23 #2
Una tarde, mientras Eleanor leía una de las últimas cartas junto a la ventana, Agatha apareció con una taza de té y expresión emocionada.
—¿Más declaraciones románticas? —Eleanor intentó ocultar una sonrisa, aunque fracasó miserablemente—. Definitivamente, vais a acabar casándoos.
—Tía Agatha…
—Cariño, ese hombre te manda libros académicos y amenazas románticas en el mismo paquete. Eso no es un cortejo, eso es prácticamente un matrimonio aristocrático.
Eleanor terminó riéndose y entonces volvió la vista hacia la última línea de la carta que sostenía entre las manos.
“Terminaré el trimestre en pocas semanas. Después iré a Londres. Y, Eleanor, espero que entiendas que sigo completamente decidido a casarme contigo” .
Ella releyó aquella frase lentamente, una vez y otra mientras una sutil sonrisa comenzaba a aparecerle en los labios sin permiso.
Pese a todo lo ocurrido, pese a Oxford, al miedo y a la distancia, Anthony Ashford seguía encontrando maneras de hacerle sentir que el futuro todavía podía pertenecerles un poco a ambos.
Oxford amaneció cubierto de niebla el último día del trimestre.
El patio principal de Christ Church estaba lleno de carruajes, estudiantes despidiéndose ruidosamente y criados cargando equipajes mientras la lluvia amenazaba con caer sobre la ciudad una vez más.
Anthony odiaba profundamente aquel lugar aquella mañana porque Eleanor ya no estaba y Oxford, sin ella, se había convertido en algo insoportablemente gris.
Sebastian apareció junto a él mientras varios estudiantes cruzaban el patio cargados de libros y maletas.
—Tienes exactamente la expresión de un hombre que planea incendiar una institución académica.
Anthony terminó de abrocharse los guantes con calma.
—Lo estoy considerando.
—Perfecto. Solo avísame antes para sacar mis cosas del edificio —bromeó.
Anthony soltó una risa sin humor mientras miraba hacia las ventanas superiores del ala donde había estado la habitación de Eleanor, vacía ahora.
Aquello seguía molestándole muchísimo más de lo razonable.
Sebastian lo observó unos segundos en silencio.
—¿Nos veremos en la temporada de Londres?
Anthony tardó apenas un segundo en responder.
—Sí. —Su tono fue serio.
Sebastian suspiró.
—¿Qué te pasa? Dios, estás completamente destruido. Desde que se fue Charles estás de muy mal humor, sé que erais muy amigos, pero… sobrevive, hombre.
—Gracias —ironizó Anthony.
—No era un cumplido.
—Seguramente lo veremos en la temporada —acabó diciendo Anthony con una sonrisa en los labios.
—¿Por qué sonríes ahora? No hay quien te entienda.
—Lo verás… y quizá te lleves una sorpresa.
Sebastian enarcó una ceja. Anthony cogió finalmente el último libro del banco de piedra junto a él y comenzó a caminar hacia la salida del patio.
Aquello terminaba oficialmente: su último trimestre en Oxford.
Y, sinceramente, no sentía absolutamente nada de nostalgia.
No después de lo ocurrido. Cada rincón del colegio seguía recordándole a Eleanor discutiendo con profesores, corriendo por los pasillos, fingiendo indignación cuando él la provocaba y riéndose a medianoche al otro lado de la pared de su habitación.
Anthony seguía golpeando la pared algunas noches por costumbre, lo cual resultaba ciertamente preocupante.
—¿Vas a escribirle durante el viaje? —preguntó Sebastian mientras lo seguía.
Anthony lo miró como si acabara de hacer la pregunta más absurda del mundo.
—Sebastian, literalmente llevo escribiéndole cada tres días desde que se marchó.
—Sí, pero ahora pareces especialmente trastornado.
—Correcto.
Sebastian suspiró teatralmente.
—No entiendo nada de lo que ocurre entre vosotros dos. —Anthony sonrió. Sebastian levantó ambas manos—. No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La cara de hombre feliz. Resulta profundamente inquietante en ti.
Anthony sonrió porque, maldita sea, lo era. Era feliz. A pesar de Oxford, del rector y del escándalo. Lo era porque sabía que Eleanor seguía esperándolo al otro lado, y eso lo cambiaba absolutamente todo.
Cuando llegaron finalmente frente al gran portón principal de Christ Church, Anthony se detuvo un instante.
Miró hacia atrás una última vez. Los edificios antiguos, las ventanas altas, los patios húmedos, todo aquel lugar donde había conocido a la mujer más extraordinaria que había visto jamás y también el lugar que había decidido expulsarla únicamente por ser mujer.
Anthony sintió una última punzada de rabia fría.
Sebastian se acomodó el abrigo junto a él.
—Entonces, ¿qué ocurre ahora?
Anthony, finalmente, se ajustó los guantes y comenzó a bajar los escalones hacia el carruaje.
—Ahora voy a Londres.
—Eso ya lo sé.
Anthony abrió la puerta del carruaje y, antes de entrar, respondió con una calma peligrosamente segura.
—Y después voy a pedirle matrimonio a Eleanor Pembroke.
Sebastian cerró los ojos lentamente.
—Dios santo… ¿Charlie tenía una hermana? —Chasqueó la lengua—. Ahora lo entiendo todo.
Anthony sonrió mientras subía al carruaje.
—No, creo que no… —Miró a Sebastian, a su buen amigo, y le hizo un gesto gracioso—. Piensa, Sebastian… piensa.
Aquellas palabras dejaron a su amigo pensativo durante varios segundos, hasta que abrió los ojos como platos y lo miró sorprendido.
—Espera… espera… ¿quieres decir que… Charles era…? —Comenzó a reír—. ¿En serio? No, no puedes estar hablando en serio. —Sebastian seguía conmocionado mientras Anthony entraba en el carruaje—. Anthony… ¿de verdad?
—Técnicamente, es la futura duquesa de Ravensmere —pronunció, sentándose en el carruaje y cerrando la puerta—. Aunque te pediría discreción en el asunto.
—Claro, claro… —dijo rápidamente, dándole aún vueltas al asunto—. Madre mía… ya veía yo algo raro…
El carruaje avanzó mientras una sonrisa aparecía en los labios de Anthony, no solo por ver el rostro consternado de su gran amigo, sino porque el tiempo para volver a reencontrarse con Eleanor cada vez era menor y, eso, mejoraba mucho su ánimo.
En cuanto llegase a Londres, enviaría una solicitud a la Universidad de Cambridge, donde, al menos, no tendría que enfrentarse al recuerdo de ella en cada rincón y podría obtener la educación que después, gustosamente, compartiría con quien sería ya su esposa: Eleanor.
Desde que la había visto por primera vez, Eleanor no le había resultado indiferente, pero ahora debía admitir que estaba profundamente enamorado de ella y que era lo mejor que le había ocurrido en la vida.