3 Tres #2
—Pues claro que sí. —Entonces se me ocurrió algo—. ¿Y tú qué haces aquí?
—Yo vivo aquí. Tú no puedes vivir aquí. Este es mi sitio.
«Ay, madre». Ni se me había pasado por la cabeza que Brody pudiera vivir aquí. O sea, ¿qué probabilidades había?
—¿Sabes qué es un yam gandy?
Brody gruñó.
—¡Tú no vives aquí! —chilló, lo que me recordó a su rabieta en el congreso de escritores, otra cosa por la que me sentía inexplicablemente culpable.
—Pues evita Yam Gandy Road —sugerí.
Empezó a palparse la ropa y supuse que buscaba huesos rotos.
—¿Notas que se te vaya a caer algo? —pregunté.
No contestó. En vez de eso, sacó el móvil de un tirón y buscó en su lista de contactos. Lo observé con curiosidad mientras hacía una llamada.
—Sí, soy Brody Bates —dijo a quien hubiera contestado al otro lado—. Una idiota en un escúter me ha sacado de la carretera justo después del Deer Creek A Coastal Grill, junto a su aparcamiento.
—Es un nombre muy estúpido para un restaurante —señalé.
Brody seguía sin mirarme. Estaba completamente concentrado en el teléfono.
—Sí. Gracias. Nos vemos enseguida. —Cuando se volvió hacia mí, estaba sonriendo. Y no era una buena sonrisa—. No vas a vivir aquí mucho tiempo.
La forma en que lo dijo, tan engreído y pagado de sí mismo, me puso de mala leche.
—¿Quieres apostar?
—Encantado.
NO FUE UN POLICÍA QUIEN RESPONDIÓ a la llamada de Brody, sino un agente de seguridad comunitaria. O al menos así se presentó.
Ned Danvers andaba por los cuarenta. Se peinaba el pelo de un lado al otro de la cabeza y fingía que era una cuestión de estilo y no una reacción a lo que claramente se estaba convirtiendo en una calva.
Medía alrededor de un metro setenta y ocho y tenía algo de barriga.
Tenía una sonrisa arrebatadora y llevaba calcetines con sandalias.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó con la voz más educada que le había oído jamás a un policía.
Vale, no era policía, pero aquí esa era básicamente su función.
Abrí la boca, dispuesta a deslumbrarlo con mi encantadora personalidad, pero Brody respondió primero.
—Se me cruzó de golpe en el carril cuando intentaba salir y no me quedó más opción que echarme a la derecha para evitar el choque —anunció—. La inercia bastó para que mi carrito rodara colina abajo y no tengo ni idea de cómo voy a sacarlo de ahí.
Me incliné hacia la derecha para ver el fondo del terraplén.
—Apuesto a que entre los cuatro podríamos subirlo a empujones —sugerí, muy servicial.
Brody tenía ojos láser. Sí, ojos láser. Quería abrirme un agujero en el alma.
—Creía que los escúteres estaban prohibidos —le dijo a Ned.
Fruncí el ceño y dejé de mirar el carrito de golpe.
—¿Qué?
No podía haber oído lo que creía haber oído.
—Es cierto —dijo Ned.
Puso la cara grave que correspondía a su tono, el cual me decía básicamente: «Serás guapa, pero no muy lista, así que voy a tener que explicártelo como si tuvieras dos años», y me entraron ganas de darle un puñetazo en los huevos.
—Los escúteres no están permitidos. Al menos no de este tipo. Los patinetes de empujar sí.
«¿Se cree que voy a moverme por este sitio en patinete?» «Eso es… bueno, también los hay eléctricos. Igual hasta me gustaría un patinete. Pero mi Vespa no la cambio por uno».
—¿Puede señalarme en el reglamento dónde dice que los escúteres no están permitidos? —pregunté con voz cantarina.
Estaba convencida de que no sería capaz de dar con ello.
—Pues sí.
Asintió con la cabeza, sin que su sonrisa brutalmente amable se moviera un milímetro.
Ned sacó el teléfono, tocó la pantalla dos veces y luego lo levantó para que yo lo viera.
Me recitó de carrerilla la sección y la subsección del reglamento de residentes, por si se me ocurría seguir llevándole la contraria.
Apreté los labios, sopesando mis opciones. Cuando levanté la vista, encontré a Brody mirándome con suficiencia. No sabía muy bien qué podía hacer al respecto, pero odiaba la idea de que se sintiera superior. En realidad, odiaba la idea de que cualquiera se sintiera superior.
—Pero usted no es la policía —dije al fin—. No puede decirme qué puedo conducir y qué no.
Creía que lo tenía acorralado.
La sonrisa de Ned desapareció al instante.
—Jovencita, cuando firmó los documentos para vivir en esta comunidad, reconoció que nuestro departamento de seguridad pública tiene autoridad sobre usted.
Yo no recordaba haber reconocido nada de eso.
—Bueno…
—Nada de escúteres —zanjó, firme.
Miré mi Vespa, la primera compra importante que había hecho en mi vida. En su momento había representado la libertad. Ahora todos los que estaban arriba, en lo alto de la cuneta, la miraban como si de algún modo fuera el enemigo.
—Mire, no voy a multarla —dijo Ned—. Es nueva en la comunidad. Probablemente no haya tenido tiempo de leerse todas las normas.
Pues tenía una noticia para él: yo no me iba a leer las normas jamás. Eso no iba a pasar.
—Antes tiene que arreglar las cosas con el señor Bates, aquí presente —continuó Ned.
Clavé los ojos en Brody con las aletas de la nariz dilatadas.
—¿Y eso qué significa?
—Significa que tiene que asegurarse de que él queda satisfecho antes de que yo pueda dejarla marchar —dijo Ned, muy serio—. En The Landings nos tomamos muy en serio la felicidad de los residentes.
Me dieron ganas de reírme de su cara de circunstancias. En cambio, dirigí la mirada a Brody.
—¿Qué quieres? —gruñí.
Su sonrisa era de las que provocan intoxicaciones alimentarias.
—Creo que necesito que un mecánico revise mi carrito y se asegure de que todo está incólume.
—¿Incólume? —pregunté.
—Sin abolladuras. Y hay que darle una limpieza a fondo. —Respiró hondo—. También tienes que pagar para que lo remolquen colina arriba.
Me tragué una palabrota de las gordas. Quería decirle exactamente dónde podía meterse ese carrito. Pero no era idiota. Estaba claro que Hayley tenía razón sobre las normas de este sitio. Debería haber prestado más atención. Ahora estaba metida en un lío.
—Por supuesto —dije.
No había nada más que decir. Además, bueno, el accidente lo había provocado yo. Eso solo podía admitirlo ante mí misma, nunca ante él.
—Mándame la factura. Seguro que Ned te puede dar mi dirección.
—Desde luego. —Ned asintió—. Solo necesito que firme un reconocimiento de su culpabilidad en el incidente y después podrá marcharse.
Sonreí, aunque fue más bien una mueca.
—Pero no en su escúter —añadió—. Puedo organizar que lo transporten de vuelta a su casa, donde podrá quedarse en el garaje. Con su correspondiente tarifa, por supuesto.
—Cómo no —dije con sarcasmo—. Qué maravilla.
O Ned no captó mi tono, o le dio igual.
—No tardaremos mucho. Luego podrá seguir su camino.
—Genial. —Le dediqué un pulgar hacia arriba con todo el descaro—. Este sitio es increíble. ¿Alguien se lo ha dicho alguna vez?
—Todos y cada uno de los días.