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DOS
—Lo digo en serio.
Clavé la mirada en Nathan sin pestañear.
—No estoy haciendo un drama.
A nuestro alrededor, la gente charlaba sin parar y se comía sus carísimas ensaladas y wraps como si el mundo no estuviera a punto de precipitarse en el Armagedón.
—Ah, tú no. —Nathan se rió y negó con la cabeza antes de alargar la mano hacia su cóctel.
Era el único tío que conocía capaz de tomarse un cóctel con la comida y pretender ser productivo después.
—Tú nunca harías un drama. No lo llevas en el ADN.
No siempre se me daba bien la gente —tenía una ansiedad terrible en las multitudes, que en los dos últimos años no había hecho más que empeorar—, pero el sarcasmo lo pillaba igual que cualquiera.
—Lo que tú digas —refunfuñé, y volví a la carta del Deer Creek A Coastal Grill, uno de los locales con el peor nombre que había pisado en mi vida. Por suerte, lo que le faltaba en nombre lo compensaba con una comida increíble.
—Ah, me encanta. —Nathan se rió—. Me recuerdas al Nathan adolescente.
—Deduzco que el Nathan adolescente era un encanto —dije con sequedad.
—Ah, era un capullo integral. Mi madre todavía me echa en cara algunas de las cosas que hice. Claro que, ahora que soy un autor de fama mundial…
Le dedicó un guiño ridículo a una mujer que pasaba y que se había animado al oír la palabra «autor».
Conseguí contener el fastidio hasta que ella se alejó y entonces moví la mano en círculos para recordarle que estábamos en medio de una conversación.
—¿Por dónde iba? —preguntó Nathan, que volvió a mirar por encima del hombro para seguir el avance de la mujer.
—Me estabas contando que el Nathan adolescente era un sociópata —respondí sin titubear.
Se atragantó al soltar un bufido.
—No era un sociópata. Pero un pesado sí era. Mi madre jura que no creía que llegara a sobrevivir a la adolescencia porque era un salvaje… y todo un donjuán.
—¿Eras todo un donjuán a los quince?
—Era todo un donjuán a los trece. —Volvió a guiñar un ojo, lo cual me irritó a todos los niveles.
—Yo voy a pedir la ensalada de quinoa del mercado —anuncié.
Las cejas oscuras de Nathan dieron un brinco.
—Vaya. Qué fiestón.
Lo ignoré.
—Dicen que la quinoa es buenísima para limpiar por dentro.
—Pues justo en eso quiero pensar mientras como —dijo Nathan arrastrando las palabras y negando con la cabeza—. Yo voy a pedir el BLT de langosta, porque quien decidiera juntar esas dos cosas fue un genio. —Volvió a dar un sorbo al cóctel—. Y pagas tú.
No se lo discutí. Había sido yo quien lo había invitado a comer con la excusa de hablar de un problema. Lo justo era que pagara yo.
—Vale.
Sonreí, porque me pareció lo que tocaba.
—Genial —dijo Nathan con su habitual despreocupación.
Se recostó en la silla y me observó. Casi podía ver los engranajes girando dentro de su cabeza.
—¿Y qué tal te va todo? —pregunté, con la firme intención de cambiar de tema.
Se me daba fatal la cháchara, así que aquella conversación iba a ser incómoda a más no poder.
—El libro va genial. Lo único que tengo que decidir es si el payaso se va a convertir en un demonio o si un demonio intentó poseer al payaso pero quedó atrapado porque dentro del payaso había algo todavía más terrorífico. Pero ya lo iré resolviendo.
Parpadeé. Y volví a parpadear. El terror no era mi género. No quería ver películas de terror. No quería leer nada más oscuro que Pesadillas. A Nathan le encantaba todo eso.
—Bueno, supongo que eso está bien —dije—. Por pura curiosidad, ¿por qué un payaso?
—Porque la gente les tiene pánico a los payasos.
—Y con razón.
Se encogió de hombros.
—Nunca he hecho un payaso. Siempre he querido hacerlo. Terrifier volvió a poner de moda a los payasos. Me pareció que debía aprovechar la ola.
Asentí. Tenía sentido. Los tropos eran importantes en nuestro oficio por algo.
—¿Cuándo crees que lo terminarás?
—En un par de semanas. Luego necesito darle una buena relectura de principio a fin. Después se lo mandaré al editor y a partir de ahí ya veremos. No creo que necesite mucho trabajo más allá del primer borrador. He ido editando sobre la marcha, y está bien.
Nathan nunca sufría una crisis de fe. Siempre sabía que lo que escribía era bueno. A mí me pasaba justo lo contrario.
—¿Y a ti qué tal te va? —preguntó Nathan cuando pasé varios segundos sin decir nada.
Todavía no tenía ganas de entrar en mis problemas. Necesitaba más tiempo. Por suerte, la camarera apareció en ese momento para tomarnos nota de las bebidas. Nathan tenía la capacidad de atención de un mosquito. Supuse que pasaría a otro tema en cuanto ella se marchara. Me equivoqué.
—¿Sigues sin escribir? —preguntó Nathan, sin apartar la mirada de mi cara.
Su tono no era acusador —un milagro, por pequeño que fuera—, pero se le notaba la preocupación, lo que no contribuyó en nada a calmar mi ansiedad.
—Estoy escribiendo —repliqué—. Lo que pasa es que lo tiro todo a la basura en cuanto termino.
—¿Y por qué haces eso?
—Porque es una mierda.
—¿Y cómo sabes que es una mierda?
—Porque cuando lo leo, lo único que me viene a la cabeza es un váter.
Nathan soltó un bufido, pero enseguida se contuvo.
—Tía, creo que lo más importante es escribir. Ponlo por escrito y ya está. Todo lo malo se puede pulir en la edición. Para eso existen los editores, ¿no? —Levantó la mano para que le chocara los cinco, pero no le di el gusto.
—Es que estoy atascada —respondí cuando bajó el brazo—. No sé qué me pasa.
—¿Cuándo tienes que entregar el libro nuevo?
Esta vez no hubo forma de disimular la mueca.
—Hace seis meses. —Evité su mirada—. Conseguí una prórroga, pero… solo tengo tres meses para entregárselo.
—¿Y no estás escribiendo nada? —Nathan no se lo creía.
Varias cabezas se volvieron hacia nosotros al oír su voz chillona. Les sonreí antes de clavarle a Nathan una mirada asesina.
—¿Puedes bajar la voz?
Estaba muerta de vergüenza. Tenía que ver a esa gente a menudo. The Landings podía ser grande —enorme, en realidad—, pero era una comunidad cerrada. Me cruzaba con las mismas caras más de lo que me habría gustado.
—Tía, tienes que ponerte las pilas. —Nathan había bajado la voz, pero no parecía contento—. Si incumples un segundo plazo…
No necesitaba que me explicara lo que pasaría si incumplía un segundo plazo. Se acabaría. Todo. Mi incipiente carrera de escritora desaparecería para siempre y tendría que ponerme a trabajar en una tienda.
Bueno, en realidad no. Esa era solo la historia que me contaba a mí misma cuando me entraba el pánico de verdad.
Mi mente empezó a divagar, porque, a pesar de lo que le había dicho a Nathan, yo era un alma dramática.
—¿Siguen existiendo esos empleados de gasolinera cuyo único trabajo es echar gasolina en los coches de los demás? —pregunté de la nada—. Lo digo porque creo que sería un trabajo en el que destacaría cuando todo esto de escribir se vaya al garete.
A Nathan se le curvaron los labios.
—Creo que hay un estado en el que, por ley, tiene que echártela otra persona. Nueva Jersey o algo así.
—Ay, madre, yo no quiero vivir en Jersey.
Aquello sonaba a un destino peor que la muerte.
—Pues la costa de Jersey está bastante bien. Es preciosa.
—¿Allí no nieva?
Hizo una pausa.
—Ah, claro, tú tienes un tema con la nieve. Te da miedo.
Le lancé una mirada fulminante.
—No me da miedo. Es que no quiero tener que lidiar con ella. Fue una de las razones por las que acabé en Savannah.
—Pensaba que habías elegido Savannah para estar cerca de tu padre.
En realidad, eso había sido un punto en la columna de «No vivas aquí» cuando tomé la decisión un año antes.
Aunque Savannah me resultaba familiar. Mis padres se habían mudado a la zona —eso sí, a la parte pija del centro, llena de casas históricas y tés benéficos— cuando yo estaba en secundaria.
Tenía amigos —bueno, más bien conocidos— en la ciudad.
Savannah era un sitio donde no podía perderme si me dejaban a mi aire. Y además, el clima era justo lo mío.
Vale, los huracanes no tenían ninguna gracia y las lluvias torrenciales provocaban inundaciones.
Pero ninguna zona es perfecta. Así que, cuando un año antes me estaba entrando el pánico por el bloqueo del escritor, decidí mudarme pensando que un cambio de aires me ayudaría.
Savannah acabó, no sé cómo, en lo más alto de mi lista.
No había servido para el bloqueo, pero la comida era maravillosa.
—Simplemente me gusta Savannah —dije sin inmutarme. No quería hablar de mi padre.
—Pero ¿por qué elegiste este sitio? —Nathan miró a su alrededor.
Vivía justo al otro lado de la frontera, en Carolina del Sur, pero se comportaba como si Savannah fuera otro país—.
No me malinterpretes: tiene un ambiente interesante.
Si yo escribiera novelas de misterio, me pondría las botas con este sitio.
Ahora tenía toda mi atención.
—¿Por qué?
—Porque este es el tipo de sitio donde los secretos se entierran bien hondo, pero nadie olvida nunca —respondió Nathan—.
De hecho, la primera vez que vine a verte aquí empecé a trabajar en un esquema.
La junta que gobierna esta urbanización da mal rollo.
Tengo una idea sobre una junta vecinal demoníaca que pierde el control y empieza a matar a los residentes. Todo inspirado en este sitio.
Miré a mi alrededor inexpresiva.
—O sea… que odias este sitio. Eso es lo que me estás diciendo.
Se encogió de hombros.
—Mira, tiene cosas buenas. Los restaurantes son increíbles. Aquí no he comido mal ni una vez. Me gustan los bares. Si viviera aquí, estaría en esos bares todas las noches ligando con algún bombón.
Me tapé los ojos con la mano. No podía ni mirarlo.
—No me digas que acabas de decir «bombón».
Hizo como si no hubiera dicho nada.