Sí, y es repugnante. El wrap de salmón es peor todavía. ¿Qué le pasa a esta gente? ¿Nada de gnomos de jardín, pero ostras en un po’boy? Eso sí que es un crimen contra la humanidad.

Por principio, no quería darle la razón, pero no pude evitarlo.

—El té helado está bueno. Y la hamburguesa también, si es lo tuyo.

—Ah, yo voy a pedir la hamburguesa.

Asintió con la cabeza.

—No me puedo creer que exista algo llamado wrap de salmón. Me entran ganas de viajar en el tiempo y darle un sopapo a quien tomara esa decisión.

No me di cuenta de que estaba sonriendo hasta que levantó la vista y me lanzó una mirada de desconcierto.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

Negué con la cabeza.

—Nada. Que a mí el salmón en un wrap también me da asco.

—¿Verdad? Está claro que alguien está mal de la cabeza.

Pero era algo más que eso. Me parecía divertida. No lo habría admitido ni bajo amenaza de muerte, pero tenía su encanto. ¿Cómo no me había dado cuenta hasta entonces?