3 Tres
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TRES
Conducir una Vespa no era ni de lejos tan peligroso como creía la gente.
Podía contar con los dedos de una mano —literalmente— las veces que había estado a punto de que me atropellaran.
Las carreteras de The Landings, eso sí, no eran lo que esperaba.
Había límites de velocidad señalizados, pero supuse que eran bajos porque los carritos de golf no corrían mucho, no porque hubiera curvas cerradas que vigilar.
Por lo visto, me equivocaba. No vi el carrito de golf que salía del aparcamiento del restaurante hasta que lo tuve justo delante. Detrás de mí, Hayley se me agarró al estómago con tanta fuerza que pensé que me iba a sacar un riñón por algún orificio inesperado.
El conductor del carrito se sorprendió tanto de verme como yo de verlo a él. Ya no había manera de deshacer lo hecho. Si lo intentaba, me iba al suelo con la Vespa, y eso sería… bueno, muy feo. En serio, no hay nada peor que las rozaduras del asfalto.
Fue él quien nos salvó. Dirigió el carrito hacia el borde de la carretera y se deslizó por el terraplén que bajaba hasta un arroyo de aguas mansas.
Y, para colmo, el carrito volcó. Yo no sabía ni que los carritos de golf pudieran volcar.
No es que tuvieran el centro de gravedad muy alto. Pues el suyo volcó. Sí, dos veces.
Conseguí frenar justo cuando terminó de dar vueltas. Me quedé paralizada en medio de la carretera, agarrada al manillar de la Vespa, mirando hacia donde había desaparecido el carrito. Fue Hayley la que reaccionó.
—¡Ay, madre del amor hermoso! —exclamó.
Y salió disparada. Ya estaba al borde del terraplén cuando quise darme cuenta.
Eso me sacó del ensimismamiento. Dejé la Vespa a un lado de la carretera y la seguí.
El terraplén era empinado. Al verlo, entendí cómo había podido volcar el carrito: no había forma de que se mantuviera estable con una distancia entre ejes tan corta.
Pese a lo pronunciado de la pendiente, quise creer que nadie se había hecho daño de verdad.
«Es un carrito de golf. La gente no se hace daño en un carrito de golf». Era lo que no paraba de darme vueltas en la cabeza. Quería creerlo. Lo que no sabía era si podía. No conseguía imaginar otra cosa que miembros destrozados mientras el carrito daba vueltas de campana.
Hayley llegó abajo antes que yo. Se agachó junto a un tipo que había salido despedido del carrito. Tenía el pelo oscuro y no vi sangre. Puede que estuviera algo aturdido, pero con aturdido sabía lidiar.
—¡Mira a ver el conductor! —ladró Hayley.
A ella se le daban bien las crisis, probablemente porque había crecido en un rancho. Había visto catástrofes de verdad y cómo reaccionaban sus padres y los peones. Sabía mantener la calma. Yo casi nunca lo conseguía.
Le hice caso y fui a ver cómo estaba el conductor.
No sé cómo, pero seguía en el carrito. No vi ningún cinturón de seguridad y, sin embargo, allí continuaba, en su sitio, con las manos aferradas al volante y los nudillos blancos, como si todavía estuviera conduciendo.
Tenía la piel pálida —del color de la muerte—, aunque no parecía que estuviera sangrando.
Me tranquilicé al ir repasando sus rasgos uno a uno.
Era fuerte, estaba en forma y, obviamente, muerto de miedo. Con todo eso sabía lidiar.
—Enhorabuena —anuncié, por quitarle hierro al asunto. Si conseguía convertir aquello en una anécdota divertida, puede que no le diera demasiada importancia—. Acabas de sobrevivir a algo que te servirá para romper el hielo en cócteles aburridos durante años.
Despacio, tan despacio que me recordó a una escena de película de miedo —podría haber sido cualquier película de terror, en realidad—, el hombre volvió la mirada hacia mí. Parpadeó, atónito, al cruzarse nuestras miradas, y solo entonces lo reconocí.
—Espera —dije, mientras las piezas empezaban a encajar en mi cabeza.
Su reacción me confirmó que tenía razón.
Era el hombre que recordaba: el hombre al que me había dedicado a espiar por internet después de lo que yo llamaba el incidente y Hayley, la catástrofe.
Mi asistente, Paisley, lo llamaba la hemorroide de Satán, pero esa era una imagen en la que no podía detenerme demasiado.
—Tú —dije.
—Tú —masculló él. Sonaba mucho más furioso que yo. La verdad es que no podía culparlo.
—Big Butt Bates.
Ese no era su nombre: era B. B. Bates. Después de su crisis al terminar la mesa redonda del congreso, cuando me acusó de un montón de cosas, entre ellas de robarle el protagonismo, de intentar eclipsar su sol y de estar empeñada en meterlo en la lista personal de ejecuciones de Amy Ryan —y yo que me creía dramática—, había tirado una bandeja de cócteles y había salido corriendo de la sala.
No había vuelto a verlo desde entonces. Después de aquello, empecé a llamarlo Big Butt Bates —Bates Culo Gordo— porque, bueno, por lo visto tengo la madurez de una niña de tres años.
Me hacía sentir mejor. Pintarlo a él como el problema me permitía pasar de puntillas sobre mi parte de culpa.
El plan había sido localizarlo en el siguiente congreso y disculparme.
El problema fue que no apareció en el siguiente congreso…
ni en el otro… ni tampoco en el de después.
Se había esfumado del circuito literario.
Eso no era inaudito —los escritores son unas criaturitas muy teatrales—, pero que hubiera pasado justo entonces no me daba buena espina.
—¿Cómo me has llamado? —exigió saber, y eso me devolvió al aquí y ahora.
—Buddy —respondí sin titubear—. Te he llamado Buddy.
—¿Y por qué me vas a llamar Buddy? —Estaba que echaba humo.
—Es tu nombre. ¿Cómo te iba a llamar si no?
—Me llamo Brody.
Tragué saliva. Brody. Claro. ¿Cómo se me podía haber olvidado?
Le habían puesto el nombre de mi personaje favorito de Tiburón.
O eso me había contado yo misma, porque así resultaba más interesante.
Sí, bueno, esa no era la conversación que deberíamos estar teniendo en ese momento. Tenía que reconducir la situación.
—¿Estás herido, Brody? —pregunté en tono neutro—. ¿Te has roto algún hueso al caerte de la carretera?
Me lanzó una mirada de absoluta incredulidad.
—No me he caído de la carretera. Tú me has sacado de la carretera.
Aquello era una exageración tremenda.
—Te has salido de la carretera tú solo.
—Para no atropellarte.
—No es exactamente así como yo lo recuerdo.
Se le quedó la boca abierta.
—¿Perdona? —La voz se le volvía más chillona a cada segundo—. Venías volando hacia mí como uno de los monos de El mago de Oz. Con las garras fuera, la cola dando sacudidas y sin ningún control.
Por alguna razón, la imagen que estaba describiendo me arrancó una sonrisa.
—¿Me acabas de llamar mono volador?
Brody no estaba de humor para risas.
—¡Esto no tiene ninguna gracia!
Hizo el amago de salir del carrito. Me alegró ver que se tenía en pie sin problemas. Por supuesto, como el día estaba gafado, resbaló en la hierba y se cayó de cara sobre un montón de musgo.
Se me abrió la boca cuando rodó para quedar boca arriba. Tenía musgo pegado a la cara y churretes de tierra por el cuello. Sí, también había un gusano. Apreté los labios, lancé una mirada rápida a Hayley y la encontré contemplando la escena con horror absoluto.
—¿Qué hago? —articulé sin voz.
Se encogió de hombros, lo que me hizo mirarla con furia. Iba a tener que hacer algo más que eso.
—¿Qué hago? —volví a articular, exagerando el gesto.
Esta vez ni se molestó en encogerse de hombros. Se quedó ahí plantada como una idiota.
Lo decidí en ese mismo instante y cuadré los hombros.
Di dos pasos vacilantes hacia Brody y me incliné para mirarlo desde arriba.
El gusano seguía ahí, seguía siendo igual de asqueroso.
La tierra no era lo peor que había visto en mi vida.
La mirada que tenía, en cambio, era sobrenatural. Parecía poseído.
—¿Has visto El exorcista? —pregunté sin pensar.
—¿Estás a punto de vomitarme sopa de guisantes encima? —preguntó con voz inexpresiva.
—No. Es solo que hay algo en tus ojos que me recuerda a esa película.
—Ah. —Estaba tranquilo. Demasiado tranquilo, en realidad. Me hacía pensar en un petardo a punto de estallar. Iba chisporroteando, pero antes o después llegaría a la pólvora.
—¿Quieres que te ayude a levantarte? —pregunté, decidida a ser útil.
—No. Creo que me voy a quedar aquí.
—¿Mirando al cielo, sin más?
—Supongo que, al final, me despertaré de esta pesadilla horrible, sea lo que sea.
—Eso estaría bien, ¿verdad? —Yo estaba totalmente a favor de que aquello fuera una pesadilla. Aunque tenía malas noticias para él—. Por desgracia, esto es real. —Tenía que contarle el resto—. Tienes un gusano en la cara.
Se movió tan rápido que pensé que se iba a arrancar el brazo del hombro. Se quitó el musgo de la cara de un manotazo, emitió un extraño zumbido y luego me clavó una mirada furiosa.
—¿Qué haces aquí? —estalló.
—¿Te refieres a en la cuneta? He venido a ver cómo estabas. Cuando diste ese volantazo, pensé que era mi deber cívico asegurarme de que estuvieras bien.
—Porque tú eres la razón de que esté en esta cuneta.
Preferí no comentar nada al respecto.
—¿Quieres que te ayude a levantarte? —Usé mi voz más agradable y le tendí la mano.
Me miró como si fuera a restregarle caca después de un mal apaño con el papel higiénico.
—Qué. Haces. Tú. Aquí. —Lo soltó entre dientes, como si tuviera la boca llena de canicas.
—Acabo de decírtelo. —Quizá tuviera una lesión en la cabeza. Eso explicaría su comportamiento.
—No en esta cuneta —replicó—. ¿Qué haces aquí, en The Landings?
—Ah. —Desde su punto de vista, era una pregunta muy buena—. Me acabo de mudar. Vivo en Yam Gandy Road. ¿Sabes qué es un yam gandy?
Brody negó con la cabeza con una indiferencia engañosa.
—Tú no vives aquí.
—Sí que vivo. Me he mudado hoy mismo. —Le sonreí de oreja a oreja, orgullosa—. Es mi primera casa.
Estaba claro que no le había impresionado.
—Tú no vives aquí —repitió.