8 Ocho
OCHO
Me desperté temprano y escribí.
Tres mil palabras.
—¿A qué viene esa sonrisa? —preguntó Nathan cuando me senté enfrente de él—. Espera, déjame adivinar.
Levantó una mano. Se emocionaba con demasiada facilidad. Sabía perfectamente lo que iba a decir y no quería oírlo.
—Echaste un polvo anoche —dijo.
Puse los ojos en blanco y me puse a mirar la carta.
—¿Cómo se llama? —insistió Nathan—. Espera... ¿Era una de las lectoras? Dime, por favor, que fue esa rubita que te siguió de un extremo de la barra al otro. Estaba buenísima.
—No eché ningún polvo. —Fruncí el ceño—. Y tampoco me gusta esa expresión.
—¿Y qué tendría que haber dicho? ¿Hiciste el amor anoche?
—Madre mía. —Ni siquiera era capaz de mirarlo—. Eres rarísimo.
—Y tú estás radiante. —Nathan era de esos tíos que no sueltan la presa por nada del mundo. Una vez se convencía de algo, no había vuelta atrás. Era como un perro con un frisbee—. ¿Cómo se llama?
—Anoche no estuve con nadie. —Por un instante, el pensamiento se me fue hacia Bree. Verla con aquel tío, el Joey ese o como se llamara, me había inquietado, pero solo porque ella estaba claramente alterada. Para mí era un tío cualquiera. Era evidente que ella había visto algo que yo no.
—¡Ahí, lo ves! —Nathan chasqueó los dedos—. Estabas pensando en esa persona con la que estuviste anoche. Quiero detalles. Ya empezaba a creer que eras asexual. —Pareció darse cuenta de que lo que acababa de decir podía interpretarse como un insulto—. No es que tenga nada de malo, ¿eh?
Había veces en que me daban ganas de zarandearlo.
Por desgracia, era leal hasta el exceso y un buen amigo.
Además, era mucho más sociable que yo. En los eventos de autores, la mayoría de las veces me bastaba con quedarme a su lado.
Gracias a él me había librado del trámite social más veces de las que podía contar.
—Anoche no estuve con nadie —dije—. Lo que sí hice fue escribir cinco mil palabras esta mañana.
Estaba claro que Nathan no esperaba eso.
—¿En serio?
Asentí y se me escapó una sonrisa de oreja a oreja.
—Y encima eran buenas.
—¿Por eso sonríes? —Nathan parecía decepcionado.
—Llevo años peleándome con el bloqueo del escritor, así que, a estas alturas, sí, por eso estoy contento.
—Pero... yo pensaba que habías echado un polvo. —Lo dijo tan alto que la camarera que venía hacia nuestra mesa se detuvo en seco.
Le lancé una sonrisa de disculpa mientras notaba que me ardían las mejillas.
—No le haga caso. Solo busca llamar la atención.
Todavía insegura, la camarera recorrió los últimos pasos hasta la mesa.
—¿Ya saben lo que van a pedir? —preguntó con voz aguda y nerviosa.
—Sí. —Asentí con la cabeza—. Yo quiero la hamburguesa doble smash con patatas fritas.
Lo apuntó en la libreta y miró a Nathan. Llevaba escrito en la cara el ansia de largarse de nuestra mesa antes de oírle decir alguna rareza.
—Yo tomaré el sándwich de carne con queso fundido y patatas fritas —dijo él.
Se dio media vuelta para marcharse.
—Aunque tengo una pregunta —continuó él.
Se volvió, resignada.
—Vale. —Parecía recelosa.
—¿A quién se le ocurre hacer un po’boy de ostras? —Si Nathan captó su actitud, no lo demostró—. Es asqueroso, sin más. Es como sonarse la nariz en un sándwich.
La camarera parecía estar deseando que la tierra se abriera bajo sus pies y se la tragara.
—Tendrá que preguntárselo al encargado. Yo no decido lo que se pone en la carta.
—Pero es asqueroso —insistió Nathan.
Suspiró.
—¿Quiere que avise al encargado? —Estaba claro que era lo último que le apetecía.
—No —contesté antes de que Nathan pudiera abrir la boca.
Asintió.
—¿Y para beber?
—Un té helado para mí —dije.
—Yo, una Stella de barril —añadió Nathan.
La camarera sonrió, pero en aquella sonrisa no había ni rastro de calidez.
—Perfecto.
La vi alejarse, divertido a mi pesar.
—¿Cuántas veces crees que le habrán preguntado por el po’boy de ostras? —pregunté.
—Ni de lejos las suficientes, si no tiene una respuesta preparada. Dime que me equivoco —contestó, centrando toda su atención en mí—. Es asqueroso, ¿verdad?
—Nunca me han gustado las ostras, así que tengo que darte la razón. Aunque está claro que a alguien le gusta. Si no, no lo tendrían en la carta.
—Apuesto a que solo dos personas lo han pedido en toda la historia, y las dos por un reto.
—Te creo.
Tamborileé los dedos sobre la mesa, dominado por una energía nerviosa. Esperé un par de segundos.
—¿Qué opinas de las palabras?
—Tendré que leerlas si quieres que haga de juez.
—No necesito que las leas. Solo quiero que digas algo del hecho de que las haya escrito.
Sonrió con una dulzura sorprendente.
—Me alegra que hayas escrito algo. Pero me pica la curiosidad: ¿por qué el pozo ya no está seco? ¿Es por el evento de anoche? ¿Es por esa persona con la que te acostaste?
La camarera llegó con nuestras bebidas justo cuando dijo la última parte, y yo me llevé la mano a la frente.
—¿Por qué no puedes ser normal alguna vez? —siseé.
Nathan se limitó a encogerse de hombros y le guiñó un ojo a la camarera.
—Solo era una pregunta.
Una pregunta estúpida. Esperé a que la camarera se marchara de nuevo —no veía el momento de perdernos de vista— y me centré en Nathan.
—No hubo sexo. ¿Por qué no te entra en esa cabeza dura?
—Porque estás demasiado contento. Tuvo que haber sexo. Nadie se emociona tanto por unas palabras.
—Sí te emocionas cuando llevas dos años.
—¿Cuándo fue la última vez que tuviste sexo?
De ninguna manera iba a responder a esa pregunta. Así que decidí desviar la conversación hacia otro tema que pudiera interesarle.
—Anoche había un tipo en el evento. Te vi hablando con él. Joey algo.
Nathan subió las cejas hasta el nacimiento del pelo.
—Oooh —dijo, alargando el sonido.
Su cambio de actitud me desconcertó.
—¿Oooh qué?
—No sabía que te gustaran los tíos. No pasa nada, tío. Empezaré a buscarte un chico.
Tardé un momento en darme cuenta de adónde quería llegar.
—No me gustan los tíos.
—No es que tenga nada de malo —añadió automáticamente, como si fuera un extra de un episodio antiguo de Seinfeld.
—Desde luego que no tiene nada de malo. Pero da igual, no soy gay. No preguntaba por él porque me ponga.
—¿Entonces por qué preguntabas por él?
—Porque cuando me iba anoche, estaba molestando a Bree en el punto de recogida de los Uber, y ella estaba… supongo que afectada sería la palabra correcta.
Vale, ahora sí tenía toda la atención de Nathan.
—¿En serio? —Ladeó la cabeza—. ¿Se fue a casa con Bree?
A veces me preguntaba cómo podía ser amigo de Nathan cuando era tan… Nathan. En gran parte lo hacía a propósito. Otras veces, en cambio, simplemente no se enteraba de nada.
—No. Él estaba un poco… bueno, decir que le tiraba los tejos quizá no sea la forma correcta de decirlo. Simplemente estaba un poco intenso.
Nathan ladeó la cabeza.
—Estaba alterada —insistí—. Volvimos juntos a casa en un Uber, solo por si acaso.
Él seguía sin decir nada.
—No hubo sexo. Fue solo un… bueno, no un gesto de amigos. No somos amigos. No me pareció seguro dejarla allí. O, aunque fuera seguro, ella no lo sentía así.
—No me estoy metiendo contigo —dijo Nathan—. Hiciste lo correcto. Solo intento acordarme de ese tipo. Supongo que era un poco raro. Yo no capté esa vibra.
—No creo que tengas las partes adecuadas para captar esa vibra.
—Tienes razón. —Parecía genuinamente preocupado—. Me alegro de que intervinieras. Más vale prevenir que curar.
No era la respuesta que esperaba.
—Yo… bueno, estoy de acuerdo.
Esbozó una sonrisa de suficiencia.
—Aunque está clarísimo que entre vosotros dos se está cociendo algo.
—Déjalo ya. —Negué con la cabeza—. No se está cociendo nada.
—¿Nada de nada?
—Eso es lo que he dicho.
—Genial. —Nathan se levantó, lo que me pilló desprevenido, y agitó la mano—. ¡Bree! —Gritó su nombre tan alto que me hundí en el asiento—. ¡Estamos aquí!
Me quedé de piedra.
—¿Qué estás haciendo? —Lancé una mirada por encima del hombro y vi a Bree de pie junto a una joven que no reconocí. Tenía el pelo castaño y una sonrisa radiante—. ¿Le has pedido que quedara con nosotros aquí?
La traición nunca había parecido tan real.
Nathan se rio.
—¿Por qué iba a pedirle que quedara con nosotros?
—Has dicho «estamos aquí» como si nos estuviera buscando.
—Solo quería que supiera que estábamos aquí. —Volvió a sentarse con una sonrisita engreída—. Ya viene para acá.
—No la quiero aquí —siseé.
—Bueno, pues ya viene. Ahora no puedes hacerle el vacío. Sería de mala educación.
—Yo no he sido el que la ha invitado.
—Seguiría siendo de mala educación. —Nathan era todo sonrisas mientras Bree y su amiga se acercaban con cautela a la mesa—. Hola, Bree —dijo con voz cantarina—. Qué bien verte dos días seguidos.
—¿Estás borracho o qué?
Bree era tan directa que a veces resultaba desconcertante.
Nathan negó con la cabeza. No tenía la mirada puesta en la autora de pelo oscuro, sino en su amiga.
—Deberías presentarnos a todos.
Bree paseó la mirada entre él y su amiga y puso los ojos en blanco. Se sentó con un suspiro hondo.
—No lo apagas nunca, ¿eh?
Nathan seguía sin mirarla. En vez de eso, le retiró una silla a la amiga.
—Siéntate. Acabamos de pedir. Seguro que el camarero nos lo puede traer todo junto.
—O podríamos sentarnos en otra mesa —dijo Bree.
—Sí —me apresuré a decir—. O eso.
Noté los ojos de Bree clavados en mí.
—O podemos quedarnos.
Hice una mueca y se me fueron los ojos hacia ella.
—No queremos interrumpir lo que claramente es un… eh…
No tenía ni idea de qué era la otra mujer para ella, así que no podía ni imaginarme qué estaban haciendo.
—Esta es Paisley —dijo Bree—. Es mi asistente.
—¿En serio? —Nathan le cogió la mano a Paisley y le plantó un beso exagerado en los nudillos—. Llevo tiempo buscando una buena asistente.
Paisley soltó una risita. Bree, para mi absoluto asombro, estiró el brazo por encima de la mesa y le dio un capirotazo en la oreja a Nathan. Fuerte.
—¡Ay! —Nathan la miró con furia—. ¿Y eso por qué?