Léelo y llora (Escribir lo correcto 1) 1 Uno #2
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—Pero hablemos de los restaurantes, porque son una de las mejores cosas de este sitio —dijo ella, y volvió a repasar la oferta de The Landings—. Hay un Deer Creek A Coastal Grill. Sí, se llama así de verdad. ¿Por qué no llamarlo simplemente Deer Creek?

Me encogí de hombros. En eso le daba toda la razón. Para mí, el único motivo para ponerle a algo un nombre tan rimbombante era hacer gracia. Y sí, yo lo había hecho unas cuantas veces en mis libros. A los lectores siempre les encantaba.

—Por lo que veo en la carta, sirven cosas como ostras y palmitos fritos.

—¿Eso son patatas fritas normales con condimentos raros?

—Yo diría que no —Hayley negó con la cabeza—. Tienen barra de crudos, así que puedes alimentar tu fetiche por el marisco.

Hice una mueca.

—A mí me gustan cosas como las patas de cangrejo al vapor y las colas de langosta. No me gusta nada crudo… bueno, nada de nada.

Me estremecí.

—El sushi es asqueroso. A ese carro no me subo en la vida.

—Sí, yo tampoco entiendo lo del sushi. El fuego se inventó por algo.

—¿Para que la gente no pasara frío?

—Para cocinar el mastodonte y que la gente dejara de morirse de intoxicaciones alimentarias.

—Eres muy sabia.

Le sonreí de oreja a oreja.

Ella estaba demasiado concentrada en el móvil para devolverme la sonrisa.

—Hay un asador.

—Me gusta el filete.

—Hay una taberna.

—¿No podían llamarlo bar y ya está?

Hayley se encogió de hombros.

—Hay una cabaña y una cocina móvil. Ah, espera. Si es que en este sitio hay bares a patadas. —Levantó la vista—. Por lo menos podrás emborracharte con regularidad. ¿Crees que se puede pedir un Uber dentro de la urbanización? Queda muy lejos para ir andando.

—No pienso emborracharme con esta gente —protesté—. Solo quiero una casa para mí. Además, ¿no te fijaste cuando entramos? Aquí nadie va en coche a los restaurantes y a los bares. Todos tienen carritos de golf.

Hayley juntó las cejas mientras lo asimilaba.

—Pues ahora que lo dices, no vi ni un solo coche.

Asentí.

—Pero ¿qué demonios? —quiso saber.

Me reí. No pude evitarlo.

—Es parte del «encanto». —Hice las comillas de rigor con los dedos.

—¿Vas a comprarte un carrito de golf? —El brillo de sus ojos me dijo que la idea le encantaba.

—En absoluto.

—Tienes que hacerlo.

—No es obligatorio para ser propietaria aquí. Lo comprobé.

—Me encanta que lo hayas comprobado. —Resopló y luego negó con la cabeza—. ¿Cómo no vas a querer un carrito de golf? O sea, sería una de las pocas razones por las que yo viviría en un sitio como este.

Aquellas palabras hicieron saltar algo dentro de mí.

—Espera… ¿No te gusta esto?

Esquivó mi mirada.

—Me encanta Savannah. Si mal no recuerdas, fui yo la que quiso que te mudaras aquí porque no vivo demasiado lejos.

—Me refiero a The Landings.

Vaciló, y se me encogió el estómago. Estaba convencidísima de que era el sitio ideal para mí desde el momento en que vi la casa. ¿Me había equivocado?

—Creo que la casa es preciosa —dijo Hayley por fin—. O sea… preciosa de verdad. Es alucinante, en serio.

—Pero… —insistí.

—Pero estas urbanizaciones tienen normas. O sea… normas estrictas. Y tú no eres de seguir normas.

—¿Qué tipo de normas?

—¿No las has consultado? —preguntó.

—No. Simplemente supuse que al comprar la casa podría hacer lo que me diera la gana.

Me lanzó una mirada compasiva.

—Ay, dulce niña de verano. —Suspiró y cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, parecía decidida—.

Para empezar, no puedes alquilar tu casa si decides irte a vivir a otro sitio.

No quieren que haya airbnbs en su comunidad porque eso podría atraer al «tipo de gente equivocado».

—Flexionó los dedos para dejarme claro a qué se refería.

—Ah, que no quieren que se la alquile a yonquis —dije con una risa—. Creo que eso puedo cumplirlo.

No parecía convencida.

—No son solo los yonquis.

—Compré la casa para vivir en ella, no para alquilarla. Me parece bien.

—Vale. —Asintió—. Solo puedes tener una construcción auxiliar, como un garaje, en la propiedad. Así que si tienes garaje, como es tu caso, no puedes tener además una casita propia en el jardín.

Fruncí el ceño.

—¿Y para qué querría yo una casita en el jardín?

—Las casitas en el jardín son una maravilla.

Ignoré el comentario y giré el dedo en el aire para que continuara.

—Hay normas sobre el mantenimiento de la propiedad, así que no dejes que la maleza se te descontrole. Los invitados tienen que ir acompañados por un propietario.

—No dejaré a mi tío Louis, el chiflado, suelto en uno de sus bares sin carabina —dije con sequedad.

—Prohibidos los carteles políticos y las decoraciones de jardín exageradas —dijo Hayley.

Titubeé.

—¿Perdona?

—Estoy bastante segura de que esos flamencos con sujetador de cocos que tanto te gustan van a estar prohibidos —dijo.

Los flamencos en cuestión eran adornos de jardín que habían conocido tiempos mejores. Seguían encantándome.

—Interesante. —Alcé la vista y miré alrededor como si alguien fuera a salir de entre las sombras—. ¿Algo más?

—Así de memoria, no.

—Mmm. —Lo medité un momento y luego señalé hacia la puerta—. Vámonos.

—¿Adónde vamos?

—A echar un vistazo. Si este sitio es un Stepford de manual, quiero verlo con mis propios ojos.

—¿Eso significa que vas a comprarte un carrito de golf para integrarte?

Resoplé.

—No voy a comprarme ningún carrito de golf. Es completamente innecesario. Tengo una Vespa.

—¿Te refieres a ese escúter diminuto que vi descargar a los de la mudanza? —Se echó a reír—. No vas a montarte en eso de verdad, ¿no?

—Pues sí. Me encanta ese cacharro. Antes me paseaba por todo Detroit con él.

—Esto no es Detroit.

—No me digas —dije arrastrando las palabras.

—Detroit tiene mucho más color que este sitio. Al menos que esta isla. Savannah en sí tiene algo de color.

—Sí, y tengo ganas de verlo. —Me dirigí hacia el garaje. El escúter estaba allí, casi con el depósito lleno, y me había asegurado de que también dejaran allí la caja de los cascos—. Vamos.

—No. —Hayley negó con la cabeza con vehemencia—. No pienso participar en la misioncita que hayas decidido que vamos a emprender.

—Sí que vas a participar.

—Que no. —Fue rotunda—. Yo soy buena chica. Tú vas a romper las normas de este sitio nada más llegar. Te conozco.

Solo tenía razón en parte. No pensaba romper las normas a propósito. Pero eso no quería decir que no estuviera dispuesta a tantear los límites.

—Venga, vamos. ¿No quieres echar un vistazo a todos los restaurantes y bares?

Titubeó.

—¿No quieres ver las pistas de pickleball?

Suspiró al instante.

—Sabes que me encanta el pickleball.

Lo sabía, claro. Yo, personalmente, no le veía la gracia a ese deporte.

—Venga. Solo vamos a echar un vistazo y a picar algo. Sé que tienes hambre y te prometí una cena.

—Vale, pero no voy a comer nada de la barra de crudos.

Eso me hizo reír.

—En eso coincidimos. Iremos al asador o algo así.

—Bueno, pero si te detienen los seguratas de pacotilla, pienso salir corriendo al bosque y fingir que no te conozco.

—Me parece más que justo.