4 Cuatro
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CUATRO
Remolcaron el carrito para sacarlo de la cuneta y lo llevaron a mi casa, donde el mecánico lo revisó. Sorprendentemente, no tenía ninguna abolladura nueva. Sí que necesitaba una capota nueva, que tuvo que encargar, pero la que llevaba aguantaba de momento. El recambio llegaría la semana siguiente.
Así que, básicamente, todo estaba bien. Eso no significaba que me pareciera bien que Bree James se mudara a mi barrio.
A Nathan todo el asunto le parecía divertidísimo porque, cómo no, era Nathan.
Me negué a hablar con él durante todo el trayecto de vuelta a mi casa.
Y en vez de marcharse, se puso cómodo con mi cerveza y luego se autoinvitó a dormir en la habitación de invitados.
Quería echarlo —no estaba para nada de humor para aguantar a Nathan—, pero tampoco podía poner de patitas en la calle a un borracho y decirle que se hiciera cuarenta minutos de coche hasta su Airbnb.
Así que me aguanté e incluso le preparé una tortilla francesa a la mañana siguiente.
Siempre me irritaba que nunca diera señales de resaca.
—Bueno, ¿y qué vas a hacer? —preguntó él mientras yo recogía los platos del desayuno.
—¿Sobre qué?
Seguí de espaldas a él. Siempre fregaba los platos antes de meterlos en el lavavajillas. ¿Un obsesivo del orden? Sí, al menos según todo el que me conocía. Me gustaba la rutina.
—Sobre Bree.
Daba por hecho que me preguntaba por lo que estaba escribiendo. Ni se me ocurrió que preguntara por Bree.
—Ah, eh… nada. —Me encogí de hombros—. Le pasaré la factura del arreglo del carrito. Supongo que la pagará sin quejarse. Si se pone a discutir, no sé qué haré.
—Ah, la factura la pagará.
Nathan sonreía de oreja a oreja cuando me volví para mirarlo.
—Me refiero a qué vas a hacer con ella. Me pareció detectar cierta chispa anoche.
Tenía que estar de broma.
—No hubo ninguna chispa.
Arqueó una ceja y esperó.
—No hubo ninguna chispa —repetí, ya del todo irritado.
—Pues yo vi chispas.
—Viste furia. No soporto a esa mujer.
—¿Seguro? —Nathan inclinó la cabeza, con la duda dibujada en el rostro—. Porque, y no pretendo picarte, desde luego que vi una chispa.
—¡Nos sacó de la carretera! —estallé—. Podría habernos matado.
—Fue un accidente, está clarísimo.
Era evidente que a él lo de estar a punto de morir le inquietaba mucho menos que a mí.
—Eso no importa. Estaba siendo una imprudente.
—Vale. —Levantó las manos en gesto conciliador—. Solo digo que… hubo una chispa.
Quería borrarle esa sonrisita de suficiencia de la cara con una rasqueta de hielo.
—Deja de decir eso. Sabes lo que pienso de esa mujer.
—Sí. Te parece que te provocó a propósito hace dos años.
—No me provocó.
Aquello era absurdo.
—Me empujó contra la mesa de Amy Ryan.
—Sí.
—Y dejó que yo cargara con la culpa.
—Amy ya no te guarda rencor por eso.
—Sí que me lo guarda.
—Vale, puede que un poco —concedió—. Pero no es para tanto.
—Me robó toda la atención en la mesa redonda.
—Tampoco querías hablar.
—Esa no es la cuestión. Se burló de mis lectores. Los llamó frikis.
—¿Te molesta que llamara frikis a tus lectores —algo discutible— o que te llamara friki a ti?
—No me importa ser un friki. —De pronto mi voz sonó tan aguda como la de Woody Harrelson—. Llevo mi frikismo con orgullo.
Nathan me sostuvo la mirada durante lo que me pareció un rato lariguísimo.
—Vale —dijo al fin—. Es un peligro. ¿Por qué crees que está aquí?
—No lo sé. —Me apoyé en la encimera y me crucé de brazos—. Yo también me lo he estado preguntando. No consigo entender qué hace aquí, para empezar.
—Puede que te esté acechando. Podría ser como el tiburón de la cuarta de Tiburón. Persigue a una familia desde Maine hasta las Bahamas.
Lo achicharré con la mirada.
—Eso es… ridículo.
—Entonces puede que fuera una casualidad.
—¿Tú crees siquiera en las casualidades?
Se lo pensó un instante.
—No mucho. Supongo que tendrás que tantearla. —Se levantó como si hubiera terminado, pero entonces una sonrisa pícara le cruzó el rostro—. O podrías meterle mano, porque chispa había, desde luego.
Señalé la puerta con el dedo.
—Fuera.
Se rió.
—Intenta escribir algo, ¿eh? —dijo con afabilidad mientras se encaminaba sin prisa hacia la puerta—. Puede que la chispa sea justo lo que te faltaba.
—Estás delirando.
—Sí, bueno, habrá que esperar a ver qué pasa.
MI OBJETIVO ERA ESCRIBIR. PASARA LO QUE pasara, tenía que escribir dos mil palabras. Al cabo de dos horas, solo tenía cuarenta. Frustrado, harto de todo aquel lío y enfadado conmigo mismo, abandoné el portátil y cogí la factura que el mecánico de carritos de golf había dejado en la encimera.
No podía concentrarme con aquello rondándome la cabeza, así que me fui a casa de Bree. No tenía su dirección exacta, pero sí sabía que vivía en Yam Gandy Road.
Usé Zillow para ver qué casas se habían vendido hacía poco.
Solo había dos. En la primera había un niño pequeño jugando en el jardín delantero y, por lo que yo sabía, Bree no era madre.
La segunda, en cambio, tenía una moto aparcada delante.
Puede que Bree no pudiera circular con ella por la comunidad, pero por lo visto no tenía ningún problema en dejarla a la vista.
En el instante en que vi la moto, me lo pensé dos veces y di media vuelta, decidido a volver a casa y enviarle la factura. Luego me enfadé conmigo mismo por ser un cobarde y regresé.
Iba a hacerlo. No le tenía miedo. Me debía lo del carrito de golf y iba a pagármelo.
Subí con paso firme los escalones de la entrada de su casa, levanté la mano, listo para llamar lo bastante fuerte como para despertar a los muertos, y fruncí el ceño al oír una voz. No una voz. Su voz. Hablaba sin parar, lo que me hizo pensar que estaba al teléfono.
Yo tenía modales, aunque ella no. No estaba bien interrumpirle la llamada.
Entonces me di cuenta de que no estaba hablando por teléfono: estaba dictando un libro.
Lo supe porque usaba indicaciones de puntuación.
Decía una frase y luego añadía «insertar punto» o «cerrar comillas».
Escuché durante varios minutos, maravillado ante las palabras que parecía conjurar sin el menor esfuerzo.
Me puso furioso de un modo totalmente irracional. Claro que tenía derecho a estar enfadado con ella —al fin y al cabo, casi me había matado, y no era precisamente una persona encantadora—, pero esto era algo completamente distinto.
Yo era un tipo brutalmente honesto, lo que significaba que tenía que reconocer que lo que sentía no era rabia.
Era envidia. Ahí estaba ella, apenas unas horas después de haber podido matarnos a Nathan y a mí, dictando un libro como si no tuviera una sola preocupación en el mundo.
¿Por qué no estaba al menos afectada? No esperaba que se postrara a pedirme perdón, aunque habría sido un bonito detalle, pero un par de lágrimas sueltas no habrían estado mal.
Sin pensarlo, abrí la puerta mosquitera sin llamar y entré en su porche acristalado.
Estaba lleno de cajas apiladas. Parecía que una biblioteca hubiera vomitado allí dentro: había libros desparramados en todas direcciones.
También parecía haber un montón de zapatos. «¿Cuántos zapatos son demasiados?».
Desde donde estaba, en el porche, alcanzaba a ver su cocina.
Lo único que consiguió fue enfadarme más.
No solo estaba dictando —y como una estrella del rock—, sino que encima hacía mil cosas a la vez y deshacía las cajas mientras tanto.
Parecía un torbellino. A veces la vida simplemente no era justa.
—Oye —dije para llamar su atención.
No miró en mi dirección; siguió hablando de colmillos de vampiro y… espera, ¿colmillos de vampiro y qué? Ay, madre. Estaba dictando una escena de sexo.
Se me puso todo tieso como una vara. Bajé la vista hacia mi entrepierna. «No se te ocurra ni pensarlo».
—Oye —repetí un poco más alto, decidido a soltar lo que había venido a decir.
Nada, seguía con los colmillos.
—¡Oye! —grité.
Eso sí bastó para captar su atención. Se giró de golpe, abrió mucho los ojos y dejó caer lo que tenía en las manos. Solo vi un revuelo de encaje y satén de colores vivos. La lencería aterrizó en el suelo delante de mí. Tuve que hacer un esfuerzo enorme para no mirarla.
Vale, puede que mirara un poquito.
—¿Qué demonios? —chilló.
Me quedé mirándola. Cuando se llevó las manos a las orejas y se quitó unos AirPods, me sentí como un idiota.
—Oye —dije, esta vez más suave—. Eh… hola.
Ladeó la cabeza.
—Estás en mi casa.
—Sí —reconocí.
—Estás en mi casa y yo no te he invitado a entrar.
—He llamado a la puerta.
Era mentira. La había oído dictar y me había colado sin más. Pero llevaba auriculares y era evidente que con ellos puestos no oía gran cosa. No tenía manera de saber que no había llamado.
Me observó unos segundos y luego se pasó la lengua por los labios.
—¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó ella al ver que seguía sosteniéndole la mirada. No había ni rastro de calidez en su tono. La verdad, no podía culparla. Me había colado en su casa.
—Yo… —Sinceramente, había olvidado para qué estaba allí—. Se te ha caído algo —dije al fin, señalando el montón de lencería del suelo.
Bajó la vista y luego volvió a levantarla.
—¿Para eso has venido? ¿Para avisarme de que ibas a darme un susto y hacer que se me cayera el pijama?
«¿El pijama? ¿Lo dice en serio?».
—No. —Negué con la cabeza—. He venido a darte esto. —Saqué el presupuesto del mecánico.
Mantuvo los ojos clavados en mí antes de mirar el papel.
—No será un dibujo raro mío desnuda, ¿verdad?
Eso bastó para que me centrara de golpe.
—¿Por qué iba a ser un dibujo tuyo desnuda?
—Tienes pinta de artista. Como… me imagino que te pasas el día en casa haciendo dibujos. No con ceras ni nada de eso, porque sería raro. Pero apuesto a que tienes lápices de colores de los buenos.
—¿Y crees que los uso para dibujarte desnuda?
Se encogió de hombros, sin alterarse lo más mínimo por mi tono.
—Sí.
Fruncí el ceño.
—Es el presupuesto del mecánico.