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SEIS
No había forma de librarse del Author Swish. Así lo llamaban: el Author Swish. Pero ¿qué narices era un swish? Nadie supo responder a esa pregunta. A Nathan le parecía gracioso. También a él lo había arrastrado el jaleo, pero se lo tomaba con mucha más calma que yo.
—Esto es una mierda —me quejé mientras me revisaba el atuendo una vez más.
Habíamos cogido un Uber hasta el Cotton Exchange Tavern, un sitio en el que no había estado nunca. Nathan quería beber. Y como por experiencia sabía que eso significaba que quizá acabara bebiendo con él —las multitudes me incomodaban—, pedir un Uber parecía lo más sensato.
—Tu ropa está bien. —Nathan ni siquiera me estaba mirando—. Es solo una cena rápida antes del evento. Se supone que vamos a conocer a los demás autores con los que nos va a tocar aguantar los próximos tres meses.
Le lancé una mirada asesina.
—No hablaba de mi ropa. Aunque… ¿qué tiene de malo?
Nathan parecía exasperado cuando por fin me miró.
—Acabo de decir que está bien.
—Sí, pero normalmente eres más entusiasta.
—No con tu manera de vestir.
«¿Será verdad?». No conseguía recordarlo. En lugar de darle más vueltas a los pantalones chinos y al polo, decidí cambiar de tema.
—No entiendo por qué tenemos que cenar antes del evento. No es que me interese impresionar a los demás autores.
Una autora en particular bien podía irse a la mierda. No mencioné a Bree por razones obvias.
—Esta noche eres un auténtico rayito de sol —dijo Nathan arrastrando las palabras—. ¿Ya te lo había dicho?
—Yo solo… no me apetece estar con los demás autores. —Me tiré del polo. Era azul claro.
—Estoy bastante seguro de que solo hablas de una autora.
«No digas su nombre». Me negué a mirar a Nathan. Llevaba una semana entera mencionándolo y me sacaba de quicio.
—Vamos —dije para distraerlo.
Pocas cosas le gustaban más a Nathan que una buena cena. Había mirado la carta antes de salir de mi casa y ya sabía lo que iba a pedir.
—Podemos pedir un entrante si llegamos pronto.
Nathan se animó, pero no picó el anzuelo.
—¿La has visto?
Hice como si nada.
—¿A quién, a Annette? Solo he hablado con ella por correo.
Annette era la organizadora de este pequeño evento. Me la imaginaba como una becaria ingenua y entusiasta, convencida de que todos los autores se adoraban, cuando era justo lo contrario. Odiaba a más autores de los que me caían bien.
—No a Annette. —Nathan arrugó la nariz—. A Bree.
¿Por qué tenía que decir su nombre?
—¿A ti el nombre de Bree no te suena a nombre de caballo?
—Nunca lo había pensado, pero bueno. Voy a mirar qué significa.
—Significa noble o fuerte —se me escapó.
Nathan arqueó una ceja.
—¿Has buscado el significado de su nombre?
Había caído de lleno en la trampa. Solo podía culparme a mí mismo.
—Yo… me paso la vida buscando nombres para mis libros —dije con evasivas.
Eso era cierto. Como escribía fantasía épica, creaba nombres nuevos combinando otros antiguos sin parar. Consultaba el significado de cada parte para asegurarme de que encajaban.
—Ah, claro. —Nathan asintió con la cabeza, muy comprensivo—. Porque un montón de tus personajes se llaman Bree.
Lo ignoré.
—Vamos a entrar.
—Te he hecho una pregunta.
Por una vez, Nathan no pensaba ceder. Normalmente era como un niño: se distraía con cualquier cosa. Esta noche estaba distinto.
—Ya te dije que fui a su casa a dejarle la factura del carrito —respondí.
—Sí. ¿Y te la pagó?
—Todavía no tengo la factura final para enviársela. El lunes.
—Claro. El lunes. —Puso cara pensativa, lo que solo consiguió inquietarme más—. ¿Le llevarás la factura a casa cuando la tengas?
—Bueno, de algún modo tendré que hacérsela llegar.
¿Por qué me ponía tan a la defensiva? No era propio de mí. Normalmente era de los nerviosos pero callados. Ahora parecía que me faltaba un chillido para convertirme en una preadolescente.
—Podrías mandársela por correo.
—No tengo su dirección de correo.
—Mandásela por mensaje.
—No tengo su número de teléfono.
—Podrías contratar a un mensajero para que se la lleve.
—Vive a cuatrocientos metros. Eso es tirar el dinero.
Su sonrisa triunfal me retorció las tripas.
—Tú y ella tenéis una energía interesante —dijo con toda inocencia.
Ay, tendría que haber imaginado que lo llevaría por derroteros raros.
—Sí, el odio es una energía muy rara —respondí con sorna.
—Desde luego, ganas de odiarla tienes —concedió—. Lo que no tengo tan claro es que la odies de verdad.
Era agotador. No tenía ni idea de por qué era mi mejor amigo.
—Estás viendo algo que no existe.
—¿Y si no es así?
—Mira, ella me odia tanto como yo la odio a ella. Lo que creas que estás viendo, no lo estás viendo.
Me estudió un instante más y luego se encogió de hombros.
—Vamos a comer —dijo, y se dirigió hacia la puerta.
Se había rendido con demasiada facilidad. Como no quería seguir con esa conversación a la vista de todos, donde cualquiera podía vernos, opté por seguirlo.
—Sí, vamos a comer.
—Y a beber —añadió.
—A beber, desde luego.
HABÍA VEINTE AUTORES participando, pero solo reconocí a unos cuantos.
Nathan y Bree eran los evidentes. Al otro lado de la mesa, junto a Bree, había una rubia que también me resultaba conocida.
Se me escapó su nombre durante las presentaciones, pero la había visto antes en otros eventos.
Mantuve la calma durante el breve saludo de rigor y fui sonriendo a cada cara por turno.
Incluso conseguí fingir una sonrisa para Bree.
Y luego acabó sentada justo enfrente de mí, en lo que me pareció una broma cruel.
—Yo voy a pedir el bagre frito —anunció la amiga de Bree.
Me fastidiaba no acordarme de su nombre. ¿Hannah? ¿Heather? Empezaba por H. De eso estaba casi seguro.
—A mí también me gusta el bagre. —Nathan tenía una sonrisa preparada para la rubia—. Es uno de mis favoritos.
La rubia lo observó.
—Tú escribes terror, ¿verdad?
—Sí —dijo Nathan—. ¿A ti te gusta el terror? —Lo preguntó de un modo lascivo.
Nathan había puesto su cara de ligar y a mí me dio vergüenza ajena.
A veces sus coqueteos no iban dirigidos a nadie en concreto.
Flirteaba con cualquiera que estuviera en las inmediaciones porque así aliviaba el aburrimiento.
Otras veces, sin embargo, lo llevaba al siguiente nivel.
Tenía fama de acostarse una sola noche con otras autoras.
Siempre dejaba claro desde el principio que no buscaba nada serio.
Eso no impedía que algunas de sus compañeras de cama temporales le guardaran rencor.
Lo último que necesitaba era que le calentara la cabeza a la amiga de Bree, porque eso significaba que Bree también se calentaría, y eso no era nada bueno.
Dos asientos más allá, una escritora de ciencia ficción menuda, con los brazos cubiertos de tatuajes y el pelo muy corto de un morado violento, se irguió en la silla.
—A mí me gusta el terror.
Nathan le dedicó una sonrisa amable antes de volverse de nuevo hacia la rubia.
—¿Qué era lo que escribías tú? Perdona, pero las presentaciones han ido muy deprisa. Se me ha escapado tu nombre.
«Gracias». Le agradecí tanto que lo preguntara que casi grité de alivio.
Los ojos entornados de Bree, al otro lado de la mesa, me dijeron que mi reacción le resultaba sospechosa.
¿Había dado un respingo en la silla? No me extrañaría nada.
Me planté una sonrisa fría e inexpresiva para fingir que allí no pasaba nada.
—Hayley Clifton —respondió la rubia—. Escribo romance blanco.
La luz de los ojos de Nathan se apagó.
—Vaya, qué pena.
Por alguna razón, su respuesta hizo sonreír a Hayley.
—También soy lesbiana, y tu reputación te precede.
Nathan puso cara de arrepentido, aunque le brillaban los ojos.
—La verdad es que me alegro de que seas lesbiana. Estás buenísima. Siento que tengo que estar «encendido» cuando hay una mujer guapa cerca. —Hizo el gesto de las comillas en el aire—. Si no hay ninguna posibilidad de que te lleve a la cama, eso nos permite ser amigos.
Esperaba que Hayley se lo tomara mal, pero no fue así.
—Eres bastante sincero, ¿eh? —dijo ella.
—Creo que la palabra es directo —dije antes de darme cuenta de que iba a decir algo.
—Pues a mí me gusta la gente directa —replicó Bree.
Levanté la vista para lanzarle una mirada asesina. Ella me la devolvió.
—Uuuh —dijo Nathan con un exagerado aire de vaquero mientras se abanicaba la cara con la mano—. ¿Soy yo o aquí hay tensión de fondo?
Quise darle una patada por debajo de la mesa.
Quizá con un cuchillo atado a la bota. Pero no podía arriesgarme a patear a otra persona por accidente.
Con mi suerte, le estamparía el zapato en la espinilla a Bree y la dejaría coja para el resto de su vida.
Y aunque no me importaba demasiado hacerle daño, lo último que necesitaba era que la comunidad de autores se pusiera a comentarlo.
No había historia que no estuvieran dispuestos a recalentar tres millones de veces en el mismo circuito de congresos de cada temporada.
—Desde luego que hay tensión de fondo —coincidió Hayley.
La mirada que Bree le lanzó a su amiga me dijo que las bromas le gustaban tan poco como a mí. Eso era… bueno, un alivio. Puede que Bree y yo tuviéramos algo en común, después de todo.
—A mí no me gusta el bagre —anuncié como un idiota.
Los labios carnosos de Bree se curvaron, divertidos, mientras deslizó la mirada hacia mí.
—Vaya, qué transición —dijo arrastrando las palabras.
Ignoré su tono burlón.
—Si te soy sincero, no me gusta el pescado en general. Bueno, en realidad el bacalao frito lo soporto. Eso no lo odio.
—El bacalao es el más suave de todos los pescados —dijo Nathan—. Entiendo que sea lo tuyo.
Debajo de la broma había un insulto escondido. El problema con Nathan era que nunca lo decía con mala intención. Simplemente soltaba lo primero que se le pasaba por la cabeza.