24
Tres meses después.
La mansión Beaumont brillaba aquella noche como una joya en mitad de Londres.
Decenas de carruajes avanzaban lentamente frente a la enorme escalinata iluminada mientras criados uniformados abrían puertas y ayudaban a descender a la aristocracia inglesa bajo la luz cálida de los faroles.
Música, conversaciones y risas elegantes escapaban desde el interior del edificio hacia la noche fría de invierno.
La temporada social había comenzado oficialmente y Eleanor habría preferido ser atropellada por un caballo antes que asistir.
—Intenta parecer un poco más entusiasmada —murmuró su madre mientras se ajustaba los guantes dentro del carruaje—. Pareces una mujer camino de un juicio.
Agatha soltó inmediatamente una pequeña risa al otro lado.
—Personalmente creo que tiene expresión de alguien a punto de encontrarse con un futuro duque muy atractivo.
La madre de Eleanor arqueó una ceja.
—¿Perdón?
—Nada —respondió Agatha inocentemente.
Eleanor lanzó una mirada asesina a su tía mientras el carruaje finalmente se detenía frente a la mansión.
Su madre suspiró antes de bajar.
—Bueno, Eleanor, espero sinceramente que Bath te haya ayudado a sentar un poco la cabeza. Ya tienes edad suficiente para comenzar a pensar seriamente en el matrimonio.
Agatha carraspeó para ocultar una sonrisa.
Si su madre supiera que el futuro duque de Ravensmere llevaba meses amenazando epistolarmente con casarse con su hija…
Eleanor descendió finalmente del carruaje, intentando ignorar cómo se aceleraba peligrosamente su corazón. Anthony estaba allí, en alguna parte, y llevaba semanas imaginando exactamente ese momento.
Entraron al gran salón principal, viéndose rodeadas inmediatamente de música, vestidos elegantes y conversaciones aristocráticas perfectamente ensayadas.
Los enormes candelabros iluminaban el techo dorado y las paredes estaban cubiertas de espejos donde la alta sociedad londinense parecía admirarse constantemente a sí misma.
Eleanor no escuchaba nada, estaba demasiado ocupada intentando no buscarlo desesperadamente entre la multitud.
—¡Eleanor! —Se giró sobresaltada justo a tiempo para ver aparecer a su amiga Rosalind atravesando invitados para abrazarla—. Dios mío, has desaparecido durante meses —protestó su amiga, separándose apenas para observarla mejor—. Y además estás guapísima.
Eleanor terminó riéndose.
—Hola a ti también.
Rosalind entornó los ojos.
—Oh, no, esa sonrisa significa algo.
Agatha apareció detrás de ellas con una sonrisa radiante.
—Oh, definitivamente significa algo.
—Tía Agatha.
—Cariño, no puedes pedirme discreción cuando literalmente llevas la cara de una mujer profundamente enamorada.
Rosalind abrió los ojos como platos.
—¿Qué?
Eleanor estaba a punto de morir socialmente.
—No escuches a mi tía.
—Oh, ahora necesito escucharlo absolutamente todo —dijo con una voz aguda que no dejaba ninguna duda sobre su entusiasmo.
Antes de que Eleanor pudiera impedir un desastre diplomático mayor, el murmullo del salón cambió ligeramente, como una pequeña ola silenciosa recorriendo la sala.
Rosalind giró apenas la cabeza y entonces sonrió lentamente.
—Ah.
Eleanor sintió que su corazón se detenía unos segundos. No necesitó mirar inmediatamente. Simplemente lo supo.
Anthony Ashford acababa de entrar al salón.
El futuro duque de Ravensmere avanzaba entre la multitud vestido completamente de negro. Elegante, alto y peligrosamente atractivo, tenía esa clase de presencia irritante que parecía intensificarse cada vez que Eleanor pasaba demasiado tiempo sin verlo.
Varias mujeres giraron la cabeza hacia él automáticamente, pero Anthony no miró a ninguna porque ya la había visto a ella.
Anthony se quedó completamente quieto.
El ruido desapareció lentamente alrededor de ambos.
Anthony la observaba como si hubiese olvidado respirar, y quizá era exactamente eso lo que estaba ocurriendo.
Eleanor llevaba un vestido azul oscuro que hacía resaltar todavía más sus ojos claros y el cabello rubio oscuro parcialmente recogido sobre los hombros.
Dios santo, sin duda era la mujer más hermosa del baile y de toda Inglaterra, mucho más de lo que Anthony recordaba.
Eleanor sintió un nudo en la garganta. Él la miraba de una forma que jamás había imaginado, como si fuese lo más extraordinario de aquella sala, como si todavía no pudiera creer que estuviese allí.
De pronto, todas las semanas lejos de él le dolieron muchísimo.
Anthony empezó a caminar hacia ella lentamente, sin apartar la mirada ni un segundo, y Eleanor tuvo que contener las lágrimas con no poco esfuerzo.
Agatha observó fascinada la situación.
—Bueno… eso definitivamente no es una mirada educada.
La madre de Eleanor parpadeó, confundida.
—¿Quién es…? —Entonces reconoció el escudo de Ravensmere—. Oh, oh… —exclamó su madre sin disimular.
Anthony se detuvo finalmente frente a Eleanor y durante unos segundos ninguno habló, simplemente se miraron con una sonrisa tierna.
—Dios mío… —susurró Anthony, mirándola de la cabeza a los pies.
Eleanor terminó soltando una pequeña risa temblorosa.
—Hola —acabó sonriente.
Anthony seguía mirándola completamente extasiado.
—No ayuda que estés así de preciosa después de semanas sin verte. Sinceramente, empiezo a pensar que quieres matarme de un infarto. —Eleanor sintió calor inmediato en toda la cara. Anthony bajó la voz, acercándose más—. Te he echado muchísimo de menos.
Aquello casi terminó de romperla por dentro allí mismo. Lo dijo con tanta sinceridad que Eleanor apretó los labios controlando las lágrimas. Se recompuso y lo miró.
—Yo también —le susurró.
Anthony cerró los ojos apenas un segundo al escucharla, como si aquella frase le hubiese dolido y curado al mismo tiempo.
Luego volvió a mirarla de arriba abajo, lentamente.
—Ese vestido debería ser ilegal.
—Anthony…
—No. Honestamente, esto es un ataque personal.
Ella terminó riéndose y Anthony sonrió al escucharla. Había echado muchísimo de menos esa risa.
Le tendió lentamente la mano.
—Baila conmigo.
No fue realmente una pregunta, nunca lo era con Anthony Ashford.
Eleanor tomó su mano despacio y el salón entero pareció quedarse todavía más silencioso cuando el futuro duque de Ravensmere la condujo directamente hacia el centro de la pista.
Varias personas comenzaron a murmurar, pues Anthony Ashford no bailaba prácticamente con nadie y mucho menos miraba a una mujer como estaba mirando a Eleanor Pembroke en aquel momento.
Los padres de Eleanor observaban la escena completamente sorprendidos mientras Agatha sonreía como una mujer que acababa de ganar una apuesta secreta contra la aristocracia inglesa.
Anthony deslizó una mano sobre la cintura de Eleanor mientras comenzaban a bailar lentamente. Se acercó hacia su oído con disimulo.
—Ahora mismo estoy considerando seriamente secuestrarte y desaparecer unos días de Londres.
Eleanor sonrió por la ocurrencia.
—Eso sería un escándalo.
—Sí, pero uno excelente… ¿lo hacemos?
Ella sonrió y negó con la cabeza.
—Tú también estás muy guapo esta noche.
Anthony arqueó apenas una ceja.
—¿Solo muy guapo?
—No voy a alimentar más tu ego.
—Demasiado tarde. Llevo cinco minutos bailando contigo y ya me siento invencible.
Eleanor terminó riéndose otra vez mientras él la acercaba un poco más y, durante unos minutos, el resto del salón dejó de importarles.
La casa de los Pembroke amaneció tranquila aquella mañana.
Londres todavía estaba cubierto por una ligera niebla invernal y el fuego crepitaba suavemente en el salón principal mientras la familia desayunaba entre conversaciones pausadas y el sonido ocasional de las cucharillas golpeando la porcelana.
Eleanor intentaba aparentar normalidad, pero fracasaba bastante. Anthony había ido a verla tres veces desde el baile y las tres veces había salido de la casa mirándola de esa manera peligrosa que hacía entrever que estaba planeando algo.
Agatha bebía té al otro lado de la mesa, observándola con expresión sospechosamente divertida.
La madre de Eleanor hablaba animadamente sobre la temporada social cuando uno de los criados apareció en la entrada del salón.
—Lord Ashbourne solicita ver al señor Pembroke.
En ese momento se hizo el silencio.
La cucharilla de la madre de Eleanor chocó contra la taza y Agatha cerró lentamente los ojos, como una mujer que acababa de recibir exactamente el entretenimiento que esperaba.
El padre de Eleanor levantó una ceja.
—¿Ravensmere?
—Sí, señor.
Eleanor sintió que el corazón intentaba directamente escapar de su pecho.
Agatha sonrió lentamente mientras sujetaba su taza de té.
—Bueno… esto se pone interesante —pronunció su tía.
La madre de Eleanor parecía a punto de sufrir un colapso mental.
—¿El futuro duque de Ravensmere está aquí? ¿Ahora mismo?
—Madre, por favor… —intentó calmarla Eleanor.
—¿Por favor qué? ¡Eleanor, lord Ashbourne apenas visita casas ajenas sin un motivo concreto, y desde luego no solicita hablar con los padres de nadie!
Agatha carraspeó suavemente.
—Oh, yo creo que el motivo está bastante claro.
Eleanor lanzó una mirada asesina a su tía justo cuando el criado volvió a hablar.
—Lord Ashbourne solicita hablar en privado con usted, señor Pembroke.
Aquello terminó de disipar cualquier duda restante y la madre de Eleanor se llevó directamente una mano al pecho.
Agatha parecía a punto de empezar a aplaudir y el padre de Eleanor observó lentamente a su hija. Eleanor comprendió inmediatamente que él también lo había entendido.
El señor Pembroke dejó finalmente la taza sobre la mesa y se puso en pie con absoluta calma británica.
—Bien… supongo que será mejor escuchar lo que el muchacho tiene que decir.
Agatha sonrió ampliamente.
—Oh, definitivamente sí.
Eleanor quería desaparecer.
Anthony esperaba en el salón contiguo cuando el padre de Eleanor entró, impecable como siempre, elegante y seguro de sí mismo, pero, por primera vez desde que lo conocía, ligeramente nervioso.
Anthony inclinó la cabeza respetuosamente.
—Señor Pembroke.
—Lord Ashbourne.
Se estrecharon la mano y después de unos segundos de silencio educado, el padre de Eleanor habló primero.
—Tengo la sensación de que esta no es una visita casual.
Anthony sonrió.
—No, señor. Me temo que no lo es.
El padre de Eleanor lo acompañó a su habitación privada, donde tomó asiento lentamente frente a él.
—Entonces, le escucho —le indicó con la mano.
Anthony guardó silencio apenas un instante y luego habló con una serenidad firme que hizo evidente que llevaba muchísimo tiempo pensando exactamente aquellas palabras.
—Sé perfectamente que su hija no necesita que nadie piense por ella ni la convierta en una mujer más pequeña para sentirse cómodo a su lado. —El señor Pembroke arqueó apenas una ceja—. Precisamente por eso deseo casarme con ella.
El padre de Eleanor lo observó atentamente, y Anthony sostuvo su mirada sin vacilar.
—No he conocido jamás a nadie como Eleanor —admitió finalmente—. Y, sinceramente, no creo que vuelva a ocurrirme.
Aquello hizo que incluso el señor Pembroke suavizara ligeramente la expresión. Porque no había sonado como una declaración preparada para impresionar a un padre; había sonado como la verdad más sencilla y más peligrosa de todas.
—Mi hija tiene carácter —advirtió el señor Pembroke lentamente.
Anthony sonrió.
—Créame, señor, lo sé perfectamente. Me ha insultado intelectualmente varias veces. —El padre de Eleanor soltó una pequeña risa inesperada—. También es la mujer más extraordinaria que he conocido jamás.
Hubo un silencio en el que el señor Pembroke pareció sopesar sus palabras. Finalmente, suspiró.
—Bueno… sería un hombre bastante estúpido si rechazara al futuro duque de Ravensmere.
Anthony negó suavemente con la cabeza.
—No quiero que acepte por mi apellido.
—Tranquilo, muchacho. Si acepto es porque llevas mirando a mi hija desde hace semanas como un hombre perdidamente enamorado.
Anthony terminó riéndose por primera vez y aquello confirmó definitivamente la respuesta.
El señor Pembroke se puso finalmente en pie.
—Tiene mi permiso, lord Ashbourne.
Anthony tardó un segundo en responder.
—Gracias.
Y, por primera vez en muchísimo tiempo, el futuro duque de Ravensmere pareció genuinamente emocionado.
Cuando Anthony regresó al salón principal, Eleanor se levantó inmediatamente, tan nerviosa que casi dejó caer el libro que fingía leer.
Agatha observaba los acontecimientos disfrutando muchísimo más de lo moralmente aceptable.
La madre de Eleanor parecía directamente incapaz de respirar.
Anthony sostuvo la mirada de Eleanor unos segundos antes de acercarse hacia ella.
—Bueno… parece que ahora estás oficialmente obligada a soportarme el resto de tu vida.
Eleanor soltó una risa nerviosa mientras sentía que se le empañaban los ojos de lágrimas.
—Anthony…
Él tomó suavemente su mano.
—Aunque, sinceramente, creo que fui yo quien perdió toda posibilidad de escapar de ti hace meses —le susurró.
Aquello terminó de romperla emocionalmente.
Eleanor se acercó, abrazándolo mientras Anthony la rodeaba con ambos brazos delante de toda su familia, sin el menor rastro de vergüenza aristocrática.
Agatha suspiró feliz.
—Dios mío. Esto es muchísimo más romántico de lo que esperaba —dijo mirando a su hermana.
La madre de Eleanor seguía completamente impactada.
—¿Lord Ashbourne quiere… casarse con… Eleanor?
Anthony apartó la cabeza.
—Desesperadamente, señora Pembroke —pronunció con toda la calma del mundo.
Eleanor terminó riéndose entre lágrimas mientras le golpeaba suavemente el pecho.
Anthony sonrió antes de inclinarse ligeramente hacia ella.
—Por cierto —murmuró cerca de su oído—, no esperes que deje de enviarte libros después de casarnos. —Eleanor levantó inmediatamente la vista hacia él—. De hecho, ya he decidido que tendrás acceso completo a mi biblioteca. Aunque sospecho que terminarás corrigiendo mis propios libros algún día.
Aquello le apretó dentro del pecho tan fuerte que Eleanor comprendió, una vez más, por qué exactamente se había enamorado de él: porque Anthony Ashford jamás había intentado apagar la parte más brillante de ella, la había amado precisamente por eso.
Anthony le apartó suavemente un mechón de cabello detrás de la oreja mientras seguía mirándola de esa forma que conseguía que Eleanor olvidase cómo respirar con normalidad.
Ahora él estaba allí, sujetando su mano delante del mundo entero, como si fuese exactamente donde siempre había querido estar.
Eleanor entrelazó lentamente sus dedos con los de Anthony mientras una pequeña sonrisa aparecía en sus labios sin pedir permiso.
Quizá Oxford nunca había estado preparado para una mujer como ella, pero Anthony sí.
Y mientras él se inclinaba para besar suavemente su frente en mitad del salón, Eleanor comprendió algo que habría parecido imposible meses atrás: algunas historias de amor no llegaban para salvarte de quien eras, sino para recordarte cada día que nunca debías dejar de serlo.