Léelo y llora (Escribir lo correcto 1)
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1 Uno
UNO
EN LA ACTUALIDAD
—¿Qué pasa con los nombres de las calles?
Mi mejor amiga, Hayley Clifton, ladeó la cabeza rubia y estudió el mapa plastificado que venía en el dosier que me habían dado al mudarme a The Landings, una urbanización calificada de «lujosa», en la isla de Skidaway, en Savannah, Georgia.
—¿Qué quieres decir?
Observé a los de la mudanza dejar el sofá en el salón.
Uno de ellos levantó la vista para preguntarme en silencio si el sitio estaba bien. Asentí. Ya colocaría los muebles donde quisiera una vez estuvieran dentro. Solo necesitaba que se fueran. Había sido el día más largo de mi vida.
—Vives en Yam Gandy Road. ¿Qué es un Yam Gandy? —preguntó Hayley.
Me encogí de hombros. Puede que fuera escritora, alguien que entendía las palabras mejor que la mayoría, pero no tenía ni idea.
—Sé lo que es un boniato.
—Entonces… ¿vives en la calle del boniato de Temu?
Apreté los labios para no reírme. No funcionó.
Se me escapó una carcajada y Hayley se unió.
Hayley escribía novela romántica. Nos habíamos conocido en la universidad, cuando las dos entramos en un grupo de narrativa lleno de la gente menos graciosa que jamás haya puesto los dedos sobre un teclado.
Bree James y Hayley Clifton no habían encajado nada bien con Jim Pile, un escritor de ficción literaria que creía que había que sudar cada frase durante una hora entera.
Jessica Midgen, una escritora de ficción femenina que nunca había conocido a una protagonista a la que no quisiera torturar con algún tipo de cáncer, se había quejado a los organizadores de que aquel grupo era para escritores serios y había dicho que Hayley y yo claramente no lo éramos.
No nos echaron, pero nadie nos tomaba en serio.
A primera vista, éramos una pareja extraña.
Hayley escribía romance blanco. Eso significaba nada de palabrotas, nada de sexo —incluso insinuar que el héroe y la heroína pudieran hacerlo le parecía pasarse de la raya— y nada de drogas.
Básicamente, sus vaqueros no podían ponerse zahones por ningún motivo que no tuviera que ver con los caballos.
Yo, en cambio, escribía fantasía paranormal subida de tono, en la que el héroe y la heroína de vez en cuando tenían que resolver algún misterio molesto o salvar el mundo a base de peleas, pero eso siempre quedaba en segundo plano frente a los revolcones.
Dedicaba más tiempo a escribir escenas de sexo que a cualquier otra cosa, y se me daba bien.
Hayley insistía en que no le contara qué estaba escribiendo cada día porque estaba convencida de que se moriría de vergüenza.
Su negativa a hablar siquiera de sexo me daba que pensar.
Era lesbiana —otra cosa de la que no quería hablar— y parecía estar la mar de bien flotando por la vida sin más ataduras que el grupo de escritores con el que nos habíamos hecho amigas.
La adoraba. Aunque a veces no la entendía.
—¿En serio estás obsesionada con los nombres de las calles? —pregunté mientras volvía a vigilar a los de la mudanza.
Ya casi habían terminado. Estaba impaciente. No era que tuvieran nada de malo —parecían perfectamente normales, muchas gracias—, pero me moría por dejarme caer en el sofá y fingir que no tenía un millón de cajas por desembalar.
—No creo que entiendas la gravedad de la situación. —La expresión de Hayley era solemne—. No es solo Yam Gandy Road. También hay Peregrine Crossing y Water Witch Crossing.
Me quedé pasmada.
—¿Hay una Water Witch Crossing? Jo, debería haberme mudado a esa calle.
Ella negó con la cabeza.
—Es una de esas calles diminutas. Solo tiene seis casas.
—Qué pena.
Me lanzó una mirada compasiva.
—Hay una Cotton Crossing.
—Para el Sur, eso suena bastante desafortunado.
—Hay Lampwick Lane, Rookery Road y Sweetgum Crossing.
La sonrisa me volvió al instante.
—¿Por qué crees que tienen tantos nombres de calles raros?
—No tengo ni idea. Deberías haberlo averiguado antes de mudarte aquí.
Le hice un gesto para que lo dejara y cogí el sobre con el dinero que había apartado para la propina de los de la mudanza.
—¿Eso es todo? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
El hombre había entrado en la habitación después de la última entrega y se había quedado mirándome con los brazos en jarras. Si esa no era una mirada de págame ya, entonces se me daba muy mal juzgar a la gente.
—Tiene que pagar la factura que le acabo de enviar por mensaje antes de que pueda irme —dijo con voz rasposa.
No sabía si me hacía gracia o me fastidiaba.
—¿Qué pasa si no la pago? —Tenía toda la intención de pagarla, pero aquel tipo no había tenido ni una pizca de gracia en todo el proceso y quería saber cómo reaccionaría—. ¿Lo embaláis todo otra vez y os lo lleváis?
Su mirada siguió igual de sombría.
—No. Eso sería demasiado trabajo. Simplemente romperíamos todo lo que ya hemos descargado. Y puede que después le peguéramos fuego.
Me quedé callada, dudando.
—¿Era eso una broma? —pregunté al final.
Ladeó la cabeza y siguió callado.
—No era broma —murmuré mientras sacaba el móvil del bolsillo.
La factura estaba en mis mensajes. La abrí, miré el total y negué con la cabeza.
—Madre mía.
El de la mudanza levantó una ceja.
—¿Qué espera cuando paga a otros para que hagan lo que usted no quiere hacer?
—En eso tiene razón.
Pagué la factura. Aunque aquel hombre tenía la personalidad de mi culo, le di la propina. Fue generosa.
—Gracias por todo.
Miró dentro del sobre y luego me miró a mí. Por primera vez desde que nos conocíamos —lo que había ocurrido semanas antes en Michigan, cuando contraté a la empresa—, sonrió.
—Gracias.
De repente, era un tipo feliz.
Lo único que pude hacer fue negar con la cabeza. Por lo visto, debería haberle dado la propina desde el principio. Quizá eso habría hecho más agradable el viaje de dos días de Michigan a Georgia.
—Agradezco todo lo que habéis hecho. —Lo decía de verdad—. Esto era muy importante para mí.
El hombre no esperó a que le contara mi historia sobre empezar de cero. Se dio media vuelta y salió por la puerta principal. No la cerró al salir.
—Bueno, supongo que no quería escuchar esa historia —dije entre risas.
—No te lo tomes como algo personal —dijo Hayley—. Digo yo que cargar con todo ese peso pondría de mal humor a cualquiera.
Yo estaba en lo mismo. Mi sentido práctico de Michigan —no se puede vivir cerca de Detroit y no tener instinto de supervivencia— me hizo cerrar la puerta y echar la llave. Después volví con ella a la mesa de la cocina.
—¿Hay más nombres de calles graciosos?
—Bah, con esos ya me he rendido. Estoy en la web de The Landings. ¿Sabías lo que era este sitio cuando decidiste mudarte aquí?
Me encogí de hombros mientras me sentaba.
—Es vida de lujo.
Solté una risa hueca. Me había criado pobre; pobre de solemnidad. La vida de lujo era algo a lo que todavía me estaba acostumbrando.
—¿Cuál es el problema?
—Bueno, para empezar, dicen que está «cuidadosamente planificada y bellamente mantenida» y que promete «una vida bien vivida en una de las comunidades privadas más distinguidas de Estados Unidos».
—¿Y eso por qué es un problema?
—Suena muy Stepford.
Ahora que lo decía, no podía quitarle la razón.
—Yo quería vivir en Savannah.
Y era la verdad. Cuando decidí dejar Michigan —algo que llevaba mucho tiempo gestándose—, solo me planteé dos destinos. Eran mis lugares felices. En Nueva Orleans caían demasiados huracanes. Eso dejaba Savannah, que también sufría huracanes, pero no al mismo nivel.
—Miré casas en el centro, pero muchas son históricas —expliqué—. Parecía mucho trabajo. Además, cuanto más cerca del centro, menos metros consigues por el mismo precio. Habría tenido que vivir en un piso en vez de en una casa.
—¿Y por qué eso es lo peor del mundo?
Me encogí de hombros. ¿Cómo se lo explicaba?
Hayley había crecido en una granja de Tennessee antes de mudarse a las afueras de Savannah.
Se había sentado todas las noches a la mesa con sus padres y sus hermanos y habían hablado de cómo les había ido el día.
Yo no me acordaba ni de mi padre. Se largó cuando yo era un bebé.
Y en cuanto a mi madre, bueno, ella vivía la vida a su manera y los demás tenían que adaptarse.
—Yo siempre quise tener una casa —dije al fin—. Algo que fuera mío de verdad.
Hayley levantó la vista. Habíamos hablado de mi madre —sobre todo cuando yo iba borracha, en la universidad— y Hayley entendía lo básico, pero ni siquiera ella lo captaba del todo. Nunca le había contado a nadie la historia completa de mi madre.
—Vale.
Al verme la cara, cambió rápidamente de táctica.
—Pero este sitio sigue siendo una locura. ¿Te informaste antes de decidir venirte a vivir aquí?
—Simplemente me gustó la casa.
Y era cierto. Tenía unos armarios blancos preciosos, encimeras de mármol y unos suelos de baldosa espectaculares. Me enamoré en cuanto vi las enormes estanterías del salón. Ya sabía exactamente cómo iba a decorarlas.
—Bueno, pues deja que te ilustre —Hayley se aclaró la garganta como si se preparara para un gran discurso—. Es una comunidad privada porque tienen seis campos de golf.
Fruncí el ceño.
—¿Hay seis campos de golf en Savannah?
—No, hay seis campos de golf en The Landings.
—Madre mía.
No me imaginaba darle a una bola con un palo tantas veces.
—Qué raro.
—Se pone más raro… y más guay. El club deportivo tiene pickleball y yoga.
—Yo no hago ninguna de las dos cosas.
Me ignoró.
—Hay más de ocho mil residentes y la cuota completa de socio de golf pasa de los treinta mil dólares —me clavó la mirada—. ¿Tú pagaste la cuota completa de golf?
Era lo más absurdo que había oído en mi vida.
—No. Aunque creo que me apunté a la de socia del club deportivo o algo así. Solo recuerdo que, si quería comer en los restaurantes, tenía que ser socia de algo.
—¿Lo ves? —Hayley me señaló con el dedo—. Stepford.
Me reí sin poder evitarlo.