22 #2
—Lord Ashbourne, no convierta esto en un debate ideológico.
—Difícil evitarlo cuando pretenden expulsar a la persona más brillante de varios cursos simplemente por haber nacido mujer.
—¡Esto no tiene nada que ver con la capacidad académica! —rugió el rector.
—¡Claro que sí! —le devolvió el grito Anthony, dando un paso adelante—.
Eleanor se ganó ese asiento mucho más que muchos hombres que lo ocupan actualmente.
Estudió más, trabajó más y soportó más presión que cualquiera de nosotros.
Y, aun así, ustedes pretenden tratarla como si hubiese contaminado estas paredes únicamente por existir aquí.
El rector apretó la mandíbula.
—Las normas son claras.
Anthony sonrió de nuevo.
—Las normas también dijeron durante siglos que ciertas personas no merecían educación. La historia suele humillar bastante rápido a quienes las defienden demasiado orgullosamente.
El profesor mayor y el rector se removieron incómodos en sus sillas. Anthony estaba diciendo en voz alta aquello que ninguno de los dos quería escuchar. El rector respiró hondo, despacio.
—Oxford no puede permitir esto.
Anthony le sostuvo la mirada sin vacilar.
—No. Oxford no quiere permitirlo, que es muy distinto.
Cedric observó la escena en silencio y, cuanto más hablaba Anthony, peor se sentía. Eleanor no le parecía una impostora; más bien al contrario: veía a una persona que había tenido que luchar muchísimo más que cualquiera de ellos para poder sentarse en aquellas aulas.
Él había acudido simplemente porque las normas así lo exigían, porque no quería verse envuelto en eso.
Anthony volvió a hablar finalmente, más bajo esta vez y más frío.
—Lo verdaderamente vergonzoso no es que Eleanor Pembroke haya estudiado en Oxford. Lo vergonzoso es que tengan que expulsarla después de demostrar de lo que es capaz.
Anthony apretó con más fuerza su mano y la hizo girar sin esperar siquiera una respuesta del rector. Juntos se dirigieron hacia la puerta, pero, antes de cruzarla, él se detuvo y volvió la vista hacia Cedric.
Seguía inmóvil junto a la ventana, más pálido que antes y más solo.
—Espero que, cuando recuerdes este día dentro de unos años, descubras que defender instituciones vacías nunca compensa destruir personas reales.
Debes de sentirte muy orgulloso… Has conseguido expulsar a una mujer cuyo único delito era querer aprender.
—Cedric bajó la mirada—. Ahora entiendo por qué siempre pareces tan solo.
Aquello fue un golpe mucho más duro que cualquier insulto. Anthony vio cómo Cedric cerraba los ojos con fuerza durante un instante.
Eleanor salió finalmente del despacho junto a Anthony. Afuera, la lluvia seguía cayendo sobre Oxford, como si el mundo no acabara de resquebrajarse un poco a su alrededor.
Oxford todavía dormía cuando Eleanor abandonó su habitación por última vez.
El cielo permanecía gris oscuro, cubierto por nubes bajas, y una fina lluvia humedecía silenciosamente los patios de piedra de Christ Church. Apenas había luz suficiente para distinguir las columnas antiguas y las ventanas altas del edificio entre la niebla de la madrugada.
Todo estaba quieto, demasiado quieto.
Eleanor cerró lentamente la puerta tras de sí y sostuvo unos segundos la mano sobre la madera.
Aquella habitación había sido su hogar, su refugio, el lugar donde había vivido las semanas más felices y más aterradoras de toda su vida, y ahora debía marcharse de ella como si nunca hubiese existido allí.
Todavía iba vestida como Charles Pembroke: pantalones oscuros, abrigo masculino, sombrero bajo… pero debajo de la ropa ya no llevaba las vendas y, por primera vez en meses, podía respirar con normalidad.
Anthony la esperaba en el patio principal junto al carruaje negro de la familia Ashbourne.
El escudo ducal brillaba tenuemente bajo la lluvia.
Cuando la vio aparecer, algo en su expresión se quebró durante un segundo. Seguía viendo el disfraz, la ropa masculina, el sombrero, pero ya no podía verla como Charles, solo veía a Eleanor.
Anthony avanzó inmediatamente hacia ella y tomó una de las maletas antes de que ella pudiera protestar.
—Sigues llevando demasiados libros —murmuró.
La voz le salió más suave de lo habitual y Eleanor intentó sonreír un poco.
—Tú eras quien me los daba.
—Y volvería a hacerlo, una y otra vez.
Ella le sonrió con ternura, intentando contener las lágrimas.
Anthony dejó la maleta en la parte trasera del carruaje y regresó junto a ella mientras la lluvia iba empapando lentamente los hombros de ambos.
Por primera vez desde que salieron del despacho del rector, parecían solos de verdad, sin Oxford, sin profesores, sin miedo inmediato… solo ellos.
Anthony levantó una mano despacio y le acomodó ligeramente el cuello del abrigo.
El gesto fue tan íntimo que Eleanor tuvo que apartar la mirada.
—Odio verte marcharte así —murmuró él.
Ella tragó saliva lentamente.
—Al menos tú sabes quién soy.
Anthony la observó unos segundos en silencio y entonces apoyó suavemente la frente contra la de ella.
—Voy a ir a buscarte. —Eleanor cerró los ojos un instante, intentando controlar las lágrimas, y él le acarició lentamente la mejilla con el pulgar—. Y voy a casarme contigo.
Aquello consiguió arrancarle una pequeña sonrisa temblorosa por primera vez en toda la noche.
—Sigues siendo un mandón.
—Soy aristócrata. Es prácticamente una enfermedad hereditaria.
—Ella soltó una risa entre lágrimas y Anthony la miró como si quisiera memorizarla entera, cada gesto y cada respiración—.
Además… voy a enviarte apuntes, libros y ensayos.
—Eleanor levantó lentamente la vista hacia él—.
No creas ni por un segundo que voy a permitir que dejes de estudiar ahora.
Aquello terminó de romperla porque, de pronto, entendió algo con absoluta claridad: Anthony jamás intentaría convertirla en alguien más pequeña para sentirse cómodo a su lado, jamás le pediría que dejara de pensar, aprender o luchar. No quería encerrarla, quería verla crecer.
Eleanor se abrazó a él con fuerza, escondiendo el rostro contra su cuello, y Anthony cerró los ojos mientras la rodeaba completamente con los brazos.
Durante unos segundos permanecieron así, abrazados bajo la lluvia suave de Oxford, como si ambos intentaran retrasar el momento inevitable de separarse.
—Te quiero —susurró ella por primera vez.
Anthony abrió lentamente los ojos y aquello pareció golpearle más fuerte que cualquier otra cosa. Le sostuvo el rostro con ambas manos y la besó despacio.
—Yo te quiero muchísimo más.
Eleanor soltó una pequeña risa rota y Anthony le abrió finalmente la puerta del carruaje.
Ninguno de los dos dijo nada más.
Eleanor subió lentamente al interior mientras Anthony permanecía fuera bajo la lluvia, observándola como si todavía estuviese pensando seriamente en detener el carruaje y declararle la guerra a Oxford entero.
El cochero hizo avanzar finalmente los caballos y el carruaje comenzó a alejarse poco a poco de Christ Church.
Anthony no se movió, siguió allí, quieto bajo la lluvia, mirándola marcharse hasta que Oxford empezó a desaparecer tras la niebla.
Solo entonces Eleanor se quitó lentamente el sombrero. El cabello cayó suavemente sobre sus hombros mientras las lágrimas comenzaban finalmente a deslizarse por sus mejillas.
Aquello no era justo, no era justo haber amado tanto aquel lugar y, pese a todo, no haber podido pertenecer nunca realmente a él. No era justo que hubiese necesitado convertirse en Charles Pembroke para demostrar que Eleanor ya era suficiente.
Se llevó una mano temblorosa a la boca intentando contener el llanto mientras el paisaje húmedo avanzaba tras la ventana.
Y, aun así, una parte de ella todavía conservaba esperanza.
La esperanza de que quizá, algún día, otras mujeres cruzarían aquellas puertas antiguas sin necesidad de esconderse detrás de nombres masculinos, sin miedo y sin mentiras.
Tal vez entonces Oxford dejaría de pertenecer únicamente a hombres como Cedric Montague para empezar también a pertenecer a mujeres como Eleanor Pembroke.