Léelo y llora (Escribir lo correcto 1) 5 Cinco #2
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5 Cinco #2

—Te das cuenta de que crearán normas nuevas solo para ti, ¿verdad?

—Ah.

Asentí.

—Pero Frank encontró un vacío legal en el contrato. Aunque aprueben una norma nueva, a mí no me afectará hasta que me mude.

A Paisley le tembló la boca.

—Vale, eso es genial.

—¿Verdad?

—¿Qué más vas a hacer?

—Todavía no lo he decidido. Puedes ayudarme a sacar ideas cuando Frank me dé la lista.

—Uy, eso suena divertido.

La mirada de Paisley se desvió por encima de mi hombro y señaló con el mentón.

—Ahí viene. Se llama Evangeline.

Estaba de espaldas a la vendedora que venía hacia nosotras.

—¿Evangeline?

Paisley se encogió de hombros.

—Es cosa del Sur. Espera a toparte con la tercera Magnolia en un mismo día.

No me hacía ninguna ilusión que llegara ese momento.

Cuando me volví, me encontré frente a una mujer imponente.

No era joven ni esbelta, como esperaba. No: andaba por los sesenta y llevaba lo que solo podía describirse como un muumuu.

Tenía unos círculos enormes que parecían pezones —aunque técnicamente no lo eran— justo a la altura del pecho.

—Vaya —dije.

—Sí, es divertida —comentó Paisley—. Te va a caer bien.

Algo me decía que tenía razón.

—Hola.

Le sonreí de oreja a oreja a Evangeline porque no pude evitarlo.

Ella tenía una expresión avinagrada. Me había acostumbrado a que los vendedores intentaran metérseme tan adentro del culo que no podía ni sentarme.

Era muy distinto de cuando era niña y la gente nos miraba sin vernos.

Habían calado a mi madre como pobre desde el primer momento.

Ahora que ganaba dinero —no dinero de Stephen King ni nada parecido, pero me iba bastante bien—, la gente sí me veía.

Era como si desprendiera una especie de almizcle. No sabía cómo explicarlo.

—Tu amiga, aquí presente, dice que no quieres que te doren la píldora por la vagina —dijo Evangeline—. Por eso has preguntado por mí, ¿no?

Asentí mientras contenía las ganas de echarme a reír.

—¿Vives en The Landings?

—Sí.

—Ahí no les gustan los carritos de colores. Los quieren blancos o negros. Y punto.

Fruncí el ceño.

—Eso suena aburrido.

—Ya lo creo. —A Evangeline le brillaron los ojos—. Pero tu amiga dice que querías algo llamativo. Tengo una manera de sortear la norma.

Se ganó toda mi atención.

—¿Cómo es que tienes una manera de sortear una de sus normas?

—Porque hasta hace tres meses, cuando pillé a mi marido poniéndome los cuernos con la pelandusca del chiringuito de la piscina, vivía allí.

Yo quería un carrito de color, pero la norma era muy específica…

hasta que fui a la junta a hablarles de un carrito nuevo que podía conseguirles un crédito fiscal por energía verde si ayudaban a promocionarlo.

Supe exactamente por dónde iba.

—Así que conseguiste que incluyeran un carrito nuevo sin restricciones de color.

—Eso hice. —Evangeline asintió con la cabeza—. En aquel momento solo ofrecían carritos negros y blancos. Daba la casualidad de que yo sabía que más adelante sacarían una línea de lujo con colores. Pero de eso no había ni una palabra en el folleto que les entregué.

No pude evitar hacerle la siguiente pregunta.

—¿Cómo sabías que se lanzarían a por los carritos ecológicos?

—Porque a los ricos pocas cosas les gustan más que una buena desgravación fiscal.

—Vale, pero no todo el mundo en The Landings está forrado. Yo no estoy forrada.

—No todo el mundo está forrado —concedió—. Pero no cruzas la puerta si no superas cierto umbral.

Eso me hizo sentir ligeramente culpable, aunque me lo guardé para mí.

—¿En qué colores puedo pedir ese carrito ecológico?

—Solo hay tres colores, aparte del blanco y el negro estándar. Azul, rojo… y rosa Barbie.

Se me escapó una sonrisa de oreja a oreja.

—¿En serio?

—Ajá.

—¿Cuánto cuesta?

—Más que este. —Dio unos golpecitos en el costado del carrito turquesa.

Tragué saliva con dificultad.

—¿Cuánto más?

—No lo bastante para quitarte las ganas de fastidiarlos. Os he oído al pasar. Me muero por ver qué haces para cabrear a la dirección.

—Creía que habías dicho que ya no vivías allí.

—Solo porque mi divorcio aún no está cerrado. En cuanto lo esté, me vuelvo para allá.

—¿Y eso por qué?

—Porque, igual que a ti, me encanta chinchar a las Marys, a las Karens y a las Mary Karens. Que quede claro: te van a odiar. Lo que significa que tú a mí me vas a caer bien.

Ella ya me caía bien. Por eso miré el carrito turquesa y me decidí en el acto.

—Me quedo el rosa.

—Es una jugada inteligente —dijo ella—. Si alguna vez quieres venderlo, estos mantienen muy alto el valor de reventa, al contrario que los estándar, que son como los coches y se deprecian en el momento en que los sacas del concesionario.

—Da igual. —Hice un gesto con la mano para quitarle importancia—. Tengo tantas ganas de ganar que ya me has convencido.

Esbozó una sonrisa enorme que le volvió la cara cálida y acogedora.

—Ajá. Desde luego que me vas a caer bien.

El sentimiento era mutuo.

—Solo una cosa. —Me golpeé el labio inferior con el dedo—. ¿Hay normas sobre las ruedas? O sea… ¿puedo poner llantas giratorias o algo con lentejuelas?

Ella se rió entre dientes.

—Tendré que mirarlo.

Rebusqué la tarjeta de crédito.

—Hazme todo el daño que quieras.

—Vuelvo ahora mismo con el folleto y los contratos.

—Genial.

Le levanté el pulgar y me volví hacia Paisley.

—¿Crees que podría desgravar el carrito de golf si gracias a él se me ocurre una historia?

Se encogió de hombros.

—Ni idea. Por intentarlo no se pierde nada.

Estuve de acuerdo.

—¿Y qué vas a hacer con las firmas? —preguntó ella—. ¿Vas a pedir que te manden a otros bares, distintos a los de Big Butt Bates?

Negué con la cabeza.

—Todo lo contrario. He decidido tratarlo igual que pienso tratar a la junta de The Landings.

Soltó una risita, como si acabara de decir lo más gracioso del mundo.

—¿Lo dices en serio? ¿Vas a torturarlo? Creía que te sentías mal por lo que pasó hace dos años.

—Eso era antes de que se colara en mi casa —no llamó a la puerta, diga lo que diga— y se portara como un borde. Me ha cogido manía, y sin ningún motivo. Lo que pasó hace dos años fue un accidente.

—Está claro que él no lo ve así.

—Eso es porque no le encuentra la gracia a la vida. No es mi problema. —Negué con la cabeza—. Si quiere guerra, y está claro que la quiere, guerra va a tener.

—No vas a parar hasta que llore, ¿verdad?

—Nop. Esto es la guerra. No pienso aguantar sus aires.

No dije lo que estaba pensando en realidad.

Aquel primer día, en sus ojos había encontrado lo único que no quería volver a ver jamás: que me juzgaran.

Lo mismo que veía en los ojos de los demás padres cuando mi madre me dejaba en el colegio con un abrigo y unas botas que no eran de mi talla.

La gente nos miraba como si fuéramos de clase baja y yo no pintara nada allí.

No iba a dejar que nadie volviera a tratarme así.