23
Bath era demasiado tranquila después de Oxford.
Aquello fue lo primero que Eleanor comprendió durante los días posteriores a su regreso.
La ciudad seguía siendo preciosa, elegante y llena de vida refinada, pero después de haber pasado varios meses escondida entre discusiones académicas, carreras por pasillos antiguos y conversaciones a medianoche junto a Anthony, todo allí parecía extrañamente silencioso, más lento y vacío.
Su tía Agatha había sido la primera persona en recibirla al bajar del carruaje días atrás y, para alivio absoluto de Eleanor, no había hecho preguntas inmediatas.
Simplemente la había abrazado fuerte en mitad del recibidor, observando después el atuendo masculino, el agotamiento en sus ojos y la forma en que parecía sostenerse apenas en pie.
—Bueno… supongo que Oxford ha sido muchísimo más interesante de lo que esperaba.
Eleanor había terminado riéndose entre lágrimas allí mismo.
Aquella misma noche le había contado todo: Oxford, Charles Pembroke, Anthony, el rector, la expulsión… todo.
Agatha, después de escucharla durante casi dos horas enteras junto al fuego del salón, se había limitado a suspirar mientras tomaba una copa de vino.
—Cariño… honestamente esperaba algo terrible, pero esto es muchísimo mejor. Has provocado un escándalo académico y además has enamorado a un futuro duque. Estoy impresionada. Te felicito.
Eleanor había acabado tapándose la cara, avergonzada.
—Tía Agathaaa…
—No me mires así. En mi juventud habría hecho exactamente lo mismo.
Para su sorpresa, aquella reacción había hecho que todo doliese un poco menos.
Los días siguientes transcurrieron tranquilos en Bath.
Eleanor paseaba con Agatha por las calles elegantes de la ciudad, intentaba leer, escribía algunas notas y fingía que el vacío constante en el pecho no aparecía cada vez que pensaba en Oxford o en Anthony.
En menos de un mes regresarían definitivamente a Londres junto a sus padres y, gracias al acuerdo silencioso del rector, nadie hablaría jamás públicamente de lo ocurrido en Christ Church.
Charles Pembroke desaparecería discretamente, como si nunca hubiese existido y, aun así, a pesar del dolor, Eleanor no conseguía arrepentirse.
Había amado Oxford, había aprendido, había sido feliz allí y, sobre todo, había conocido a Anthony Ashford.
Aquella mañana estaba leyendo junto a la ventana del salón cuando escuchó movimiento en la entrada principal.
Agatha levantó la vista del bordado.
—¿Esperas alguna visita?
—No.
Unos segundos después, apareció uno de los criados sosteniendo un paquete considerablemente grande y varias cartas.
—Ha llegado esto para la señorita Pembroke.
Eleanor frunció ligeramente el ceño hasta que vio el sello.
Ravensmere.
El corazón le dio un vuelco inmediato.
Agatha lo vio también y sonrió lentamente.
—Bueno, bueno… —murmuró, dejando el bordado sobre el regazo—. Parece que has dejado completamente trastornado al futuro duque de Ravensmere.
—Tía Agatha…
—¿Qué? Mira el tamaño de ese paquete. Ese hombre está claramente sufriendo una enfermedad romántica severa.
Eleanor terminó riéndose mientras tomaba las cartas con dedos ligeramente temblorosos.
Había tres, todas con la letra de Anthony. Aquello resultaba emocionante.
Agatha observó divertida cómo Eleanor olvidaba inmediatamente el libro abierto sobre el sofá y se sentaba junto al fuego para abrirlas.
—Oh, Dios mío —murmuró su tía—. Ni siquiera intenta disimular. Eso significa amor verdadero o una pérdida total de dignidad aristocrática.
Eleanor abrió la primera carta intentando ignorar el calor que ya sentía en toda la cara.
Dentro había apenas unas líneas:
“Oxford sigue siendo insoportable sin ti. Sebastian insiste en que me he vuelto todavía más desagradable desde que te marchaste, aunque personalmente creo que exagera. Te adjunto apuntes de filosofía porque, a diferencia de esta institución absurda, yo sí pienso permitirte seguir aprendiendo” .
Debajo, Anthony había añadido:
“También te envío dulces porque sospecho que estás sobreviviendo únicamente a base de tristeza y té británico mediocre” .
Eleanor soltó una risa involuntaria.
Agatha la observaba encantada desde el sillón.
—Déjame adivinar… ¿sarcasmo romántico?
—Algo así —bromeó ella.
Eleanor abrió entonces el paquete principal y sintió que el corazón se le encogía un poco.
Dentro había varios libros cuidadosamente envueltos, apuntes completos de clases, páginas llenas de anotaciones escritas por Anthony en los márgenes y pequeños comentarios absurdos entre párrafos filosóficos.
“Este profesor sigue equivocándose aquí, pero discutirle sin ti resulta menos divertido” .
“Odio que no estés en clase para poner esa cara de indignación intelectual” .
“Sebastian pregunta constantemente cuándo volverás a humillar a estudiantes en los debates” .
Eleanor acarició lentamente una de las hojas y algo cálido le subió por el pecho.
Anthony había cumplido exactamente lo prometido: no estaba intentando encerrarla en una vida pequeña, ni reducirla, ni convertirla únicamente en “su esposa”.
Agatha la observó en silencio unos segundos antes de hablar nuevamente.
—Te quiere muchísimo.
Eleanor levantó lentamente la vista y, por primera vez desde que había abandonado Oxford, sonrió de verdad. Una sonrisa pequeña, suave, pero real.
—Sí —susurró finalmente—. Creo que sí —le sonrió y apretó los labios—. Yo… yo también, tía.
Agatha asintió como si aquella revelación fuese obvia.
—Bien… todo marcha bien entonces —dijo con una sonrisa antes de retomar el bordado.
Las cartas comenzaron a llegar cada tres o cuatro días. Siempre con la misma letra elegante y peligrosamente reconocible que conseguía acelerar el corazón de Eleanor incluso antes de abrir los sobres.
Anthony escribía como hablaba, demasiado seguro de sí mismo, absurdamente encantador y completamente incapaz de comportarse como un futuro duque respetable.
Aquello era reconfortante.
Bath seguía siendo tranquila, elegante y demasiado silenciosa comparada con Oxford, pero las cartas lograban romper un poco aquella sensación constante de ausencia que Eleanor llevaba arrastrando desde que abandonó Christ Church.
Anthony parecía decidido a seguir invadiendo su vida incluso a kilómetros de distancia y, honestamente, lo hacía bastante bien.
—Ha llegado otra —anunció Agatha una mañana entrando en el salón con una sonrisa.
Eleanor dejó inmediatamente el libro sobre su regazo demasiado rápido y Agatha arqueó una ceja.
—Dios mío. Cada día disimulas peor.
—No disimulo nada —bromeó ella.
—Claro. Por eso acabas de lanzarte hacia esa carta como una mujer privada de oxígeno.
Eleanor le arrebató el sobre intentando ignorar el calor inmediato que ya sentía en toda la cara.
Agatha observó el sello de Ravensmere y suspiró teatralmente.
—Qué romántico. El futuro duque completamente destruido emocionalmente por una estudiante expulsada de Oxford. —Su sobrina arqueó una ceja—. No me mires así. Estoy disfrutando muchísimo esta historia.
Eleanor terminó riéndose mientras abría la carta cuidadosamente. Dentro encontró varias hojas dobladas y, entre ellas, una nota más pequeña que reconoció inmediatamente.
Anthony utilizaba aquella letra rápida únicamente cuando estaba escribiendo algo improvisado.
“Sebastian asegura que me he convertido en un hombre insoportable desde que te marchaste. Personalmente creo que simplemente he perdido interés por conversar con personas que no seas tú” .
Eleanor sonrió involuntariamente y continuó leyendo.
“Oxford sigue igual de húmeda, arrogante y llena de estudiantes convencidos de poseer inteligencia únicamente porque llevan zapatos caros. He discutido con tres profesores esta semana y sospecho que tú habrías disfrutado bastante observándolo” .
Debajo había añadido:
“Adjunto apuntes de filosofía porque el profesor Wentworth sigue equivocándose sobre Aristóteles y necesito que alguien me dé la razón por carta”.
Eleanor soltó una pequeña risa mientras sacaba varias hojas llenas de anotaciones.
Anthony había corregido márgenes enteros, discutiendo conceptos filosóficos con ella como si todavía estuviesen sentados juntos en clase. Aquello le dolía y la hacía feliz al mismo tiempo.
Él seguía viéndola exactamente igual: no como una mujer a la que había que proteger del pensamiento, sino como alguien con quien quería compartirlo todo.
Agatha observó en silencio la expresión de Eleanor y sonrió suavemente.
—Lo echas muchísimo de menos, ¿verdad?
Eleanor tardó unos segundos en responder. Negarlo a aquellas alturas empezaba a ser completamente inútil.
—Sí —admitió finalmente en voz baja.
Aquella noche respondió la carta junto al fuego del salón mientras Bath dormía silenciosamente al otro lado de las ventanas.
Le habló de sus paseos con su tía Agatha, los libros que estaba leyendo, lo extraño que se sentía volver a vestir como Eleanor todo el tiempo y cuánto echaba de menos discutir con él.
Aunque esa última parte tardó bastante en escribirla.
Anthony respondió cuatro días después y luego otra vez dos días más tarde, y después otra vez, como si el hombre hubiese decidido convertir el correo británico entero en una extensión de su obsesión romántica.
“Odio que ya no estés aquí para corregirme cuando exagero” .
“Anoche golpeé accidentalmente la pared de mi habitación esperando escuchar tu voz contestándome desde el otro lado” .
Aquella frase le arrancó el aliento. Eleanor tuvo que dejar la carta sobre el regazo un instante porque aquello dolía demasiado.
Anthony también le enviaba fragmentos de clases, poemas terriblemente dramáticos acompañados de comentarios burlones, pequeños dibujos absurdos y críticas despiadadas hacia Oxford escritas en márgenes de apuntes.
Pero entre todas aquellas bromas, aparecían también frases peligrosamente sinceras como:
“Todavía miro hacia tu asiento en filosofía antes de recordar que no estás” .
O bien:
“Empiezo a sospechar que me gustas bastante más de lo que resulta saludable” .