7 Siete
SIETE
No salió tan mal como pensaba. Estuve hecha un manojo de nervios hasta que los lectores empezaron a entrar en fila.
Quedó claro bastante rápido que aquellos lectores estaban emocionados solo por poder pasar un rato con autores —con cualquier autor— y que no iban a volverse locos con uno e ignorar a todos los demás.
No, eran lectores que adoraban los libros, no de los que solo leen terror o romance paranormal y nada más.
Eso significaba que eran la mejor clase de lectores.
—Entonces, ¿no te gusta el harén inverso? —preguntó una chica joven.
Se llamaba Lexie Harriman. Tendría unos veintidós años, si tuviera que adivinar —le habían pedido el DNI con cada copa que se tomaba—, y hacía preguntas sobre el oficio de escribir.
Eso me decía que estaba en el evento porque le interesaba convertir la escritura en una carrera, no porque quisiera oír cómo pensaba Nathan transformar a una masa gigante en un héroe al final de su próximo libro.
A él le daba igual: estaba dispuesto a contar esa historia una y otra vez. Lo había dejado más que claro. El tío era un capullo —desprendía una innegable energía de guaperas descerebrado—, pero era imposible no cogerle cariño, a pesar de su falta de tacto y de su ego.
Brody, en cambio, era intenso hasta el punto de distraerme.
Dedicaba toda su atención a quienquiera que le estuviera hablando, era sincero en cada respuesta y parecía a punto de huir a esconderse en el baño cuando lo acorralaron tres tíos con el mismo tatuaje de El Señor de los Anillos en el antebrazo.
Me obligué a centrarme en la pregunta de Lexie en lugar de en Brody. Se estaba defendiendo bien, por incómodo que estuviera, y no era asunto mío. Ni lo más mínimo.
—No odio el harén inverso —respondí mientras buscaba una respuesta diplomática.
Luego negué con la cabeza. No podía mentirle a Lexie. No lo preguntaba porque fuera lectora y quisiera hablar de algo que yo hubiera escrito. Estaba allí a la caza de información sobre el oficio.
—¿Sinceramente? No me gusta el harén inverso.
Los labios se le torcieron hacia abajo por la decepción.
—¿Y eso por qué? ¿Crees que la gente va a perder el interés?
Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para contener la sonrisa.
—Creo que el harén inverso fue una moda que acabó convertida en un tropo.
Me rasqué la mejilla mientras le daba vueltas a cómo continuar. De verdad quería ayudarla.
—Yo no escribo modas. Además, necesito ser fiel a lo que siento en el corazón para poder escribir algo.
Lexie arrugó la frente.
—No lo entiendo.
—No quiero meterme con nadie a quien le guste el harén inverso —me apresuré a decir—.
Creo que todo el mundo debería poder leer lo que quiera y disfrutarlo sin que nadie lo juzgue.
Pero, en mi caso, no logro engancharme a una pareja romántica si no son dos personas entregadas la una a la otra.
Era lo que siempre soñé de pequeña. Quería que alguien me quisiera a mí y solo a mí.
Si hay una tercera persona, me arruina un poco la fantasía. Pero eso me pasa solo a mí.
Lexie no parecía tanto ofendida como pensativa.
—Mmm.
—Tú eres más joven —dije—. El harén inverso lleva ya sus buenos cinco años en la ficción. Tus años formativos como lectora estuvieron en parte marcados por el harén inverso. En mi caso no fue así.
—Pero… crees que seguirá vendiendo, ¿no? —insistió ella.
—Por supuesto.
Sonreí mientras decidía por dentro qué decir a continuación.
—¿Es eso lo que quieres escribir?
Lexie se azoró al instante.
—No he venido a sonsacarte secretos de escritora ni nada de eso. De verdad que soy fan tuya.
Eso me hizo reír.
—No te avergüences de perseguir tu sueño. No me importa que me sonsaques.
—¿No?
Asentí.
—Bueno, pues entonces, ¿qué escribirías tú si estuvieras empezando ahora?
Parecía tan ilusionada que me tomé muy en serio la respuesta.
—Yo escribiría lo que te encanta leer, porque al final, aunque llegues a ser un superventas mundial, vas a perder el interés en tu propio trabajo si no crees en lo que escribes.
Por ejemplo, yo igual podría sacar a toda prisa unos cuantos libros de ciencia ficción porque se venden bien, pero tarde o temprano me desviaría, porque lo que de verdad me gusta son los vampiros y las brujas.
Podría escribir un misterio con vampiros y brujas y quedarme satisfecha, siempre y cuando pudiera hacerlo mío.
Pero si es algo que no me interesa nada, se va a notar en lo que escribo.
Lexie lo meditó durante lo que me pareció un rato larguísimo.
—Eso es muy inteligente —dijo al final.
Se quedó tan boquiabierta que solo pude echarme a reír.
—Alguna vez pasa.
Cuando miré hacia un lado, descubrí a Brody observándome con ojos pensativos.
«¿Habrá estado escuchando?» Cuando se dio cuenta de que lo miraba, sonrió y volvió a centrarse en la lectora con la que estaba hablando. Nunca íbamos a ser mejores amigos. Eso no estaba escrito. Pero eso no significaba que no pudiéramos firmar una tregua. Seguramente sería mejor para los dos.
BARB HARRIS, O BARB ACOSO, COMO había empezado a llamarla para mis adentros, era una superfán. Se sabía todo lo que yo había escrito —hasta detalles que yo no era capaz de recordar sin ayuda— y parecía decepcionada cuando no podía darle las claves de mi universo paranormal.
—¿Cómo puedes no acordarte de eso? —exigió saber.
Tenía los ojos cargados de rabia. O sea, rabia de verdad.
—Era un punto clave de la trama de tu tercer libro.
—¿Que Dante no dejara el libro cuando estaba en la biblioteca de las Leyendas era un punto clave de la trama? —pregunté.
—No lo dejó. Eso significa que se marchó con él.
Barb se mostró inflexible, con tono acusador.
—Dijiste que nadie podía salir de la biblioteca con los libros. Hay una alarma mágica que suena cuando lo intentan.
—Nadie salió con ningún libro —le aseguré.
—Dante no lo dejó.
—Que no haya escrito que volvió a dejar el libro en su sitio no significa que no lo hiciera.
La cara que se le puso a Barb fue de pura maldad.
—Eh… no funciona así. Tienes que escribir lo importante. Dante no dejó el libro. Eso significa que era importante.
No quería romperle la ilusión. Yo también tenía una vida imaginaria muy rica cuando leía. Sin embargo, a veces los lectores llevaban las cosas al extremo, y para mal. Este era uno de esos casos.
—Te prometo que Dante no se llevó ningún libro de la biblioteca de las Leyendas —le aseguré—. Las reglas siguen intactas.
—¡Pero eso no lo escribiste! —La voz de Barb subió un tono. Era de las intensas.
Sin saber qué hacer —parecía a punto de estallar—, miré de reojo y descubrí que Brody nos observaba. Estaba claro que había captado el tono de la mujer. En lugar de huir, que habría sido lo inteligente, se acercó un poco más a nosotras.
—¿Pasa algo? —preguntó él con una sonrisa tibia.
Aproveché su aparición para distraer a Barb.
—¿Conoces a Culo Gordo…? —Me contuve antes de terminar la frase—. ¿Conoces a B. B. Bates? —pregunté.
Brody me lanzó una mirada asesina antes de negar con la cabeza. Si no me equivocaba, estaba intentando disimular una sonrisa.
—Yo escribo fantasía —le dijo a Barb, claramente sin esperar que eso significara nada para ella.
—Ah, lo sé —dijo Barb, asintiendo con la cabeza—. Contigo también tengo una lista de cosas que comentar.
—¿Ah, sí? —Brody pareció sorprendido.
No lo culpaba. Los lectores de romance paranormal y los de fantasía épica no se solapaban demasiado, aunque mis libros fueran un híbrido que se movía a caballo entre la fantasía urbana y la fantasía épica. Eran públicos distintos.
—Sí. —Barb centró toda su atención en Brody—. Quiero saber por qué Rapscallion no volvió al reino de su padre para explicarle lo de la espada antes de partir a la aventura.
Brody se quedó totalmente pillado a contrapié.
—Eh… sí que volvió.
—No, no volvió. —Barb negó con la cabeza con vehemencia—. Lo he comprobado tres veces. Rapscallion se marchó a la aventura y no le dijo nada a su padre, y sin embargo su padre no parece demasiado preocupado por que ya no esté en el castillo.
El modo en que Brody abría y cerraba la boca, que me recordó a un pez fuera del agua, me hizo bajar la cabeza. Vio mi sonrisa, por supuesto, pero evitar el contacto visual me impidió soltar una carcajada.
—Supongo que no recuerdo esa parte —dijo Brody al final.
—¿Cómo puede ser que no lo recuerdes? —lo machacó Barb—.
¿Pero tú escribes estos libros o qué? ¿Cómo puede una lectora recordar los detalles mejor que el autor?
A mí me parece imposible. —Se plantó las manos en las caderas—.
A no ser que solo seas el tío que sacan a pasear para que finja ser el autor.
Brody soltó un sonido atragantado.
—¿Qué?
—Tranquilo, esto va a alguna parte —murmuré en voz baja.
Brody no me miró. Tenía la atención clavada en Barb.
—Te juro que escribí los libros.
—O los escribió una IA. —Barb era claramente una persona desconfiada.
—No fue una IA. Te lo aseguro. No soy partidario de usar IA.
—¿Entonces por qué no te acuerdas?
Era una pregunta imposible de responder. Nada de lo que dijera iba a apaciguar a Barb. Para mi sorpresa, respondió con sinceridad.
—Como escritores, imaginamos cada escena de unas ocho maneras distintas —explicó—.
Además, tenemos una imagen completa en la cabeza, en la que catalogamos los detalles grandes y a veces perdemos de vista los pequeños.
Tú ves esa escena como algo completo y cerrado.
En mi cabeza, esa escena transcurrió de ocho formas distintas, y los detalles pequeños no importan porque tengo que centrarme en los grandes.
Barb no respondió de inmediato. Pareció sopesarlo durante un buen rato.
—Podrías estar contándome gilipolleces —dijo al fin.
—Podría —dijo Brody—. Pero no es el caso.
Ella suspiró.
—Vale. Lo dejaré pasar por esta vez. Pero te estaré vigilando. —Su mirada se desplazó hacia mí—. A los dos.
Conseguí aguantarme la risa hasta que puso rumbo a Nathan, que estaba al otro lado del bar.
—Por lo visto tiene una lista para cada uno —dije cuando terminé de reírme.