Lecciones para una impostora: Oxford no admite señoritas 22
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La clase de filosofía transcurría con normalidad.

El profesor seguía hablando sobre Aristóteles mientras la lluvia golpeaba suavemente los ventanales altos del aula y varios estudiantes luchaban claramente por mantenerse despiertos.

Anthony, sentado junto a Eleanor, fingía escuchar, aunque bastante mal. Llevaba exactamente diez minutos observando cómo ella escribía notas al margen del libro mientras intentaba aparentar tranquilidad después de la noche anterior.

Le había robado completamente la capacidad de pensar con normalidad desde hacía meses y, ahora, además, tenía el descaro de parecer adorable mientras tomaba apuntes.

Anthony apoyó el codo sobre la mesa y murmuró cerca de ella.

—Sigues sonrojándote cuando me miras.

Eleanor ni siquiera levantó la vista.

—Y tú sigues siendo insoportable.

—Eso ya lo sabías antes de acostarte conmigo.

Ella dejó de escribir inmediatamente y él sonrió justo cuando la puerta del aula se abrió.

El sonido cortó la conversación de golpe y todos levantaron la vista.

Un hombre mayor, vestido de negro y con expresión rígida, entró lentamente en la sala. Eleanor lo reconoció enseguida, el asistente personal del rector.

El corazón le dio un vuelco inmediato y giró su cuello para mirar a Anthony con miedo. Anthony también lo entendió en ese mismo instante.

El hombre recorrió el aula con la mirada hasta detenerse en ella.

—¿Charles Pembroke?

Toda la clase giró la cabeza.

Anthony se quedó completamente quieto a su lado y Eleanor sintió cómo se le helaba el cuerpo entero.

—Sí… —respondió finalmente.

El asistente sostuvo su mirada unos segundos.

—El rector requiere su presencia inmediatamente en su despacho.

El aire desapareció completamente del aula y Anthony se levantó automáticamente, sin pensarlo siquiera.

El hombre frunció el ceño.

—Lord Ashbourne, no es necesario.

—Sé que no es necesario.

La firmeza de su voz hizo que incluso el profesor guardase silencio.

—El rector no ha solicitado su presencia.

Anthony cogió lentamente su abrigo sin apartar la vista del hombre.

—Voy a acudir igualmente.

Eleanor levantó la mirada hacia él y, durante un segundo, sintió ganas de llorar allí mismo, pues ambos sabían perfectamente lo que iba a ocurrir.

—Vamos —le dijo a ella.

Ella tardó un segundo en ponerse en pie, coger sus cosas y, cuando comenzaron a salir del aula, sintió las miradas de todos los estudiantes clavándose en su espalda.

El espectáculo ya había empezado.

El camino hacia el despacho del rector se hizo insoportablemente silencioso. La lluvia seguía cayendo fuera, Oxford continuaba exactamente igual y, aun así, Eleanor tenía la sensación de que el mundo entero acababa de cambiar.

Anthony caminaba a su lado sin separarse ni un instante, rozándole apenas la mano de vez en cuando, como si necesitara recordarle que seguía allí.

Cuando llegaron finalmente ante la gran puerta de madera del despacho, el asistente llamó dos veces antes de abrir.

—Adelante.

Eleanor sintió que se le rompía el corazón en el instante en que entró. Cedric estaba allí, de pie junto a una de las ventanas, aunque cuando levantó la vista hacia ella, no encontró en su expresión el menor rastro de triunfo; solo tensión y algo que se parecía demasiado a la culpa.

El rector permanecía sentado tras el enorme escritorio de roble y, a su lado, había otro profesor mayor con expresión severa.

El ambiente entero olía a juicio.

El despacho del rector ocupaba una de las zonas más antiguas de Christ Church y desprendía esa solemnidad silenciosa propia de los lugares donde se habían tomado decisiones importantes durante siglos.

Las paredes estaban cubiertas de madera oscura y altas estanterías repletas de volúmenes antiguos ascendían casi hasta el techo, interrumpidas únicamente por retratos de antiguos rectores y académicos fallecidos cuyos ojos parecían vigilar la estancia con una severidad incómoda.

El aire olía a papel envejecido, cera de vela y lluvia húmeda que se filtraba desde el exterior cada vez que el viento golpeaba los cristales.

Frente al enorme ventanal principal descansaba un escritorio de roble macizo tan grande que parecía diseñado más para imponer respeto que para trabajar realmente sobre él.

Encima había documentos perfectamente alineados, un tintero de plata y una lámpara de luz cálida que iluminaba parcialmente la estancia, dejando el resto sumido en sombras elegantes.

La lluvia resbalaba lentamente por las ventanas altas, deformando las luces del patio exterior y envolviendo la habitación en una atmósfera gris y pesada que hacía que todo pareciese todavía más serio.

A un lado del despacho ardía suavemente una chimenea de mármol oscuro que apenas lograba romper el frío solemne de la sala.

Varias butacas de terciopelo verde estaban colocadas frente al escritorio para las visitas oficiales, aunque incluso ellas parecían demasiado rígidas para resultar cómodas.

Todo allí transmitía exactamente la misma sensación: tradición, autoridad y el peso aplastante de una institución que llevaba siglos creyéndose inamovible.

Anthony entró detrás de Eleanor y el rector frunció inmediatamente el ceño.

—Lord Ashbourne, esta reunión no requiere…

—Me quedaré —lo cortó él.

No fue una petición.

El rector sostuvo su mirada unos segundos y, finalmente, suspiró. Anthony Ashford no era solo un estudiante, era marqués y el futuro duque de Ravensmere.

—Como quiera.

El rector entrelazó lentamente las manos sobre el escritorio.

—Lord Montague ha realizado esta mañana acusaciones extremadamente graves. —Eleanor permaneció inmóvil mientras Anthony daba un paso más cerca de ella, de forma protectora—. Se afirma que usted… no es quien dice ser.

La lluvia golpeó los cristales suavemente.

Eleanor sintió cómo las manos empezaban a temblarle. Podía negarlo, intentar sostener la mentira unos minutos más, pero ya no tenía sentido.

Miró a Anthony unos segundos con los labios apretados y, finalmente, suspiró. Se quitó el sombrero y después levantó ambas manos hacia el cabello.

Anthony la observó en completo silencio mientras ella soltaba el recogido y los mechones rubios oscuros caían lentamente sobre sus hombros.

El despacho entero quedó en silencio.

El rector palideció ligeramente y Cedric cerró los ojos apenas un segundo.

Eleanor, finalmente, levantó la vista.

—Mi nombre es Eleanor Pembroke —dijo en voz baja—. Vine aquí utilizando el nombre de mi hermano fallecido, Charles. —Tragó saliva—. Me hice pasar por él para poder estudiar en Oxford.

El rector se levantó lentamente de la silla, escandalizado.

—Jamás… —murmuró—, jamás en la historia de esta institución hemos recibido semejante insulto.

Anthony reaccionó inmediatamente.

—¿Insulto? —El rector giró la cabeza hacia él mientras Anthony daba un paso adelante.

Eleanor vio aparecer por primera vez al heredero de Ravensmere en toda su magnitud—.

Lo único vergonzoso aquí —dijo Anthony con calma mortal—, es que una mujer haya tenido que disfrazarse de hombre para recibir una educación que merece bastante más que muchos estudiantes de este colegio.

El rector endureció sus facciones.

—Lord Ashbourne, esto no es una cuestión filosófica. Esta mujer ha engañado deliberadamente a Oxford.

—Porque Oxford jamás le habría permitido entrar diciendo la verdad.

—¡Porque las mujeres no estudian aquí!

—Y quizá deberían empezar a hacerlo si son capaces de superar académicamente a la mitad de sus alumnos varones.

Cedric apartó ligeramente la mirada porque Anthony tenía razón y eso empeoraba todo muchísimo más.

El rector respiró hondo, claramente intentando contenerse.

—No permitiremos un escándalo público. —Anthony entornó apenas los ojos—. Si la señorita Pembroke abandona Oxford inmediatamente, este asunto quedará zanjado de forma privada.

Eleanor sintió un vacío horrible abrirse dentro de su pecho. Ahí estaba, el final.

Anthony se giró hacia el rector.

—¿Y eso es todo?

—Es más generosidad de la que esta situación merece.

Anthony soltó una risa sin humor.

—Qué admirable sentido de la justicia —ironizó.

—Lord Ashbourne... —lo interrumpió el rector, sin apartar la mirada de la suya—. La señorita Pembroke abandonará Oxford hoy mismo. Y este asunto no volverá a mencionarse públicamente.

Anthony tardó apenas un segundo en responder.

—Entonces yo abandonaré Oxford al finalizar el trimestre.

Eleanor giró la cabeza hacia él, sorprendida.

—Anthony…

Pero él ni siquiera apartó la vista del rector.

—No pienso quedarme aquí más tiempo del necesario.

El rector parecía horrorizado.

—Está hablando de destruir su futuro.

Anthony sonrió.

—No. Estoy hablando de elegirlo. Además, hay muchas otras universidades a las que acudir. De esta, me siento profundamente decepcionado.

Por primera vez desde que entró en aquella habitación, Eleanor sintió ganas reales de llorar.

Anthony se giró entonces hacia ella y le tendió la mano sin dudas ni vergüenza, como si estuviese orgulloso de hacerlo delante de todos.

Eleanor la tomó lentamente.

El rector permanecía rígido tras el escritorio mientras Anthony seguía frente a él con Eleanor a su lado e intentó moderar el tono y explicar los motivos de su expulsión.

—La señorita Pembroke ha entrado en esta institución mediante engaños.

Anthony sonrió, jocoso.

—Qué curioso.

El rector frunció el ceño.

—¿Perdón?

Anthony inclinó la cabeza hacia Eleanor.

—Porque, según recuerdo, esa “mujer” a la que considera un insulto académico ha obtenido mejores resultados que gran parte de los hombres de esta universidad —Cedric cerró los ojos un instante y Anthony continuó sin apartar la vista del rector—, incluyéndome a mí en varias asignaturas, por cierto.

—Eleanor giró ligeramente la cabeza hacia él, pero este ni siquiera la miró, seguía completamente centrado en el rector—.

Así que me cuesta entender exactamente dónde está la vergüenza.

¿En que haya engañado a Oxford… o en que Oxford haya necesitado ser engañado para reconocer el talento de una mujer?

El rector endureció su mirada.