6 Seis #2
—A mí tampoco me gusta el pescado —dijo Bree de la nada. Era la última persona de la que esperaba que se pusiera de mi lado, así que me quedé mirándola con la boca abierta mientras ella repasaba el menú—. Hay mariscos que me gustan, sobre todo las gambas y las vieiras, pero el pescado me da asco.
—Bree es de carne roja —intervino Hayley—. No dejo de decirle que toda esa carne roja le pasará factura algún día. Pero ella no escucha.
—¿Qué sentido tiene vivir si no puedes comer lo bueno? —preguntó Bree.
Como esa era también mi filosofía —no había nada que me gustara más que un filete poco hecho con champiñones y cebolla por encima—, no dije nada.
—¿Cómo creéis que va a ser esto? —preguntó Nathan para cambiar de tema—. O sea…, ¿van a abrir las puertas y dejar que entre en tromba un montón de desconocidos y nos asalten en masa?
A Bree se le juntaron las cejas, perfectamente depiladas y negras como el pelo.
—¿A qué clase de eventos de autores has ido tú en los que los fans se abalancen en masa sobre los escritores?
Tenía razón. Incluso cuando los lectores se emocionaban al ver a un autor, nunca se descontrolaban.
Siempre había dado por sentado que era porque, en su mayoría, los lectores eran relajados por naturaleza.
Disfrutaban más de las aventuras dentro de su cabeza que en la vida real.
No es que fueran aburridos. Había conocido a más de uno con aficiones bastante exóticas.
Era simplemente que, por regla general, los lectores eran tranquilos.
No iban a arrancarse la camiseta y el sujetador para lanzárselos a su autor favorito como si estuvieran en un concierto de heavy metal.
Nathan se rio.
—Para que lo sepas, se me han echado encima más de una vez —le dijo a Hayley—. Tú no lo ves porque estás genéticamente predispuesta a encontrar mis partes repugnantes…
Hayley alzó las cejas.
—¿Que tus partes me parecen repugnantes?
—Te dan miedo los penes. No pasa nada por admitirlo.
Hayley puso los ojos en blanco, pero estaba sonriendo. Curiosamente, daba la impresión de que Nathan y Hayley estaban construyendo una amistad genuina. Ya se sentían cómodos el uno con el otro, soltando chistes subidos de tono que habrían ofendido a cualquier otra persona. ¿Cómo había ocurrido eso?
Miré al otro lado de la mesa y vi que Bree observaba el intercambio con el mismo ceño fruncido que yo. Cuando Nathan y Hayley siguieron hablando solo entre ellos, se volvió hacia mí y se removió en la silla, claramente incómoda.
—No creo que tengamos que preocuparnos por ninguna avalancha —dijo ella—.
Annette dijo que contaban con unos cien lectores por evento.
Si el local resulta ser más grande, podríamos llegar a doscientos, pero la mayoría de los sitios son pequeños para crear un ambiente íntimo entre los lectores y nosotros.
Asentí.
—Eso es lo que me imagino.
O quizá eso era lo que esperaba. Jugueteé con el envoltorio de la pajita.
—¿Crees que tendremos que beber con ellos? O sea… ¿se espera que nos sentemos en las mesas con ellos y finjamos que nos importa lo que hacen sus hijos?
Para mi absoluta sorpresa, Bree echó la cabeza hacia atrás y se rio tanto que temí que se atragantara.
—Ay, Dios mío.
Se secó las lágrimas que se le escapaban por el rabillo de los ojos y negó con la cabeza.
No me gustó que se burlara de mí.
—Solo era una pregunta.
—Yo me estaba preguntando exactamente lo mismo, así que no te mosquees —replicó ella sin inmutarse—. No todo lo que digo es un ataque contra ti, por mucho que tú lo creas.
Abrí la boca, de repente avergonzado, y luego la cerré de golpe. Yo sí hacía eso. Me tomaba a pecho todo lo que decía la gente, fuera un comentario general o dirigido a mí. Eso me lo habían reprochado toda la vida.
—Perdona. —Y, por extraño que pareciera, lo decía en serio—. Es que… las multitudes me ponen nervioso. No sé por qué.
—Es porque los autores, en general, somos introvertidos —respondió Bree con una sonrisa suave—. Lo entiendo. Yo también soy introvertida.
—¿En serio?
¿De verdad me estaba echando un cable? No podía ser. Ella era el demonio. El demonio no intentaba encontrar puntos en común con su enemigo mortal.
Ella asintió.
—Las multitudes me hacen sudar y me dan picores.
—Pero no un picor tipo cándidas, ¿no? —preguntó Nathan.
Bree le dedicó una peineta.
—Ese encanto que crees que va a hacer que todas las mujeres que se cruzan contigo se bajen las bragas no funciona conmigo. Cuando te miro, veo al payaso de Terrifier.
Era una referencia que Nathan claramente pilló, porque se irguió en la silla.
—¿Art?
Bree asintió con la cabeza.
—¿Y por qué no Pennywise? —preguntó Nathan—. Normalmente es el payaso de película de terror al que todo el mundo recurre.
Esta vez Bree sí sonrió, y por una vez entendí por qué. Aprobaba la pregunta de Nathan.
—Porque Pennywise es el payaso superior —contestó ella—. Tiene matices y un buen trasfondo. Hay una razón por la que hace lo que hace, aunque no estés de acuerdo con ella. Art es un pringado que va por la vida escandalizando a la gente solo para llamar la atención.
A Nathan se le curvaron los labios.
—¿Estás diciendo que ese soy yo?
—Ajá.
Nathan no se ofendió.
—Tienes tu gracia.
—Tengo gracia. Y tampoco me gustan las multitudes. Solo aguanto hasta cierto punto antes de tener que escaparme cinco minutos a tomar aire. —Desvió la mirada hacia mí—. Puedes venir conmigo si necesitas aire. Ni siquiera tienes que poner una excusa. Aprovecha la mía.
Fue una oferta sorprendentemente amable.
—Lo… tendré en cuenta.
No quería que esa mujer me cayera bien. Me había arruinado la vida. Y aun así —aun así— me estaba ofreciendo una rama de olivo. No hacía falta ser amigos para dejar de ser enemigos.
—Gracias.
Ella sonrió con una expresión dulce.
—No hay de qué. —Volvió a su carta—. Yo voy a pedir el low country boil.
—Eso es lo que voy a pedir yo —dije.
Esta vez era asombro lo que me recorría al mirarla. Puede que tuviéramos más en común de lo que había pensado. Aunque eso solo importaba en la medida en que haría más llevaderas las próximas doce semanas.
—En cuanto a los lectores, no sé qué esperar —dijo Bree para devolver la conversación al trabajo—. ¿Serán sobre todo lectores de un solo género? Estamos en Savannah, así que me imagino que a los autores de paranormal y de terror les irá bien con esto.
—A los de fantasía épica no, ¿eh? —insistí, con el estómago otra vez encogido.
¿Y si ninguno de los lectores venía a verme a mí? No quería darle demasiadas vueltas. Uno de mis mayores miedos era haber caído tanto en el olvido entre un libro y otro que ya nadie se acordara de mí.
—Ah, yo no me preocuparía por eso. —Bree negó con la cabeza—.
Tienes una base de fans sólida. Están pidiendo a gritos tu próximo libro en internet.
También creo que a Savannah llegan muchos turistas entusiastas de lo paranormal.
Los de aquí se hartan. Creo que en estos eventos vamos a tener una mezcla de turistas y gente de la ciudad.
Era una idea intrigante.
—Supongo que después de esta noche sabremos más —dije.
Ella asintió.
—Esta noche marca la pauta. A partir de ahí, ya veremos.