25
Tres años después.
La biblioteca de Ravensmere Hall se había convertido oficialmente en el lugar más caótico de toda la propiedad.
Anthony lo sabía porque una vez había encontrado una gallina allí dentro, otra vez había dos académicos discutiendo sobre Sócrates a gritos y, aquella misma mañana, alguien había dejado un tratado de filosofía dentro de una cesta de juguetes infantiles.
Sospechosamente, todo parecía relacionarse siempre con Eleanor.
Anthony abrió la puerta lentamente con una taza de té en la mano y, efectivamente, allí estaba el caos.
Cinco jóvenes mujeres ocupaban distintas zonas de la enorme biblioteca tomando notas mientras Eleanor explicaba algo frente a una mesa cubierta de libros, mapas y hojas desordenadas.
La luz de la mañana entraba por los enormes ventanales, iluminando el cabello rubio oscuro parcialmente recogido de su esposa mientras hablaba con esa pasión que seguía dejándolo completamente absorto incluso después de tres años de matrimonio.
—Y, precisamente por eso, Aristóteles estaba equivocado en este punto —explicaba Eleanor mientras escribía algo rápidamente.
Anthony sonrió apoyado en el marco de la puerta. Seguía enamorándose de ella prácticamente a diario.
Una de las muchachas levantó inmediatamente la vista.
—¡Su excelencia!
Anthony hizo un gesto breve con la mano.
—Por favor, no interrumpáis la revolución intelectual de mi esposa. Sé por experiencia que resulta peligrosa cuando alguien lo hace.
Varias de ellas soltaron pequeñas risas y Eleanor levantó la vista hacia él. Automáticamente, sonrió.
Aquello seguía haciéndole sentir cosas profundamente ridículas.
—Llevas observando desde la puerta dos minutos —comentó ella divertida.
—Correcto. Estaba admirando a mi brillante esposa mientras destruye lentamente el sistema educativo británico. Estoy muy orgulloso.
Y era verdad. Tres años atrás, Oxford había expulsado a Eleanor Pembroke. Ahora, varias familias aristocráticas enviaban discretamente a sus hijas a Ravensmere Hall para estudiar con ella: historia, filosofía, literatura, idiomas…
Anthony había financiado personalmente la ampliación de la biblioteca únicamente porque Eleanor se había quedado sin espacio para más libros.
Aquello también era probablemente una enfermedad romántica.
Un pequeño ruido interrumpió entonces la clase y todos giraron la cabeza.
Un niño pequeño apareció corriendo torpemente entre las estanterías, sujetando algo sospechosamente embarrado entre las manos.
Anthony cerró los ojos lentamente.
—No.
Demasiado tarde. El pequeño John Andrew Ashford llegó felizmente hasta Eleanor, levantando con gesto triunfal una rana diminuta.
—¡Mamá!
Varias de las estudiantes dejaron escapar pequeños gritos de sorpresa.
Eleanor miró la rana y luego a su hijo. Luego miró directamente a Anthony.
—Tu hijo acaba de traer un anfibio a mi biblioteca.
Anthony dejó tranquilamente la taza sobre una mesa.
—Nuestro hijo —remarcó—. Y, sinceramente, creo que demuestra gran iniciativa académica.
John Andrew empezó a reír al escuchar la voz de su padre y salió corriendo hacia él con la rana todavía en la mano.
Anthony lo cogió en brazos.
—¿Qué haces aterrorizando estudiantes tan temprano?
John Andrew respondió algo completamente incomprensible y luego intentó enseñarle orgullosamente la rana.
Anthony asintió, como si aquello tuviese muchísimo sentido.
—Impresionante estrategia militar.
Eleanor se llevó una mano a la frente, intentando no reírse.
—No puedes animarlo.
—Claro que puedo. Soy su padre, literalmente es mi función.
Las jóvenes a su alrededor ya estaban riéndose abiertamente.
Anthony observó entonces las hojas repartidas por la mesa y arqueó una ceja.
—¿Qué estáis estudiando hoy?
—Filosofía política —respondió Eleanor.
Anthony suspiró con dramatismo impostado.
—Perfecto. Mi esposa vuelve a provocar pensamientos revolucionarios en Inglaterra.
—Y seguiré haciéndolo —pronunció colocando las manos en su cintura.
Anthony sonrió lentamente y la miró con orgullo sincero. Seguía mirándola exactamente igual que en Oxford, como si fuese lo más extraordinario que había visto jamás. Porque lo era.
John Andrew decidió entonces lanzar la rana sobre uno de los libros.
Una de las estudiantes gritó, otra empezó a reír y Eleanor cerró los ojos. Anthony directamente soltó una carcajada.
Caos absoluto, perfecto. Como siempre.
Anthony dejó finalmente al niño en el suelo y se acercó hasta Eleanor mientras las muchachas intentaban recuperar la compostura.
Luego se inclinó suavemente hacia ella.
—Por cierto —murmuró cerca de su oído—, sigo pensando que eres peligrosamente atractiva cuando discutes sobre Aristóteles.
Eleanor terminó riéndose y Anthony sonrió antes de besarla suavemente delante de toda la biblioteca, como si todavía fuese incapaz de contenerse cerca de ella. Y eso era exactamente eso lo que ocurría.
Incluso después de tres años, un matrimonio, un hijo y cientos de libros compartidos, Anthony Ashford seguía mirando a Eleanor Pembroke igual que la primera vez que la vio discutir con él en Oxford, fingiendo ser alguien que nunca había necesitado ser para resultar extraordinaria.
Mientras John Andrew corría nuevamente entre las estanterías, perseguido por las risas de las jóvenes estudiantes, Eleanor levantó la vista hacia las enormes ventanas iluminadas por el sol y sintió algo parecido a la paz.
Había perdido Oxford. Pero, al final, la vida le había devuelto algo mucho más valioso: un lugar donde nunca tendría que esconder quién era para ser amada, escuchada o tomada en serio.
Anthony tomó suavemente su mano y entrelazó los dedos con los de ella casi por costumbre.
Eleanor sonrió al comprender que, de todas las cosas improbables que habían ocurrido en su vida, enamorarse perdidamente del arrogante futuro duque que había descubierto su secreto en Oxford seguía siendo la más extraordinaria de todas.
Algunas historias de amor comenzaban con bailes elegantes y promesas perfectas. La suya había comenzado con una mentira, una corbata mal anudada y un hombre incapaz de apartar la mirada de una supuesta impostora que, sin saberlo, era exactamente la persona que había estado buscando toda su vida.
Anthony sonrió al contemplar a su pequeño hijo y a su esposa, feliz en aquel lugar que habían construido juntos.
Quizá el mundo todavía tardaría años en abrir sus puertas a mujeres como Eleanor Pembroke, pero él había sabido desde el primer instante que ella no necesitaba que nadie le concediera un lugar.
Eleanor ya era extraordinaria mucho antes de que el mundo estuviera preparado para reconocerlo.
FIN