Léelo y llora (Escribir lo correcto 1) 2 Dos #2
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2 Dos #2

—Hay muchas cosas que me gustan de este sitio.

Pero te mantiene encerrada, aislada del resto del mundo.

Aquí toda la gente es vainilla. Y, como tú eres vainilla, necesitas un chorrito de chocolate.

—Pareció darse cuenta de lo que acababa de decir—.

No lo decía en plan racial —añadió a toda prisa—.

Aunque un chorrito de chocolate no te vendría mal.

Eso sí, con demasiado chocolate no darías la talla.

A lo mejor deberías apuntar a la tarta de queso con fresa.

Puse los ojos en blanco.

—No me interesa salir con nadie ahora mismo.

—Claro que no. —Nathan asintió con la cabeza como si acabara de decir lo más lógico del mundo—. Hablo de mí. Además, al final superarás esto del bloqueo del escritor.

—No si decido perseguir el sueño de la gasolinera.

Me despachó con un gesto.

—Todo esto está en tu cabeza.

Me había abierto la puerta, así que decidí cruzarla.

—¿Y cómo se supera el bloqueo del escritor?

Hasta que no vi lo rosadas que tenía las mejillas no me di cuenta de que la conversación había tomado un rumbo extraño.

—¿Qué pasa? —pregunté mientras miraba a mi alrededor.

—No pasa nada. Es solo que… yo no creo mucho en el bloqueo del escritor. —Abrió las manos y se encogió de hombros.

Entrecerré los ojos.

—¿Perdona?

Era imposible que hubiera dicho lo que me había parecido oír.

—Lo siento. —Nathan parecía arrepentido de verdad—. No pretendo quitarle importancia a lo que estás pasando, pero no creo que eso exista en realidad.

—Esto… yo tengo bloqueo del escritor ahora mismo.

—Sí, yo creo que lo que tienes es una crisis nerviosa o algo así. —Chasqueó la lengua—. A eso me refiero con el bloqueo del escritor. La gente lo llama bloqueo del escritor, pero en realidad es depresión… o ansiedad… o agotamiento. La imaginación no se puede apagar.

Sentí una punzada de rabia.

—No estoy deprimido.

—No —concedió—. Pero ansiedad sí tienes. —Encogió los hombros—. Desde aquello del congreso con Bree James…

—No digas su nombre —solté entre dientes. Me recorrió una oleada de calor y podría haber jurado que notaba cómo se me ponía la tensión por las nubes.

La sonrisa de Nathan volvió, más amplia que nunca.

—No fue para tanto.

No quería hablar del congreso del infierno.

Cada vez que pensaba en él, tenía que meterme en la cama el resto del día con una migraña.

Aquel congreso había sido… bueno, no bueno.

Fue el último al que asistí, aunque tampoco iba a poder escurrir el bulto mucho más tiempo.

Por raro que parezca, las editoriales no tenían ninguna compasión con una ansiedad que, en su opinión, uno debería superar sin más.

—Fue el peor día de mi vida —dije.

Nathan soltó una risita.

—Tuvo su gracia. —Captó mi expresión—. Entiendo que a ti no te parezca divertido, pero es una de esas historias de las que luego te ríes al recordarlas.

—Yo no me río cuando pienso en ese día.

Teníamos que dejar de hablar del tema. Solo con pensar en Bree James y en cómo se había apropiado de la mesa redonda, había menospreciado todo lo que yo había hecho y había dicho que la fantasía épica era cosa de empollones paliduchos y sin habilidades sociales…

Bueno, no quería darle más vueltas. Dijo muchas cosas aquel día.

Fue la reina de la sala. Todo el mundo se rio, incluso aquellos a los que iban dirigidos los ataques.

Yo, en cambio, no me reí. Cada pullita iba dirigida a mí.

Y eso fue después del asunto de Amy Ryan, por el que en los círculos de autores seguían burlándose de mí.

Todos creían que lo había hecho a propósito.

—Entiendo que aquel día no te fuera bien —dijo Nathan con su voz más paciente—, pero tienes que dejarlo atrás. Si no sigues adelante…

No hacía falta que terminara la frase. Mi carrera pendía de un hilo. Era plenamente consciente de ello.

—Estoy en ello. Tengo un plan.

—¿Ah, sí? —Nathan esbozó una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Cuál es el plan?

—No voy a dejarme salir de casa hasta no haber escrito dos mil palabras cada mañana.

—Ah, o sea que vas a hacerte prisionero en tu propia casa.

—Algo así.

Abrió la boca y la volvió a cerrar. No creía que fuera capaz. Se le veía en la cara. Podía ser un pesado, pero también era un buen amigo. Jamás me echaría en cara mis defectos.

—Ya lo resolveremos —dijo—. He alquilado una casa aquí para terminar mi libro. Estaré cerca.

Eso era nuevo para mí.

—¿En serio?

Asintió.

—Quiero documentarme para mi próximo libro mientras esté aquí. Savannah tiene una tradición de fantasmas buenísima. Mi hermana está cuidando de mi casa ahora mismo y es muy cargante. He estado pensando en hacer algo con fantasmas, para cambiar de aires.

Solo pude asentir. Ahí estaba Nathan, con ideas para varias historias amontonándose. Yo tenía un esquema escena por escena terminado hacía casi dos años. No lograba pasar del tercer capítulo. Llevaba atascado ahí una eternidad. Me sentía un auténtico fracasado.

Quizá me leyera la expresión, porque Nathan me dio unas palmaditas en la muñeca.

—Todo saldrá bien. Lo superaremos.

Le agradecí el gesto. Aunque no estaba seguro de que quedara algo que superar. Quizá simplemente estaba acabado.

UNA HORA MÁS TARDE, LLEVÉ A NATHAN HASTA MI carrito de golf negro, el modelo estándar.

Un año antes me había burlado cuando la gente me decía que necesitaba un carrito de golf para moverme por la urbanización —tenía coche, ¿para qué quería un carrito de golf?

—, pero enseguida me di cuenta de que tenían razón.

Allí los carritos de golf eran el medio de transporte preferido.

Los coches eran un peligro para los carritos.

Estuve a punto de atropellar tres con el coche antes de rendirme y comprarme uno.

Ahora lo usaba más que el coche, que estaba aparcado en el garaje acumulando polvo, porque casi nunca salía de The Landings.

—Mira, esto, esto de aquí, es lo que más me gusta de este sitio.

—Nathan se subió de un salto al asiento del pasajero del carrito.

No estaba borracho, pero se había bebido dos cócteles con la comida y parecía exageradamente contento—.

Yo me vendría a vivir aquí solo por poder ir por ahí en un carrito de golf.

Me hizo reír.

—Sí, bueno…

—Aunque tendrías que decorarlo o algo —continuó Nathan—. Es que es muy soso.

—No creo que esté permitido decorarlos —murmuré distraído mientras arrancaba el carrito.

Me miró de reojo.

—Ahí está, ese es justo el problema. Este sitio ahoga la individualidad. Es rarísimo.

Me encogí de hombros.

—No necesito decorarlo.

Iba atento al salir del aparcamiento. El problema era que iba buscando con la vista otros carritos de golf. Me había acostumbrado al tráfico de la comunidad. Sabía qué me podía encontrar… y desde luego no era un escúter con dos personas encima saliendo de la nada.

El escúter venía por mi carril. Me fijé en los ojos aterrorizados de la mujer, clavados en los míos, cuando quedó claro que no iba a poder corregir la trayectoria del escúter a tiempo para esquivarme.

Hice lo único que podía hacer: di un volantazo a la derecha y salí disparado hacia la cuneta.

Después todo se volvió un borrón. El carrito se volcó de costado. Y siguió dando vueltas mientras rodaba terraplén abajo.