5 Cinco
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CINCO
No había manera de escaparme de los eventos. Había firmado un contrato. Como aquel programa era un acuerdo entre tres editoriales, habría quedado muy mal que me echara atrás. El tono de mi editor por teléfono me dejó claro que no insistiera.
Seguía mosqueada por el tema cuando mi asistente y yo salimos al día siguiente a comprar un carrito de golf.
—Es sumamente injusto —me quejé.
—Sumamente, ¿eh? —Paisley Parker, sí, ese era su nombre real, sonrió de oreja a oreja—. ¿Alguna vez algo es «insumamente» injusto?
La miré con mala cara.
—Se supone que estás de mi lado.
—No he dicho que no lo esté. Solo estoy… confundida. Ni siquiera tienes que viajar para esas firmas. Son todas en bares de la zona y con poco público. Odias las aglomeraciones, así que ¿cómo no va a ser esto una victoria?
Odiaba que tuviera razón.
—No quiero tener que pasar tiempo con Big Butt Bates.
—¿Big Butt Bates?
—Se llama B. B. Bates. ¿Cómo lo llamarías tú?
Paisley se lo pensó en serio. Era cuatro años menor que yo.
Yo cumpliría treinta en unos meses y ella seguía comportándose como una adolescente.
Soltaba tacos como un camionero cuando se emocionaba —algo que ofendía a Hayley hasta decir basta— y siempre estaba dispuesta a liarla.
Me escribía para salir a tomar algo cinco noches por semana, sabiendo de sobra que, con suerte, conseguiría que aceptara una.
Además, miraba todo el asunto de ser escritora profesional con ojos soñadores.
Era mi asistente, pero tenía grandes sueños.
Por desgracia, se negaba a hablar de esos sueños y le daba un miedo atroz dar el paso.
Yo seguía insistiendo. Había leído cosas que había escrito y sabía que eran buenas. Lo que le faltaba era fe en sí misma. No podía decirle que era buena y esperar que me creyera. No, tenía que llegar a esa conclusión por sí misma. Todavía no había descubierto cómo iba a hacerlo.
Aunque lo haría.
—Quizá sea bonachón y buenorro —sugirió Paisley.
—No.
—O brillante y bello.
Por desgracia, Brody sí era bello. Tenía ese aire de empollón listo, con el pelo oscuro, los pómulos marcados y lo que parecía un cuerpo decente.
El día anterior lo había visto con unos pantalones caqui y un polo, y tenía las piernas musculosas.
A menos que solo se dedicara a montar en bici, lo más probable era que el resto del cuerpo lo fuera también.
—Es un culo gordo —repliqué—. Tiene una actitud insoportable.
—Vale. Si tú lo dices. —Paisley pasó las manos por un carrito turquesa—. Este me gusta.
Miré el carrito. No era ninguna experta en carritos de golf —solo había conducido uno de niña, cuando a uno de los novios de mi madre se le ocurrió que me apetecería una aventura—, pero aquel tenía buena pinta.
—¿Cuánto cuesta?
Paisley se acercó sin prisa a la parte delantera del carrito.
—Quince mil.
Fruncí el ceño.
—¿Dólares?
—No, pesos. —Paisley me lanzó una mirada de exasperación—. Dólares, claro.
—Pero eso es ridículo.
Giré la cabeza buscando a algún vendedor. Que en Savannah existiera un concesionario de carritos de golf era alucinante.
—Esto tiene que ser un carrito mutante o algo así.
Paisley se rio entre dientes.
—Me apuesto lo que quieras a que ese es el precio normal.
—No puede ser. Es un carrito de golf.
Paisley levantó una ceja.
—¿Quieres que busque a un vendedor?
—No, quiero que busques a una vendedora. —Fui tajante en eso—. No pienso tratar con un idiota que intente liarme con caballos de potencia y par motor. Quiero una mujer, porque ella me contará lo importante y lo hará hablando en cristiano.
Paisley lo meditó y luego asintió.
—Vuelvo enseguida.
La vi marcharse. Era de aquí, y otra de las razones por las que había elegido instalarme en Savannah.
Se había criado en Rincon, un pueblo de las afueras de la ciudad.
No hablaba mucho del tema, solo que era una urbanización «más asequible».
Para mí, eso significaba que era un barrio pobre. Aunque no se lo pregunté.
En realidad, Paisley me recordaba a mí misma.
Como yo, no había tenido mucho dinero de pequeña y era lista hasta rozar lo diabólico.
Tenía grandes sueños, pero le daba miedo abrazarlos.
Igual que ella, de niña no pensaba en otra cosa que en escribir un libro.
Me había pasado toda la preadolescencia y los primeros años de la adolescencia apuntando ideas de historias en cuadernos.
Mi madre, aunque como madre iba completamente a la deriva, me había animado a seguir mis sueños.
Esa fue la única cosa que se le dio bien.
«Y mírame ahora», pensé. Tenía todo lo que siempre había querido, incluida mi primera casa.
Podía decorarla como me diera la gana. A diferencia de cuando era niña y nos mudábamos constantemente, ahora sí podía poner cosas en las estanterías.
Ya no volvería a ver algo en un escaparate, pensar en lo bien que quedaría como adorno y dejarlo atrás porque transportarlo sería un fastidio.
No, ahora iba a comprar cosas. Lancé una mirada de desdén al carrito de golf. «Solo que no carritos absurdamente caros que literalmente sirven para una sola cosa».
Paisley volvió dos minutos después.
—Solo hay una vendedora. Está terminando con otra pareja. También acaban de mudarse a The Landings. —Movió las cejas con picardía.
—No tengo ni idea de qué significa eso —dije en tono neutro—. ¿No te caen bien?
—Parecen WASP.
—¿Como… que llevan alas de avispa postizas o algo?
Se rio.
—No, digo blancos anglosajones protestantes. Ya sabes, WASP.
Hizo el gesto de las comillas con los dedos.
—Ah.
No estaba segura de haberlo oído nunca, pero capté el sentido.
—Básicamente, me estás diciendo que lo hacen en la postura del misionero, cuatro minutos como máximo.
Echó la cabeza hacia atrás y se rio con tantas ganas que me arrancó una sonrisa.
—Eso es exactamente lo que digo.
Se secó las lágrimas de risa.
—Ella no le ha acercado un dedo al culo en la vida.
Se me quedó la boca abierta y miré alrededor para asegurarme de que nadie la había oído.
—No puedes decir esas cosas aquí dentro —siseé.
—Acabo de hacerlo.
Lo dijo con total indiferencia.
—No te hagas la escandalizada. Es lo más suave que he dicho en todo el día.
En eso no me cabía duda. Volví a mirar el carrito porque me pareció lo que tocaba.
—Me da un poco de rabia tener que comprar uno de estos trastos. Le pedí a mi abogado de propiedad intelectual que me revisara el contrato—
Paisley levantó una mano para interrumpirme.
—¿Le pediste a tu abogado de propiedad intelectual que te revisara el contrato de The Landings? ¿No es un poco como pedirle a una Kardashian que dé un seminario sobre cómo no ir mendigando atención?
Tuve que apretar los labios para no soltar una carcajada.
—Algo así —dije cuando estuve razonablemente segura de poder hablar sin reírme—.
Frank es un buen tío. Sabe leer un contrato.
Dice que renuncié al derecho a ir en scooter por The Landings en cuanto firmé en la línea de puntos.
Y luego me recordó que solo los idiotas firman un contrato sin que alguien se lo lea antes.
—Por una vez, estoy de acuerdo con Frank —dijo Paisley sin inmutarse.
La miré con mala cara.
—Es una porquería, si quieres mi opinión.
Esperó, probablemente porque sabía que no había terminado ni de lejos.
—Le pedí a Frank que me desglosara cualquier cosa rara que encontrara en el contrato —continué—. Le ofrecí pagarle, pero supo leer entre líneas y sabe lo que tengo planeado. Se ofreció a hacerlo gratis, pero solo si le consulto todos mis planes de venganza antes de ponerlos en marcha.
—¿Planes de venganza?
Paisley levantó las cejas mientras se inclinaba sobre el carrito de golf y apoyaba los codos en él.
—¿De verdad quiero saber qué significa eso?
—Bueno, hay cláusulas en el contrato —expliqué. Frank me había enviado un correo detallado, aunque sabía que me esperaba otro—. Por ejemplo… los gnomos de jardín están prohibidos a menos que estén en el patio de atrás y no se vean desde la calle.
—¿Perdona?
Paisley parecía alucinada.
—¿Quién puede tener algo en contra de los gnomos de jardín?
—Por lo visto, en The Landings no les gusta el desorden.
Fruncí el ceño.
—No puedo tener un edificio auxiliar si ya tengo garaje, así que nada de casetas de jardín para mí sola.
—¿Quieres una caseta?
—No la quería hasta que me enteré de que no podía tenerla.
Asintió con la cabeza como si lo entendiera.
—¿Qué otras rarezas hay?
—Tengo piscina, pero no puede tener tobogán ni trampolín. No quería ninguna de las dos cosas hasta que me dijeron que no podía tenerlas. Nada de música que los vecinos puedan oír después de las ocho y media.
Paisley abrió mucho los ojos.
—¿Las ocho y media?
—Sí, en The Landings se corren unas juergas de aúpa —dije con sequedad—. Nada de carteles políticos.
—A ti no te va la política.
—Creo que me voy a volver política. ¿Sabías que hay dos grupos políticos enfrentados en el barrio?
—No, no lo sabía. ¿Cómo lo sabes?
—Lo busqué anoche.
Sonrió de medio lado.
—Tienes un plan.
No era una pregunta. Llevaba dos años trabajando para mí, desde que salió de la universidad y entró como becaria en la editorial. Me cayó tan bien que le ofrecí un empleo. Me conocía lo suficiente para saber que, en efecto, estaba tramando algo.
—Frank me va a desglosar todas las normas. Por ejemplo… solo puedes tener un elemento decorativo en el jardín, como una fuente para pájaros o una pérgola, y nada de gnomos. Voy a encargar una fuente para pájaros a medida con gnomos enormes encima. Me da igual lo que cueste.
Se partió de risa.
—Eso es para morirse de risa.
—Ah, tengo planes.
Sonreí.
—Por ejemplo… el color exterior de la casa tiene que estar aprobado, pero Frank dice que ahí no hay nada sobre el color de los caminos de ladrillo.
—¿Un camino de ladrillo amarillo?
Arrugué la nariz.
—No me disgusta la idea, porque creo que irritará a la gente, pero el amarillo no es mi color favorito. Estoy pensando en rosa.
Frunció los labios.
—Y morado —añadí—. Puede que le meta también algo de turquesa.