Léelo y llora (Escribir lo correcto 1) 7 Siete #2
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7 Siete #2

Brody se encogió de hombros.

—Reconozco que me gusta que se queje de todos por igual.

—¿Verdad? —Suspiré y luego me froté la frente—. Solo queda una hora, más o menos.

Hasta el momento había logrado evitar mi descanso de cinco minutos. Él también.

Él asintió.

—No ha sido tan malo como pensaba.

—No, en realidad ha sido bastante divertido.

—Sí. —Nos sostuvimos la mirada durante un instante largo y significativo—. Ha sido divertido.

UNA HORA Y MEDIA MÁS TARDE, LO ÚNICO EN LO QUE podía pensar era en llegar a casa.

Estaba agotada. Había disfrutado de casi toda la noche, pero muchos de los fans eran implacables.

Preguntaban cosas como: «¿Por qué Dante no se cruzó con ningún segador en el primer libro, si en el cuarto estableciste que los segadores siempre acuden a las muertes en el Reino del Vacío?

», y esperaban que yo tuviera alguna respuesta que no fuera «Porque cuando escribí el primer libro todavía no había pensado en los segadores».

Adoraba a mis lectores. Yo era lectora. Sentía un entusiasmo enorme por los lectores y por la lectura. Por desgracia, no podía evitar temer que mi sinceridad fuera una decepción enorme. A veces la respuesta más fácil era la correcta.

Hayley se había marchado media hora antes.

Había pedido un Uber y se había escabullido por la puerta lateral.

Yo debería haber hecho lo mismo, pero la verdad es que me lo estaba pasando bien.

Ahora, en cambio, ya estaba harta. Quería irme a casa, sacar una tarrina de helado Phish Food del congelador y meterme en la cama para ver los nuevos episodios de Paradise.

Llevaba meses esperándolos y por fin estaban disponibles.

Estaba tan absorta en mi fantasía que, al salir, apenas me fijé en el hombre que esperaba de pie en la acera, delante del restaurante.

Por lo que yo sabía, era la última autora en pie.

El resto se había ido escabullendo con mucha educación a lo largo de los últimos cuarenta y cinco minutos.

Los lectores también se habían marchado, lo cual era una suerte, porque no quería ser descortés.

—Perdón —dije cuando estuve a punto de chocar con él.

Iba con la vista pegada a la app de Uber. Mi coche seguía a seis minutos y él estaba plantado justo en el punto de recogida.

—No pasa nada.

El hombre tenía la sonrisa fácil, siempre lista.

Parecía rondar los cuarenta, con entradas pronunciadas y unos dientes desiguales que brillaban bajo la luz de la luna cuando sonreía.

Si no fuera por el pelo —en la novela romántica no existían los vampiros con alopecia—, aquellos dientes me habrían dado ideas para una historia. Eran muy llamativos.

Le sonreí y volví a mirar el móvil. Odiaba los silencios incómodos. Aquel tipo no miraba el teléfono, pero, por el sitio donde estaba, lo más probable era que también esperase un coche. Iban a ser seis minutos muy largos.

—Eres una de las autoras, ¿verdad? —insistió él tras varios segundos incómodos.

—Ah, eh, sí. —Me volví a plantar en la cara la sonrisa que estaba decidida a quitarme—. ¿Estabas en el evento?

—Sí. Ha sido una noche superguay.

«Superguay». ¿Por qué sonaban tan raras esas palabras en su boca?

—Me he divertido mucho —dije, porque parecía lo que tocaba—. ¿A quién venías a ver?

—¿Qué te hace pensar que no venía a verte a ti?

Se me tensó la espalda. Lo había dicho con un tono sacado directamente de un episodio de Dexter. Luego se echó a reír, como si fuera una broma, y eso me incomodó aún más.

—Era broma. Soy muy fan de Nathan Cooper —dijo.

—Ah. —Eso me relajó, aunque solo un poco. A veces los fans del terror eran raros. No era culpa suya: se perdían en mundos oscuros y aquello acababa pareciéndoles normal—. Nathan es un tío divertido.

—Sí. Me ha gustado hablar con él.

No era que me hubiera pasado la noche entera vigilando a Nathan —ni de lejos—, pero no recordaba que hubiera hablado con ese tipo. De hecho, por mucho que rebuscara en la memoria, no recordaba haberlo visto allí en ningún momento.

—Soy Bree James —dije, decidiéndome en el acto, y le tendí la mano.

—Joey Hill. —Me cogió la mano y la estrechó, demorándose un poco más de lo necesario. Volvió a enseñar los dientes al sonreír—. Te he visto ahí dentro. No sabía qué escribías.

—Paranormal —contesté, y por fin conseguí recuperar la mano.

—Uuuh, ¿porno paranormal? ¿De esas cosas que no se pueden leer en el trabajo? —Me guiñó un ojo de una forma que me puso la piel de gallina.

Estaba a punto de decirle dónde podía meterse sus suposiciones —aunque técnicamente fuera justo lo que escribía— cuando noté que una presencia cálida se colocaba a mi espalda.

—¿Todavía estás aquí?

Casi grité de alivio al reconocer la voz de Brody. No es que necesitara que nadie me rescatara —y menos él—, pero Joey me daba escalofríos. Había algo raro en él que no conseguía identificar. Me incomodaba profundamente.

—Estoy esperando mi Uber. Aunque… parece que me han cancelado.

—No me había dado cuenta hasta que miré la aplicación por si había alguna novedad.

Estaban buscando otro conductor, pero a veces eso tardaba una eternidad.

¿Me iba a quedar aquí tirada con Joey otros veinte minutos? No creía que pudiera sobrevivir a eso.

—Puedes venir conmigo —ofreció Joey—. El mío llega en dos minutos.

No sé cómo, pero se las arregló para dar esa información con aire de suficiencia.

—Qué amable —dijo Brody con tono inexpresivo—. Pero el mío llega en un minuto y ella vive en mi misma calle. La llevo yo.

La decepción atravesó el rostro de Joey.

—Ah, ¿seguro?

Nunca había estado más segura de nada en mi vida.

—Sí. No querría hacerte dar un rodeo. —Agarré a Brody del antebrazo y él enarcó una ceja—. Así nos viene perfecto a los dos.

Esperé a que los dos estuviéramos sentados en el Uber de Brody y de camino a The Landings para volver a hablar.

—Gracias.

En el asiento de atrás, la cara de Brody apenas quedaba iluminada.

—No parecía que estuvieras disfrutando de la conversación con él. No es para tanto.

—Había algo raro en él.

La incomodidad de Brody dio paso a la alarma y se giró hacia mí para mirarme de frente.

—¿Te dijo algo? ¿Te tocó?

—No. —Negué con la cabeza—. Simplemente me dio mal rollo. Seguramente suene ridículo. —Dicho así, en voz alta, hasta a mí me sonaba ridículo.

—No. —Brody negó con la cabeza con solemnidad—. Nunca te disculpes por protegerte. Si te hizo sentir incómoda, eso es lo único que importa.

Podría haber aprovechado para echármelo en cara. Pero no lo hizo. Fue un alivio.

—Aun así, gracias —dije.

—No me des las gracias por hacer lo mínimo. Íbamos en la misma dirección de todas formas.

—Te lo agradezco igualmente.

Suspiró.

—No te vengas arriba. Sigo pensando que, básicamente, eres el demonio.

Eso me hizo sonreír.

—Lo mismo digo.